El reino de los cielos no es para quienes no están dispuestos a creer en él

En el evangelio (Mt 13, 54-58) de la liturgia de hoy, 31 de julio, Jesús se siente despreciado por sus paísanos, y ante ese rechazo a creer en él, a recibir en sus corazones las palabras que les dirige, decepcionado por su falta de fe, no hizo allí tantos signos milagrosos como hubiera deseado, precisamente por negarse a creerle.

La inaptitud o dureza de corazón puede ser determiante para, como vimos en el evangelio de la parábola del Sebrador y los diferentes terrenos, puede ser rechaza la semilla de la palabra de Dios, y por más que se insista, no de fruto. Jesús palpó allí casualmente entre la gente de su pueblo donde comprobó lo refractario que puede llegar a ser los corazones que ne niegan a creer.

Este reproche final de Jesús hacia sus paìsanos, dolorido del desprecio sufrido, y determiandose a no hacer «allí muchos milagros, por su falta de fe», nos hace recordar aquello de no echar perlas a los cerdos (Mt 7,6). Es decir, la fe se vuelve determiante para reconocer y apreciar la Palabra procedente de Dios. No obstante, y pese a todo, Jesús sí hizo aún algunos milagros.

Estos nos afecta a todos. Como dijo el papa Francisco: «Ante nuestras cerrazones, Dios no retrocede: no pone frenos a su amor. Ante nuestras cerrazones, Él sigue adelante.» «La fe florece cuando nos dejamos ‘atraer’ por el Padre hacía Jesús, y vamos a Él con corazón abierto. Ahí nosotros recibimos el don, el regalo de la fe».

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 54-58

En aquel tiempo, Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga.

La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?».

Y se escandalizaban, negandose a creer en él.

Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta».

Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.

 

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LAS PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO

(Ángelus, 30 de enero de 2022)

 En la liturgia de hoy, el Evangelio narra la primera predicación de Jesús en su propio pueblo, Nazaret. El resultado es amargo: en lugar de recibir aprobación, Jesús encuentra incomprensión y también hostilidad (cf. Lc 4,21-30). Sus paisanos, más que una palabra de verdad, querían milagros, signos prodigiosos. El Señor no los realiza y ellos lo rechazan, porque dicen que ya lo conocen de pequeño: es hijo de José (cf. v. 22), etc. Así, Jesús pronuncia una frase que se ha convertido en proverbio para siempre: «Ningún profeta es bien recibido en su tierra» (v. 24).

Estas palabras revelan que el fracaso para Jesús no fue del todo inesperado. Conocía a su gente, conocía el corazón de los suyos, sabía el riesgo que corría, contaba con el rechazo. Así que podemos preguntarnos: pero si las cosas estaban así, si prevé el fracaso, ¿por qué va a su pueblo? ¿Por qué hacer el bien a personas que no están dispuestas a aceptarte? Es una pregunta que nos hacemos a menudo. Pero es una pregunta que nos ayuda a entender mejor a Dios. Ante nuestras cerrazones, Él no retrocede: no pone frenos a su amor. Ante nuestras cerrazones, Él sigue adelante. Vemos un reflejo de esto en aquellos padres que son conscientes de la ingratitud de sus hijos, pero no dejan de amarlos y hacerles el bien. Dios es así, pero a un nivel mucho más alto. Y hoy también nos invita a creer en el bien, a no escatimar esfuerzos para hacer el bien.

Sin embargo, en lo ocurrido en Nazaret encontramos algo más: la hostilidad hacia Jesús por parte de “los suyos” nos provoca: ellos no fueron acogedores… ¿Y nosotros? Para comprobarlo, veamos los modelos de acogida que propone Jesús hoy a sus paisanos y a nosotros. Son dos extranjeros: una viuda de Sarepta de Sidón y Naamán, el sirio. Ambos acogieron a los profetas: la primera a Elías, el segundo a Eliseo. Pero no fue una acogida fácil, sino que pasó por pruebas. La viuda acogió a Elías, a pesar de la hambruna y de que el profeta era perseguido (cf. 1 R 17,7-16), era un perseguido político religioso. Naamán, en cambio, a pesar de ser una persona de altísimo nivel, aceptó la petición del profeta Eliseo, que lo llevó a humillarse, a bañarse siete veces en un río (cf. 2 R 5,1-14), como si fuera un niño ignorante. La viuda y Naamán, en definitiva, aceptaron a través de la disponibilidad y la humildad. El modo de acoger a Dios es siempre estar dispuestos, acogerlo y ser humildes. La fe pasa por aquí: disponibilidad y humildad. La viuda y Naamán no rechazaron los caminos de Dios y sus profetas; fueron dóciles, no rígidos y cerrados.

Hermanos y hermanas, también Jesús recorre el camino de los profetas: se presenta como no nos lo esperamos. No lo encuentra quien busca milagros —si nosotros buscamos milagros no encontraremos a Jesús—, quien busca sensaciones nuevas, experiencias íntimas, cosas extrañas; quien busca una fe hecha de poder y signos externos. No, no lo encontrará. Solo lo encuentra, en cambio, quien acepta sus caminos y sus desafíos, sin quejas, sin sospechas, sin críticas ni caras largas. En otras palabras, Jesús te pide que lo acojas en la realidad cotidiana que vives; en la Iglesia de hoy, tal como es; en los que están cerca de ti cada día, en la concreción de los necesitados, en los problemas de tu familia, en los padres, en los hijos, los abuelos, acoger a Dios allí. Ahí está Él, invitándonos a purificarnos en el río de la disponibilidad, y en tantos y saludables baños de humildad. Se necesita humildad para encontrar a Dios, para dejarnos encontrar por Él.

Y nosotros, ¿somos acogedores, o nos parecemos a sus paisanos, que creían saberlo todo sobre Él? “Yo he estudiado teología, hice ese curso de catequesis… Lo sé todo sobre Jesús”. Sí, como un tonto… No hagas el tonto, tú no conoces a Jesús. Quizás, después de tantos años como creyentes, pensamos muchas veces que conocemos bien al Señor, con nuestras propias ideas y juicios. El riesgo es que nos acostumbremos, nos acostumbremos a Jesús. Y ¿cómo nos acostumbramos? Cerrándonos, cerrándonos a sus novedades, al momento en que Él llama a la puerta y te dice algo nuevo, quiere entrar en ti. Tenemos que salir de este permanecer fijos en nuestras posiciones. El Señor pide una mente abierta y un corazón sencillo. Y cuando una persona tiene una mente abierta, un corazón sencillo, tiene la capacidad de sorprenderse, de asombrarse. El Señor siempre nos sorprende, ésta es la belleza del encuentro con Jesús. Que la Virgen, modelo de humildad y disponibilidad, nos muestre el camino para acoger a Jesús.

 

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Catena Aurea

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 48,1

Nazaret es la población a quien Jesús llama su patria, no porque hiciera en ella muchos milagros (como diremos más abajo), puesto que en Cafarnaúm es donde los hizo, sino porque en ella es donde expuso su doctrina, que causó no menos admiración que los milagros.
 

Remigio

Y el Señor enseñaba en las sinagogas, donde se reunía mucha gente, porque El bajó del cielo a la tierra para salvar a muchos. Sigue: «De modo que se maravillaban y decían: ¿De dónde a Este este saber y maravillas?». La sabiduría se refiere a la doctrina y el poder a los milagros.
 

San Jerónimo

Maravillosa necedad la de los nazarenos. Se admiran de que la Sabiduría posea la sabiduría, y el Poder poder. Pero viene en seguida el error, porque miran ellos a Jesús como al hijo de un carpintero, por eso dicen: «¿Por ventura no es Este hijo de un artesano?».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 48,1

En todo eran ellos insensatos, rebajándole por el oficio que tenía el que juzgaban era su padre, a pesar de que sabían por la historia antigua muchos ejemplos de hombres nobles cuyos padres eran de baja esfera. David fue hijo de un labrador, de Jesé; Amós, de un pastor, y él mismo fue también pastor. Precisamente por esto tenía más mérito, porque a pesar de la humildad de su padre hablaba cosas tan sublimes; lo cual da a entender con toda claridad que lo que El era, no era resultado de la educación humana, sino de la gracia de Dios.
 

San Agustín, en el ser. Dom. Infra oct. Epiph

El Padre de Cristo es el Artesano Dios, que ha fabricado a todo el mundo, dispuso el arca de Noé, comunicó a Moisés la orden del tabernáculo e instituyó el Arca de la Alianza. Artesano he dicho, porque allana las inteligencias robustas y quebranta los pensamientos orgullosos.
 

San Hilario, in Matthaeum, 14

Era Hijo de un Artesano que vence la resistencia del hierro por el fuego, disuelve todo el poder del siglo con el ardor de su juicio, da forma para utilidad del hombre a todo lo material, es decir, que hace servir a todas las criaturas en los distintos deberes a los que están destinadas y las hace concurrir a las obras de la vida eterna.
 

San Jerónimo

No es de extrañar que errando ellos con respecto al Padre, se equivoquen también con respecto a los hermanos. Por eso añade: «¿Por ventura no se llama su Madre María y sus hermanos Santiago y Joseph?», etc.
 

San Jerónimo, contra Helvidium, 14

Se llaman aquí hermanos del Señor a los hijos de su tía materna, María Cleofé, mujer de Alfeo y madre de Santiago y de Joseph. Esta María es también la madre de Santiago el Menor.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,17

Nada tiene de extraño que los que tenían a José por padre del Señor llamaran hermanos de éste a todos los de la parentela de José y de María.
 

San Hilario, in Matthaeum, 14

Se empeñan en rebajar al Señor a causa de sus parientes, y aunque el brillo de su doctrina y de sus milagros los llenaba de admiración no podían persuadirse de que era Dios el que hacía todo esto en el hombre, y acuden al oficio del padre para ultrajarle. Entre tantas cosas magníficas como hacía, sólo se dejan arrebatar contemplando su humanidad y por eso dicen: «¿De dónde a este hombre todas estas cosas?».
 

Sigue: «Y se escandalizaban en El».
 

San Jerónimo

Este error de los judíos es la causa de nuestra salvación, y la condenación de los herejes. Consideraban como hombre a Jesucristo, en cuanto lo juzgaban únicamente como hijo de un artesano.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 48,1

Pero mirad la mansedumbre de Cristo: no los ultraja, sino que les responde con mucha dulzura; y por eso sigue: «No hay profeta sin honra, sino en su patria y en su casa».
 

Remigio

Se llama a sí mismo profeta, nombre que había ya anunciado Moisés en estos términos: «Dios os levantará a un profeta de en medio de vuestros hermanos» ( Dt 18,15.18). Y es necesario tener presente, que no sólo Cristo, cabeza de todos los profetas, sino también Jeremías y Daniel y los demás profetas menores fueron más honrados y respetados entre los extraños que entre sus conciudadanos.
 

San Jerónimo

Porque es casi natural el que los ciudadanos tengan envidia a sus conciudadanos, ya que generalmente no miran lo que hacen en la actualidad y se fijan sólo en las fragilidades de su infancia, como si ellos para llegar a la edad madura no hubieran pasado por los mismos grados.

San Hilario, in Matthaeum, 14

Declara el Señor que el profeta está sin honra en su patria, porque El había de ser condenado en Judea a la sentencia de cruz y porque la fuerza de Dios está sólo en poder de los fieles. A causa de la incredulidad de los judíos se abstiene de hacer milagros entre ellos. Por eso sigue: «Y no hizo allí muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos».
 

San Jerónimo

No porque no pudiera hacer muchos milagros entre aquellos incrédulos, sino para no condenar con sus muchos milagros la incredulidad de sus conciudadanos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 48,1

Y si le convenía que lo admiraran por sus milagros, ¿por qué no los hizo? Porque El no hacía milagros por pura ostentación, sino para utilidad de otros. Mas no resultando ninguna utilidad, despreció lo que le era personal, a fin de no aumentar la culpabilidad de ellos. ¿Y por qué hizo algunos? Para que no dijeran: indudablemente hubiéramos creído si hubiera hecho milagros.
 

San Jerónimo

También puede entenderse de otro modo, diciendo que despreciado Jesús en su casa y en su patria, esto es, en el pueblo judío, no quiso hacer más que unos cuantos milagros, a fin de que no fuesen completamente irresponsables. Todos los días está haciendo el Señor milagros asombrosos en las naciones mediante los apóstoles, no tanto para dar la salud a los cuerpos, cuanto a las almas.

 

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