Fiat, hágase

Fiat, hágase, es una palabra importante y maravillosa para la historia de la Humanidad; tal vez, la más, junto a amor, fe, esperanza…

  • Todo empezó con «hágase» en los orígenes de la Creación del Génesis…
  • Luego le siguieron los que obedientes a Dios siguieron su voluntad: Noé, Abrahán, Moisés, David, Elías y todos los profetas que pese a sus limitaciones humanas, se dispusieron al servicio del Espíritu Dios…
  • Y llegó el momento decisivo de María, quien accedió a dar el sí a Dios, con su «he aquí la sierva del Señor, hágase en mí­ según tu Palabra» (Lc 1,38) al arcángel Gabriel. Por ese fiat de aquella sencilla joven, Dios entra en la historia humana, adquiere su condición, se encarna (Jn 1,14) y la redime.
  • Luego, a su vez, María, en los comienzos del anuncio del Reino y de la manifestación de la divinidad de Jesucristo, encomienda a la humanidad hacer su voluntad: en las bodas de Caná  la Madre de Jesús encarga a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga.»(Jn 2, 11) .
  • Y por fin, llegó el momento cumbre y definitivo, cuando el Hijo de Dios, en el Monte de los Olivos, entre sudores de sangre, exclamó «non mea voluntas sed tua fiat!» (Lc 22,42) «hágase tu voluntad y no la mía».

En esta sencilla palabra «fiat», radica todo, pues nos lo jugamos todo. Marca la raya de si se estamos del lado de Dios o no, de si pertenecemos a su Reino o no, de si estamos bajo la acción de su gracia y si estamos dispuesto a amar según el ama. Si no escuchamos la voz de Dios y no hacemos su voluntad, nada de esto es posible.

Nuestra voluntad es una: querer lo que Dios quiere. Su voluntad —que quiere que hagamos— se identifica con lo que El quiere para nuestro bien; desobedeciendo, nos perjudicamos y  comprometemos gravemente nuestras vidas.

Es Jesús mismo el que dijo quien me ame hará lo que yo digo: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras…” (Jn 14,23-24a). La afirmación de fe de que amas al Señor se comprueba en si hacemos su voluntad.  En este fiat radica todo, es la muestra de que nuestra fe es sincera.

Decía San Francisco de Sales: «Algunos se atormentan buscando la manera de amar a Dios. Estas pobres almas no saben que no hay ningún método para amarle fuera de hacer lo que le agrada».

El Señor nunca deja de inspirar al alma lo que debe hacer, siempre que ella le escuche en vacío de todo lo suyo”, decía Madre Maravillas de Jesús.

La autenticidad cristiana radica en la disposición sincera y constante, aún con desfallecimientos, de conocer y cumplir, siempre y en cualquier circunstancia, la Voluntad de Dios, como Jesucristo nos enseñó durante su vida en la tierra: «Ecce venio, ut faciam voluntatem tuam» (Hb 10,9).

Creer, para ser salvo, está vinculado con el Fiat, hágase tu voluntad; creer es ponerse bajo la dinámica de la voluntad divina. Es decir, creer así es entrar en el Reino, reinado, de Cristo. Más que declarativo, es operativo; el creer está íntimamente unido al hacer, a la voluntad.  Ser dóciles a la Gracia.  Es todo. 

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo
.

……..

 

El Verbo toma carne de María virgen

«Abrazando la vida, construimos esperanza»

Cuentan que un día el P. Villarás, que vivía con san Juan de Ávila, se dirigió al santo Maestro con una pregunta: Padre, ¿sabe Vd. la noticia? Y san Juan de Ávila le respondió: –Que el Verbo se ha hecho carne.

Esa es la única noticia, que ilumina todas las demás. Ese acontecimiento es el que celebramos cada 25 de marzo, 9 meses antes del nacimiento de Jesús en Belén. Vino el ángel de parte de Dios y entabló un diálogo con María, la llena de gracia, para anunciarle el plan divino de la redención por medio del Hijo hecho carne en su seno virginal.

María dialogó con el ángel, no por plantearle dudas ni incertidumbres, sino para responder más conscientemente en su plena libertad al designio de Dios. La virginidad de María no era incompatible con su maternidad divina, al contrario, era la plenitud de esa virginidad, porque era una maternidad en la plenitud de la vitalidad maternal. Virgen y madre llegan aquí a su máxima expresión.

Preciosa escena, preciosa estampa, que los artistas han representado de múltiples maneras, intuyendo el misterio que esconde este diálogo del ángel con María. María acoge el plan de Dios y responde afirmativamente, entregando todo su ser virginal para ser madre de Dios. Esa fe de María, esa entrega se concreta en una palabra: fiat. Un sí mayúsculo y creciente, que en el Calvario se ensanchará para un parto doloroso en el que se convertirá también en madre nuestra.

Y el Verbo se hizo carne a partir de ese momento. La encarnación de Dios ya no es un proyecto, es una realidad palpitante en el seno de María. En este día celebramos también la Jornada de la Vida. “Abrazando la vida, construimos esperanza”, nos señala el lema del año 2025. El misterio del Verbo encarnado ilumina hoy con luz propia esa fase oculta de la vida de todo ser humano. Desde la concepción somos personas. Desde el instante mismo en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide, Dios crea el alma y tenemos una nueva vida, una nueva persona, con todos los derechos de vivir y con todas las obligaciones de quienes le rodean para no interrumpir su proceso de maduración.

El sí a la vida encuentra hoy escollos a salvar, como es la reivindicación del derecho a decidir la matanza de esa vida, si no resulta placentera. El aborto se ha generalizado en España, de manera que son más de dos millones y medio los niños que han sido abortados desde que se aprobó la ley del aborto en 1985. Toda una catástrofe para la población española, que sufre esa carencia de natalidad. En el mundo entero, son más los muertos por el aborto que por la guerra, que nos resulta horrible.

En la fiesta de la vida, encontramos otro reto, que va ampliándose como fruto del egoísmo que descarta a quienes no valen. Es la vida de los ancianos, de las personas terminales, de las que merecen cuidados paliativos y no los encuentran. La eutanasia no es solución, ni el suicidio asistido. La persona que está bien atendida no quiere morirse. Quien quiere morirse es porque ha sido descartada ya hace tiempo por quienes debieran cuidarla.

En esta fiesta de la Anunciación – Encarnación, acudamos a María. Ella es especialmente protectora en los momentos críticos de la historia. Y estamos en un cambio de época, con múltiples amenazas. Abrazar, acoger y cuidar la vida es construir esperanza.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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