Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy».
(Sal 39)

 

Hoy, 24 de enero, en la liturgia de la misa de se lee el Evangelio de san Marcos (3,31-35):

En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Si alguien quiere ser cristiano, es decir, portar ese apellido solo tiene que hacer una cosa Cristo lo dijo muy clarito: HACER LA VOLUNTAD DE DIOS.

Que nadie se haga líos, pues fuera de esto, lo demás son músicas celestiales. Ahí está el salmo que precede a la lectura evangélica: Dios no quiere sacrificios ni ofrendas expiatorias (al uso de como se hacían en el templo de Jerusalén).

De modo que quien quiera emparentar con Jesucristo, tener que ver con Él, que su misma sangre corra por sus venas, no tiene otra alternativa que deponer su voluntad para asumir la de Dios Padre. Quien otorga la paternidad que hace hijos en el Hijo, y conformar su familia.

Y la voluntad de Dios está clara: lean los más mudamientos -la ley y los profetas-, las bienaventuranzas y tantos dichos expresados por Jesús, que van en la dirección de ser y actuar como Dios desea, para que lleguemos a ser lo que Él quiere que seamos: santos, «sed santos como yo soy santo» (Lv 11,45). Y que puede sintetizarse en el amor, en él se cumple la ley y los profetas.   

Nadie está privado de esta verdad ni exento de esta responsabilidad. Quien «no ha tenido» noticias de Dios, su voluntad está impresa en la naturaleza, en la propia naturaleza humana, que inclina razonablemente a ser persona de buena voluntad, justa, moralmente recta, honrada, compasiva, amable…  

Que nadie venda humo con aquello del creer, del simplemente creer. Esto por sí solo no basta, puede ser una declaración vacía, sin contenido, que conduzca más a la tibieza y despreocupación que otra cosa. Y ¡ay de los tibios! Una fe sin obras es una fe muerta, que dice el apóstol Santiago en su carta. La fe se plasma en la acción cuyo contenido es la voluntad de Dios que se traduce en términos de amor.

Entre el creer y el obedecer no hay separación posible. La afirmación teórica y el hecho real en la concepción hebrea se da una vinculación íntima e indivisible, es un mismo acontecer. La desobediencia a la voluntad de Dios vendría a suponer una quiebra del creer, una rebeldía, tal y como ocurrió en el pecado original de Adán y Eva.

Lo dicho, quien diga ser cristiano -creer- y pretenda pertenecer a la gran familia de los hijos de Dios, que se aplique lo que Jesús dice: «El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Estamos, pues, ante una nueva realidad. El peso ya no está en la familia de sangre, sino en esa nueva forma de hermandad que forja el Espíritu de Dios. Y la Iglesia quiere ser esa gran familia de los hijos de Dios que Cristo vino a comenzar.

Y concluimos con estas palabras de santo que celebramos estos días (el 26 enero), san Francisco de Sales, que decía a cerca de en qué consiste amar a Dios: «Algunos se atormentan buscando la manera de amar a Dios. Estas pobres almas no saben que no hay ningún método para amarle fuera de hacer lo que le agrada«

La única y verdadera ofrende es: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad», a costa -si es preciso- de sacrificar la mía.

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