![]() «Este sol resplandeciente que se encuentra en el centro del alma, no pierde ni su resplandor ni su belleza; está siempre dentro del alma, y nada puede arrebatarle su magnificencia.» (Santa Teresa)[1]. «Hay quien vive del aire sin conocerlo. Y así vivimos de Dios y en Dios acaso, en Dios espíritu y conciencia de la sociedad y del Universo todo.» (Unamuno)[2].
«No podemos nunca conducirnos `frente’ a Dios, sino porque, previamente, estamos en cierto modo envueltos por El, estamos en El, sustentados, fundamentados, `religados’ a El.» (Wittgenstein)[3].
***** A una pregunta sobre Dios de uno de los alumnos, el profesor de religión respondió: —Cualquier pretensión de definición de Dios siempre será un pálido reflejo de lo que El es. Es el gran desconocido. Sobran las palabras, por insuficientes. Sólo el silencio admirativo le haría justicia. Pues, como dijo el filósofo, «de lo que no se puede hablar mejor callar». —Entonces… ¿Por qué hacer teología? —observó el alumno— ¿Por qué nos habla usted de El y no calla? El profesor repuso con santa sencillez: —Estando de pie en el sol, no podemos dejar de sentir su calor y de ver con su luz… Aunque somos conscientes de que cualquier palabra al respecto sea tan inútil como encender una lámpara a plena luz del día; no hablamos por pretender ninguna definición, sino por admiración. Y a continuación contó el siguiente relato: Partió san Luis, rey de Francia, en peregrinación a los más famosos santuarios del mundo. Y como oyó celebrar la mucha fama de santidad de fray Egidio, que había sido uno de los primeros compañeros de san Francisco, entró en deseo de visitarle. Al llegar a la puerta del convento de los frailes, como un pobre peregrino desconocido, preguntó por fray Egidio, no diciendo al portero quién era. El portero avisó al fraile. Dios le inspiró y reveló que aquél era el rey de Francia por lo que súbitamente y con gran fervor, salió de su celda, corrió a la puerta y sin más preámbulos, como si siempre se hubieran visto, con grandísima devoción se arrodillaron y se abrazaron. El abrazo fue tan familiar y cariñoso cual pudiera serlo el de dos amigos íntimos; pero a todo esto no hablaban, permanecían abrazados en silencio, como en señal del caritativo amor que los unía. Después de largo rato, sin decirse palabra alguna se separaron. Cundiendo la noticia entre los demás frailes, tuvieron todos grandísimo disgusto de que fray Egidio no le hubiese hablado ni una sola palabras, reprendiéndole por eso. Le decían: -¡Oh, Egidio! ¿Por qué has estado tan descortés con un rey tan santo que ha venido de Francia para verte y oírte alguna buena palabra y al que no has sido para decirle nada? A lo que contestó fray Egidio: -Hermanos carísimos, no debéis maravillaros de esto, porque ni él ni yo podíamos articular palabra. Tan pronto como nos abrazamos, la luz de la sabiduría me manifestó y reveló su corazón y a él el mío. Así, guardando en el corazón por obra de la divina gracia lo que queríamos decirnos, nos conocimos mejor que si nos hubiésemos hablando con la boca y fue mayor el consuelo que sentimos. Si con la palabra hubiéramos querido explicar lo que en el corazón sentíamos, por los defectos del humano lenguaje que no puede claramente expresar los secretos misterios de Dios, hubiéramos caído más en desconsuelo que en satisfacción. Tened por cierto que el rey se fue de aquí muy contento y maravillosamente consolado. [4] *****
Un día el hermano Bernardo y el hermano Pedro fueron a visitarnos. Los tres se abrazaron y permanecieron largamente enlazados. Después se separaron sin pronunciar una sola palabra y los dos hermanos desaparecieron tras los árboles del bosque. Cuando los dos nos quedamos solos, me senté junto a Francisco. —¿Por qué no habéis hablado, hermano Francisco? —pregunté incapaz de contener mi lengua—. No os veíais desde hace mucho tiempo. ¿No teníais nada que deciros? —¡Cómo! —dijo, sorprendido—. No hemos hecho otra cosa que hablar todo el tiempo. Nos lo hemos dicho todo… —No he oído nada. Francisco sonrió: —¿Con qué oídos escuchabas, hermano León? ¿Con los de arcilla, esos que se enrollan a la izquierda y derecha de tu rostro? Pero debiste escuchar con los otros, los de dentro… [5] *****
El agnóstico calla sobre Dios, por defecto; el santo, por exceso. «Oh Tú, más allá de todo, ¿por qué otro nombre puedo llamarte?» (San Juan Crisóstomo). Hablar de Dios no es propiamente hablar de El, pues Dios está más allá de toda palabra. Al místico no le sirven las palabras. Más enseña el silencio que éstas; porque lo Infinito está tras el límite de la palabra. «Dios es siempre mayor», decían teólogos medievales. La Verdad no se puede encerrar en unas palabras. Siempre serán insuficientes, porque la Verdad es indescriptible; la Verdad desborda los límites de lo humano. En relación a ella, al Misterio, siempre somos aprendices. Cuanto más reconozcamos esta condición es señal de que empezamos a conocer: porque presentimos el Abismo. Cualquier paso adelante en este sentido es ensanchar el horizonte. No sabemos; pero lo sentimos. Más que de El «hablamos» del Asombro del Misterio. Es una experiencia indecible. Hablar de Dios (es pretender calzarse) cuando tan sólo descalzo se puede estar ante Dios: descalzarse de cualquier idea o noción es estar disponible a que Dios pase…, a que como Moisés podamos ver cuanto como humanos podemos ver de Dios, sin morir. La luz ciega a los próximos. Es imposible estar ante el sol y no ser deslumbrado. La pupila humana no puede acoger tanta Luz. Solo desde la oscuridad asumida se puede afirmar la luz del Misterio que deslumbra. Cuanto más junto a mí esté Dios, más incompresible se me hará. «Buscabas a Dios y le encontraste como quien es más allá de lo que se puede pensar… Luz inaccesible, verdaderamente no lo veo porque está demasiado junto a mí.» (San Anselmo)[6].
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Esta ahí, ¡su luz, su calor,…! No lo podemos atrapar, definir, hablar de ello, sin mermarlo; sabemos que no sabemos, pero hablamos para declarar eso: nuestra ignorancia en referencia a El.
«El amor abre los ojos para verla hermosura y la profundidad de la fe (cf. Ef 3,16ss). La fe es como el ojo del amor, pero el amor es como la claridad del sol sin la cual el ojo no puede ver bien.»[7]. Sólo se conoce verdaderamente, con una profundidad misteriosa, aquello que se ama. La realidad personal -y sobre todo la divina- es un misterio, y el misterio solo puede ser sondeado y penetrado por y desde el amor. Delante de Dios estamos pisando un terreno en el cual nos sentimos radicalmente impotentes, pues escapa a nuestra capacidad, a nuestro pensamiento. Dios es el Misterio inefable. Así dicen san Agustín: «Si lo comprendieras, no sería Dios»[8], y santo Tomás: «Nosotros no podemos captar de Dios lo que El es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a Él»[9]. La inefabilidad del Misterio divino «significa que no debemos presumir de comprenderla, pero sí que debemos apropiárnosla, acariciarla, hacerla nuestra en la medida de lo posible, para calentar con su calor el camino de nuestra vida»[10]. Nuestro saber es un no saber: un «entender no entendiendo», que dice santa Teresa. Tan sólo sabemos que no sabemos del Misterio Infinito e Inefable. No sabemos, y esto nos basta. Esto es una confesión de humildad y de reconocimiento, de dejar que el que sabe, El mismo, haga posible que sepamos algo de El: su sabor. Cuando estamos en esa onda, en ese sabor, estamos «poseídos» por el gusto por la bondad, absortos en la realidad amable, complacidos en el bien, polarizados en el amor como única cosa absolutamente importante, envueltos por la Presencia que nos habita, y entonces somos contemplativos, pues estamos sumergidos en el corazón de Dios, entregados a esa Realidad presente y radiante. Ahí ya nada cuenta, todo ¾como si de un sol abrasador se tratara¾ se ha convertido en ceniza, sin interés…
…………………………………………. [2] Del sentimiento trágico de la vida, Sarpe, Madrid, 1983, p.167. [3] Tractatus logico-philosophicus, Alianza, Madrid, 1973, p.203. [4] ANONIMO: «Florecillas de san Francisco de Asís», parte 1ª, cap. 34, Salvat 1969, pp.81-82. [5] KAZANTZAKIS, N., El pobre de Asis, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1973, p.244. [6] Proslogion. [7] HÄRING, B., Libertad y fidelidad en Cristo, II, Herder, Barcelona, 1982, p.114. [8] Serm. 52,6,16. [9] S. gent. 1,30. [10] TORRES QUEIRUGA, A., Recuperar la salvación, Encuentro, Madrid, 1979, p.213.
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