El dios dinero

          Jesús ya lo vio claro: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24); “allí donde esté vuestro tesoro está vuestro corazón” (Mt 6,21). Contra esto no hay discusión posible. Es palabra de Dios. Que nadie se engañe orillando esta verdad, determinante de la vida más de lo que se cree.

         “El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje `instintivo’ la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad… Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro… La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración.” (Newman[1]).

          El dinero (y el poder) han triunfado sobre toda otra verdad. El hacer dinero se ha convertido en la razón de vivir para muchos de nuestros contemporáneos. Para ellos es propiacia la expresión de Schumpeter: “La Bolsa es un pobre sustituto del Santo Grial”. Esta actitud vital condiciona -o más, determina- toda su existencia; ese “verdad” viene a ser la guía de su vida, la luz que ilumina sus pasos. Jesús, en ese capítulo 6 de Mateo en el que habla del dinero, dice en los vérsiculos 22 y 23: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!”.

           El Primer Mundo, con su cultura mercantil, se ha convertido en una inmensa secta. Dominados por la enfermedad neurótica del poseer; cuyo dios es el dinero, al cual se le rinde culto y pleitesía. En el mundo capitalista el dinero se valora por sí mismo, y ya no sólo por lo que pueda comprar; se ha convertido en un fin en sí, en un absoluto, en un dios al que el hombre está dispuesto a sacrificarle lo mejor de sí mismo.

         Lo peor del dinero es que se ha hecho ideología, una forma de entender la vida, una “religión”. El “summum bonum”, el telos (fin vital) al que aspirar como meta, plenitud y felicidad es el acumular bienes materiales; lo que le hace depender su valor y su éxito del dinero, y le enseña y fuerza a luchar contra los otros para no sucumbir…,  donde todo es válido, y la integridad y la moral resultan ser un obstáculo a la hora de competir, de mantener la posición y fortalecer el negocio. Lo que dijera Cervantes, “entre buenos es fuero que valga la virtud más que el dinero”, eso hoy ya no funciona. El “summum bonum” de los antiguos y clásicos qué diferente es del de hoy. Cualquier personaje de antaño si se le hubiera preguntado por la felicidad hubiera contestado algo muy diferente a lo que entendemos en el contenido de esta palabra hoy.

          En la cultura economicista el valor, la valoración de algo viene dado por el precio. El criterio valorativo lo da el precio que tenga en el mercado. Es una estimativa que se instala en la conciencia de la personalidad del hombre de hoy de forma alarmante.

         El “homo economicus” ha nacido, se he criado y educado entre gente desdeñosa ante todo lo que no significase dinero. Nadie es nada para la economía si no produce dinero. ¿Qué nos importa el prójimo, si no entra en caja? Es decir, en el casillero económico que se ha ganado.

       Cuándo el dinero, cuando su causa sea lo único que te haga suspirar, habrás muerto, hombre.

        Ser rico y creer en Dios es bastante incompatible. Porque ¿cómo es posible que haya pobres entre vosotros? Cabría plantearse la siguiente disyuntiva: O se ambiciona ayudar a los demás o se ambiciona dinero. Recordamos que “el mayor lucro posible” es el lema del hombre capitalista. “Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios con vistas al lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo”[2].

         “Lo que vino a decir es que `los ricos’, los egoístas, los que colocan el dinero por encima de la sabiduría, del amor, de la amistad y los valores del espíritu, no pueden ser cristianos por mucho que pretendan dorar la píldora. No hay camellos enanos.

         Una sociedad que lucha por el dinero, el lugar de luchar por la verdad y la justicia, es una sociedad `mamónica´ -que equivale a `satánica’, pero suena mejor-  en lugar de `cristiana’. El asunto es lo suficientemente grave como para darle muchas vueltas allá en el fondo más verdadero de la conciencia de cada cual.”[3]

         Allí donde el dinero triunfa, no hay lugar para una fraternidad verdadera.

         “La raíz de todos los males es la avaricia, y por eso la llama el Apóstol servidumbre de los ídolos.[4]

          El dinero es, como dijo Bacón, “como el estiércol, que no sirve si no se esparce”.

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[1] En  CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.1723.

[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.2424.

[3] B. M. HERNANDO: En R. DE ANDRÉS, Ejercicios para testigos, Paulinas, Madrid, 1979, p.89.

[4] SAN JERONIMO,  En R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid, 1967, n.722.

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