La Providencia

         No os inquietéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos? o ¿cómo vestiremos? Por todas esas cosas se afanan los gentiles. (Mt 6, 31).

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           Cuando (1971) abrió su primera casa en Estados Unidos, situándola en uno de los barrios más pobres de Nueva York, el arzobispo Terence Cooke se brindó a pasar una cantidad mensual de 500 dólares por cada una de las cinco hermanas.

           A la Madre Teresa, testigo del afecto que el cardenal norteamericano tenía por las hermanas, le resultaba embarazoso expresar su rechazo.

           Tras pensarlo, creyó haber dado con la expresión adecuada:

        —Eminencia, nos hemos comprometido a depender exclusivamente de la divina Provindencia. Hasta ahora jamás nos ha faltado lo necesario. ¿Cree que Dios va a quebrar precisamente en Nueva York?[1]

 

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            Por 1883 un médico, enviado por el gobierno comunista de un país amigo, llegó a una leprosería de esas lejanas tierras asistida por un grupo de misioneros para prestar su colaboración.

           Al poco tiempo de su estancia preguntó con un tono un tanto sarcástico y burlón a una de las hermanas enfermeras que usaba una máscara aséptica:

      —Compruebo para mi sorpresa que ustedes se toman más cuidados profilácticos incluso que yo, ¿acaso no confían que la Providencia divina les ha de proteger de cualquier contagio?…

           La hermanita sin molestarse por la ironía le contesto:

           —Sí, ya lo creo, doctor, que confiamos en la Providencia. Dios nos favorece y cuida de nosotras con estas mascarillas. Y usted no debería descuidar su protección y usar siempre estos medios que el Señor nos ofrece.        

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         “Idea que Camus pone en labios del doctor Rieux: “Si yo creyera en Dios, le dejaría actuar; pero nadie, ni el que dice que cree, se abandona así”. Lo defectuoso es la  primera consecuencia. La fe en Dios, si Dios es Dios, no lleva a pensarle “a nivel” con nosotros, sino como el último Fondo de realidad que sostiene nuestro actuar: no un competidor ni un suplente, sino la “Fuerza de nuestra fuerza” (acertada expresión de H. Duméry).”[2]

         Dios se vale de los medios más normales, elementales, humanos, naturales y al alcance de la mano, para sencillamente y sin prodigios ser providente con los que ama. Hay quien lo ve y hay quien no. Para ver la mano de Dios en las cosas de cada día, en las más humildes se necesita de la fe.

         Dios se vale de cualquier medio para hacer el bien; el instrumento (hombre, cosas, etc.) de que se valga no ha de adjudicarse el mérito. Pues el impulso, el movimiento procede de Dios.

       Dios quiere que sus criaturas participen, cooperen, concursen, sean protagonistas de sus designios amorosos. Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece (Flp 2,13).

         El hombre es la providencia de Dios, el que tiene de poner los medios según Dios. Dios arregla las cosas desde dentro del hombre, en íntima unión y mística colaboración, como decían los clásicos del Medievo “cuando Dios trabaja, el hombre suda”. El hombre que ha de hacer a Dios providente. Los medios y los avances de la ciencia son posibilidades que concede Dios. Dios actuar discretamente, “tímidamente”, a través de las causas  segundas.

         La mayor providencia de Dios para el hombre es haberle dado la capacidad de ser prudente y “valerse” por sí mismo: de tener inteligencia, capacidad de pensar, de ser responsable, maduro, adulto,…

 

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16Moisés les dijo: “Ese es el pan que os da Yavé para alimento. Mirad que Yavé ha mandado que cada uno de vosotros recoja la cantidad que necesita para alimentarse, un ómer por cabeza, según el número de personas; cada uno recogerá para cuantos tenga en su tienda”.

17Los hijos de Israel hicieron así y recogieron unos más y otros menos.18Pero, al medir luego con el ómer, hallaron que el que había recogido de más, no tenía nada de más, y el que había recogido de menos, no tenía nada de menos, sino que tenía cada uno lo que para su alimento necesitaba.

19Moisés dijo: “Que nadie deje nada para mañana”.20No obedecieron a Moisés, y muchos dejaron algo para el día siguiente; pero se llenó de gusanos y se pudrió. Irritóse Moisés contra ellos. 21Todas las mañanas recogían el maná, cada cual según su consumo, y cuando el sol dejaba sentir sus ardores, se derretía. (Ex 16,18-21)..

 

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         Los ateos viven “tan tranquilos” sin Dios, y nosotros los creyentes tenemos que vivir “como sin Dios”, en la tranquilidad.

 

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[1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, pp.22-23.

[2] GOMEZ CAFFARENA, J.: “¿Cristianos, hoy?”, Cristiandad, Madrid 1979, p.281.

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