La pérdida de la conciencia

Unos días atrás, en un sermón el sacerdote se repetía diciendo que el peor mal de nuestro tiempo era la pérdida de consciencia o noción de pecado; ya no se aprecia la distinción entre lo que está bien o mal.

Pero, con ser esto verdad, no es aún lo peor. Lo peor es la pérdida de la conciencia en sí. Grave es el hecho de ver lo blanco negro y viceversa, confundir al bien con el mal y al revés; pues como dice el profeta ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo! (Is 5,20). Pero todavía lo más grave no es ya el hecho de distorsionar la mirada, de que esta vea las cosas de un color u otro, equivocando la realidad; no, no es eso ya lo peor, sino el hecho trágico de haber perdido la conciencia. No es un problema de la mirada, que no se vea bien o imperfectamente; sino del órgano mismo: no es que esté enfermo, sino que no existe.

Lo peor de lo peor es la aniquilación de la conciencia; no la noción de ésta sobre los hechos buenos o malos. El tribunal de la conciencia, donde se juzgan las acciones, ya no declara lo justo injusto y viceversa; es sencillamente ha dejado de existir.

Esto es trágico. Lo es en el sentido de que según los que creemos la conciencia es el lugar sagrado donde resuena la voz de Dios, que impele constantemente a hacer el bien y evitar el mal, a amar lo justo y a rechazar lo injusto.

Miren esto: hace años, muchos años ya, el mal (estafa, robo,  traición, adulterio, engaño, aborto, homicidio, etc.), que aunque se cometía -y se cometía más de lo deseable-, parecía malo, indebido, deshonroso, injusto, delito o pecado; se le repudiaba, y la persona se arrepentía y se aspiraba a enmendarse y mejorar. Después, no hace tanto años, se pasó a otro nivel: al que se refería el sacerdote en su sermón: en que se confunde el mal, lo indebido, el delito o pecado…, dándolo por supuesto como que está bien, que es un derecho e incluso hasta casi una obligación; y, claro, huelga cualquier posibilidad de rectificación y mejora. Y ahora, en este desdichado tiempo, se ha pasado a un tercer nivel: el de ausencia (por destrucción) de la conciencia. Y esto es el colmo del mal.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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