Conciencia humana

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Aunque parezca que algunos no tienen conciencia, todos nacemos y tenemos conciencia. Lo que pasa, es que la conciencia es un elemento integrado en nuestra alma no en nuestro cuerpo, que se perfecciona  o se degrada en la medida en que se usa correctamente  o indebidamente; siempre de acuerdo con el grado de desarrollo que tenga el alma a la que pertenezca la conciencia, pudiendo darse el caso de llegar a casi desaparecer, pero nunca desaparece del todo, de la misma forma que por muy negra que sea un alma, esta subsiste en la persona de que se trate. Porque toda persona tiene alma por muy negra que esta sea. No existen los cuerpos sin alma, aunque a veces como exclamación se diga de alguien: ¡carece de alma!

 

Todo el mundo nace con conciencia, esta es una de las improntas con la que el Señor holla el alma humana al crearla, al igual que la deja marcada con el tremendo anhelo de felicidad que todos tenemos o el deseo que siente, cada ser humana de encontrar a su Creador. La conciencia es el mecanismo íntimo del Ser humano por el que, se nos dan las normas de valoración que aplicamos a lo que conocemos a todo aquello de lo que somos consciente. No confundamos pues, “ser conscientes”, con “tener conciencia”. Ser conscientes, es un producto de la mente que toma nota de una determinada situación, pero tener conciencia es un producto del alma, porque la conciencia radica  en el alma no en la mente.

 

Dios ha instituido unas normas de derecho divino, por las cuales se rige toda su creación. Pero su creación puede ser animada o inanimada. La creación inanimada –estrellas, planetas, minerales…, etc.- cumple a rajatabla las normas divinas. La creación animada la constituye el hombre y los demás seres vivientes animados –árboles, plantas, animales.., etc.- todos excepto el hombre, cumplen todas las normas ordenadas por Dios y esto todos los sabemos.

 

Pero, ¿Qué pasa con el hombre? Lo que pasa, es que Dios que está ansioso que vayamos a Él por amor, porque Él es amor y solo amor, nos ha creado con el libre albedrío, y nos ha dado el libre albedrío, porque el amor solo puede germinar en la libertad, si no hay libertad no puede nacer un auténtico amor.

 

En el parágrafo 1.776 del Catecismo de la Iglesia católica, podemos leer: En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal […]. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón […]. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”. El Cardenal Newman en una carta dirigida al duque de Norfolk le escribía: La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”. Concretando podemos decir que: La conciencia es un juicio de la razón, por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto. Pero siempre que se trate de una conciencia correcta que emitirá un juicio que no se erróneo. Porque una recta conciencia, no se halla sumida  ni en el laxismo, ni en la escrupulosidad.

 

La conciencia que Dios nos pone en el alma cuando nos crea, que como nos dice san Juan Pablo II en su Encíclica “Veritatis splendor”, Ella es el sagrario del hombre en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella, podemos perfeccionarla o tratar de anularla. Porque ella, tal como decía San Agustín, es el gran tormento para los pecadores, así como también es una fuente de alegría para los justos.

 

Para el obispo F. Sheen, hay tres pasos para la formación de una falsa conciencia: Embotar la conciencia; Aturdir la conciencia; y Matar la conciencia. Todo ocurre lentamente no sucede de la noche a la mañana, pero poco a poco el hombre puede llegar a perder el sentido del pecado.

 

San Juan Crisóstomo decía: Uno comprende enseguida la culpa de otro, pero con dificultad se da cuenta de la suya; un hombre es imparcial en causa ajena, pero se perturba en la propia. Por ello los padres del desierto afirmaban que El que ve su pecado es mayor que el que resucita a los muertos”.

 

Es curiosa la actitud que adopta el ser humano, frente a las personas que, sin ellas pretenderlo, le dan testimonio de su vida espiritual. Les molesta que alguien les intranquilicen en su conciencia y actuaciones.

 

Generalmente, son personas que tienen deteriorada su conciencia, presuman de la pureza de esta y de vivir sin problemas y en paz. Fulton Sheen a este respecto escribe: Lo peor que hay en el mundo no es el pecado, sino la negación de éte que hace la falsa conciencia. Porque tal actitud hace que el perdón sea imposible. El pecado imperdonable es la negación del pecado”…. Una persona puede negar el pecado pero nunca escapa a sus efectos.

 

Y Georges Chevrot, apostilla diciendo: Para conservar la rectitud a nuestra conciencia es menester, no mirar primero de nuestro lado, pues toda preocupación subjetiva tiene como efecto, doblegar el derecho, desnaturalizar la verdad, y eludir los verdaderos deberes. En cuanto se discute una obligación, se prepara uno a no ejecutarla. Los limpios de corazón son los que ven a Dios y tratan primero de ver su voluntad.

 

Solo con un constante desarrollo de nuestra vida espiritual, podemos llegar a alcanzar una recta conciencia, que nos sirva de instrumento eficaz para llegar definitivamente al amor del Señor.

 

Juan del Carmelo

 

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