Entre el bien y el mal —desde la fe en el Dios de Jesús— se da una asimetría en pro del bien.
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Allí, entonces, estaba terminantemente prohibido exhibir fotografiáis de mujeres en actitud algo licenciosa. No eran aquéllas épocas de tolerancias eróticas ni nudistas. Y un día, en nuestra clase, apareció en el suelo la fotografía de una bailarina. El profesor vio la fotografía, interrumpió la clase y, sin tocarla de donde estaba, del suelo, preguntó a todos:
—¿De quién es esta fotografía?
Ninguno dijo que fuera suya. El profesor repitió dos veces la pregunta y nadie la contestó. El profesor, muy serio, dijo:
—Pues estarán de pie hasta que uno de ustedes diga que la fotografía le pertenece.
Y estuvimos un rato así, él en la tarima, nosotros abajo, todos de pie. Nosotros sabíamos de quién era la fotografía. No podía ser de otro. Solo uno era capaz de exhibir tales cosas allí. Pero nadie le acusó. La fotografía se le había caído sin que él se diera cuenta, no hubo forma de recogerla y el profesor la descubrió.
Y al fin, después de mucho rato, uno de nosotros levantó la mano y dijo:
—Es mía.
Todos sabíamos que no lo era. A continuación, otro levantó la mano y repitió igual:
—Es mía.
Y así, uno a uno, se fueron acusando todos a sí mismos. Hasta el verdadero dueño de la fotografía se acusó con la dos palabras de rigor. Una especie de Fuenteovejuna y una situación difícil para el profesor, que estaba al borde de ponerse en ridículo. Y nosotros lo sentíamos casi más por él que por nosotros mismos, puesto que un castigo general nunca es demasiado incómodo de soportar.
Y entonces, de pronto, el profesor bajó en silencio de su tarima, observó de cerca la fotografía, fingió que se acordaba de algo, la tomó y dijo:
—¡Pero si es mía! ¡Si la llevaba yo! Se me habrá caído sin darme cuenta; lo siento.
Y la guardó en el bolsillo. Y en seguida continuó la clase como si nada hubiese ocurrido, y aquella rapidez evitó que sonara una salva de aplausos.
No se habló más del caso. Pero seguro que si alguno de nosotros le hubiese hablado de la fotografía al profesor, él habría preguntado:
—¿Qué fotografía?
Y si el alumno hubieses empezado a contestar, él le habría interrumpido así:
—No me acuerdo de nada.
Y habría hablado de otra cosa. [1]
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La virtud de muchos es más valiosa que la ignominia de uno.
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E incluso, si se diera, cabría decirse que la virtud de uno —desde la lógica de la misericordia divina— pudiera ser más valiosa que la mezquindad de muchos.
Desde Dios seguro que las obras buenas tienen más peso en la balanza de los pecados. Dios está del lado de los seres humanos para salvarlos. Seguramente, al crearlos ya sabía que le fallarían y que si aplicara una justicia de hierro, ¿quién se salvaría?, una gran parte de la humanidad se condenaría.
La justicia en la salvación otorgada por Dios ha sido asumida en su misericordia; y ello porque su justicia es consecuencia de su amor misericordioso, y en fidelidad al mismo va más allá de lo que nosotros entendemos por justicia.
Dios sabía esto al momento de crear a estas nuevas criaturas. Y sin embargo, las creó. ¿Por qué? Confiaba en su Hijo, en Jesucristo, quien se encarnaría como un ser humano más, redimiendo con valor infinito la condición humana.
Cuando el ser humano actúa según a imagen de la humanidad de Jesucristo sus obras alcanzan una dimensión distinta, la de la gracia, que no se pierde. Dios hace -en la Segunda Persona de la Trinidad- que es la Justicia divina, que es misericordia, quien tuerza el fiel de la balanza en favor de los seres humanos, a los que incorpora a la familia celeste, haciendo hijos en el Hijo.
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El Dios que se manifiesta en la vida de Jesús es un Dios cuya omnipotencia está condicionada por la ternura y la misericordia; es más su poder y su justicia radican paradójicamente y sorprendentemente en ese misterio de ternura y en esa misericordia. Jesucristo nos revela que Dios es ternura amorosa (Cf. 1Jn 4,8.16), y que este ser amorosamente misericordioso es el fundamento de la perfección humana.
La caridad‑misericordiosa se encuentra unida a la justicia, si se quiere místicamente; al igual que no hay oposición entre el orden de la gracia y el de la naturaleza humana; el orden del hombre, tal y como lo conocemos es uno, es decir, el de la persona humana elevada al orden sobrenatural; así también la justicia humana se halla sobrenaturaliza.
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[1] CLARASÓ, N., Antología de anécdotas, Acervo, Barcelona, 1988, pp.799—800.
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