El Señor de la vida. Resurrección de Lázaro

En este día, 17 de diciembre, celebramos a san Lazáro. Amigo de Jesús, por el que el Señor llegó a llorar, y al que resucitara. Se dice que llegó a ser obispo de la Iglesia. El relato del Evangelio en que se narra su resurrección es un relato hermoso y lleno de relevancia para el contenido de la fe cristiana.

  Lázaro podría ser uno de nosotros, de los que el Señor Jesús es amigo; pues Él lo ha dado todo por amor por nosotros, para trabar una relación de amistad. Y también podríamos ser cada uno de nosotros en estos momentos especiales de enfermedad y muerte a causa de la pandemia del coronavirus. Y estos días, a Jesús nos hemos dirigido —hablando por muchos— diciéndole: “Señor, tu amigo está enfermo.”

Jesús no respondió de inmediato: “Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.”; pero luego acudió. Aunque parezca tardar y que todo está perdido, el Señor responde: “Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado”.
Marta, la hermana de Lázaro, le dirige a Jesús un reproche, revelando la confianza en Él: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”.

Entonces Jesús hace una afirmación rotunda: “Yo soy la resurrección y la vida” y el que “crea en mi no morirá para siempre”. Y no menos rotunda es la confesión de fe de Marta, afirmando la esperanza del Mesías prometido que se cumple en Jesús y otorgándole el nombre divino de Señor: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”
Marta, aunque cree en Jesús, le ocurre como a nosotros, que creemos que su señorío es para la otra vida pero que no se ejerce o tiene un accionar o reinar en este mundo: Marta le dice a Jesús que su hermano ya está muerto muy muerto, ha empezado incluso a corromperse: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.” Y Jesús afirma, incluyendo un reproche, que ya aquí se puede ver la acción de la gracia divina: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”

El Señor Jesús es un amigo que está con nosotros, a nuestro lado, y quiere que nos fiemos de Él. Él no permanece indiferente a nuestros dolores; al igual que se conmueve con su amigo Lázaro, Jesús lo está haciendo con nosotros en estos momentos de enfermedad y muerte.

La Resurrección es el punto central de nuestra fe, marca nuestra vida, despierta en nosotros gozosa esperanza.

Y una reflexión final:   Jesús nos invita a salir de la cueva, de la fosa, en que nos hallamos por nuestros pecados, por nuestra corrupción. Nos invita a reconocer que no tenemos fuerzas para salir nosotros solos.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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