Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy». (Sal 39)
Hoy, 27 de enero, en la liturgia de la misa de se lee el Evangelio de san Marcos (3,31-35):
En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Si alguien quiere ser cristiano, es decir, portar ese apellido solo tiene que hacer una cosa —Cristo lo dijo muy clarito—: HACER LA VOLUNTAD DE DIOS.
Que nadie se haga líos, pues fuera de esto, lo demás son músicas celestiales. Ahí está el salmo que precede a la lectura evangélica: Dios no quiere sacrificios ni ofrendas expiatorias (al uso de como se hacían en el templo de Jerusalén).
De modo que quien quiera emparentar con Jesucristo, tener que ver con Él, que su misma sangre corra por sus venas, no tiene otra alternativa que deponer su voluntad para asumir la de Dios Padre. Quien otorga la paternidad que hace hijos en el Hijo, y conformar su familia.
Y la voluntad de Dios está clara: lean los más mudamientos —la ley y los profetas—, las bienaventuranzas y tantos dichos expresados por Jesús, que van en la dirección de ser y actuar como Dios desea, para que lleguemos a ser lo que Él quiere que seamos: santos, «sed santos como yo soy santo» (Lv 11,45). Y que puede sintetizarse en el amor, en él se cumple la ley y los profetas.
Nadie está privado de esta verdad ni exento de esta responsabilidad. Quien «no ha tenido» noticias de Dios, su voluntad está impresa en la naturaleza, en la propia naturaleza humana, que inclina razonablemente a ser persona de buena voluntad, justa, moralmente recta, honrada, compasiva, amable…
Que nadie venda humo con aquello del creer, del simplemente creer. Esto por sí solo no basta, puede ser una declaración vacía, sin contenido, que conduzca más a la tibieza y despreocupación que otra cosa. Y ¡ay de los tibios! Una fe sin obras es una fe muerta, que dice el apóstol Santiago en su carta. La fe se plasma en la acción cuyo contenido es la voluntad de Dios que se traduce en términos de amor.
Entre el creer y el obedecer no hay separación posible. La afirmación teórica y el hecho real en la concepción hebrea se da una vinculación íntima e indivisible, es un mismo acontecer. La desobediencia a la voluntad de Dios vendría a suponer una quiebra del creer, una rebeldía, tal y como ocurrió en el pecado original de Adán y Eva.
Lo dicho, quien diga ser cristiano —creer— y pretenda pertenecer a la gran familia de los hijos de Dios, que se aplique lo que Jesús dice: «El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Estamos, pues, ante una nueva realidad. El peso ya no está en la familia de sangre, sino en esa nueva forma de hermandad que forja el Espíritu de Dios. Y la Iglesia quiere ser esa gran familia de los hijos de Dios que Cristo vino a comenzar.
Y concluimos con estas palabras de santo que celebramos estos días (el 26 enero), san Francisco de Sales, que decía a cerca de en qué consiste amar a Dios: «Algunos se atormentan buscando la manera de amar a Dios. Estas pobres almas no saben que no hay ningún método para amarle fuera de hacer lo que le agrada«
La única y verdadera ofrende es: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad», a costa —si es preciso— de sacrificar la mía.
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Catena Aurea
Teofilacto
Como los que estaban cerca del Señor iban a apoderarse de El porqué le creían loco, llegó su Madre movida por un sentimiento de amor y de piedad. «Entretanto llegan su Madre y hermanos o parientes «, etc.
San Juan Crisóstomo
Con esto se declara que no siempre estaban con El su Madre y sus hermanos o parientes. Mas como le amaban con verdad, venían a El por amor y respeto, y esperaban fuera. «Estaba mucha gente sentada alrededor de El», etc.
Beda
Por hermanos del Señor no se ha de entender hijos de María siempre Virgen, según Helvidio, ni tampoco hijos que tuviera San José de otra mujer, como suponen algunos, sino parientes del Señor.
San Juan Crisóstomo
Otro evangelista ( Jn 7) dice que sus parientes no creían aún en El, lo cual está conforme con que lo buscasen y esperasen fuera; y por esta razón no habla el Señor de ellos como de parientes, según estas palabras: «A lo que respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Pero no habla así como si renegara de su Madre y de sus hermanos, sino como el que enseña que es preciso valorar la propia salvación por sobre todo parentesco temporal: enseñanza que convenía mucho a aquéllos que se entretenían en conversación con sus parientes, como si esto les importara más que su salvación.
Beda
Rogado, pues, para que renunciara al ministerio de la palabra, se reservó de hacerlo, no porque desdeñase el cuidado del amor maternal, sino porque se debía a los misterios del Padre, más que a los afectos maternales. Y no menosprecia a sus parientes, puesto que prefiriendo los deberes del espíritu -que antepone a los del parentesco-, enseña que la unión en el espíritu es más religiosa que la de los cuerpos. Y continúa: «Y dando una mirada a los que estaban sentados alrededor de sí, dijo: Veis aquí a mi madre y a mis hermanos».
San Juan Crisóstomo
En lo cual manifesta el Señor que conviene honrar más a los que son parientes por la fe, que a los que lo son por la sangre. Todo el que anuncia a Jesús se hace como madre suya, puesto que infundiéndole en el corazón del oyente viene a darle como un nuevo nacimiento.
San Jerónimo
Sabemos, pues, que seremos sus hermanos y hermanas, si cumplimos la voluntad de su Padre, para hacernos sus coherederos; porque respecto de esto no hay diferencia en el sexo, sino en los hechos. De aquí lo que sigue: «Porque cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, ése es mi hermano», etc.
Teofilacto
No habla así para negar a su Madre, sino para manifestar que no sólo es digna de honra por haber engendrado a Cristo, sino también por todas sus virtudes.
Beda
En sentido místico, la madre y el hermano de Jesús son la sinagoga; y, como el pueblo judío ha salido de la sinagoga. Y no puede entrar en la casa en que enseña el Salvador, habiendo descuidado el entender el sentido espiritual de sus palabras. No obstante, entra la turba anticipándose, porque, tardando en llegar los de Judea, afluyen a Cristo los gentiles. Los parientes del Señor, que están fuera, quieren verle, mientras que los judíos, fijándose en el sentido literal, prefieren que salga Cristo a enseñar lo mundano, a entrar ellos para aprender lo espiritual. Si, pues, ellos mismos no conocen a los parientes que están fuera, ¿cómo han de conocernos a nosotros, si no queremos entrar? Dentro está el Verbo; dentro está, pues, la luz.
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