La iniquidad de la riqueza y el ojo de la aguja

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         “No es posible, no, no es posible enriquecerse sin cometer mil iniquidades” (San Juan Crisóstomo).

         «Hijos, ¡qué difícil es que entren en el Reino de Dios los que confían en sus riquezas! Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios” (Mc 10,24).

         «Nuestro mayor peligro consistiría en ser ricas» (Madre Teresa de Calcuta).

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            El duque de Buckingham era muy avaro consigo mismo. Dijo en una ocasión a sir Robert Winer:

         —Temo morir en la mendicidad como una rata de iglesia.

            Y éste le respondió:

            —Y yo temo que viváis como teméis morir.[1]

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         Hay quien en la vida persigue un tipo de riqueza e ignora  el verdadero tesoro que tiene su caja fuerte en el cielo. No se puede aspirar a ambas, se excluyen mútuamente. O se es rico según el mundo o se es rico según Dios.

         Si no eres capaz de dar es que careces de esa aptitud de desapego y donación; si no te desprendes de tantas riquezas irás tan cargado que a la hora de entrar por el ojo de la aguja (es decir, por la puerta estrecha), la carga te impedirá el paso. Descárgate, pues, de tantas adherencias materiales que te impedirán atravesar la puerta por la que se accede al cielo.

         Si has hecho de la riqueza la razón de vivir has perdido a Dios. La riqueza es tu dios, y su suerte su destino. Así sucederá al que atesora para sí y no es rico a los ojos de Dios (Lc 12,21).

         Nadie puede ser rico y estar vivo. No se puede ser rico y poseer una conciencia viva.

         «El que se apresura a enriquecerse no será sin culpa» (Prov 28,20).

         “Detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen”, decía Honorato de Balzac; que es parecido a lo que arriba decía san Juan Crisóstomo: “No es posible, no, no es posible enriquecerse sin cometer mil iniquidades”. Mahatma Gandhi decía:»Resulta difícil, aunque no imposible, hacer negocios de manera absolutamente honesta. Lo que, desde luego, es cierto es que la honradez es incompatible con la acumulación de una gran fortuna». Desde un punto de vista moral y de justicia social, es un crimen el enriquecerse a costa de otros, el explotarlos, engañarlos y manipularlos para hacerse con sus bienes y arrebatarles sus derechos; ¿cuántas riquezas tienen origen en la ignominia: en el enriquecimiento ilícito, robo, fraude, crimen, drogas, tráfico de armas, usura, desamortizaciones, alteraciones de precios…, extracción de recursos…, y otras mil artimañas innobles que ha llevado a amasar grandes fortunas, y que siempre y el cualquier caso, se miró a adelante sin repara en los que se hallaban y hallan miserablemente en la cuneta, como si no fueran hermanos. «Sepa que es el más miserable de los hombres quien se enriquece con la miseria ajena» (San Zenón de Verona). De modo que como día Platón: «Es imposible se extraordinariamente bueno y, a par, extraordinariamente rico»[2].

         Inclinándose sobre el misterio de Belén, el Padre de Foucauld decía: «Si hay alguno que puede contemplarte en la gruta y seguir siendo rico, no lo sé: yo no puedo».

         Si has hecho de la riqueza la razón de vivir has perdido a Dios. La riqueza es tu dios, y su suerte su destino.

         «Decir a un regalado y rico, que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con moderar su plato, para que coman otros siquiera pan, que mueren de hambre, sacará mil razones para no entender esto, sino a su propósito. (Santa Teresa de Jesús).

         La riqueza genera ateísmo. El oro sustituye a Dios.

         Nadie puede ser rico y estar vivo.

 

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         «El pequeño burgués no posee los signos externos ni las facilidades del rico, pero toda su vida está en tensión hacia la adquisición de unos y otras. Sus valores son los del rico, achaparrados, desfigurados por la envidia. No es rico solamente quien tiene mucho dinero. Es rico el pequeño empleado que se ruboriza de su traje raído, de su calle»[3].

         «Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mi mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.

         En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho.»[4]

         Tener la capacidad de desprenderse de cualquier riqueza, es la mayor riqueza, la única riqueza verdadera, que sólo algunos poseen. 

 

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[1] FISAS, C., Mis anécdotas preferidas, Plaza y Janés, Barcelona, 1997, p.263.

[2] cfr. «De Legibus», V.

[3] MOUNIER, E.: «Revolución personalista y comunitaria», en «Obras», p.277.

[4] FROMM, E.: «El arte de amar», Ed. Paidos, Barcelona 1986, p.32.

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