El respeto de Dios es tan admirable como temible.
¡Cómo Dios nos respeta; que guarda silencio ante nuestros errores, frutos de la libertad otorgada y la distancia que guarda para no ingerirse, admirablemente! Por eso hay que dar gracias al Señor, pero estar temerosos de nosotros mismos, por cuantas equivocaciones, pecados y omisiones podamos cometer; a veces, inconscientemente o por nuestra contingencia que nos hace frágiles e ignorantes, y cuyas consecuencias están ahí, operando en nuestras vidas, determinándola de alguna forma.
Si no pedimos…, si no le decimos que actúe, si no le rezamos sobre esto, si no le comunicamos nuestros deseos, pretensiones, peticiones, si no le pedimos que intervenga… (como autorizándole) Él no lo hará; porque se comprometió desde el momento de crearnos, a que fuéramos así: con esa grandeza de libertad y respeto que nos dignifica a extremo sumo. (Algo así, se supone ocurría cuando creó a los ángeles, y luego ya se sabe lo que algunos hicieron de esa magnanimidad divina, con la rebelión de Lucifer y los demás ángeles que le siguieron).
De modo que mucho cuidado con la responsabilidad de la libertad en que estamos constituidos. Y también -y como acabamos de referir- el que Dios actúe en nuestras vidas, sobre nuestra libertad, y que nos ayude, debemos pedírselo; si no permanecerá a la puerta…, esperando, a nuestro lado, esperando…, en silencio (aunque no lo quisiera; porque a veces nuestros pecados nos dañan, haciéndose insufrible para quien -Dios Padre- nos quiere tanto). Así, pues, decírselo es posibilitarle a que Él intervenga, tal y como está deseando, para nuestro bien. Cabe decir, que Dios que nos creo sin nosotros, no intervendrá ahora sin nosotros. Él esperará impaciente, como hizo con el «hijo pródigo», pero para cualquier circunstancia de nuestra vida; no irá más allá del punto donde espera ser visto y a la vez vernos venir. Respetar viene de la raíz de la palabra (respicere = mirar).
Dios no se impone a nosotros. Dios es discreto. Dios se propone a nosotros; al contrario del dicho de que «el hombre propone y Dios dispone», más bien cabría decirse que es justamente al revés, Dios propone y el hombre dispone. Es más, Dios propone sutilmente, con signos e inspiraciones, «casi invisible e inaudibles».
Dios camina junto al hombre, pero no lo sustituye: no le priva de su participación, de su quehacer y responsabilidad. E incluso, sigue con él en sus limitaciones, imperfecciones y caminar cojeando (los santos han tenido errores o no han visto muchas cosas, que de saberlas las hubieran corregido… Véase, por ejemplo, San Juan Pablo II, el hecho luctuoso de la pederastia, de la actividad irregular del banco IOR, etc., estuvo sin percatarse de ello y por lo tanto sin tomar medidas). Así, ocurre con muchos casos y ejemplos de todos, que Dios acompaña, pero no se entromete en nuestra particular contingencia. El respeto asumido, por y como somos de creación, le lleva guardar esa santa pasividad.
Seamos como niños, confiados, agarrados de la mano del padre, firme y constantemente, mirándole fijamente y pidiéndole que no nos permita alejarnos de su lado y que nos corrija y advierta de los peligros que corremos.
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