
El Evangelio Mc 10,46-52 de la liturgia de hoy, 28 de mayo, nos relata el caso de un cielo que le pide a voz en grito y con insistencia a Jesús que le cure la vista. Como dice el papa Francisco: “A Jesús, que todo lo puede, hay que pedirle todo. No te olvides de esto. Todo hay que pedirle a Jesús que todo lo puede, con mi insistencia ante Él.”
Hay cosas interesantes a destacar en este hecho:
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- Antes de nada, recordar que el hecho de la ceguera es un asunto de relevancia en los Evangelios: la palabra ciego aparece hasta en 46 veces, y en Nuevo Testamento, 50.
- El ciego se hallaba sentado al borde del camino: es un impedido, discapacitado, y se halla al margen, al borde del camino, y está sentado, sin hacer nada, es un descartado.
- El hombre al saber de quién pasaba por allí, Jesús, reclama la atención de este, y lo hace fritando y con insistencia, y con fe de que Jesús es el Mesías, y quien le puede sanar, y apela con fuerza a lo más íntimo, a las entrañas: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
- Entonces Jesús le hace llamar y que se levante –como ocurre con todos los hombres, peor especialmente con aquellos desechados, descartados al borde del camino. Y el ciego reacciona –y se produce un cambio de su situación, una conversión-: tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús.
- Y le pide: “…qué pueda ver”. A lo que Jesús respondió: “tu fe te ha salvado”. Es llamativo, Dios no sólo le cura el mal físico, la ceguera, sino que va más allá, le salva; hay una sobrenaturalidad, una plenitud de gracia divina. Es la respuesta a la fe que clama con confianza. De modo que, obrado el milagro salvador, comenzó a seguirlo por el camino.
- La ceguera física es símbolo de la ceguera espiritual y de falta de fe. El don de la vista implica el don de la fe. El ver nuevo a través de la curación otorgada por Jesús es un ver nuevo: ver las cosas según Dios, ver con los ojos sobrenaturales, ver más de lo que la simple vista ve, ver lo que está más allá de la apariencia, del fenómeno, ver a la luz de Dios, del actuar de su gracia en todo cuanto acaece, ver lo invisible que es lo realmente importante; de definitiva ver la realidad según Dios la ve.
Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,46-52:
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.
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Palabras del papa León XIV
(Audiencia, 11-6-2025. Catequesis. La vida de Jesús. Las curaciones. 9. Bartimeo. «¡Animo, levántate! El te llama!»)
Con esta catequesis quisiera dirigir nuestras miradas a otro aspecto esencial de la vida de Jesús, esto es, a sus curaciones. Por eso, los invito a presentar ante el Corazón de Cristo las partes más doloridas o frágiles de ustedes, aquellos lugares de su vida en los que se sienten paralizados y bloqueados. ¡Pidamos al Señor con confianza que escuche nuestro grito y nos cure!
El personaje que nos acompaña en esta reflexión nos ayuda a comprender que nunca hay que abandonar la esperanza, incluso cuando nos sentimos perdidos. Se trata de Bartimeo, un hombre ciego y mendigo, que Jesús encontró en Jericó (cf. Mc 10,40-52). El lugar es significativo: Jesús se dirige a Jerusalén, pero comienza su viaje, por así decirlo, desde los «infiernos» de Jericó, ciudad que se encuentra por bajo del nivel del mar. De hecho, Jesús, con su muerte, fue a recuperar a ese Adán que cayó y que nos representa a cada uno de nosotros.
Bartimeo significa «hijo de Timeo»: describe a ese hombre a través de una relación; sin embargo, él está dramáticamente solo. Pero este nombre también podría significar «hijo del honor» o «de la admiración», exactamente lo contrario de la situación en la que se encuentra [1]. Y dado que el nombre es tan importante en la cultura judía, significa que Bartimeo no consigue vivir lo que está llamado a ser.
Además, a diferencia del gran movimiento de personas que camina detrás de Jesús, Bartimeo permanece inmóvil. El evangelista dice que está sentado al borde del camino, por lo que necesita que alguien lo levante y lo ayude a seguir caminando.
¿Qué podemos hacer cuando nos encontramos en una situación que parece sin salida? Bartimeo nos enseña a apelar a los recursos que llevamos dentro y que forman parte de nosotros. Él es un mendigo, sabe pedir, es más, ¡puede gritar! Si realmente deseas algo, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!
El grito de Bartimeo, relatado en el Evangelio de Marcos —«¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!» (v. 47)— se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador».
Bartimeo es ciego, ¡pero paradójicamente ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús! Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama (cf. v. 49), porque no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él (cf. Éx 2,23). Parece extraño que, ante un ciego, Jesús no se acerque inmediatamente a él; pero, si lo pensamos bien, es la forma de reactivar la vida de Bartimeo: lo empuja a levantarse, confía en su posibilidad de caminar. Ese hombre puede ponerse de pie, puede resucitar de sus situaciones de muerte. Pero para hacer esto debe realizar un gesto muy significativo: ¡debe arrojar su manto! (cf. v. 50)
Para un mendigo, el manto lo es todo: es la seguridad, es la casa, es la defensa que lo protege. Incluso la ley tutelaba el manto del mendigo y obligaba a devolverlo por la tarde, si había sido tomado en prenda (cf. Ex 22,25). Sin embargo, muchas veces lo que nos bloquea son precisamente nuestras aparentes seguridades, lo que nos hemos puesto para defendernos y que, en cambio, nos impide caminar. Para ir a Jesús y dejarse curar, Bartimeo debe exponerse a Él en toda su vulnerabilidad. Este es el paso fundamental para todo camino de curación.
Incluso la pregunta que Jesús le hace parece extraña: «¿Qué quieres que haga por ti?». Pero, en realidad, no es obvio que queramos curarnos de nuestras enfermedades; a veces preferimos quedarnos quietos para no asumir responsabilidades. La respuesta de Bartimeo es profunda: utiliza el verbo anablepein, que puede significar «ver de nuevo», pero que también podríamos traducir como «levantar la mirada». Bartimeo, de hecho, no solo quiere volver a ver, ¡también quiere recuperar su dignidad! Para mirar hacia arriba, hay que levantar la cabeza. A veces las personas se bloquean porque la vida las ha humillado y solo desean recuperar su propio valor.
Lo que salva a Bartimeo, y a cada uno de nosotros, es la fe. Jesús nos cura para que podamos ser libres. Él no invita a Bartimeo a seguirlo, sino le dice que se vaya, que se ponga en camino (cf. v. 52). Marcos, sin embargo, concluye el relato refiriendo que Bartimeo se puso a seguir a Jesús: ¡ha elegido libremente seguir a Aquel que es el Camino!
Queridos hermanos y hermanas, llevemos con confianza ante Jesús nuestras enfermedades, y también las de nuestros seres queridos, llevemos el dolor de quienes se sienten perdidos y sin salida. Clamemos también por ellos, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará y se detendrá.
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[1] Es la interpretación que da también Agustín en El consenso de los evangelistas, 2, 65, 125: PL 34, 1138.
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Palabras del papa Francisco
(Angelus, 27 de octubre de 2024)
Hoy el Evangelio de la liturgia (Mc 10,46-52) nos habla de Jesús, que cura a un hombre de la ceguera. Su nombre es Bartimeo, pero la multitud, por la calle, lo ignora: es un pobre mendigo. Esa gente no tiene ojos para este ciego; lo dejan, lo ignoran. Ninguna mirada atenta, ningún sentimiento de compasión. Bartimeo tampoco ve, pero oye y se hace oír. Grita, grita fuerte: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (v. 48). Pero Jesús le escucha y le ve. Se pone a su disposición y le pregunta. «¿Qué quieres que te haga?» (v. 51).
“¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Esta pregunta, delante de una persona ciega, parece una provocación y, sin embargo, es una prueba. Jesús está preguntando a Bartimeo a quién busca realmente, y por qué motivo. ¿Quién es para ti el “Hijo de David”? Y así el Señor empieza a abrir los ojos del ciego. Consideramos tres aspectos de este encuentro, que se convierte en diálogo: el grito, la fe, el camino.
En primer lugar, el grito de Bartimeo, que no es solo una petición de ayuda. Es una afirmación de sí mismo. El ciego está diciendo: “Yo existo, miradme. Yo no veo, Jesús. ¿Tú me ves?”. Sí, Jesús ve al hombre mendicante, y lo escucha, con los oídos del cuerpo y con los del corazón. Pensemos en nosotros, cuando por el camino nos cruzamos con algún mendigo, cuántas veces miramos para otro lado, cuántas veces lo ignoramos, como si no existiera. Y nosotros, ¿escuchamos el grito de los mendigos?
Segundo punto: la fe. Jesús ¿qué dice? «Vete, tu fe te ha salvado» (v. 52). Bartimeo ve porque cree; Cristo es la luz de sus ojos. El Señor observa cómo Bartimeo le mira a Él. ¿Cómo miro yo a un mendigo? ¿Lo ignoro? ¿Lo miro como Jesús? ¿Soy capaz de entender sus preguntas, su grito de ayuda? Cuando tú das limosna, ¿miras a los ojos del mendigo? ¿Le tocas la mano para sentir su carne?
Finalmente, el camino: Bartimeo, curado, seguía a Jesús «por el camino» (v. 52). Pero cada uno de nosotros es Bartimeo, ciego dentro, que sigue a Jesús una vez que se ha acercado a Él. Cuando tú te acercas a un pobre y te haces sentir cercano, es Jesús que se acerca a ti en la persona de ese pobre. Por favor, no confundamos: la limosna no es beneficencia. El que recibe más gracia de la limosna es el que la da, porque se hace mirar por los ojos del Señor.
Rezamos juntos a María, aurora de la salvación, para que custodie nuestro camino en la luz de Cristo.
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(Ángelus, 24 octubre 2021)
El Evangelio de la liturgia de hoy habla de Jesús que, saliendo de Jericó, da la vista a Bartimeo, un mendigo ciego en el camino (cf. Mc10,46-52). Es un encuentro importante, el último antes de la entrada del Señor en Jerusalén para la Pascua. Bartimeo había perdido la vista, ¡pero no la voz! De hecho, cuando escucha que Jesús está a punto de pasar, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten misericordia de mí!» (v. 47). Y grita, grita esto. Los discípulos y la multitud están molestos por sus gritos y le reprochan que guarde silencio. Pero grita aún más fuerte: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!» (v. 48). Jesús escucha e inmediatamente se detiene. Dios siempre escucha el grito de los pobres, y no le molesta en absoluto la voz de Bartimeo, al contrario, se da cuenta de que está llena de fe, una fe que no tiene miedo de insistir, de llamar al corazón de Dios, a pesar de los malentendidos. y reproches. Y aquí está la raíz del milagro. De hecho, Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 52).
La fe de Bartimeo brilla a través de su oración. No es una oración tímida y convencional. En primer lugar, llama al Señor «Hijo de David»: es decir, lo reconoce como el Mesías, el Rey que viene al mundo. Luego lo llama por su nombre, con confianza: «Jesús». Ella no le tiene miedo, no se distancia. Y así, desde el corazón, clama al Dios amigo todo su drama: “¡Ten piedad de mí!”. Sólo esa oración: «¡Ten piedad de mí!». No le pide cambio como hace con los transeúntes. No. El que puede hacer todo lo pide todo. Pide a la gente un pequeño cambio, Jesús que todo lo puede, pide todo: “Ten piedad de mí.ten piedad de todo lo que soy ”. No pide una gracia, sino que se presenta: pide misericordia para su persona, para su vida. No es una petición pequeña, pero es hermosa, porque invoca la misericordia, es decir, la compasión, la misericordia de Dios, su ternura.
Bartimeo no usa muchas palabras. Dice lo esencial y se entrega al amor de Dios, que puede hacer florecer su vida realizando lo imposible para los hombres. Por eso no pide limosna al Señor, sino que manifiesta todo, su ceguera y su sufrimiento, que van más allá de no poder ver. La ceguera fue la punta del iceberg , pero en su corazón habrá heridas, humillaciones, sueños rotos, errores, remordimientos. Oró con su corazón. ¿Y nosotros? Cuando le pedimos a Dios una gracia, ¿ponemos también en oración nuestra propia historia, heridas, humillaciones, sueños rotos, errores, remordimientos?
“¡ Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí! «. Hagamos esta oración hoy. Y preguntémonos: «¿Cómo va mi oración?». Preguntémonos cada uno: «¿Cómo va mi oración?». Es valiente, tiene la buena insistencia de Bartimeo, sabe «asir» al Señor que pasa ¿O está satisfecha con darle un saludo formal de vez en cuando, cuando lo recuerdo? Esas oraciones tibias que no ayudan en absoluto. Y luego: ¿es mi oración «sustancial», desnuda mi corazón ante el Señor? ¿Le traigo la historia y los rostros de mi vida? ¿O es anémica, superficial, formada por rituales sin cariño y sin corazón? Cuando la fe está viva, la oración es sincera: no pide pequeños cambios, no se reduce a las necesidades del momento. A Jesús, que todo lo puede, hay que pedirle todo. No te olvides de esto. Todo hay que pedirle a Jesús que todo lo puede, con mi insistencia ante Él. No puede esperar para derramar su gracia y su alegría en nuestros corazones, pero lamentablemente mantenemos la distancia, quizás por timidez o pereza. O incredulidad. .
Muchos de nosotros, cuando oramos, no creemos que el Señor pueda obrar el milagro. Recuerdo esa historia – que vi – de ese padre a quien los médicos le habían dicho que su hija de nueve años no pasaba la noche; estaba en el hospital. Y tomó un autobús y recorrió setenta kilómetros hasta el santuario de la Virgen. Estaba cerrada y él, aferrado a la puerta, pasó toda la noche rezando: “¡Señor, sálvala! ¡Señor, dale la vida! ”. Rezó a Nuestra Señora toda la noche, clamando a Dios, clamando desde el corazón. Luego, por la mañana, cuando regresó al hospital, encontró a su esposa llorando. Y pensó: «Está muerta». Y su esposa dijo: «No entiendes, no entiendes, los médicos dicen que es algo extraño, parece curado». El grito de aquel hombre que pedía todo lo oyó el Señor que le había dado todo. Esto no es una historia: Vi esto en la otra diócesis. ¿Tenemos este valor en la oración? Al que puede darnos todo, le pedimos todo, como Bartimeo, que sea un gran maestro, un gran maestro de oración. Que él, Bartimeo, sea un ejemplo para nosotros con su fe concreta, insistente y valiente. Y que Nuestra Señora, la Virgen orante, nos enseñe a volvernos a Dios con todo nuestro corazón, confiando en que Él escucha atentamente cada oración.
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Catena Aurea
San Jerónimo
El nombre de la ciudad corresponde a la ya próxima pasión del Señor 1. «Después de esto -dice- llegaron a Jericó». Este nombre significa luna o anatema. Porque, cuando se acerca el abatimiento de la carne de Cristo se prepara la Jerusalén celestial.
«Y al partir de Jericó, un ciego», etc.
Beda
San Mateo dice que eran dos los ciegos que sentados junto al camino, imploraban a Cristo y recobraron la vista. San Lucas afirma que cuando se aproximó el Señor a Jericó curó del mismo modo a un ciego. Pero nadie -por lo menos ningún hombre prudente- pensará que se contradicen aquí los evangelistas, pues lo que hay aquí es que uno refiere con más extensión lo que omite el otro. Debe entenderse, pues, que uno de los ciegos era muy conocido, circunstancia que se desprende de citarlo San Marcos con su nombre y el de su padre.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,65
San Marcos, por consiguiente, quiso referir solamente la cura de aquél que, por ser más conocido, hacía más célebre el milagro. Ahora, por lo que hace a San Lucas, debemos entender que habla de otro ciego, cuya milagrosa cura obró el Señor de un modo enteramente igual.
«Habiendo oído, pues, que era Jesús Nazareno», etc.
Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum
El ciego llama al Señor hijo de David, oyendo las alabanzas de la muchedumbre que pasa, convencido de que se cumplían en El las profecías.
«Y reñíanle muchos para que callara».
Orígenes, in Matthaeum, tomo 16 tract. 13
Como si dijese: Los que ya creían pretendían hacerle callar y le increpaban porque llamaba hijo de David al Salvador, denominación en verdad muy indigna de El, en vez de hijo de Dios. Pero él no desistió. «Sin embargo, él alzaba mucho más el grito», etc. Oyó el Señor sus gritos y, «parándose entonces Jesús -dice el texto- lo mandó llamar». Ved, pues, cómo el ciego que menciona San Lucas es inferior a éste, porque no lo llamó Jesús, como dice San Mateo, ni lo mandó llamar, como se refiere aquí, sino que mandó se lo trajeran, puesto que no podía venir él por sí mismo.
Este ciego, por el contrario, fue llamado por mandato del Señor, según estas palabras: «Y le llamaron, diciéndole: Ea, buen ánimo, levántate que te llama». Y continúa: «El cual, arrojando su manto, se puso de pie al instante, y vino a El». Acaso el manto de este ciego mendicante es la pobreza y la ceguera en que se halla envuelto, y arrojándolo, llega al Señor, quien le pregunta: «¿Qué quieres que te haga?»
Beda
¿Podía acaso ignorar lo que quería el ciego Aquél que podía dar la vista? Pero lo interroga para que pida, para que se entregue de corazón a la oración.
San Juan Crisóstomo, homilae in Matthaeum 66,1
O bien: lo interroga para que no se creyera que concedía otra cosa que lo que deseaba, siendo su costumbre hacer que se manifestase el deseo de los que había de curar y aplicar el remedio entonces, a fin de suscitar la confianza de los demás y mostrar que el que iba a ser curado era digno de serlo.
«El ciego le respondió: Maestro mío, haz que yo vea».
Beda
No hay nada que pueda desear el ciego con preferencia a la vista, puesto que tenga lo que tenga, no puede verlo.
Pseudo-Jerónimo
Considerando, pues, la espontaneidad de este ruego, le recompensa llenando su deseo.
Orígenes, super Matth. tract. 13
Más digno es decir Maestro mío, o Señor, según se lee en otros, que hijo de David. Así es que el Señor, que no le dio la vista cuando lo llamó hijo de David, se la dio al llamarlo Maestro. «Jesús -continúa- le dijo: Anda, que tu fe te ha salvado. Y de repente vio, y le iba siguiendo por el camino», etc.
Teofilacto
Y el ciego manifestó su gratitud a Jesús, siguiéndolo en vez de dejarlo.
Beda
En sentido místico, Jericó, que se interpreta luna, designa nuestra mutabilidad. Y es ya cerca de aquella ciudad en donde dio el Señor la vista al ciego, porque después de haberse hecho carne y aproximándose la pasión, atrajo a muchos a la fe. Y no fue en los primeros tiempos de su encarnación, sino pocos años antes de su pasión, cuando reveló al mundo el misterio del Verbo.
Pseudo-Jerónimo
También la ceguera de los judíos desaparecerá al fin cuando les mande al profeta Elías.
Beda
Que el Señor diera la vista a uno solo al acercarse a Jericó, y a dos al partir de esta ciudad, significa que antes de su pasión predicó sólo al pueblo judío, y después de su resurrección y ascensión manifestó a los judíos y los gentiles por medio de los apóstoles los misterios de su divinidad y de su humanidad. Lo que escribe San Marcos del ciego curado hace referencia a la salvación de los gentiles, puesto que presentaba así a los que instruía en la fe la figura de su salvación. Pero San Mateo, que escribía su Evangelio para los que creían de entre los hebreos y para los gentiles a cuya noticia iba a llegar con el tiempo, habla de la cura de dos ciegos, a fin de enseñar que ambos pueblos habían de alcanzar la gracia de profesar la misma fe. Al salir el Señor de Jericó seguido de sus discípulos y de una muchedumbre de gente, se hallaba sentado el ciego pidiendo a orillas del camino. Porque el pueblo de los gentiles empezó a tener esperanza de ser iluminado cuando, seguido de muchos fieles, subió el Señor a los cielos, en donde entraron juntos con El los elegidos desde el principio del mundo. Este pueblo de los gentiles estaba sentado entonces pidiendo junto al camino, porque aún no había entrado en el camino de la verdad, aunque se esforzaba para llegar a él.
Pseudo-Jerónimo
También pide hambriento a orillas del camino el pueblo de los judíos que conserva la Escritura y no la cumple. Y clama diciendo: «Hijo de David, ten compasión de mí», porque su derecho a la luz está fundado en los méritos de los patriarcas. Conmínanle muchos para que calle, porque el pecado y el demonio ahogan la voz del pobre. Pero él gritaba más, porque, agravándose la lucha, es preciso clamar levantando las manos hacia la roca de salvación, es decir hacia Jesús Nazareno.
Beda
Habiéndose hecho famoso el nombre de Cristo, el pueblo de los gentiles trataba de unirse a El a pesar de la oposición de muchos: primero de los judíos y luego también de los gentiles, quienes no querían que el mundo una vez iluminado invocase al Señor. Sin embargo, su furiosa oposición no podía apartar de la salvación a los que estaban destinados a la vida. Al pasar Jesús oyó al ciego que gritaba, porque se compadecía por su humanidad, como por el poder de su divinidad disipa las tinieblas de nuestro entendimiento: por nosotros es por quienes nació y padeció Jesús, como quien está de paso porque esta acción es temporal, así como es atributo de Dios el disponerlo todo de un modo inmutable. El Señor llama al ciego que gritaba cuando manda la palabra de la fe al pueblo de las naciones por medio de sus ministros, quienes llamando al ciego le ordenan que se levante y se acerque al Señor, esto es, predicando a los ignorantes les mandan que tengan esperanza de su salvación, que se levanten del fango de los vicios y que se dispongan al estudio de las virtudes. Arrojando su manto, al instante se pone en pie, como el que liberado de los obstáculos que ofrece el mundo, se adelanta con paso ligero hacia el dador de la luz eterna.
Pseudo-Jerónimo
El pueblo judío se pone también en pie, despojándose del hombre viejo, como un cervatillo que salta en el monte cuando, deponiendo su negligencia y considerando en las alturas a los patriarcas, los profetas y los apóstoles, se adelanta hacia las cosas celestiales. Tal es, pues, el orden de la salvación: oír primero a los profetas, clamar después con la fe y, por último, ser llamados por los apóstoles, levantarse por la penitencia, despojarse por el bautismo, e interrogar por el deseo. El ciego, a quien interroga Jesús, pide ver la voluntad del Señor.
Beda
Imitémosle, pues, pidiendo al Señor, no las riquezas, no los bienes terrenos, ni los honores, sino la luz que nos hace ver como solo los ángeles ven. El camino para ello es la fe, y por eso el Señor contesta al ciego: «Anda, que tu fe te ha salvado». Ve, pues, y sigue al que obra el bien que ve su inteligencia. Porque el que hace el bien que conoce, y el que imita a Jesús, que no quiso la prosperidad en este mundo y toleró el oprobio y el desprecio, ése es el que lo sigue. Y porque perdimos la alegría interior por el goce de lo temporal, nos muestra con cuánta amargura se vuelve a ella.
Teofilacto
Dice que siguió al Señor en el camino, es decir, en esta vida, porque después de ella son excluidos de la eterna todos los que aquí no le siguieron, cumpliendo sus mandamientos.
Pseudo-Jerónimo
O bien: esta vida es aquélla que ha dicho: «Yo soy la verdad y la vida» ( Jn 14,6). Esto es, el camino estrecho que conduce a las alturas de Jerusalén y de Betania, al monte de los Olivos, que es el de la luz y del consuelo.
Notas
- Jericó marca un hito importante en la ruta del Señor a Jerusalén, donde le darán muerte y resucitará al tercer día. Algunos han visto en el pasaje como un cierto acento sobre la proximidad del cumplimiento de las predicciones del Señor Jesús, en relación a los misterios de su pasión y muerte.
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