El amor al dinero. «Lo que es muy estimable para los hombres es detestable para Dios»

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En el evangelio (Lucas 16, 9-15) de hoy, 8 de noviembre, Jesús nos habla de ese afán vital  de muchos hombres por hacer dinero, convirtiéndolo en la primera de las prioridades de sus vidas; colocándolo por encima del único bien absoluto: Dios.

«No podéis servir a Dios y al dinero«, dice Jesús de manera determinante. Dios y el dinero se presentan como dos mundo antagónicos, entre los que no hay medio; o se sirve a Dios, y entonces hay que, despegar el corazón los bienes de este mundo, o viceversa.

 Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 9-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo. El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?

No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero’’.

Al oír todas estas cosas, los fariseos, que son amantes del dinero, se burlaban de Jesús. Pero él les dijo: “Ustedes pretenden pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce sus corazones, y lo que es muy estimable para los hombres es detestable para Dios”.

Hoy día el dinero parece ser lo que mueve al mundo. El «sumum bonum» de los antiguos y clásicos, como realización de su ser,  hoy es el dinero. En nuestro días el amor al dinero es de tal grado que el hombre es capaz de vender su alma al diablo. Y nos explicamos:

Hace años, la vergüenza o el sentimiento de culpa, por una acción deshonrosa, como el robar, era tan humillante que la persona en cuestión se veía inclinado a poner fin a su vida; hoy en cambio, se está muy lejos de eso, incluso hay quien se ufana de tal como si de un logro se tratara. También cabía la posibilidad del arrepentimiento, de confesar (sacramentalmente) la culpa, cumplir la penitencia y devolver lo robado (y en paz); hoy esto es, como por decirlo así, de «chiflados».

En los tiempos presentes, ser un corrupto en algo que se lleva apegado al alma. Tristemente. Y  lo que lo es aún más: el que parezca no importar en absoluto la posibilidad real de que la injusticia cometida con el robo sea demanda cuando todo sea descubierto al final de nuestros días y el Santo Tribunal abra el libro de nuestras acciones. Sabiendo que si no se repara y devuelve lo indebidamente apropiado, luego será exigido, y puede verse comprometida la vida eterna; pues ni aún así se rectifica.

Este es el triste grado de deterioro a que se ha llegado, ya no se es honrado por amor a Dios y a uno mismo, ni por ética y dignidad, ni tampoco por temor y respeto. Todo eso ya no cuenta para nada ante el dinero; se ha vendido el alma a este diablo, y ante él se dobla la rodilla… 

Está escrito: La «raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tim 6,10), incluso el de la condenación eterna. “Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón” (Lc  12,34).

 Aquello que resulta estimable para los hombres, según su lógica egoísta de corazón materialista y codicioso, es detestable para Dios. 

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 22 de septiembre de 2019)

La parábola contenida en el Evangelio de este domingo (cf. Lc 16, 1-13) tiene como protagonista a un administrador astuto y poco honrado que, acusado de haber despilfarrado los bienes del patrono, está a punto de ser despedido. En esta difícil situación, no recrimina, no busca justificación ni se deja desanimar, sino que busca una salida para asegurarse un futuro tranquilo. Al principio reacciona con lucidez, reconociendo sus propios límites: «Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza» (v. 3); luego actúa con astucia, robando a su amo por última vez. En efecto, llama a los deudores y reduce las deudas que tienen con el amo, para congraciárselos y luego ser recompensados por ellos. Se trata de hacer amigos con la corrupción y obtener gratitud con la corrupción, como desgraciadamente es habitual hoy en día.

Jesús presenta este ejemplo no como una exhortación a la deshonestidad, sino como una astucia. De hecho, enfatiza: «El señor alabó a ese administrador injusto, porque había obrado astutamente» (v. 8), es decir, con esa mezcla de inteligencia y astucia, que te permite superar situaciones difíciles. La clave para leer esta historia está en la invitación de Jesús al final de la parábola: «Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando lleguen a faltar, os reciban en las eternas moradas» (v. 9). Esto parece un poco confuso, pero no lo es: las “riquezas injustas” son el dinero ―también llamado “estiércol del diablo”― y en general los bienes materiales.

La riqueza puede empujar a la gente a construir muros, crear divisiones y discriminación. Jesús, por el contrario, invita a sus discípulos a invertir el curso: “Hacer amigos con las riquezas”. Es una invitación a saber transformar bienes y riquezas en relaciones, porque las personas valen más que las cosas y cuentan más que las riquezas que poseen. En la vida, en efecto, no son los que tienen tantas riquezas los que dan fruto, sino los que crean y mantienen vivos tantos lazos, tantas relaciones, tantas amistades a través de las diferentes “riquezas”, es decir, de los diferentes dones con los que Dios los ha dotado. Pero Jesús indica también el fin último de su exhortación: “Haceos amigos con las riquezas injustas para que os reciban en las moradas eternas”. Si somos capaces de transformar las riquezas en instrumentos de fraternidad y solidaridad, nos acogerá en el Paraíso no solamente Dios, sino también aquellos con los que hemos compartido, administrándolo bien lo que el Señor ha puesto en nuestras manos.

Hermanos y hermanas, esta página evangélica hace resonar en nosotros la pregunta del administrador deshonesto, expulsado por su amo: «¿Qué haré pues?» (v. 3). Frente a nuestras carencias y fracasos, Jesús nos asegura que siempre estamos a tiempo para sanar el mal hecho con el bien. Que los que han causado lágrimas hagan felices a alguien; que los que han quitado indebidamente, done a los necesitados. Al hacerlo, seremos alabados por el Señor “porque hemos obrado astutamente”, es decir, con la sabiduría de los que se reconocen como hijos de Dios y se ponen en juego por el Reino de los cielos.

Que la Santísima Virgen nos ayude a ser astutos para asegurarnos no el éxito mundano, sino la vida eterna, para que en el momento del juicio final las personas necesitadas a las que hemos ayudado sean testigos de que en ellas hemos visto y servido al Señor.

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Catena Aurea

San Gregorio, Moralium 18,11 super Iob 27,19

Para que los hombres encuentren algo en su mano después de la muerte, deben poner antes de ella sus riquezas en manos de los pobres. Prosigue: «Y yo os digo que os ganéis amigos de la mammona de la iniquidad», etc.
 

San Agustín, De verb. Dom. serm. 35

Llaman mammona los hebreos, a lo que los latinos llaman riquezas. Como si dijese: «Haceos amigos de las riquezas de la iniquidad». Interpretando mal estas palabras, roban algunos roban lo ajeno y de ello dan algo a los pobres y creen que con esto obran según está mandado. Esta interpretación debe corregirse. Dad limosna de lo que ganáis con vuestro propio trabajo. No podréis engañar al juez, que es Jesucristo. Si de lo que has robado al indigente das algo al juez para que sentencie a tu favor, es tanta la fuerza de la justicia, que, si lo hace así el juez, te desagradará a ti mismo. No quieras figurarte a Dios así, porque es fuente de justicia. Por tanto, no des limosna del logro y de la usura. Me dirijo a los fieles, a quienes distribuimos el cuerpo de Jesucristo. Pero si tales riquezas tenéis, lo que tenéis es malo. No queráis obrar más de este modo. Zaqueo dijo ( Lc 19,8): «Yo doy la mitad de mis bienes a los pobres». He aquí cómo obra el que se propone hacerse amigos con la riqueza de la iniquidad y para no ser considerado como reo, dice: «Si he quitado algo a otro, le daré el cuádruple». También puede entenderse así: Riquezas de la iniquidad son todas las de este mundo, procedan de donde quiera. Por esto, si quieres la verdadera riqueza, busca aquella en que Job abundaba cuando, a la vez que estaba desnudo, tenía su corazón lleno de Dios. Se llaman riquezas de iniquidad las de este mundo porque no son verdaderas, estando llenas de pobreza y siempre expuestas a perderse, pues si fuesen verdaderas te ofrecerían seguridad.
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,34

También se llaman riquezas de iniquidad, porque no son más que de los inicuos y de los que ponen en ellas la esperanza y toda su felicidad. Mas cuando son poseídas por los justos, son ciertamente las mismas, pero para ellos no son riquezas más que las celestiales y espirituales.
 

San Ambrosio

Llama inicuas las riquezas, porque sus atractivos tientan nuestros afectos por la avaricia, para que nos hagamos esclavos suyos.
 

San Basilio

Si heredases un patrimonio, recibirás lo acumulado por los injustos, porque entre tus antepasados necesariamente debe encontrarse alguno que las haya adquirido por usurpación. Supongamos que ni aun vuestro padre lo haya robado, ¿de dónde tienes el dinero? Si dices de mí, desconoces a Dios no teniendo noticia del Creador. Si dices que de Dios, dinos la razón por qué las has recibido. Por ventura ¿no es de Dios la tierra y cuanto en ella se contiene? ( Sal 23,1). Luego si lo que nosotros tenemos pertenece al Señor de todos, todo ello pertenecerá también a nuestros prójimos.
 

Teofilacto

Se llaman riquezas de la iniquidad, todas las que el Señor nos ha concedido para satisfacer las necesidades de nuestros hermanos y semejantes pero que reservamos para nosotros. Debíamos, por tanto, entregarlas a los pobres desde el principio. Pero, como en verdad fuimos administradores de iniquidad, reteniendo inicuamente todo aquello que se nos ha concedido para la necesidad de los demás, no debemos continuar de ningún modo en esta crueldad, sino dar a los pobres para que seamos recibidos de ellos en los tabernáculos celestiales. Prosigue, pues: «Para que cuando falleciereis os reciban en las eternas moradas».
 

San Gregorio, Moralium 21,24

Si adquirimos las eternas moradas por nuestra amistad con los pobres, debemos pensar, cuando les damos nuestras limosnas, que más bien las ponemos en manos de nuestros defensores que en las de los necesitados.
 

San Agustín, De verb. Dom. serm. 35

¿Y quiénes son los que serán recibidos por ellos en las mansiones eternas, sino aquellos que los socorren en su necesidad y les suministran con alegría lo que les es necesario? Estos son los menores de Cristo, que todo lo han dejado por seguirlo y todo lo que han tenido lo han distribuido entre los pobres, para poder servir a Dios desembarazados de los cuidados de la tierra y, libres del peso de los negocios mundanos, levantarse como en alas hacia el cielo.
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,34

No debemos entender que aquellos por quienes queremos ser recibidos en los eternos tabernáculos, son deudores de Dios, puesto que son los santos y los justos a quienes se alude en este lugar y que serán los que introduzcan a aquellos de quienes recibieron en la tierra remedio para sus necesidades.
 

San Ambrosio

Haceos amigos de la riqueza de la iniquidad, con el fin de que, dando a los pobres, podamos conseguir la gracia de los ángeles y de los demás santos.
 

Crisóstomo, hom. 33 ad pop. Antioch

Obsérvese que no dijo: para que os reciban en sus mansiones, porque no son ellos mismos los que admiten. Por esto cuando dice: «haceos amigos», añade «con las riquezas de la iniquidad», para manifestar que no nos bastará su amistad si las buenas obras no nos acompañan y si no damos en justicia salida a las riquezas amontonadas injustamente. El arte de las artes es, pues, la limosna bien ejercida. No fabrica para nosotros casas de tierra, sino que nos procura una vida eterna. Todas las artes necesitan unas de otras, pero cuando conviene hacer obras de misericordia, no es necesario otro auxilio que la sola obra de la voluntad.
 

San Cirilo

Así, enseñaba Jesucristo a los ricos que estimasen sobre todo la amistad de los pobres, y que atesorasen en el cielo. Conocía también la pereza de la humanidad, que es causa de que los que ambicionan riquezas no hagan ninguna obra de caridad con los pobres. Manifiesta, por tanto, con ejemplos claros, que éstos no obtendrán ningún fruto de los dones espirituales, añadiendo: «El que es fiel en lo menor, también lo es en lo mayor; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho». En seguida nos abre el Señor los ojos del corazón aclarando lo que había dicho antes, diciendo: «Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo que es verdadero?». Lo menor son, pues, las riquezas de iniquidad, esto es, las riquezas de la tierra, que nada son para los que se fijan en las del cielo. Creo, por tanto, que es fiel alguno en lo poco cuando hace partícipes de su riqueza a los oprimidos por la miseria. Además, si en lo pequeño no somos fieles, ¿por qué medio alcanzaremos lo verdadero, esto es, la abundancia de las mercedes divinas, que imprime en el alma humana una semejanza con la divinidad? Que sea éste el sentido de las palabras del Señor, se conoce claramente por lo que sigue: «Y si no fuisteis fieles en lo ajeno, lo que es vuestro, ¿quién os lo dará?», etc.
 

San Ambrosio

Son para nosotros ajenas las riquezas, porque están fuera de nuestra naturaleza y no nacen y mueren con nosotros. Jesucristo es nuestro porque es la vida de los hombres y vino a lo que es suyo.
 

Teofilacto

Así, pues, nos enseñó hasta aquí con cuánta caridad debemos distribuir las riquezas. Pero como la distribución de ellas no puede verificarse, según Dios, más que por la impasibilidad del alma, desprendida de ellas, añade: «Ningún siervo puede servir a dos señores».
 

San Ambrosio

No porque haya dos señores, siendo uno el Señor, pues aun cuando hay quien se esclaviza por las riquezas, sin embargo no da a éstas derecho ninguno de dominio, siendo él mismo el que se impone el yugo de la esclavitud. El Señor es uno sólo, porque sólo hay un Dios en lo que se manifiesta que el Padre y el Hijo tienen el mismo poder. Y explica la razón de ello cuando añade: «Porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno se llegará y al otro despreciará».
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,36

No habla así casualmente o sin reflexión, porque a nadie a quien se le pregunte si ama al demonio contestará que lo ama, sino más bien que le aborrece, mientras que casi todos dicen que aman a Dios. Así, pues, o aborrecerá al uno (esto es, al diablo) y amará al otro (esto es, a Dios), o se unirá con uno (esto es, con el diablo, buscando sus recompensas temporales) y despreciará al otro, esto es, a Dios, como acostumbran a hacerlo aquellos que, lisonjeándose con que su bondad los deje impunes, no hacen consideración de sus amenazas por satisfacer sus pasiones.
 

San Cirilo

Da fin a este discurso con lo que sigue: «No podéis servir a Dios y a las riquezas». Renunciemos, pues, a las riquezas y consagrémonos a Dios con todo celo.
 

Beda

Oiga esto el avaro y vea que no puede servir a la vez a Jesucristo y a las riquezas. Sin embargo, no dijo: quien tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas, porque el que está esclavizado por ellas las guarda como su siervo, y el que sacude el yugo de esta esclavitud, las distribuye como señor. Pero el que sirve a las riquezas sirve también a aquel que por su perversidad es llamado con razón dueño de las cosas terrenas y el príncipe de este siglo ( Jn 12; 2Cor 4).

 

Beda

Jesucristo había aconsejado a los escribas y a los fariseos que no presumieran de su justicia, sino que recibieran a los pecadores penitentes y redimiesen sus pecados por medio de limosnas. Pero ellos se burlaban del maestro de la misericordia, de la humildad y del buen uso de las riquezas, por lo cual dice: «Mas los fariseos, que eran avaros, oían todas estas cosas y le escarnecían». Por dos razones: o porque mandaba cosas de poca utilidad, o porque creían que ellos ya lo hacían así.
 

Teofilacto

Pero el Señor, descubriendo la malicia oculta que había en ellos, les manifiesta que su justicia es fingida. Por esto añade ( 1Cor 4,5): «Y les dijo: Vosotros sois los que os vendéis por justos delante de los hombres».
 

Beda

Se justifican delante de los hombres todos aquellos que desprecian a los pecadores como débiles y como desesperados y que, considerándose perfectos, creen que no necesitan del remedio de la limosna. Sin embargo, el que iluminará las tinieblas más profundas verá cuán digna de condenación es la hinchazón de este orgullo culpable. Y prosigue: «Mas Dios conoce vuestros corazones».
 

Teofilacto

Y por tanto sois abominables en su presencia por vuestra arrogancia y por vuestra ambición de favor humano. Así es que añade: «Porque lo que los hombres tienen por sublime, abominación es delante de Dios».
 

Beda

Los fariseos se burlaban del Salvador, porque predicaba contra la avaricia, como si mandase algo en contra de lo que prescribían la ley y los profetas, en donde se lee que muchos y muy ricos agradaron al Señor y que aun el mismo Moisés había predicho al pueblo que gobernaba, que si cumplía con exactitud la ley abundaría en toda clase de bienes terrenos ( Dt 28). Queriendo el Señor probar esto mismo, manifiesta que entre la ley y el Evangelio hay no pequeña diferencia en cuanto a las promesas y a los preceptos. Por esto añade: «La ley y los profetas hasta Juan».
 

San Ambrosio

No porque haya concluido la ley, sino porque ha empezado la predicación del Evangelio. Parece que las cosas menores se cumplen cuando empiezan las mayores.
 

Crisóstomo In Matthaeum hom. 38

De este modo les restituye la fe con más prontitud, como diciéndoles: «porque si todo se había cumplido hasta el tiempo de San Juan, yo soy quien viene, porque no hubiesen dejado de existir profetas, si yo no hubiese venido». Pero se dirá: ¿Cómo han durado los profetas hasta San Juan, siendo así que hay muchos más profetas en el nuevo testamento que en el antiguo? Pero habla de aquellos profetas que anunciaron la venida de Jesucristo.
 

Eusebio

Los primeros profetas habían conocido la predicación del reino de los cielos, pero ninguno de ellos la había anunciado terminantemente al pueblo judío, porque hallándose éste, por decirlo así, en la infancia, era incapaz de comprender la inmensidad de esta predicación. San Juan había predicado el primero y con toda claridad que se aproximaba el reino de los cielos y la remisión de los pecados por el bautismo de la regeneración. Por esto sigue: «Entonces es anunciado el reino de Dios y todos hacen fuerzas contra él».
 

San Ambrosio, in Lucam lib. 8

La ley enseñaba muchas cosas conforme a la naturaleza para atraernos al celo por la justicia con su indulgencia con las inclinaciones naturales. Pero Jesucristo corrige a la naturaleza, porque combate sus deleites desordenados. Por tanto, nosotros luchamos por ordenar la naturaleza para que no se hunda en las cosas de la tierra, sino que se levante a las del cielo.
 

Eusebio

Grande es la lucha que han de sostener los mortales para subir al cielo, porque los hombres vestidos de carne mortal que sujetan sus pasiones y enfrentan todo apetito ilícito, queriendo imitar a los ángeles, tienen que hacerse violencia para obrar de este modo. ¿Quién hay que viendo a los que se esfuerzan en el servicio de Dios y mortifican su carne, no confiese que se hace verdadera violencia por el Reino de los Cielos? Además, si alguno observa el propósito admirable de los venerables mártires, confesará que han entrado violentamente en el reino de los cielos.
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,37

También se hacen violencia por el reino de los cielos, no sólo despreciando las cosas de la tierra, sino también las palabras de los que se burlan de ellos por tales cosas. Esto lo añadió el evangelista cuando dijo que se burlaron de Jesús porque hablaba del menosprecio de las riquezas materiales.

 

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