Desde el poder político se hace lo que da la gana. La izquierda —que se tiene por un supremacismo moral— consigue acceder al gobierno impone como sea su ideología cueste lo que cueste, en todo excepto ya en lo económico, campo otrora sustantivo de la política de izquierdas. Ahora se dedican a ideologizar la cultura —ingeniería de mentes—, como único recurso. Y la verdad, lo hacen bien, pues luego cuando accede la derecha, está no corrige nada de lo hecho por aquella.
Un puesto en la escuela pública cuesta 6.000 euros, en la concertada 2.500, y ésta con mejores resultados académicos. Pues bien, esto que como puede verse es tan beneficioso para ciudadanos y las arcas del estado, resulta que tratan acabar con ello.
Otro tanto pasa con la enseñanza religiosa. El intento de acabar con ella, limitando su importancia y reduciéndola a la mínima expresión —-pocas horas lectivas y sin nota con valor académico— es más que evidente. Ante esto, como lo anterior, no existe quién levante la voz; es más, partidos de «valores cristianos» (Nacionalista Vasco, Catalán, o dirigentes de Misa o lectores de Biblia, etc.) no sólo no dicen nada sino que apoyan estas medidas. Es algo que deja perplejo, verdad. Este es el nivel de degradación a que se ha llegada en la clase política y social de este país.
De lo más sorprenden es el mutismo general ante este ataque a la educación y a la religión. Esto tan importante parece que da igual, a nadie le importa. Lo cual revela cómo está esta sociedad: como dijera hace unos años el filósofo Gustavo Bueno, «en España tenemos el cerebro hecho polvo». Y así es. Algo tan fundamental como es la educación de nuestros niños, carece de importancia. Esta es una sociedad acartonada, mortecina, acabada.
Se ve venir: el empuje de quien detenta la voluntad del pensamiento anticristiano, o ideología del Anticristo, se encamina en la dirección que marcan las profecías. Todo conduce a expulsar al cristianismo de la faz de la tierra. Esta actuación del ejecutivo español no es sino otro paso más hacia ese objetivo.