La responsabilidad de pecar

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Pecar no es gratis. Hay que asumir la responsabilidad de hacer lo que se hace. Aunque ahora nos vengan con ese latiguillo de que «yo no me arrepiento de nada». Hay que arrostrar lo que se ha hecho y tener el coraje de sentirlo y pedir perdón; de modo que si estuviera tus manos la posibilidad (de nuevo), no lo volverías a repetir.

Quien peca no solo se hace daño a sí, también a la sociedad, pues con el mal producido se posibilita la apertura a más mal, a que se propague, a que el Maligno avance en su capacidad de influencia en la vida de los humanos; en definitiva, el pecado contamina, aumentando las tiniebla en el mundo.

Quien peca introduce mal en el mundo. Es como volver a hacer lo del paraíso terrenal, donde los primeros pecadores permitieron la apertura de las puertas del mismo a Satanás, acabando con la inocencia; cuando pecamos repetimos ese patrón de conducta, mermando la bondad, la sensibilidad, la confianza, la amistad y proximidad con lo divino, fuente de toda santidad.

La responsabilidad de pecar es infinita porque tiene unas consecuencias gravísimas y que afectan a la eternidad.

Pero lo más grave es que, impasibles, no sentimos la injusticia que hacemos como tal, en términos teológicos, como pecado. La nula conciencia de no pecar, de no sentir el mal en cuanto mal, es algo asombroso que está acaeciendo hoy día de manera excepcional. Esta nulo conocimiento de pecado, al igual que el desconocimiento de la existencia del diablo (algo que éste procura y que resulta una conquista suya), conlleva un peligrosísimo desentendimiento de nuestra responsabilidad en la incidencia de propagación a causa de nuestra forma de ser y actuar. Pues tal y como hemos afirmado: Todo mal que hacemos contamina y expande la maldad en la atmosfera vital en la que nos desarrollamos. El pecado acrecienta el mal.

La negación a ser razonables, a respetar la justicia, a ser íntegros ética y moralmente, a atender los requerimientos de la conciencia, resulta que -valga el  símil- como ocurre en termodinámica, que  todo (dejado de la mano de Dios) locamente se esparce, tendiendo al caos.

Es obvio con el mal  que hacemos, con nuestro pecado, contribuimos a que la sociedad se degrade, se descomponga, se expansione, en una tendencia entrópica y progresiva al desorden final.

Y en la medida que sucede esto sucede, por retroalimentación, la negación de la existencia de la verdad, la racionalidad, la voluntad, la libertad… La autoexculpación, y la negación de cualquier juicio final al que seremos llamados, sin duda.

Que nadie se confunda, este mundo no va a ir a mejor -al margen de los avances tecnológico…-: la violencia, la violencia, el odio, el terror, el crimen, etc.,  se verán con toda naturalidad, como parte de nuestra sociedad humana, deshumanizada. Podremos evitar los accidentes de tráfico, curar el cáncer, prevenir terremotos, controlar el cambio climático, etc., pero seremos incapaces de mejorar los corazones humanos y que el mal de existir en nuestras calles, como existen las esquinas, las aceras…

 

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