Gimnasios de sustitución

La gente se preocupa de el aspecto físico de una manera compulsiva. En cambio, de su aspecto espiritual, ¡bah, les y trae al pairo! Es decir, sin cuidado, ni les ocupara ni les preocupa. ¡Cómo si no hubiera algo que cuidar, con más urgencia que el cuerpo!. A falta del cuidado del espíritu se exalta el cuidado corporal. La generalidad como imbuida de una fijación materialista de la existencia no tiene otra pre-ocupa que la atención de la apariencia física.

El abandono del cuidado de la persona en sí y en su integridad —y que es incluso cuestionada como naturaleza propia existente—, para obsesionarse con la apariencia del cuerpo, en un narcisismo muscular, resulta preocupante. El culto al cuerpo (cuerpolátrico)  se ha convertido en más una necesidad una adicción, hay una dependencia. Hay gente que no puede dejar a diario el ir al gimnasio; lo echa tan de menos como si le faltara algo fundamental.

Ante el olvida de la dimensión espiritual del ser humano, y su debida atención, y cuidado moral y religioso, los gimnasios se han convertido en los templos de la religión del cuerpo. Tan es así que en medio de nuestras grandes ciudades son ya más numerosos estos lugares del cuidado físico que las iglesias parroquiales. Es más, esta «sustitución» de lo espiritual por los físico ha llegado a plasmarse —simbólicamente, pero real— en que algún templo (abandonado, vendido) se ha convertido en gimnasio.

Es triste, penoso, ese desprecio de lo más importante de lo que el ser humano tiene y es; algo que toda la historia humana ha tenido como prioritario y fundamental, hasta que se ha llegado a los tiempos actuales. Lo nunca visto ha sucedido: La naturaleza espiritual del ser humano ha sido abandonada. ¿Y esto qué va a suponer? ¿Qué nos cabe esperar? Porque esto —no nos engañemos— tiene que tener lógica y forzosamente consecuencias en la manera de ser y comportarse este «nuevo» individuo surgido.

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