La intimísima unión del Hijo y el Padre


En Evangelio (Jn 14,7-14) de la liturgia de hoy, 2 de mayo, Jesús nos revela el vínculo místico entre él y el Padre, la íntima comunión que hay entre ambos, que les hace uno: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). 

«Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11). «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9). Lo que Jesús dice y hace encuentra su fuente en el Padre, y el Padre se expresa plenamente en Jesús. Todo lo que el Padre desea decirnos se encuentra en las palabras y los actos del Hijo. Todo lo que Él quiere cumplir a favor nuestro lo cumple por su Hijo.

Esta unión es un misterio de tal dimensión que nunca podremos abarcar a comprenderla: es la intimidad de la Santísima Trinidad, que sobrepasa toda intuición que nuestra pequeñita cabeza humana puede apenas atisbar. Para darnos una idea, recodemos aquella anécdota acaecida a san Agustín, sobre el Misterio de Caridad de la Trinidad:

Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo.

Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca al niño y le pregunta:

—Oye, niño, ¿qué haces?»

—Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo —respondió el niño.

—Pero, eso es imposible.

Y el niño añadió:

—Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 7-14

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.

Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre’’.

 

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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI:

 (Audiencia general, 6 de septiembre de 2006))

Lo importante no es sólo ni sobre todo escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerlo a él personalmente, es decir, su humanidad y divinidad, su misterio, su belleza. Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo; más aún, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerlo a fondo si permanecemos alejados de él? La intimidad, la familiaridad, la cercanía nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a «venir» y «ver», es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta y de comunión de vida con Jesús, día tras día.

Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14, 7), Felipe, casi ingenuamente, le pide:  «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche:  «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú:  «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (…) Creedme:  yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.

Al final del Prólogo de su evangelio, san Juan afirma:  «A Dios nadie le ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1, 18). Pues bien, Jesús mismo repite y confirma esa declaración, que es del evangelista. Pero con un nuevo matiz:  mientras que el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios.

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores («Hechos de Felipe» y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida:  encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.

                                                                                                                         

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Catena Aurea

Crisóstomo ut supra.

Si, pues, dice: «Yo soy el Señor del que ha de ir al Padre, y a El iréis», etc., no siendo posible ir por otro camino, y habiendo dicho antes: «Nadie puede venir a mí, si mi Padre no lo trajere», diciendo ahora que nadie puede llegar al Padre sino por mí, iguala consigo al que lo engendró. Manifiesta la razón que tuvo al decir: «Sabéis a dónde voy, y sabéis el camino» ( Jn 6,44), con estas palabras: «Si me conocieseis a mí, conoceríais también a mi Padre». Como diciendo: Si conociereis mi sustancia y dignidad, conoceríais también la de mi Padre. Porque aunque lo conocían no era como convenía, hasta que después, con la venida del Espíritu Santo, lo conocieron de una manera perfecta. Por esta causa continúa: «Ahora le conocéis (se refiere a la cognición intelectual), y le habéis visto» (por mí), manifestando que quien a El ve, ve al Padre. Pero lo vieron no en su esencia pura, sino velada por la carne.
 

Beda.

Ahora debe preguntarse: ¿cómo es que dice el Señor «si me conocieseis», etc., cuando poco antes había dicho «sabéis a dónde yo voy, y sabéis el camino»? Parece deducirse que había algunos que sabían y otros que ignoraban, entre los cuales está Tomás.
 

San Hilario De Trin. lib. 7.

Siendo el Hijo el camino para ir al Padre, conviene inquirir si es por la enseñanza de su doctrina o por la fe en su naturaleza. Por ello busquemos el sentido correcto de estas palabras: «Si me conocieseis a mí, conocierais también a mi Padre». Así pues, el Señor ha mantenido este orden confirmando que en el sacramento del cuerpo que ha asumido se encuentra la naturaleza de la divinidad del Padre. Y ha distinguido el tiempo de la visión del tiempo del conocimiento, porque asevera que ya ha sido visto el que ha de ser conocido, para que adquiriesen desde el momento mismo de esta revelación el conocimiento de la naturaleza que ya habían visto.

San Hilario De Trin. lib. 7.

La novedad de lo que oía conmovió al apóstol Felipe: es visto como hombre, se proclama Dios, y afirma que, conocido El, es conocido el Padre, y que habiéndolo visto a El se ve al Padre. Felipe prorrumpió con la familiaridad propia de los apóstoles y preguntó: «Díjole Felipe: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta». No le dice que no lo haya visto, sino que le pide le sea mostrado; no le pide que lo muestre a la manera de una visión corporal, sino que le explique de qué manera habría de entender lo que ha visto. Había contemplado al Hijo a través de la humanidad, pero ignora cómo ver al Padre por El. Y así, para demostrar lo que El quería no era una explicación del modo de ver sino de cómo entender, dice: «Y nos basta».
 

San Agustín De Trin. 1, 8

Se busca nada más aquella alegría que se experimenta con su presencia ( Sal 15), cosa que comprendía bien Felipe, al decir: «Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta». Pero aún ignoraba que de la misma suerte pudo haber dicho a Jesús: Señor, muéstrate a nosotros, y esto nos basta. Y para que entendiese esto, exclamó Jesús: «Dícele Jesús: ¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me habéis conocido?».
 

San Agustín In Ioannem tract., 70.

Pero ¿cómo les dice esto, si sabían a dónde El iba, y sabían el camino no por otra razón sino porque lo conocían a El mismo? Pero fácilmente daremos solución a esta duda, si decimos que unos lo sabían y otros no, entre los cuales estaba Felipe.
 

San Hilario ut supra.

Reprende al apóstol que está ignorante en el conocimiento. Las cosas que El obró eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar pecados, resucitar a los muertos. De esto nace toda la reprensión, porque aún no había sido conocida la naturaleza divina en la carne humana. Por esto, cuando le pide que le muestre al Padre, responde: «Felipe, el que a mí me ve, ve también al Padre».
 

San Agustín ut supra.

Así solemos hablar de dos cosas muy semejantes: ¿Has visto aquello? Pues también has visto esto. Y en la misma forma se dice: Quien me ve a mí, ve a mi Padre. No porque El sea a la vez Hijo y Padre, sino porque el Hijo no podía diferenciarse en nada de la semejanza de su Padre.
 

San Hilario ut supra.

No se significa aquí la visión de los ojos carnales, y no es el hecho de haber nacido su carne de la Virgen María lo que aprovecha para que en El se contemple a Dios en su forma e imagen, sino que lo que hace que el Padre sea entendido en el conocimiento del Hijo de Dios, es que es tal la imagen que no difiere en género sino que enseña al Autor. La palabra del Señor no expresa un ser solitario y desligado de El, sino la unidad de naturaleza. Porque cuando dice «Y al Padre», se excluye la idea de algo singular y solo. ¿Qué otra interpretación resta sino que el Padre es conocido por medio del Hijo a causa de la unidad de la esencia?
 

San Agustín ut supra.

Sin embargo, ¿es digno de reprensión el que habiendo visto la semejanza, quiera contemplar a Aquel a quien es semejante? Mas si el Señor reprendía al discípulo, es porque veía la intención del que pedía, dado que Felipe quería conocer al Padre porque lo suponía superior al Hijo, y de esta manera desconocía al Hijo, creyendo que hubiese algo mejor que El. Para poner un correctivo a esta sospecha, dijo: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?». Como diciendo: Si para ti es demasiado entender esto, por lo menos cree lo que no entiendes.
 

San Hilario ut supra.

¿Cómo podían desconocer al Padre y qué necesidad había de mostrárselo a los ignorantes, cuando el Padre era visto en el Hijo? Y es visto por la propiedad de la naturaleza, dado que en la unidad de la naturaleza el engendrado y el generador son una sola cosa. De aquí, por consiguiente, la pregunta del Señor: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?».
 

San Agustín De Trin. lib. 7, 8

Quería que El viviera de la fe antes que pudiese verlo, y por eso dijo: «No lo crees». Porque la contemplación es el premio de la fe, y por la fe los corazones quedan limpios para ser dignos de tal premio.
 

San Hilario De Trin. lib. 7

El Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, no por la conjunción de dos géneros que se armonicen, ni por la inserción de una naturaleza en otra más capaz (porque según ley necesaria de los cuerpos, los continentes tienen que ser exteriores, pero nunca interiores), sino por la generación de una naturaleza viviente a partir de otra viviente. Así pues, Dios no nace de otro sino de Dios mismo.
 

San Hilario De Trin. lib. 5

Dios inmutable se conforma, para expresarme así, con su propia naturaleza, engendrando a Dios inmutable. Y no desmiente su naturaleza el que de un Dios inmutable nazca un Dios inmutable. Concebimos en El la naturaleza subsistente de Dios, cuando Dios está en Dios sin que haya fuera de Dios otro Dios.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Felipe quería contemplar aquí con los ojos carnales al Padre, porque de la misma forma creía ver al Hijo, acaso porque vio en los profetas que dicen: «Porque vi al Señor» ( Is 6,1), y por esta causa dice: «Muéstranos al Padre». De igual manera los judíos le preguntaron: ¿Quién es tu Padre? Y Pedro y Tomás le preguntaron a dónde iba, sin que ninguno entendiese su clarísima contestación. Y para que no se crea que Felipe se hacía pesado preguntando también «Muéstranos a tu Padre», añade: «Y esto nos basta», esto es, nada más deseamos saber. El Señor no contesta: «es imposible lo que pides», sino que demuestra que no ha visto ni al Hijo, porque si hubiera podido ver a Este, hubiera visto a Aquél. De aquí que diga: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve, ve también a mi Padre», etc. No dice: no me habéis visto, sino «no me habéis conocido», bajo el concepto de que el Hijo, permaneciendo igual al Padre, manifiesta muy convenientemente en sí mismo a Aquel que lo engendró. Después, distinguiendo las personas, dijo: «El que me ve, ve a mi Padre», para que nadie diga que el mismo Hijo es también el Padre. También con estas palabras demuestra que ni aun con los sentidos corpóreos había visto al Hijo. Si alguno interpreta esta visión por conocimiento, no me opongo tampoco a ello, como diciendo: «Quien me conoce a mí, conoce a mi Padre». Pero la verdad es que no dijo esto, sino que quiso representar la unidad de esencia, de esta suerte: Quien ve mi sustancia, ve la que asimismo es la del Padre. Por donde claramente se deduce que no es creatura, porque al ver la creatura, no todos ven a Dios. Mas Felipe quería ver la sustancia del Padre, y si Jesús hubiera sido de distinta sustancia, no hubiera dicho: «El que me ve a mí, ve a mi Padre», porque nadie puede ver la naturaleza del oro en la plata, ni ninguna esencia aparece en otra esencia diferente.
 

San Agustín ut supra.

Después habla, no singularmente a Felipe, sino colectivamente, diciendo: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo». ¿Qué significa no las hablo de mí mismo, sino que no he nacido de mí mismo yo que hablo? Y atribuye de esta suerte las operaciones que ejecuta a Aquél por quien El es.
 

San Hilario De Trin. lib. 7.

Por donde ni se excluye de ser Hijo, ni oculta la unidad de naturaleza en que conviene con el Padre. Porque en tanto que habla, lo hace permaneciendo en la sustancia única, y en tanto que no habla de suyo, atestigua que siendo Dios ha nacido de Dios.
 

Crisóstomo ut supra.

Obsérvese la abundancia de datos con que atestigua la unidad de esencia, al proseguir: «El Padre que está en mí, lleva a cabo las obras» ( Jn 10,37). Como diciendo: no obra de una manera el Padre y de otra yo. También dice en otro lugar: «Si yo no ejecuto las obras del Padre, no me creáis». Pero, ¿cómo empezando por las palabras llega a las obras? Parecía oportuno que hubiese dicho: El mismo habla las palabras; mas o ha querido hacer distinción entre los milagros y los signos, o bien las palabras mismas eran también obras.
 

San Agustín In Ioannem tract., 72.

Quien edifica al prójimo con su palabra, realiza una buena obra. En estos dos textos encontramos dos clases de adversarios. Dicen los arrianos: «Ved aquí cómo el Hijo no es igual al Padre», porque no habla por propia autoridad. Dicen los sabelianos: «Véase cómo el Padre y el Hijo son una misma persona», porque ¿qué otra cosa puede ser: «El Padre que está en mí, El mismo obra», sino, Yo que estoy en mí, soy el que obro?
 

San Hilario ut supra.

Pero el permanecer el Padre en el Hijo no implica unidad y singularidad de persona, como el que el Padre obre por el Hijo no es propio de quien es diferente y extraño. Tampoco arguye unidad de persona que el que habla no hable de suyo, y, por otra parte, el hablar por medio del que habla no es propio de quien es ajeno y separado. Y como había enseñado que el Padre hablaba y obraba en El, establece la fe de su unidad perfecta, diciendo: «Creed en mí porque yo estoy en el Padre y el Padre en mí», a fin de que nadie sospechase que el Padre hablaba y obraba en el Hijo, no por la esencia (resultado de generación), sino en virtud del influjo de la santidad.
 

San Agustín In Ioannem tract., 70.

Antes sólo era reprendido Felipe; ahora se echa de ver que no era él solo al que allí se reprendía. «Creed, dijo, por las mismas obras, porque yo soy».
 

Crisóstomo ut supra.

Si, pues, esto no es suficiente para atestiguar la consustancialidad, por lo menos creed por las obras. Por esto prosigue: «Por lo menos creed por las obras mismas». Habéis presenciado milagros autorizados, y todas las cosas que son privativas de Dios y que sólo el Padre puede obrar, como son los pecados perdonados, la muerte destruida y otras cosas por el estilo.
 

San Agustín ut supra.

Creed, pues, por las obras, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Porque si estuviésemos separados, no podríamos de ninguna manera obrar inseparablemente.

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Al decir el Señor: «Creed por las obras», demuestra que no solamente puede realizar éstas conocidas, sino otras mayores. Dice además (y esto aumenta la admiración), que puede conceder esta facultad: «En verdad, en verdad os digo: Quien cree en mí, las obras que yo hago él también las hará, y mayores que éstas hará», etc.
 

San Agustín In Ioannem tract., 81.

Pero ¿cuáles son éstas mayores? ¿Acaso el que los enfermos se curasen, cuando ellos pasaban, con la sombra únicamente? En realidad, es más curar con la sombra que con el vestido. Sin embargo, cuando esto dice, lo que hace es recomendar sus palabras y obras. Y cuando dijo: «El Padre que está en mí, El practica las obras», ¿qué otras obras podía significar si no se refería a las palabras? El fruto de sus palabras era ciertamente la fe de ellos. Y con todo, cuando los discípulos predicaban el Evangelio, los creyentes no eran en tan escaso número como ellos, sino que las naciones creyeron. Además, ¿no se apartó aquel rico de su presencia lleno de tristeza? Pues sin embargo, lo que uno no practicó habiéndolo oído de sus labios, luego lo hicieron muchos cuando habló por boca de sus discípulos. Véase cómo realizó mayores cosas predicado por los creyentes que escuchado por los presentes. Mas no debemos fijarnos solamente en que obró mayores cosas por apóstoles, siendo así que no se refiere a ellos solos cuando dice «El que cree en mí». ¿Y acaso no debemos contar entre los fieles a los que no hayan llevado a efecto mayores cosas que Cristo? Duro es esto si no se comprende. El Apóstol dice: «Al que cree en Aquel que justifica al impío, su fe le es imputada a justicia» ( Rm 4,5). Aun en esta sola operación obramos en Cristo, porque es obra de Cristo el que creamos en El, y obra esto en nosotros, pero no sin nuestra cooperación. Atiéndase, pues: «El que cree en mí, las obras que yo hago él también las hará», porque yo hago que él haga. ¿Qué obras son éstas sino que de la impiedad pase a la justicia? Y esto lo hace Cristo en él, pero no sin él. Me atrevería a decir que esto es mucho más grande que crear el cielo y la tierra, porque el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y justificación de los predestinados serán eternas. Pero en los cielos los ángeles son también creados por Cristo. ¿Y hacen algo mayor que ellos los que cooperan con Cristo a su justificación? Discierna el que pueda qué es mayor, si crear justos o justificar impíos. Pues si lo uno y lo otro suponen igual poder, lo segundo implica mayor misericordia. Mas tampoco hay necesidad de entender en absoluto todas las obras de Cristo, cuando decía «Hará mayores que éstas», porque acaso aludía a las que en aquel instante obraba. Y en ese caso verdaderamente es de menos cuantía el predicar las palabras de la justicia (cosa que hace sin nosotros), que el justificar a los impíos, que se hace en nosotros para que nosotros lo hagamos.

El Señor prometió, a los que le pidiesen, una gran esperanza diciendo: «Porque yo voy al Padre».
 

Crisóstomo ut supra.

Esto es, no muero, sino que permaneceré con igual poder y estaré en los cielos. Tal vez quiso significar: En adelante, el hacer milagros es cosa que a vosotros toca, porque yo me voy.
 

San Agustín ut supra.

Y para que ninguno se atribuyese las cosas mayores que según su promesa harían, dice: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré». Antes había dicho hará y ahora dice haré, como diciendo: no os parezca esto imposible. No será mayor que yo el que en mí cree, pero yo haré entonces cosas mayores que las que hago ahora; realizaré más por el que crea en mí, que lo que ahora realizo por mí mismo. Lo cual no supone disminución de poder sino dignación.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 73.

Dice, empero, en mi nombre, porque los mismos apóstoles se expresaban así ( Hch 3,6): «En el nombre de Jesucristo, levántate y anda». En efecto, todo lo que hacían, lo hacía Jesús, y el poder del Señor estaba con ellos.
 

Teofilacto.

En estas palabras nos enseña la doctrina de los milagros, que todos pueden realizar por la oración y por la invocación de su nombre.
 

San Agustín ut supra.

Y ¿cómo dice «cuanto pidiereis», cuando vemos que muchos fieles piden y no reciben? ¿Acaso es porque piden mal? El que ha de convertir en su daño lo que pide, no lo recibe, por la misma piedad de Dios. ¿Cómo, pues, ha de entenderse «Todo lo que pidiereis, lo haré», si Dios no concede algunas cosas a los que se las piden mirando por su bien? ¿Por ventura se dijo esto solamente a los apóstoles? De ninguna manera, porque más atrás había dicho: «Quien cree en mí, las obras que yo hago, él mismo las hará» ( Jn 14,12). Porque, concretándonos a los mismos apóstoles, vemos que a aquel que hizo más que los otros se le rogó que se apartase de él el espíritu de Satanás, y no consiguió lo que había pedido. Oigase lo que en este lugar se dice: «En mi nombre» (que es Cristo Jesús); Cristo significa Rey, y Jesús, Salvador. Por esta razón todo aquello que pidiéremos en contra nuestra, no es pedido en nombre del Salvador. Porque El es Salvador no sólo cuando concede lo que pedimos, sino también cuando no lo concede, porque más Salvador se muestra cuando deja de hacer aquello que va contra nuestra salvación, a la manera que el médico conoce si lo que pide el enfermo es nocivo o provechoso para su salud. Véase por qué, cuando pedimos algo perjudicial, no concede la petición por acudir a la salvación. También es cierto que muchas cosas que en su nombre pedimos no las concede en el momento que nosotros la pedimos, pero las concede después; las difiere, no las niega. Inmediatamente añade: «Para que sea glorificado el Padre en el Hijo, lo que pidiereis en mi nombre esto haré». Es decir, que el Hijo nada hace sin el Padre, puesto que lo hace para que sea glorificado.
 

Crisóstomo ut supra.

Al ostentarse el Hijo tan poderoso, se glorificará el que lo engendró. Pone esto también para dar más fuerza a sus propias palabras.
 

Teofilacto.

Atiéndase al orden que sigue la glorificación del Padre. En el nombre de Jesús se verifican los milagros por los cuales los apóstoles han de dar autoridad a su predicación. Y así, llegando al conocimiento del Padre, el Padre se glorificaba en el Hijo.

 ACTUALIDAD CATÓLICA


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