La enseñanza macabea para nuestro tiempo

A continuación exponemos de forma seleccionada textos bíblicos pertenecientes a los Macabeos. Son dos libros del Antiguo Testamento considerados canónicos por las Iglesias católica y ortodoxa, no por las protestantes.

Estimamos que su lectura tiene un valor significativo para nuestros tiempos. Toda la Biblia, como palabra de Dios, tiene una enseñanza eterna, para todo el ser humano en cualquier momento histórico; pero en este caso, para nuestro momento actual nos atrevemos a decir que tiene una lectura profética.

 

I MACABEOS

 

I Macabeos   1

            1          Alejandro de Macedonia, hijo de Filipo, partió del país de Kittim, derrotó a Darío, rey de los persas y los medos, y reinó en su lugar, empezando por la Hélada.

            2          Suscitó muchas guerras, se apoderó de plazas fuertes y dio muerte a reyes de la tierra.

            3          Avanzó hasta los confines del mundo y se hizo con el botín de multitud de pueblos. La tierra enmudeció en su presencia  y su corazón se ensoberbeció y se llenó de orgullo.

            4          Juntó un ejército potentísimo y ejerció el mando sobre tierras, pueblos y príncipes, que le pagaban tributo.

            5          Después, cayó enfermo y conoció que se moría.

            6          Hizo llamar entonces a sus servidores, a los nobles que con él se habían criado desde su juventud, y antes de morir, repartió entre ellos su reino.

            7          Reinó Alejandro doce años y murió.

            8          Sus servidores entraron en posesión del poder, cada uno en su región.

           9          Todos a su muerte se ciñeron la diadema y sus hijos después de ellos durante largos años; y multiplicaron los males  sobre la tierra.

            10        De ellos surgió un renuevo pecador, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, que había estado como rehén en Roma. Subió al trono el año 137 del imperio de los griegos.

          11        En aquellos días surgieron de Israel unos hijos rebeldes que sedujeron a muchos diciendo: «Vamos, concertemos alianza con los pueblos que nos rodean, porque desde que nos separamos de ellos, nos han sobrevenido muchos males.»

            12        Estas palabras parecieron bien a sus ojos,

           13        y algunos del pueblo se apresuraron a acudir donde el rey y obtuvieron de él autorización para seguir las costumbres  de los gentiles.

          14        En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos,

            15        rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los gentiles, y se vendieron para obrar el mal.

            16        Antíoco, una vez asentado en el reino, concibió el proyecto de reinar sobre el país de Egipto para ser rey de ambos reinos.

            17        Con un fuerte ejército, con carros, elefantes, (jinetes) y numerosa flota, entró en Egipto

            18        y trabó batalla con el rey de Egipto, Tolomeo. Tolomeo rehuyó su presencia y huyó; muchos cayeron heridos.

            19        Ocuparon las ciudades fuertes de Egipto y Antíoco se alzó con los despojos del país.

            20        El año 143, después de vencer a Egipto, emprendió el camino de regreso. Subió contra Israel y llegó a Jerusalén con un fuerte ejército.

            21        Entró con insolencia en el santuario y se llevó el altar de oro, el candelabro de la luz con todos sus accesorios,

          22        la mesa de la proposición, los vasos de las libaciones, las copas, los incensarios de oro, la cortina, las coronas, y arrancó todo el decorado de oro que recubría la fachada del Templo.

            23        Se apropió también de la plata, oro, objetos de valor y de cuantos tesoros ocultos pudo encontrar.

            24        Tomándolo todo, partió para su tierra después de derramar mucha sangre y de hablar con gran insolencia.

            25        En todo el país hubo gran duelo por Israel.

            26        Jefes y ancianos gimieron,          languidecieron doncellas y jóvenes,          la belleza de las mujeres se marchitó.

               27        El recién casado entonó un canto de dolor,          sentada en el lecho nupcial, la esposa lloraba.

            28        Se estremeció la tierra por sus habitantes,          y toda la casa de Jacob se cubrió de vergüenza.

           29        Dos años después, envió el rey a las ciudades de Judá al Misarca, que se presentó en Jerusalén con un fuerte ejército.

            30        Habló dolosamente palabras de paz y cuando se hubo ganado la confianza, cayó de repente sobre la ciudad y le asestó  un duro golpe matando a muchos del pueblo de Israel.

            31        Saqueó la ciudad, la incendió y arrasó sus casas y la muralla que la rodeaba.

            32        Sus hombres hicieron cautivos a mujeres y niños y se adueñaron del ganado.

            33        Después reconstruyeron la Ciudad de David con una muralla grande y fuerte, con torres poderosas, y la hicieron su Ciudadela.

             34        Establecieron allí una raza pecadora de rebeldes, que en ella se hicieron fuertes.

            35        La proveyeron de armas y vituallas y depositaron en ella el botín que habían reunido del saqueo de Jerusalén. Fue  un peligroso lazo.

            36        Se convirtió en asechanza contra el santuario,          en adversario maléfico para Israel en todo tiempo.

             37        Derramaron sangre inocente en torno al santuario y lo profanaron.

          38        Por ellos los habitantes de Jerusalén huyeron;          vino a ser ella habitación de extraños,          extraña para los que en ella nacieron,          pues sus hijos la abandonaron.

          39        Quedó su santuario desolado como un desierto,          sus fiestas convertidas en duelo,          sus sábados en irrisión,          su honor en desprecio.

              40        A medida de su gloria creció su deshonor,          su grandeza se volvió aflicción.

            41        El rey publicó un edicto en todo su reino ordenando que todos formaran un único pueblo

            42        y abandonara cada uno sus peculiares costumbres. Los gentiles acataron todos el edicto real

            43        y muchos israelitas aceptaron su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado.

            44        También a Jerusalén y a la ciudades de Judá hizo el rey llegar, por medio de mensajeros, el edicto que ordenaba seguir costumbres extrañas al país.

           45        Debían suprimir en el santuario holocaustos, sacrificios y libaciones; profanar sábados y fiestas;

              46        mancillar el santuario y lo santo;

           47        levantar altares, recintos sagrados y templos idolátricos; sacrificar puercos y animales impuros;

            48        dejar a sus hijos incircuncisos; volver abominables sus almas con toda clase de impurezas y profanaciones,

            49        de modo que olvidasen la Ley y cambiasen todas sus costumbres.

            50        El que no obrara conforme a la orden del rey, moriría.

          51        En el mismo tono escribió a todo su reino, nombró inspectores para todo el pueblo, y ordenó a las ciudades de Judá que en cada una de ellas se ofrecieran sacrificios.

          52        Muchos del pueblo, todos los que abandonaban la Ley, se unieron a ellos. Causaron males al país

            53        y obligaron a Israel a ocultarse en toda suerte de refugios.

            54        El día quince del mes de Kisléu del año 145 levantó el rey sobre el altar de los holocaustos la Abominación de la desolación. También construyeron altares en las ciudades de alrededor de Judá.

            55        A las puertas de las casas y en las plazas quemaban incienso.

            56        Rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían hallar.

         57      Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, la decisión del rey le condenaba a muerte.

            58        Actuaban violentamente contra los israelitas que sorprendían un mes y otro en las ciudades;

            59        el día veinticinco de cada mes ofrecían sacrificios en el ara que se alzaba sobre el altar de los holocaustos.

           60      A las mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al edicto,

            61        con sus criaturas colgadas al cuello. La misma suerte corrían sus familiares y los que habían efectuado la circuncisión.

            62        Muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura.

           63        Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron.

            64        Inmensa fue la Cólera que descargó sobre Israel.

 

I Macabeos   4

          36        Judas y sus hermanos dijeron: «Nuestros enemigos están vencidos; subamos, pues, a purificar el Lugar Santo y a  celebrar su dedicación.»

             37        Se reunió todo el ejército y subieron al monte Sión.

          38        Cuando vieron el santuario desolado, el altar profanado, las puertas quemadas, arbustos nacidos en los atrios como en un bosque o en un monte cualquiera, y las salas destruidas,

            39        rasgaron sus vestidos, dieron muestras de gran dolor y pusieron ceniza sobre sus cabezas.

            40        Cayeron luego rostro en tierra y a una señal dada por las trompetas, alzaron sus clamores al Cielo.

            41        Judas dio orden a sus hombres de combatir a los de la Ciudadela hasta terminar la purificación del Lugar Santo.

            42        Luego eligió sacerdotes irreprochables, celosos de la Ley,

            43        que purificaron el Lugar Santo y llevaron las piedras de la contaminación a un lugar inmundo.

            44        Deliberaron sobre lo que había de hacerse con el altar de los holocaustos que estaba profanado.

            45        Con buen parecer acordaron demolerlo para evitarse un oprobio, dado que los gentiles lo habían contaminado. Lo  demolieron, pues,

           46        y depositaron sus piedras en el monte de la Casa, en un lugar conveniente, hasta que surgiera un profeta que diera  respuesta sobre ellas.

            47        Tomaron luego piedras sin labrar, como prescribía la Ley, y contruyeron un nuevo altar como el anterior.

            48        Repararon el Lugar Santo y el interior de la Casa y santificaron los atrios.

            49        Hicieron nuevos objetos sagrados y colocaron dentro del templo el candelabro, el altar del incienso y la mesa.

            50        Quemaron incienso sobre el altar y encendieron las lámparas del candelabro, que lucieron en el Templo.

            51        Pusieron panes sobre la mesa, colgaron las cortinas y dieron fin a la obra que habían emprendido.

          52      El día veinticinco del noveno mes, llamado Kisléu, del año 148, se levantaron al romper el día

            53        y ofrecieron sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían construido un sacrificio conforme a la Ley.

            54        Precisamente fue inaugurado el altar, con cánticos, cítaras, liras y címbalos, en el mismo tiempo y el mismo día en que los gentiles la habían profanado.

 

 

II MACABEOS

 

II Macabeos   9

            1          Sucedió por este tiempo que Antíoco hubo de retirarse desordenadamente de las regiones de Persia.

            2          En efecto, habiendo entrado en la ciudad llamada Persépolis, pretendió saquear el santuario y oprimir la ciudad; ante ello, la muchedumbre sublevándose acudió a las armas y le puso en fuga; y sucedió que Antíoco, ahuyentado por los naturales del país, hubo de emprender una vergonzosa retirada.

                  3          Cuando estaba en Ecbátana, le llegó la noticia de lo ocurrido a Nicanor y a las tropas de Timoteo.

            4          Arrebatado de furor, pensaba vengar en los judíos la afrenta de los que le habían puesto en fuga, y por eso ordenó al conductor que hiciera avanzar el carro sin parar hasta el término del viaje. Pero ya el juicio del Cielo  se cernía sobre él, pues había hablado así con orgullo: «En cuanto llegue a Jerusalén, haré de la ciudad una fosa común de judíos.»

             5          Pero el Señor Dios de Israel que todo lo ve, le hirió con una llaga incurable e invisible: apenas pronunciada esta frase, se apoderó de sus entrañas un dolor irremediable, con agudos retortijones internos,

            6          cosa totalmente justa para quien había hecho sufrir las entrañas de otros con numerosas y desconocidas torturas.

           7          Pero él de ningún modo cesaba en su arrogancia; estaba lleno todavía de orgullo, respiraba el fuego de su furor contra los judíos y mandaba acelerar la marcha. Pero sucedió que vino a caer de su carro que corría velozmente  y, con la violenta caída, todos los miembros de su cuerpo se le descoyuntaron.

            8          El que poco antes pensaba dominar con su altivez de superhombre las olas del mar, y se imaginaba pesar en una balanza las cimas de las montañas, caído por tierra, era luego transportado en una litera, mostrando a todos  de forma manifiesta el poder de Dios,

              9          hasta el punto que de los ojos del impío pululaban gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun estando con vida, entre dolores y sufrimientos, y su infecto hedor apestaba todo el ejército.

            10        Al que poco antes creía tocar los astros del cielo, nadie podía ahora llevarlo por la insoportable repugnancia  del hedor.

           11        Así comenzó entonces, herido, a abatir su excesivo orgullo y a llegar al verdadero conocimiento bajo el azote divino, en tensión a cada instante por los dolores.

            12        Como ni él mismo podía soportar su propio hedor, decía: «Justo es estar sumiso a Dios y que un mortal no pretenda igualarse a la divinidad.»

            13        Pero aquel malvado rogaba al Soberano de quien ya no alcanzaría misericordia, prometiendo

            14        que declararía libre la ciudad santa, a la que se había dirigido antes a toda prisa para arrasarla y transformarla  en fosa común,

          15        que equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado dignos, no de una sepultura, sino de ser arrojados con sus niños como pasto a las fieras;

            16        que adornaría con los más bellos presentes el Templo Santo que antes había saqueado; que devolvería multiplicados todos los objetos sagrados; que suministraría a sus propias expensas los fondos que se gastaban en los sacrificios;

           17        y, además, que se haría judío y recorrería todos los lugares habitados para proclamar el poder de Dios.

            18        Como sus dolores de ninguna forma se calmaban, pues había caído sobre él el justo juicio de Dios, desesperado de su estado, escribió a los judíos la carta copiada a continuación, en forma de súplica, con el siguiente contenido:

           19        «A los honrados judíos, ciudadanos suyos, con los mejores deseos de dicha, salud y prosperidad, saluda el rey y estratega Antíoco.

            20        Si os encontráis bien vosotros y vuestros hijos, y vuestros asuntos van conforme a vuestros deseos, damos por ello rendidas gracias.

            21        En cuanto a mí, me encuentro postrado sin fuerza en mi lecho, con un amistoso recuerdo de vosotros. A mi vuelta de las regiones de Persia, contraje una molesta enfermedad y he considerado necesario preocuparme de vuestra seguridad común.

            22        No desespero de mi situación, antes bien tengo grandes esperanzas de salir de esta enfermedad;

            23        pero considerando que también mi padre, con ocasión de salir a campaña hacia las regiones altas, designó su futuro sucesor,

            24        para que, si ocurría algo sorprendente o si llegaba alguna noticia desagradable, los habitantes de las provincias  no se perturbaran, por saber ya a quién quedaba confiado el gobierno;

            25        dándome cuenta además de que los soberanos de alrededor, vecinos al reino, acechan las oportunidades y aguardan lo que pueda suceder, he nombrado rey a mi hijo Antíoco, a quien muchas veces, al recorrer las satrapías  altas, os he confiado y recomendado a gran parte de vosotros. A él le he escrito lo que sigue.

            26        Por tanto os exhorto y ruego que acordándoos de los beneficios recibidos en común y en particular, guardéis cada uno también con mi hijo la benevolencia que tenéis hacia mí.

            27        Pues estoy seguro de que él, realizando con moderación y humanidad mis proyectos, se entenderá bien con vosotros.»

            28        Así pues, aquel asesino y blasfemo, sufriendo los peores padecimientos, como los había hecho padecer a otros, terminó la vida en tierra extranjera, entre montañas, en el más lamentable infortunio.

          29        Filipo, su compañero, trasladaba su cuerpo; mas, por temor al hijo de Antíoco, se retiró a Egipto, junto a Tolomeo Filométor. 

 

II Macabeos  10

            1          Macabeo y los suyos, guiados por el Señor, recuperaron el Templo y la ciudad,

           2          destruyeron los altares levantados por los extranjeros en la plaza pública, así como los recintos sagrados.

             3          Después de haber purificado el Templo, hicieron otro altar; tomando fuego de pedernal del que habían sacado chispas, tras dos años de intervalo ofrecieron sacrificios, el incienso y las lámparas, y colocaron los panes de la Presencia.

             4          Hecho esto, rogaron al Señor, postrados sobre el vientre, que no les permitiera volver a caer en tales desgracias, sino que, si alguna vez pecaban, les corrigiera con benignidad, y no los entregara a los gentiles blasfemos y bárbaros.

           5          Aconteció que el mismo día en que el Templo había sido profanado por los extranjeros, es decir, el veinticinco  del mismo mes que es Kisléu, tuvo lugar la purificación del Templo.

           6          Lo celebraron con alegría durante ocho días, como en la fiesta de las Tiendas, recordando cómo, poco tiempo antes, por la fiesta de las Tiendas, estaban cobijados como fieras en montañas y cavernas.

          7          Por ello, llevando tirsos, ramas hermosas y palmas, entonaban himnos hacia Aquél que había llevado a buen término la purificación de su lugar.

           8          Por público decreto y voto prescribieron que toda la nación de los judíos celebrara anualmente aquellos mismos  días.

          9          Tales fueron las circunstancias de la muerte de Antíoco, apellidado Epífanes.

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