Hoy celebramos un día de adoración al Señor. Al igual que los pastorcillos acudieron a postrarse ante el Niño Jesús, hoy la gente humilde, los sencillos y no doctos de Jerusalén acudieron a recibir al Mesías, proclamando alabanzas de reconocimiento con palmas y olivos y alfombrando el suelo con sus mantos.
A las tensiones de las fechas anteriores —según los Evangelios— en que Jesús se ve acosado, hostigado, por la élite, los doctores, fariseos y escribas, en este día recibe el respaldo de la ciudadanía normal.
Una cosa que llama la atención es que toda esta gente entusiasta de Jesús, después, cinco días después desapareciendo, dejando al Señor solo. Cuando Jesús estaba en el pretorio con Pilato, y este preguntó a la gente allí congregara «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?», gritaron por condenar a Jesús.
Un detalle a tener también en cuenta es el hecho del borriquillo. Jesús eligió un pollino para entrar en la gran Jerusalén; esto contrasta con la manera de llegar los reyes y césares en sus ciudades —tras retornar de un largo viaje o una nueva conquista— con caballos de batalla hermosamente enjaezados. Que cada cual haga la reflexión personal de lo que esto significa.
Sobre este acontecimiento de la entrada en Jerusalén, esto nos cuenta el evangelio de san Lucas 19, 28-40
En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: «¿Por qué lo desatáis?», contestadle: «El Señor lo necesita».
Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: «¿Por qué desatáis el borrico?» Ellos contestaron: «El Señor lo necesita.» Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar.
Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto.»
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Liturgia de hoy domingo de Ramos de 29 de marzo,
Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (50,4-7):
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo
Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24
R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme, se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza: «Acudió al Señor,
que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.» R/.
Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.
Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.
Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Evangelio
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66
Cronista – C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo – S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».
Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
Y lo mismo decían los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».
Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».
Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».
Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».
Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».
Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».
Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».
Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».
De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
(Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».
Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
(Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
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Palabras del papa León XIV
(Homilía del Santo Padre, 29-3-2026. Domingo de Ramos)
Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.
Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.
Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz » (Ef 2,14).
Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de una asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones» (Za 9,9-10).
Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos desenvaina la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él lo detiene de inmediato diciendo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).
Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca» (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra. Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.
Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).
Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.
Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!
Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:
“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. […] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni).
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Palabras del papa Francisco
(Homilía, 2 abril 2023)
Homilía del papa Francisco. Domingo de Ramos, 2 de abril de 2023. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es la invocación que la Liturgia nos hace repetir hoy en el Salmo responsorial (cf. Sal 22,2) y es la única pronunciada en la cruz por Jesús en el Evangelio que hemos escuchado. Son, pues, las palabras que nos llevan al corazón de la pasión de Cristo, al punto cu……lminante de los sufrimientos que padeció para salvarnos. ¿Por qué me has abandonado?
El sufrimiento de Jesús fue grande y cada vez que escuchamos el relato de la pasión nos conmueve. Sufrió en el cuerpo: de las bofetadas a los golpes, de la flagelación a la corona de espinas, hasta llegar al suplicio de la cruz. Sufrió en el alma: la traición de Judas, las negaciones de Pedro, las condenas religiosas y civiles, las burlas de los guardias, los insultos bajo la cruz, el rechazo de muchos, el fracaso de todo, el abandono de los discípulos. Sin embargo, en todo este dolor, a Jesús le quedaba una certeza: la cercanía del Padre. Pero sucede lo impensable; antes de morir grita: ‘¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? El abandono de Jesús.
Este es el sufrimiento más lacerante, el del espíritu; en la hora más trágica, Jesús experimenta el abandono de Dios. Nunca antes había llamado al Padre con el nombre genérico de Dios. Para transmitirnos la fuerza de aquel acontecimiento, el Evangelio indica la frase también en arameo: es la única, entre las pronunciadas por Jesús en la cruz, que nos llega en la lengua original. El acontecimiento es, pues, real y el abajamiento es extremo, lo que es el abandono de su Padre, el abandono de Dios. El Señor llega a sufrir por amor a nosotros, lo que nos es difícil incluso de comprender. Ve el cielo cerrado, experimenta la amarga frontera del vivir, el naufragio de la existencia, el derrumbamiento de toda certeza. Grita el “por qué” de los “por qué”.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El verbo “abandonar” en la Biblia es fuerte; aparece en momentos de extremo dolor: en amores fracasados, negados y traicionados; en hijos rechazados y abortados; en situaciones de repudio, viudez y orfandad; en matrimonios agotados, en exclusiones que privan de vínculos sociales, en la opresión de la injusticia y la soledad de la enfermedad. En fin, en las más dramáticas heridas de las relaciones. Cristo llevó todo ello a la cruz, tomando sobre sí el pecado del mundo. Y en el momento culminante, el Hijo unigénito y amado experimentó la situación que le era más ajena: la lejanía de Dios.
Pero, podemos preguntarnos, ¿por qué llegó a ese punto? La respuesta es una sola: por nosotros. Hermanos y hermanas, todo esto no es un espectáculo. Cada uno, oyendo el abandono de Jesús, cada uno de nosotros se diga: por mí. Este abandono es el precio que ha pagado por mí. Se hizo solidario con cada uno de nosotros hasta el extremo, para estar con nosotros hasta las últimas consecuencias. Para que ninguno de nosotros pudiera considerarse solo e insalvable. Experimentó el abandono para no dejarnos rehenes de la desolación y estar a nuestro lado para siempre. Hermano, hermana, lo hizo por ti, por mí, para que cuando tú, yo, o cualquiera se vea entre la espada y la pared, perdido en un callejón sin salida, sumido en el abismo del abandono, absorbido por el torbellino del «por qué», pueda tener esperanza. No es el final, porque Jesús ha estado allí y está ahora contigo. Él, el Padre y el Espíritu sufrieron el alejamiento del abandono para acoger en su amor todos nuestros distanciamientos. Para que cada uno de nosotros pueda decir: en mis caídas –cada uno de nosotros ha caído tantas veces–, en mi desolación, cuando me siento traicionado o he traicionado a alguien, cuando me siento descartado o he descartado a alguien, cuando me siento abandonado o he abandonado a otros, pensemos que Él fue abandonado, traicionado, descartado. Y ahí lo encontramos a Él. Cuando me siento errado y perdido, cuando ya no puedo más, Él está conmigo. En mis tantos «por qué» sin respuesta, Tú estás conmigo.
El Señor nos salva así, desde el interior de nuestros «por qué». Desde ahí despliega la esperanza que no defrauda. En la cruz, de hecho, aunque se sienta abandonado completamente, no cede a la desesperación –esto es el límite–, sino que reza y se encomienda. Grita su “por qué” con las palabras de un salmo (22,2) y se entrega en las manos del Padre, aun sintiéndolo lejano (cf. Lc 23,46), o no lo siente porque se encuentra abandonado. En el abandono se entrega. No sólo eso, sino que en el abandono sigue amando a los suyos que lo habían dejado solo y perdona a los que lo crucifican (v. 34). Así es como el abismo de nuestra maldad se hunde en un amor más grande, de modo que toda nuestra separación se transforma en comunión.
Hermanos y hermanas, un amor así, todo para nosotros, hasta el extremo, el amor de Jesús es capaz de transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne. Es un amor de piedad, de ternura, de compasión. Cristo abandonado nos mueve a buscarlo y amarlo en los abandonados. Porque en ellos no sólo hay personas necesitadas, sino que está Él, Jesús abandonado, Aquel que nos salvó descendiendo hasta lo más profundo de nuestra condición humana. Está con cada uno de ellos, abandonados hasta la muerte. Pienso en aquel hombre llamado ‘de la calle’, alemán, que murió bajo la columnata, solo, abandonado. Él es Jesús para cada uno de nosotros. Muchos necesitan nuestra cercanía, muchos abandonados. Yo también necesito que Jesús me acaricie y se acerque a mí, y por eso voy a buscarlo en los abandonados, en los solitarios. Quiere que cuidemos de los hermanos y de las hermanas que más se asemejan a Él, en el momento extremo del dolor y la soledad. Hoy hay tantos «cristos abandonados». Hay pueblos enteros explotados y abandonados a su suerte; hay pobres que viven en los cruces de nuestras calles, con quienes no nos atrevemos a cruzar la mirada; emigrantes que ya no son rostros sino números; presos rechazados, personas catalogadas como problemas. Pero también hay tantos cristos abandonados invisibles, escondidos, que son descartados con guante blanco: niños no nacidos, ancianos que han sido dejados solos, enfermos no visitados, discapacitados ignorados, jóvenes que sienten un gran vacío interior sin que nadie escuche realmente su grito de dolor.
Jesús abandonado nos pide que tengamos ojos y corazón para los abandonados. Para nosotros, discípulos del Abandonado, nadie puede ser marginado; nadie puede ser abandonado a su suerte. Porque, recordémoslo, las personas rechazadas y excluidas son iconos vivos de Cristo. Nos recuerdan la locura de su amor, su abandono que nos salva de toda soledad y desolación. Pidamos hoy la gracia de saber amar a Jesús abandonado y saber amar a Jesús en cada persona abandonada. Pidamos la gracia de saber ver y reconocer al Señor que sigue gritando en ellos. No dejemos que su voz se pierda en el silencio ensordecedor de la indiferencia. Dios no nos ha dejado solos; cuidemos de aquellos que han sido dejados solos. Entonces, sólo entonces, haremos nuestros los deseos y los sentimientos de Aquel que por nosotros «se anonadó a sí mismo» (Flp 2,7). Se vació totalmente para nosotros.
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Palabras del papa Francisco
(Homilía para el Domingo de Ramos, 5 de abril de 2020)
Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); y mañana, Isaías profetiza sobre Él: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo» (Is 42,1). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.
Pero, una pregunta: ¿Cómo nos sirvió el Señor? Dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio. Santa Ángela de Foligno aseguró haber escuchado de Jesús estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final.
El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono.
La traición. Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado» (Mt 27,22). Fue traicionado por la institución religiosa que lo condenó injustamente y por la institución política que se lavó las manos. Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor.
Examinémonos interiormente. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos. El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas. ¿Y qué hizo para venir a nuestro encuentro, para servirnos? Lo que había dicho por medio del profeta: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente» (Os 14,5). Nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome… Por eso, ¡sigo adelante!”.
El abandono. En el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una frase dura. Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido. Pero le quedaba el Padre. Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?”, el porqué más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?”. En realidad, son las palabras de un salmo (cf. 22,2) que nos dicen que Jesús llevó a la oración incluso la desolación extrema, pero el hecho es que en verdad la experimentó. Comprobó el abandono más grande, que los Evangelios testimonian recogiendo sus palabras originales.
……….
Sobre este acontecimiento de la entrada en Jerusalén, esto nos cuenta el evangelio de san Lucas 19, 28-40
Tito Bostrense
Como el Señor había dicho: «El reino de Dios se acerca», viendo que subía a Jerusalén, creían que se encaminaba allí para empezar el reino de Dios. Una vez terminada la parábola en la que enmendó el error predicho, y habiendo manifestado que todavía no había vencido a la muerte que se le preparaba, se encamina hacia su pasión subiendo a Jerusalén. Por esto dice: «Y dicho esto, iba delante subiendo a Jerusalén».
Beda
Manifestando también que la parábola anterior se refería al destino de esta ciudad, que lo había de matar, y perecería ella a manos de sus enemigos. Prosigue: «Y aconteció que cuando llegó cerca de Bethphage», etc. Bethphage era un lugar de los sacerdotes, que estaba en el monte de los Olivos; también Betania era una ciudad o una villa que se encontraba a la falda del mismo monte, y distaba de Jerusalén unos quince estadios.
Crisóstomo, in Mat. hom. 67
Al principio el Señor se mostraba sencillamente a los judíos; pero cuando les hubo dado pruebas evidentes de su poder los trató con mucha autoridad. Hace muchos milagros; predice que habrían de encontrar un pollino que nadie había montado, y esto es lo que les da a conocer cuando les dice: «Id a esa aldea que está enfrente», etc. Les predice también que nadie les impedirá traer al pollino, antes bien que cuando los oigan, callarán; por esto sigue: «Desatadle y traedle».
Tito
En esto da a conocer la divinidad de su palabra, porque nadie puede resistir a Dios cuando pide lo que le pertenece. Así, pues, los discípulos encargados de llevar al pollino no se opusieron a pesar de lo humilde de la misión, sino que fueron a traerle. Por esto sigue: «Fueron, pues, los que habían sido enviados», etc.
San Basilio
Así también debemos hacer nosotros, que debemos acometer con mucho afecto y gran solicitud cuanto se nos mande, por bajo que sea, sabiendo que todo lo que se hace por Dios no es pequeño, sino digno del Reino de los Cielos.
Tito
Enmudecieron ante la excelencia del poder divino, no oponiendo dificultad alguna a las palabras del Salvador, aquellos que habían atado al pollino. Sigue, pues: «Y cuando desataban al pollino, les dijeron sus dueños: ¿Por qué desatáis al pollino? Y ellos respondieron: Porque el Señor lo ha menester», etc. El nombre del Señor está lleno de majestad, porque debía venir como rey a la vista de la muchedumbre.
San Agustín, De cons. Evang. 2,66
No hay para qué llame la atención que San Mateo diga que trajeron una burra con su pollino, y que los demás evangelistas nada digan de la burra; puesto que, pudiendo entenderse uno y otro, no hay contradicción en que uno lo refiriera de un modo y otros de otro y mucho menos debe haber en que un evangelista hable de la burra y de su pollino y los otros hablen sólo del pollino.
Glosa
No solamente obedecieron al Salvador sus discípulos llevando un pollino que no era suyo, sino también pusieron sus propios vestidos, parte sobre el pollino y parte extendidos en el camino; por lo que sigue: «Y le condujeron a Jesús», etc.
Beda
Según los demás evangelistas, no fueron sólo los discípulos los que extendieron sus ropas en el camino, sino también muchos de los de la multitud.
San Ambrosio, in Lucam l. 9
En sentido espiritual puede decirse que el Señor vino al monte de los Olivos para plantar nuevos olivos de sublime virtud, y también puede decirse que ese monte es Cristo; porque ¿quién otro produciría tales frutos de olivas, fecundadas por la plenitud del Espíritu?
Beda
Bellamente se habla de las ciudades colocadas en el monte de los Olivos, esto es, en el mismo Dios, el cual fomenta más la unción de las gracias espirituales por la luz de la ciencia y la piedad.
Orígenes, hom. 37 in Lucam
Betania, pues, quiere decir casa de obediencia, y Bethphage casa de las quijadas, cierto lugar sacerdotal, porque se les debían ofrecer las quijadas según estaba mandado en la ley. Allí, pues, a la casa de la obediencia y de los sacerdotes fue donde el Salvador mandó a sus discípulos para que soltasen al pollino de la burra.
San Ambrosio
Estaba en la aldea, y el pollino, como estaba atado con su madre, no podía ser desatado sino por mandato del Señor, y la mano de los apóstoles lo desató. Tal era aquel acto, tal aquella vida y tal aquella gracia. Sé tú de tal modo que puedas soltar a los que están atados. En la burra quiso representar San Mateo a la madre del error; en el pollino representó la generalidad del pueblo gentil. Y con razón dice: «En el que nadie se ha sentado»; porque ninguno antes de Jesucristo llamó a los pueblos a su Iglesia. Estaba detenido por los vínculos de la maldad; sujeto a un amo inicuo y esclavo del error, y no podía reivindicar su libertad como reo que era, no por naturaleza, sino por su propia culpa; por tanto, cuando se dice «Señor» se reconoce a Jesús como al único dueño. Desgraciada es aquella esclavitud cuyo derecho es vago, porque tiene muchos dueños el que no tiene ninguno. Los extraños atan para poseer; pero el Señor suelta para tener. Conoce, pues, que los beneficios pueden más que los lazos.
Orígenes, ut sup
Muchos eran los dueños de este pollino antes que el Salvador lo tomara por necesidad. Pero después que El empezó a ser su dueño, cesaron los demás. Porque ninguno puede servir a Dios y a las riquezas. Cuando servimos a la maldad nos vemos esclavizados por muchas pasiones y vicios ( Mt 12). El Señor necesita el pollino, porque desea soltar los vínculos de nuestros pecados.
Orígenes, sup. Ioan tomo sive tract. 11
Yo opino, sin temor a equivocarme, que la aldea donde se encontraba la burra atada con el pollino es este mundo (esto es, la tierra); porque toda la tierra, vista desde arriba, es como una aldea respecto del universo, y por tanto se la designa así, sin añadirle otro nombre.
San Ambrosio
Tampoco es indiferente que sean dos discípulos los que se encaminan a aquel sitio. Pedro fue enviado a Cornelio, y Pablo a los demás; por tanto, no designó a las personas, sino estableció el número de ellas. Con todo, si alguno desea conocer sus nombres, puede creer que uno fue Felipe, a quien el Espíritu Santo envió a Gaza, cuando bautizó al eunuco de la reina Candace ( Hch 8).
Teofiactus, super misit. duos discípulos
También da a conocer la circunstancia de que envió dos que al entrar el pueblo gentil y sujetarse al yugo del Señor constituyen dos jerarquías: la de los profetas y la de los apóstoles. Le llevan a cierta aldea para darnos a conocer que este pueblo era rústico e ignorante.
San Ambrosio
Habiendo ido, pues, para desatar al pollino, no hablaron por cuenta propia sino que dijeron las mismas palabras que Jesús; para que conozcamos que infundieron la fe en los pueblos gentiles, no por su palabra, sino por la de Dios, y no en su propio nombre, sino en el de Cristo y que las potestades enemigas, que dominaban a los gentiles, cesaron en virtud del mandato divino.
Orígenes, ut sup
Los discípulos ponen sus vestidos sobre el pollino y hacen subir sobre él al Salvador cuando toman la palabra de Dios y la ponen sobre las almas de los que la oyen. También se quitaban sus vestidos y los tendían sobre el camino, porque los vestidos de los apóstoles no eran otra cosa que las buenas acciones; y en verdad que una vez soltado el pollino por los discípulos, y llevando sobre sí a Jesús, marcha por encima de los vestidos de los apóstoles cuando se imita su doctrina y su vida. ¡Quién de nosotros tan dichoso que lleve sobre sí a Jesús!
San Ambrosio
No se complacía el Señor del mundo en ir sobre el lomo de un pollino; pero era éste un misterio latente de su presencia invisible en lo interior de las almas, en que se asienta como místico guía, dirige los pasos de la inteligencia y refrena la concupiscencia de la carne, siendo su palabra la rienda y el aguijón.
Orígenes, in Lucam hom. 37
Todo el tiempo que el Salvador permaneció en el monte estuvo solo con los apóstoles; pero cuando empezó a bajar le salió al encuentro una turba de gentes; por esto dice: «Y cuando se acercó a la bajada del monte del Olivar, todos los discípulos en tropas», etc.
Teofiactus
Llama discípulos, no sólo a los doce o a los setenta y dos, sino también a todos los que seguían a Cristo, por sus milagros o por lo que les complacía su doctrina, habiendo niños entre ellos, como refieren los demás evangelistas. Por esto sigue: «Por todas las maravillas que habían visto».
Beda
Habían visto muchos milagros del Señor, pero estaban especialmente asombrados por la resurrección de Lázaro; porque, como dice San Juan: Venían muchas gentes detrás de El, porque sabían que había hecho este milagro ( Jn 21,18). Debe advertirse que no era ésta la primera vez que el Salvador iba a Jerusalén, sino que había ido muchas otras veces, como dice San Juan.
San Ambrosio
Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado. Por esto sigue: «Diciendo: Bendito el rey, que viene en el nombre del Señor».
Beda
Esto es, en el nombre de Dios Padre; aun cuando también puede entenderse que en su propio nombre, porque El es Dios mismo; pero sus palabras dirigen mejor nuestro entendimiento cuando nos dice por medio de San Juan: «Yo he venido en el nombre de mi Padre» ( Jn 5,43). Jesucristo es, por tanto, el maestro de la humildad. No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder. Pero como Jesucristo apareció en carne mortal para hacerse propicio a todo el mundo, cantan perfectamente a la vez en alabanza suya los cielos y la tierra. Cuando nació cantaron las legiones celestiales; y cuando ha de volver al cielo, los mortales repiten a su vez sus alabanzas. Por esto sigue: «Paz en el cielo».
Teofiactus
Esto es, la guerra antigua que hacíamos al Señor ha concluido. Y el gloria en las alturas es una alabanza de los ángeles a Dios por tal reconciliación. Porque en el mero hecho de andar Dios visiblemente por territorio de sus enemigos, se da a conocer que ha establecido la paz con nosotros. Pero cuando los fariseos oían esto murmuraban, porque la turba le llamaba rey y le alababa como a Dios; creían que el nombre de rey era una sedición y el de Dios una blasfemia. Por esto sigue: «Y algunos de los fariseos le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos».
Beda
Es admirable la locura de los envidiosos. Aquel a quien no dudan que debe llamarse maestro, porque conocían que enseñaba verdaderas doctrinas, creen que, como si ellos fueran más sabios, debe reprender a sus discípulos.
San Cirilo
Pero el Señor no impuso silencio a los que le alababan como a Dios, sino más bien a los que los reprenden; con lo cual atestigua la gloria de su divinidad. Por esto sigue: «El les respondió: Os digo que si éstos callaren, las piedras darán voces».
Teofiactus
Como diciendo: No me alaban así los hombres sin motivo, puesto que han aprendido en los milagros que han visto.
Beda
Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron.
San Ambrosio
Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron.
Orígenes, in Lucam hom. 37
También cuando nosotros callamos, esto es, se enfría la caridad de muchos, las piedras levantan la voz; porque Dios puede hacer que de las piedras broten hijos de Abraham.
San Ambrosio
Sabemos bien que las turbas que alababan al Señor, le salieron al encuentro cuando bajaba del monte, para dar a conocer que bajaba del cielo el que obraba el misterio espiritual.
Beda
También cuando bajaba el Señor del monte de los olivos, bajaban las turbas; porque una vez humillado el autor de la caridad, se hace preciso que los que necesitan de ella imiten sus pasos.
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Evangelio Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66
Supuesta la oportunidad de la traición, el Evangelista habla a continuación de la que cometió Judas. Por lo que dice: «Entonces fue uno de los doce», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 80,2
Tan luego como oyó que el Evangelio se había de predicar en todas partes, temió, pues esto demostraba un poder admirable.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,78
Las palabras: «Entonces se fue uno de los doce», continúan la narración de los acontecimientos que empieza con la palabra del Señor: «Sabéis que, pasados dos días, se celebrará la Pascua… Entonces se juntaron los príncipes de los sacerdotes», etc. Entre aquello que se dijo: «Porque no sucediese alboroto en el pueblo» ( Mt 26,5), y esto que se dice: «Entonces se fue uno de los doce», se interpuso lo que sucedió en Bethania, de lo cual se ha hecho mención al recapitular.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y se fue en busca de un príncipe de los sacerdotes, para entregar al que fue hecho sacerdote eternamente ( Sal 109,4); y se fue a buscar muchos príncipes de los sacerdotes, para venderles por precio al que quería redimir a todo el mundo.
Rábano
Y dice que se fue, porque tomó tan criminal designio, no forzado, no invitado, sino espontáneamente.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 80,2
Y añade: «Uno de los doce»; como si dijera, de la sección principal, de los que sublimemente fueron elegidos, y para designarle agrega: «Llamado Judas Iscariote» (de Isch-Queriióth, que quiere decir varón u hombre de Kerioth y vulgarmente Carioth, pueblo donde nació Judas): porque había otro Judas.
Remigio
Pues Cariot fue el pueblo donde nació este Judas.
San León Magno, sermones, 60,4
Quien no abandonó a Jesucristo perturbado por el temor, sino que se dejó arrastrar por la codicia de las riquezas. Porque toda afición al dinero es vil. Y el alma codiciosa de ganancias no temió perecer por una aunque pequeña; y no hay vestigio alguno de justicia en aquel corazón, en el que la avaricia ha hecho su morada. Embriagado el pérfido Judas con este veneno, cuando tuvo sed de ganancias, tan neciamente fue impío, que vendió a su Señor y a su maestro. Por esto dijo a los príncipes de los sacerdotes: «¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré?»
San Jerónimo
El infeliz Judas quiso compensar con el precio de su maestro el daño que creía se había hecho con la efusión del ungüento. Sin embargo, no pide una cantidad determinada, para que no pareciese lucrativa su perfidia, sino que dejó a la libertad de los compradores el dar lo que quisieran, como si entregara una propiedad vil.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y esto es lo que hacen todos los que reciben algo de las cosas corporales o mundanas, para que entreguen y arrojen fuera de su alma al Salvador, y a la palabra de la verdad que se hallaba en ellos.
Continúa: «Y ellos le señalaron treinta monedas de plata»: señalándole tanta paga cuantos años el Salvador había vivido en este mundo.
San Jerónimo
José no fue vendido en treinta monedas de oro -como opinan algunos, fundándose en la versión de los Setenta intérpretes- sino en treinta monedas de plata según la verdad hebraica: pues no podía ser de más precio el siervo que el Señor.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,61
Mas, el haber sido vendido el Señor en treinta monedas de plata, simbolizó en la persona de Judas a los inicuos Judíos, quienes buscando las cosas carnales y temporales (que se refieren a los cinco sentidos del cuerpo), no quisieron admitir a Jesucristo, y como quiera que esto lo llevaron a efecto en la sexta edad del mundo, se simbolizó de este modo que ellos habían de recibir seis veces cinco como valor del Señor vendido. Y porque la palabra del Señor es plata (Salmo 11,7), ellos entendieron asimismo carnalmente la misma ley, pues habían grabado la imagen del principado secular como en plata, que obtuvieron cuando hubieron perdido al Señor.
Continúa: «Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Mas San Lucas explica más claramente qué oportunidad era la que buscaba, Judas, cuando dice: «Y buscaba ocasión para entregarlo sin concurso de gentes» ( Lc 22,6); esto es, cuando el pueblo no estaba junto a El, sino cuando estaba retirado con sus discípulos; lo cual verificó, en efecto, entregándole después de la cena, cuando se hallaba retirado en el huerto de Getsemaní. Y verás si esta oportunidad se parece a los que al presente quieren hacer traición a la palabra de Dios en el tiempo de la persecución, cuando la muchedumbre de los creyentes no está cerca de la palabra de la verdad.
| Glosa |
Había hablado el Evangelista de las cosas que habían de preceder a la pasión de Jesucristo; a saber de la predicación de la pasión, del consejo de los príncipes y del convenio de la traición: mas ahora principia a referir el tiempo y el orden de la pasión diciendo: «Y el primer día de los ácimos».
San Jerónimo
El primer día de los ácimos, es el día catorce del primer mes, cuando es inmolado el cordero, y la luna está en todo su lleno, y es desechada la levadura.
Remigio
Y es de advertir que entre los judíos la Pascua se celebraba en el primer día, mas los siete días restantes eran llamados de los ácimos, pero aquí se toma el día de los ácimos por el día de la Pascua.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
O llama a este día el primero de los ácimos, los cuales eran siete; pues acostumbraron siempre los judíos a contar desde la víspera. Por esto hace mención de este día, en la víspera del cual había de ser inmolada la Pascua, y lo fue en la feria quinta.
Remigio
Mas dirá tal vez alguno: Si aquel cordero típico llevaba la figura de este verdadero Cordero, ¿por qué no padeció Jesucristo en aquella noche en que solía ser inmolado el cordero? Pero hay que tener presente que en la misma noche entregó a los discípulos los estimables misterios de su sangre y de su cuerpo. Y así detenido y atado por los judíos consagró el principio de su inmolación (esto es, de su pasión).
Continúa: «Se llegaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿En dónde quieres que dispongamos para que comas la Pascua?» Creo, pues, que el pérfido Judas se hallaba entre aquellos discípulos que se llegaron a Jesús y le preguntaron.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
De aquí se deduce claramente que no tenía casa ni choza. Yo opino también que ni los discípulos la tenían; pues, en verdad, le hubiesen rogado que fuese allí.
Continúa: «Y dijo Jesús: Id a la ciudad a casa de cierta persona», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,80
A saber, a casa de aquél a quien San Marcos y San Lucas llaman padre de familia o Señor de la casa. Pues lo que interpuso San Mateo, a casa de cierta persona, quiso insinuarlo en compendio, por su intención de ser breve, porque nadie habla de la manera que diga: «Id a casa de cierta persona», ¿quién no lo sabe? Y por esto habiendo puesto San Mateo las palabras del Señor cuando dijo: Id a la ciudad, interpuso él mismo: A casa de cierta persona. No porque el mismo Señor hubiese dicho esto, sino para insinuarnos, callando el nombre, que hubo en la ciudad cierta persona, a cuya casa fueron enviados los discípulos del Señor, para que dispusieran la Pascua. Pues se manifestó por el Señor que los discípulos eran enviados, no a casa de cualquier hombre, sino a casa de cierto hombre (esto es, a casa de un hombre determinado).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
O se puede decir que por esto que dice: «A casa de cierta persona», da a entender que los envía a casa de un hombre desconocido, manifestando con ello que podía no padecer. Porque el que persuadió la mente de esta persona para que los recibiese, ¿qué no hubiera podido hacer, ciertamente, contra los que le crucificaban, si hubiese querido no padecer? Pero yo no admiro tan sólo que un viviente desconocido le recibió, sino que despreció el odio de muchos recibiendo a Jesucristo.
San Hilario, in Matthaeum, 30
O no nombra al hombre con quien hubo de celebrar la Pascua, por esta razón; porque aun no se daba entonces a los creyentes el honor del nombre cristiano.
Rábano
U omite el nombre, para designar la licencia que se ha de dar de celebrar la verdadera Pascua y hospedar a Jesucristo en la morada de la mente a todos los que quieran hacerlo.
San Jerónimo
También en esto la nueva Escritura guarda la costumbre del Antiguo Testamento, porque con frecuencia leemos: Dijo éste a aquél; y en este lugar y en aquél. Y sin embargo, no se pone el nombre de las personas y de los lugares. Continúa: «Y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo se acerca».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
Y dijo esto a los discípulos, aludiendo a la pasión, para que ejercitados por las repetidas enunciaciones de la pasión, meditasen lo que había de acontecer, demostrándoles al mismo tiempo que iba a la pasión por su voluntad. Continúa: «En tu casa hago la Pascua»: En lo que da a entender que hasta el último día no se oponía a la ley. Y añadió: «Con mis discípulos», para que se preparase lo bastante y para que aquél a cuya casa los enviaba, no creyese que El quería ocultarse.
Continúa: «Y los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y dispusieron la Pascua».
Orígenes, in Mathaeum, 35
Tal vez alguno pretenderá que por lo mismo que Jesús celebró la Pascua según la costumbre judía, lo hagamos nosotros también, porque conviene que seamos imitadores de Cristo, no considerando que Jesús fue hecho bajo la ley, no para dejar bajo la ley a los que estaban bajo la ley, sino para librarlos de la ley. ¿Con cuánta mayor razón, pues, no debían entrar en la ley los que antes estaban fuera de la ley? sino que celebren espiritualmente lo que en la ley se manda que se celebre corporalmente, para que celebremos la Pascua con ácimos de sinceridad y de verdad, según la voluntad del Cordero cuando dice ( Jn 6,54): «Si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendreis vida en vosotros».
San Jerónimo
Como el Señor había predicho ya su pasión, ahora predice cuál será el traidor, dándole lugar a que haga penitencia, puesto que sabía que conocía sus pensamientos, y los secretos de su corazón, con el fin de que se arrepintiese de lo hecho. Por esto dice: «Y cuando vino la tarde, se sentó a la mesa con sus doce discípulos».
Remigio
Dice con los doce, porque Judas aun estaba con ellos aun cuando ya se había separado en realidad.
San Jerónimo
Judas obraba así, para evitar toda sospecha de traición.
Remigio
Debe advertirse que el Salvador se sentó a la mesa por la tarde, porque el Cordero solía sacrificarse a esa hora.
Rábano
Además se sentó con sus discípulos, por la tarde, porque en la pasión del Señor (cuando el verdadero sol tocaba a su ocaso), preparaba a todos los fieles una cena eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,1
Dice el Evangelista que cuando los discípulos estaban comiendo, Jesús empezó a hablar de la traición de Judas, dando así a conocer con tiempo y desde la mesa, la malicia del traidor. Por esto sigue: «Y cuando ellos estaban comiendo dijo: en verdad os digo que uno de vosotros me ha de entregar», etc.
San León Magno, sermones, 58,3
En lo que dio a entender que conocía la conciencia de su traidor. Pero no le confunde con reprensiones ásperas y manifiestas, sino que le reconviene con amonestación sencilla y oculta, para que se arrepienta y se corrija con más facilidad; por ello no le había dirigido expresiones duras.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Habló en general, para que cada uno diese a conocer la situación especial de su espíritu y para dar a conocer la malicia de Judas, que no creía que el Salvador tenía conocimiento de sus determinaciones. Yo creo que, en un principio, pensó que el Señor como hombre no lo descubriría, que y que, después de ver que su conciencia era conocida de Cristo, intentó la ocultación, puesta de manifiesto en sus palabras. En lo primero se mostró su incredulidad, y en esto último su impudicia. El Señor habló en general también para manifestar la bondad de sus discípulos, que más bien creían en las palabras del Señor, que en el testimonio de su conciencia. Por esto sigue: «Y ellos, muy llenos de tristeza, cada uno empezó a decir: ¿Por ventura soy yo, Señor?» Todos los discípulos sabían por lo que habían oído al Salvador, que la naturaleza humana es inclinada a lo malo, y que está en lucha contra los que gobiernan en este mundo de tinieblas; y por esta causa cada uno de ellos temía y preguntaba. Por lo que debemos siempre temer, que pueden sobrevenirnos toda clase de males puesto que somos débiles. Y viendo el Señor que sus discípulos temían por sí mismos, demostró cuál era el traidor por medio de una expresión profética, que dice en el Salmo: «El que come mi pan ensanchará su enemistad contra mí» ( Sal 40,10).
Por esto sigue: «Y El respondió y dijo: el que mete conmigo», etc.
San Jerónimo
¡Oh admirable paciencia la del Señor! Primero había dicho: uno de vosotros me ha de entregar ( Mt 26,21), y el traidor persevera en su mal propósito. Le reprende con más claridad, y sin embargo, no le designa por su nombre. Pero Judas cuando los demás se afligen y retiran su mano, y se abstienen de llevar la comida a su boca, él con la temeridad y desvergüenza con que le había de entregar, hasta mete la mano en el plato con su maestro, para que su atrevimiento ocultase la situación de su espíritu.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,1
Me parece que también Jesucristo metía la mano en el plato al mismo tiempo que Judas, comprometiéndole más así, y atrayéndolo a su amor.
Rábano
San Mateo dice que en el plato, y San Marcos dice en la escudilla ( Mc 14,20). Paropsis es un vaso cuadrado para poner comida, y de cuatro lados iguales de donde toma el nombre; catino es un vaso frágil para contener líquidos. Y pudo suceder que en la mesa hubiese algún vaso frágil y cuadrado a la vez.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Es costumbre de hombres malos poner asechanzas a otros hombres después de la sal y del pan, especialmente a aquéllos que no tienen como enemigos. Por lo tanto, después del convite espiritual, suele verse con frecuencia la gran malicia de aquél que ha entregado a su maestro, sin acordarse del amor de su maestro en los beneficios materiales, ni de sus enseñanzas en los beneficios espirituales. Así obran en la Iglesia todos aquéllos que intrigan contra sus hermanos con quienes asisten con frecuencia a la sagrada mesa del cuerpo de Cristo.
San Jerónimo
Pero Judas una y otra vez avisado no retrocede de su traición, sino que parece que la paciencia del Señor fomenta su atrevimiento; y por lo tanto le anuncia el castigo, para que la intimación de la pena corrija a aquél a quien no había vencido el pundonor. Por esto sigue: «El Hijo del hombre va ciertamente», etc.
Remigio
Es propio de la humanidad ir y venir y de la divinidad estar y permanecer y como la humanidad pudo padecer y morir según el designio de la divinidad, dice muy oportunamente el Hijo del Hombre que va. Por ello dice terminantemente: «Como está escrito de El», puesto que todo lo que padeció ya había sido vaticinado antes por los profetas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,2
Dijo esto para consolar a sus discípulos, y que no creyesen que sufría aquello por debilidad, y para advertir a la vez al traidor. Porque aun cuando estaba escrito que Jesucristo habría de padecer, sin embargo, se culpa de su muerte a Judas. Pero la traición de Judas no es quien ha obrado nuestra salvación, sino que la sabiduría de Jesucristo se valió para nuestro bien de la necedad de otros. Y por eso sigue: «¡Ay de aquel hombre por quien será entregado!».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No dijo: ay del hombre que le entregará, sino por quien será entregado, dando a conocer que era otro quien entregaba al Señor, esto es, el diablo, siendo el mismo Judas el ministro de la traición. ¡Ay, pues, de todos los traidores de Cristo! porque quien entrega a los discípulos de Cristo entrega al mismo Jesucristo.
Remigio
¡Ay también de todos los que se acercan a la sagrada mesa con maligna y manchada conciencia! Porque aunque no entreguen al Salvador a los judíos para que lo crucifiquen, lo entregan como alimento a sus inicuos miembros. Y para explicarlo más añade: «Más le valiera a aquel hombre no haber nacido», etc.
San Jerónimo
Pero no debe pensarse que Judas existiese antes de nacer, porque a nadie pudo hacer bien sino a aquel que existe; simplemente se dice que es mucho mejor no vivir que vivir para el mal.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,40
Y si alguno arguye que puede demostrar que existe otra vida antes de esta, se le puede demostrar que esto no sólo no conviene a Judas, sino a ningún otro. ¿Acaso no se dice que no le convino nacer para el diablo, es decir, para el pecado?, o también ¿no le hubiera valido más no haber nacido para Cristo por la vocación, evitando así su apostasía?
Orígenes, in Matthaeum, 35
Judas después de las preguntas de los apóstoles, y de las palabras del Salvador que se referían a él, preguntó luego a su vez con intención perversa, a fin de que, al hacer una pregunta parecida a las que hicieron los demás, ocultara su determinación de traicionar al Señor, porque el verdadero arrepentimiento no se detiene; por esto sigue: «Y respondiendo Judas que lo entregó, dijo: ¿Soy yo por ventura, Maestro?»
San Jerónimo
En cual probó su afecto fingido, o dio señal de su incredulidad: también los demás que no habían de entregarle dijeron: ¿Soy yo acaso, Señor? ( Mt 26,22) Pero éste que le había de entregar no le llama Señor, sino Maestro, como si pudiese servirle de excusa negar al Señor y entregar sólo a su Maestro.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y como queriendo subsanar esto mismo le llama Maestro, aun cuando no merecía nombrarle.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,2
Aunque el Señor podía haber dicho: has convenido tomar dinero, y aun te atreves a preguntar. Pero nada de esto dijo el mansísimo Jesús, para designarnos la línea de conducta que debemos observar. Por esto sigue: «Y le dice: Tú lo has dicho».
Remigio
Lo cual puede entenderse de este modo: tú lo dices y dices la verdad; o tú lo has dicho y no yo; con el fin de que aun pudiese hacer penitencia y no descubrir más su iniquidad.
Rábano
También Judas pudo decir esto, y ser respondido por el Señor, sin que los demás advirtieran lo que se había hablado.
San Jerónimo
Después de haber cumplido la Pascua figurativa y comido el cordero con sus discípulos, pasa el Señor a la institución del sacramento de la verdadera Pascua. Y a la manera como Melquisedec, sacerdote del supremo Dios, había ofrecido pan y vino como figura, así también para presentar la realidad de su cuerpo y sangre, dice: «Y cenando ellos tomó Jesús el pan», etc.
San Agustín, epistola, 54, 7-8
En lo que claramente se ve que los discípulos no recibieron en ayunas el cuerpo y la sangre del Señor en el día de su institución. ¿Podrá censurarse acaso el rito de toda la Iglesia, en virtud del cual se ordena recibirle siempre en ayunas? Agradó en verdad, al Espíritu Santo, que en honor de tan gran Sacramento entrase el cuerpo del Señor en la boca del cristiano antes que ningún otro alimento. Pero el Salvador, queriendo demostrar la sublimidad de este misterio, quiso instituirlo al final de la cena, grabándolo así en el corazón y en la memoria de sus discípulos, de quienes se despedía. Por lo tanto no dijo en qué forma debería recibirse en lo sucesivo, con el fin de dejar esto al arbitrio de sus discípulos (por medio de quienes había de organizarse la Iglesia).
Glosa
También dejó Jesucristo otra forma de recibir su cuerpo y su sangre, y la instituyó después, con el fin de que la fe tuviese su mérito, cuando cree a pesar de que no ve.
San Ambrosio, de Sacramentis 4,4
Con el fin de que no hubiese horror alguno en el derramamiento de sangre y pudiese obtenerse el precio de la redención.
San Agustín, sermones, 227
Instituyó el Señor su cuerpo y su sangre sobre cosas que vienen a constituir una sola, aun cuando consten de muchas partes, porque el pan se forma de muchos granos de trigo, y el vino también se forma de muchos racimos de uvas. Además, en esto nos dio a entender el Salvador que consagraba el misterio de nuestra paz y unión en su propia mesa.
Remigio
También oportunamente utilizó el fruto de la tierra, dando a entender que había venido a ella para absolverla de aquella maldición, con que fue maldecida por el pecado del primer hombre. Y aun congruentemente mandó ofrecer los frutos que produce la tierra, y en aquéllos por los cuales los hombres se interesan más; con el fin de que no hubiese dificultad en su adquisición y los hombres pudiesen ofrecer a Dios sacrificios del trabajo de sus manos.
San Ambrosio, de Sacramentis 4,3
De aquí se desprende que los sacramentos de los cristianos son anteriores a los de los judíos, porque Melchisedec ofreció el pan y el vino del mismo modo que el Hijo de Dios, a quien se dice en el Salmo: «Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melchisedec» ( Sal 119,4). Refiriéndose a lo cual se dice aquí: «Tomó Jesús el pan».
Glosa
Lo que debe entenderse respecto del pan de trigo, porque como dice San Juan, el Señor se comparó al grano de trigo, diciendo: «Que si el grano de trigo cuando cae en la tierra» ( Mt 12,24), etc. Este pan corresponde al Sacramento, porque su uso es más común, puesto que se hacen otros panes cuando éste falta. Y como Jesucristo demostró hasta el último día que no había venido a derogar la ley (como ya había dicho antes), lo instituye en la víspera, cuando se inmolaba el cordero según el precepto legal, y habían de comerse los ácimos y retirarse todo lo fermentado. Es evidente que este pan, ofrecido por el Señor a sus discípulos, era ácimo.
San Gregorio, registrum epistularum
Llama la atención de algunos que en la Iglesia unos ofrecen panes ácimos, y otros fermentados. Pues la Iglesia Romana ofrece panes ácimos, porque el Señor tomó carne sin mezcla alguna; pero otras iglesias le ofrecen fermentado, porque el Verbo del Padre se vistió de carne y es verdadero Dios y verdadero hombre. Porque el fermento se mezcla con la harina, y sin embargo, nos transformamos en el cuerpo del Señor nuestro Salvador, tanto cuando se nos ofrece en el pan ácimo, cuanto en el fermentado.
San Ambrosio, De Sacramentis 4,4
Este pan, antes de las palabras de la consagración es pan común, pero cuando se le consagra, el pan se convierte en carne de Cristo. Por lo tanto la consagración, ¿en qué palabras consiste y en qué oraciones sino en las de Jesús nuestro Dios? Por lo tanto, si hay tanta fuerza en su palabra que empieza a ser lo que antes no era, ¿con cuánta más facilidad debe suceder que existan aquellas cosas que antes eran transformadas en otras sustancias? Si su palabra produjo cosas admirables, ¿no las producirá en los misterios espirituales? Luego, el pan se transforma en el cuerpo de Jesucristo y el vino en su sangre, por medio de la palabra divina. Se pregunta ¿cómo?; de este modo: no se engendra un hombre sino por medio de la unión de un hombre y de una mujer: pero porque quiso el Señor, Jesucristo nació de la Virgen por obra del Espíritu Santo.
San Agustín, De verb. Dom
Y así como por obra del Espíritu Santo fue creada sin unión una verdadera carne, así la sustancia del pan y del vino, es consagrada en el mismo cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Y como esta consagración se hace en virtud de la palabra del Señor, añade: «Y lo bendijo».
Remigio
En esto dio a entender también que junto con el Padre y el Espíritu Santo, colmó la naturaleza humana con la gracia del poder divino, y la enriqueció con el don de la eterna inmortalidad. Y para demostrar que su cuerpo no se sometía a la pasión sin quererlo así, añade: «Y lo partió».
San Agustín, in lib. sentent
Cuando se parte la hostia, mientras la sangre del cáliz es derramada en la boca de los fieles, ¿qué otra cosa se significa sino la inmolación del cuerpo del Señor en la cruz, y el derramamiento de su sangre brotando de su costado?
San Dionisio, de ecclesiastica hierarchia 3
En esto se da a conocer también que la Palabra del Señor siendo una y simple, por medio de la Encarnación, llega hasta nosotros de un modo compuesto y visible, se asocia con nosotros por bondad, y nos hace partícipes de todos los bienes espirituales que se nos distribuyen. Por esto sigue: «Y lo dio a sus discípulos».
San León Magno, sermones, 58,3
No se exceptuó de la participación de este misterio al traidor, para que constase, que Judas no obraba exasperado por injuria alguna, sino voluntariamente a impulso de su impiedad (o lo que es lo mismo, intentaba perseverar en su voluntaria impiedad).
San Agustín, in Ioannem 26
San Pedro y Judas participaron de un mismo pan, pero San Pedro recibió la vida y Judas la muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 82,1
Y esto lo demuestra San Juan diciendo: «Que después de esto, Satanás entró en él». Su pecado se agravó, porque se había acercado al sacramento con conciencia manchada, y al acercarse no mejoró en su conciencia, ni por el temor, ni por el beneficio, ni por el honor. Mas Jesucristo, aunque nada se le ocultaba no le privó del sacramento para que aprendamos que no omite nada de aquello que nos conviene para nuestra enmienda.
Remigio
En esta acción dejó también ejemplo a su Iglesia, para que no separe a nadie de su sociedad ni de la comunicación del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor, sino por algún crimen público y manifiesto.
San Hilario, in Matthaeum, 30
La Pascua quizá se celebró sin que el traidor Judas hubiese participado del cáliz y de la fracción del pan; pues no era digno de la participación de los eternos misterios; pero se comprende que él salió de allí, porque se manifiesta que volvió con las turbas.
Sigue: «Recibid y comed».
San Agustín, De verb. Dom
El Señor convida a sus siervos para prepararles manjar de sí mismo; ¿pero quién se atreverá a comer a su Señor? Y en verdad que cuando se le come, fortalece, no debilita. Vive comido porque resucitó después de muerto; y cuando le comemos no le partimos; y en verdad que así sucede en el sacramento. Conocen los fieles el modo como reciben la carne de Cristo: cada uno recibe una parte. Por partes se recibe en el sacramento, y sin embargo, permanece entero, todo en el cielo y todo en nuestro corazón. Por lo tanto, todas estas cosas se llaman sacramentos, porque en ellos unas cosas se ven y otras se creen. Lo que se ve tiene figura corporal y lo que se entiende es un fruto espiritual.
San Agustín, in Ioannem 27, 11
No comamos, por lo tanto, la carne de Jesucristo en el sacramento únicamente (lo que hacen muchos malos), y comámosle hasta participar de su espíritu para que vivamos como miembros en el cuerpo del Señor, para que nos alimentemos de su espíritu.
San Ambrosio, de sacramentis 4,5
Antes, pues, que se verifique la consagración, el pan es pan; pero cuando sobre él descienden las palabras de Jesucristo, que dice: «Este es mi cuerpo» el pan se convierte en cuerpo de Cristo.
San Jerónimo
Después de haber cumplido la Pascua figurativa y comido el cordero con sus discípulos, pasa el Señor a la institución del sacramento de la verdadera Pascua. Y a la manera como Melquisedec, sacerdote del supremo Dios, había ofrecido pan y vino como figura, así también para presentar la realidad de su cuerpo y sangre, dice: «Y cenando ellos tomó Jesús el pan», etc.
San Agustín, epistola, 54, 7-8
En lo que claramente se ve que los discípulos no recibieron en ayunas el cuerpo y la sangre del Señor en el día de su institución. ¿Podrá censurarse acaso el rito de toda la Iglesia, en virtud del cual se ordena recibirle siempre en ayunas? Agradó en verdad, al Espíritu Santo, que en honor de tan gran Sacramento entrase el cuerpo del Señor en la boca del cristiano antes que ningún otro alimento. Pero el Salvador, queriendo demostrar la sublimidad de este misterio, quiso instituirlo al final de la cena, grabándolo así en el corazón y en la memoria de sus discípulos, de quienes se despedía. Por lo tanto no dijo en qué forma debería recibirse en lo sucesivo, con el fin de dejar esto al arbitrio de sus discípulos (por medio de quienes había de organizarse la Iglesia).
Glosa
También dejó Jesucristo otra forma de recibir su cuerpo y su sangre, y la instituyó después, con el fin de que la fe tuviese su mérito, cuando cree a pesar de que no ve.
San Ambrosio, de Sacramentis 4,4
Con el fin de que no hubiese horror alguno en el derramamiento de sangre y pudiese obtenerse el precio de la redención.
San Agustín, sermones, 227
Instituyó el Señor su cuerpo y su sangre sobre cosas que vienen a constituir una sola, aun cuando consten de muchas partes, porque el pan se forma de muchos granos de trigo, y el vino también se forma de muchos racimos de uvas. Además, en esto nos dio a entender el Salvador que consagraba el misterio de nuestra paz y unión en su propia mesa.
Remigio
También oportunamente utilizó el fruto de la tierra, dando a entender que había venido a ella para absolverla de aquella maldición, con que fue maldecida por el pecado del primer hombre. Y aun congruentemente mandó ofrecer los frutos que produce la tierra, y en aquéllos por los cuales los hombres se interesan más; con el fin de que no hubiese dificultad en su adquisición y los hombres pudiesen ofrecer a Dios sacrificios del trabajo de sus manos.
San Ambrosio, de Sacramentis 4,3
De aquí se desprende que los sacramentos de los cristianos son anteriores a los de los judíos, porque Melchisedec ofreció el pan y el vino del mismo modo que el Hijo de Dios, a quien se dice en el Salmo: «Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melchisedec» ( Sal 119,4). Refiriéndose a lo cual se dice aquí: «Tomó Jesús el pan».
Glosa
Lo que debe entenderse respecto del pan de trigo, porque como dice San Juan, el Señor se comparó al grano de trigo, diciendo: «Que si el grano de trigo cuando cae en la tierra» ( Mt 12,24), etc. Este pan corresponde al Sacramento, porque su uso es más común, puesto que se hacen otros panes cuando éste falta. Y como Jesucristo demostró hasta el último día que no había venido a derogar la ley (como ya había dicho antes), lo instituye en la víspera, cuando se inmolaba el cordero según el precepto legal, y habían de comerse los ácimos y retirarse todo lo fermentado. Es evidente que este pan, ofrecido por el Señor a sus discípulos, era ácimo.
San Gregorio, registrum epistularum
Llama la atención de algunos que en la Iglesia unos ofrecen panes ácimos, y otros fermentados. Pues la Iglesia Romana ofrece panes ácimos, porque el Señor tomó carne sin mezcla alguna; pero otras iglesias le ofrecen fermentado, porque el Verbo del Padre se vistió de carne y es verdadero Dios y verdadero hombre. Porque el fermento se mezcla con la harina, y sin embargo, nos transformamos en el cuerpo del Señor nuestro Salvador, tanto cuando se nos ofrece en el pan ácimo, cuanto en el fermentado.
San Ambrosio, De Sacramentis 4,4
Este pan, antes de las palabras de la consagración es pan común, pero cuando se le consagra, el pan se convierte en carne de Cristo. Por lo tanto la consagración, ¿en qué palabras consiste y en qué oraciones sino en las de Jesús nuestro Dios? Por lo tanto, si hay tanta fuerza en su palabra que empieza a ser lo que antes no era, ¿con cuánta más facilidad debe suceder que existan aquellas cosas que antes eran transformadas en otras sustancias? Si su palabra produjo cosas admirables, ¿no las producirá en los misterios espirituales? Luego, el pan se transforma en el cuerpo de Jesucristo y el vino en su sangre, por medio de la palabra divina. Se pregunta ¿cómo?; de este modo: no se engendra un hombre sino por medio de la unión de un hombre y de una mujer: pero porque quiso el Señor, Jesucristo nació de la Virgen por obra del Espíritu Santo.
San Agustín, De verb. Dom
Y así como por obra del Espíritu Santo fue creada sin unión una verdadera carne, así la sustancia del pan y del vino, es consagrada en el mismo cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Y como esta consagración se hace en virtud de la palabra del Señor, añade: «Y lo bendijo».
Remigio
En esto dio a entender también que junto con el Padre y el Espíritu Santo, colmó la naturaleza humana con la gracia del poder divino, y la enriqueció con el don de la eterna inmortalidad. Y para demostrar que su cuerpo no se sometía a la pasión sin quererlo así, añade: «Y lo partió».
San Agustín, in lib. sentent
Cuando se parte la hostia, mientras la sangre del cáliz es derramada en la boca de los fieles, ¿qué otra cosa se significa sino la inmolación del cuerpo del Señor en la cruz, y el derramamiento de su sangre brotando de su costado?
San Dionisio, de ecclesiastica hierarchia 3
En esto se da a conocer también que la Palabra del Señor siendo una y simple, por medio de la Encarnación, llega hasta nosotros de un modo compuesto y visible, se asocia con nosotros por bondad, y nos hace partícipes de todos los bienes espirituales que se nos distribuyen. Por esto sigue: «Y lo dio a sus discípulos».
San León Magno, sermones, 58,3
No se exceptuó de la participación de este misterio al traidor, para que constase, que Judas no obraba exasperado por injuria alguna, sino voluntariamente a impulso de su impiedad (o lo que es lo mismo, intentaba perseverar en su voluntaria impiedad).
San Agustín, in Ioannem 26
San Pedro y Judas participaron de un mismo pan, pero San Pedro recibió la vida y Judas la muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 82,1
Y esto lo demuestra San Juan diciendo: «Que después de esto, Satanás entró en él». Su pecado se agravó, porque se había acercado al sacramento con conciencia manchada, y al acercarse no mejoró en su conciencia, ni por el temor, ni por el beneficio, ni por el honor. Mas Jesucristo, aunque nada se le ocultaba no le privó del sacramento para que aprendamos que no omite nada de aquello que nos conviene para nuestra enmienda.
Remigio
En esta acción dejó también ejemplo a su Iglesia, para que no separe a nadie de su sociedad ni de la comunicación del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor, sino por algún crimen público y manifiesto.
San Hilario, in Matthaeum, 30
La Pascua quizá se celebró sin que el traidor Judas hubiese participado del cáliz y de la fracción del pan; pues no era digno de la participación de los eternos misterios; pero se comprende que él salió de allí, porque se manifiesta que volvió con las turbas.
Sigue: «Recibid y comed».
San Agustín, De verb. Dom
El Señor convida a sus siervos para prepararles manjar de sí mismo; ¿pero quién se atreverá a comer a su Señor? Y en verdad que cuando se le come, fortalece, no debilita. Vive comido porque resucitó después de muerto; y cuando le comemos no le partimos; y en verdad que así sucede en el sacramento. Conocen los fieles el modo como reciben la carne de Cristo: cada uno recibe una parte. Por partes se recibe en el sacramento, y sin embargo, permanece entero, todo en el cielo y todo en nuestro corazón. Por lo tanto, todas estas cosas se llaman sacramentos, porque en ellos unas cosas se ven y otras se creen. Lo que se ve tiene figura corporal y lo que se entiende es un fruto espiritual.
San Agustín, in Ioannem 27, 11
No comamos, por lo tanto, la carne de Jesucristo en el sacramento únicamente (lo que hacen muchos malos), y comámosle hasta participar de su espíritu para que vivamos como miembros en el cuerpo del Señor, para que nos alimentemos de su espíritu.
San Ambrosio, de sacramentis 4,5
Antes, pues, que se verifique la consagración, el pan es pan; pero cuando sobre él descienden las palabras de Jesucristo, que dice: «Este es mi cuerpo» el pan se convierte en cuerpo de Cristo.
Remigio
Como el Señor había dado su cuerpo a los discípulos bajo la especie de pan, también les dio el cáliz de su sangre; por esto dice: «Y tomando el cáliz dio gracias y se lo dio», etc. En lo que se da a entender cuán grande es el deseo que tiene de nuestra salvación, en obsequio de la cual derramó su sangre.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 82, 1
Por lo tanto, dio gracias para enseñarnos el modo de recibir este sacramento, demostrando a la vez que no iba a sufrir su pasión contra su voluntad. Nos enseñó, pues, que todo lo que sufrimos debemos llevarlo con gusto. Y en esta ocasión nos dio motivo de buena esperanza; si, pues, la figura de este sacrificio (a saber, la inmolación del cordero pascual), dio la libertad al pueblo de la esclavitud de Egipto, con mucha más razón la realidad librará al mundo entero. «Y se les dio, diciendo: bebed de éste todos». Y para que no se asustasen oyendo esto, El mismo bebió primero su propia sangre invitándoles sin perturbación alguna, a que participasen de aquellos misterios.
San Jerónimo
Así nuestro Señor Jesucristo fue convidado y convite; el que comía y era comido.
Sigue: «Esta es mi sangre del Nuevo Testamento».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82, 1
Esto es, lo que sirve de anuncio de la nueva ley: esto lo prometía el Antiguo Testamento y se ve realizado en el nuevo; y así como el Antiguo Testamento contenía la sangre de los becerros y de las ovejas, así el Nuevo contiene la sangre del Señor.
Remigio
Por lo tanto se lee que Moisés recibió la sangre del cordero y la guardó en un vaso. Y habiendo introducido en ella el hacecillo de hisopo con él roció al pueblo diciendo: «Esta es la sangre del Señor» ( Ex 24,6-8).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82, 1
Cuando nombra la sangre, anuncia su pasión, diciendo: «Que será derramada por muchos», y además expresa la causa de su muerte, cuando añade: «Para el perdón de los pecados». Como diciendo: La sangre del cordero fue derramada en Egipto por la salvación de los primogénitos del pueblo de Israel. Pero ésta se derrama para remisión de los pecados de todo el mundo.
Remigio
Y debe advertirse que no dice, por pocos, ni por todos, sino por muchos; porque no había venido a redimir únicamente a los hombres de un lugar determinado sino a muchos de todas las naciones.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82, 1
Y diciendo esto, manifiesta que su pasión es un misterio de la salvación de los hombres, por medio del que consuela a sus discípulos. Y dice, así como Moisés: «Esto os servirá de recuerdo sempiterno» ( Ex 12,14), y además dijo (como refiere San Lucas): «Haced esto en memoria mía» ( Lc 22,19).
Remigio
Enseñó que no sólo debe ofrecerse el pan, sino también el vino, para dar a entender que debía confortar con estos sacramentos a los que tuviesen hambre y sed de justicia.
Glosa
Así como el alimento corporal lo obtenemos por medio de la comida y de la bebida, el Señor, del mismo modo, nos ha preparado el alimento de nuestras almas por medio de una comida y bebida. También convenía significar la pasión del Señor instituyendo este sacramento bajo dos especies distintas. Porque en la pasión derramó su sangre y así ésta se separó de su cuerpo. Convino, pues, para recordar la pasión del Señor, que el pan se ofreciese separado del vino y son los sacramentos del cuerpo y la sangre. Debe saberse, sin embargo, que todo Jesucristo se contiene en cada una de las especies; bajo la especie de pan se contiene también la sangre con el cuerpo, y bajo la especie de vino se contiene el cuerpo con la sangre.
Ambrosiaster, Comentario a las epístolas paulinas, 1 Cor 11, 26
También se consagran dos especies, porque lo que tomamos, aprovecha para sustento del alma y del cuerpo.
San Cipriano, epistola, 3,2
El cáliz del Señor no contiene sólo agua, ni sólo vino, sino las dos cosas mezcladas; como tampoco puede decirse que el cuerpo del Señor puede ser sólo la harina o sólo el agua, sino las dos cosas unidas.
San Ambrosio, de sacramentis 5,1
Y si Melchisedech ofreció pan y vino, ¿para qué aprovecha la mezcla del agua? Véase la razón: Moisés tocó la piedra, y de ésta brotó mucha agua; mas la piedra era Cristo. Y uno de los soldados hirió con su lanza el costado de Cristo, brotando de él agua y sangre; el agua para que lavase y la sangre para que redimiese.
Remigio
Debe tenerse en cuenta que San Juan dice: «Las muchas aguas son del pueblo»; y como conviene que nosotros siempre estemos en Cristo y Cristo en nosotros, se ofrece el vino mezclado con agua, para dar a conocer que la cabeza y los miembros (esto es, Cristo y la Iglesia), constituyen un solo cuerpo. También sirve para demostrar que Jesucristo no ha padecido sino por el deseo de nuestra redención, y que nosotros no podemos salvarnos sin su pasión.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82,2
Y como habló de su pasión y de su cruz, era muy natural, por consiguiente, que hablase también de su resurrección, diciendo: «Y dígoos, que desde hoy más no beberé de este fruto de vid». Llama reino a su resurrección, y por lo tanto, dijo esto acerca de la resurrección (cuando iba a beber con sus apóstoles ese cáliz), para que no creyesen que su resurrección era una fantasía. Y por lo tanto, para convencer a los hombres acerca de la resurrección de Jesucristo, dijeron: «Hemos comido y bebido juntamente con El, después que resucitó de entre los muertos» ( Hch 10,41). Por esto da a conocer que lo verán resucitado, y que volverá a estar con los hombres. Cuando dice «nuevo», debe entenderse que nuevamente -esto es, de un modo nuevo-, no como teniendo cuerpo pasible y necesitando de comida: después de la resurrección no comió ni bebió porque necesitase de alimento, sino para confirmar la verdad de su resurrección. Y como hay algunos herejes que usan agua y no vino en la administración de los sacramentos, da a entender por medio de estas palabras, que cuando instituyó los sacramentos, dio el vino que bebió resucitado. Por lo que dijo: «De este fruto de vid»: pues la vid produce vino y no agua.
San Jerónimo
De otro modo, el Señor pasó de lo material a lo espiritual; que la viña trasplantada de Egipto es el pueblo de Israel, lo prueba la Sagrada Escritura. Dice, pues, el Señor, que no volverá a beber del fruto de esta vid, sino en el reino del Padre; y yo creo que el reino del Padre es la fe de los creyentes; por lo tanto, cuando los judíos reciban el reino del Padre, entonces beberá el Señor de su vino. Obsérvese también que dice del Padre y no de Dios, porque todo padre da su nombre al hijo; como si dijese: cuando hayan creído en Dios Padre, el Padre los conducirá al Hijo.
Remigio
O de otro modo: «No beberé de este fruto de vid». Esto es, no me gozaré en adelante en los sacrificios materiales de la sinagoga, en los que tenía lugar preferido la inmolación del cordero pascual. Llegará, pues, el día de mi resurrección, en el cual, constituido en el reino del Padre (esto es, elevado a la gloria de la eterna inmortalidad), allí lo beberé de nuevo con vosotros; esto es, cuando tenga lugar la salvación del mundo, ya renovado por el agua del bautismo, me alegraré con un nuevo gozo.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,42
O de otra manera, cuando dice: lo beberé nuevo, da a entender que éste es antiguo. Mas como recibió el cuerpo, que había de entregar a la muerte en su pasión de la descendencia de Adán (llamado hombre antiguo) por lo mismo encomendó su sangre en el sacramento del vino. Pero ¿qué otro vino nuevo debemos entender, sino la inmortalidad de los cuerpos que se han de renovar? Cuando dice: «Lo beberé con vosotros», les promete del mismo modo, la resurrección de sus cuerpos, para revestirse de la inmortalidad. Con vosotros, pues, se refiere, no al mismo tiempo, sino a aquella misma renovación, porque como dice el Apóstol, resucitaremos con Cristo, a fin de que la esperanza de la vida futura sea aquí ya nuestra alegría presente. Lo que dice acerca del retoño de la vid, al que llama nuevo, significa ciertamente que estos mismos cuerpos que han de morir ahora, según su antigüedad terrena, resucitarán después, según la renovación celestial.
San Hilario, in Matthaeum, 30
Parece, pues, que no bebiendo Judas con El, tampoco lo había de beber en el reino, toda vez que les promete a todos los que beben entonces, que beberán después con El mismo del fruto de esta vid.
Glosa
Pero defendiendo la opinión de otros Santos que afirman haber recibido Judas los Sacramentos de manos de Jesucristo, debe entenderse, que cuando dice con vosotros, se refiere a muchos de ellos, pero no a todos.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Enseñaba el Señor a los discípulos que habían recibido el pan de bendición, comido el cuerpo del Verbo y bebido el cáliz de acción de gracias, que por estos dones debían entonar un himno a su Padre; por esto se afirma: «Y dicho el himno, salieron al monte de los Olivos». Para que de lo alto pasasen a lo alto, porque el fiel no puede hacer cosa alguna en el llano.
Beda.
Sabia y magníficamente conduce el Señor a sus discípulos al monte de los Olivos, después de haberles administrado el sacramento de su cuerpo y de su sangre, y de recomendarlos a su Padre con el himno de piadosa intercesión, para señalarnos simbólicamente que por la acción de sus Sacramentos, y por su intercesión debemos ascender a virtudes más altas, y a los dones y carismas del Espíritu Santo, con los que dulcísimamente está perfumado nuestro corazón.
Rábano.
También puede entenderse aquel himno que el Señor cantaba, según San Juan, dando gracias a su Padre; en el que rogaba, con los ojos elevados al cielo, por sí mismo, por sus discípulos y por aquéllos que habían de creer en El, por las palabras de los mismos.
Glosa.
Esto es lo que dice el Salmo ( Sal 21): «Comerán los pobres, y se saciarán y alabarán al Señor», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82, 2
Oigan todos, los que (semejantes a los puercos) sólo se preocupan en solazarse en la comida y terminar con la embriaguez, en lugar de levantarse de la mesa con la acción de gracias; oigan también los que no escuchan la última oración en los sagrados misterios: la última oración (de la Misa) es figura de aquel himno. Dio gracias, pues, antes de administrar los sagrados misterios a sus discípulos, para enseñarnos también a dar gracias, dijo el himno, después que comió, para que nosotros hagamos lo mismo.
San Jerónimo
Según este ejemplo del Salvador, todo aquél que estuviese satisfecho del pan de Cristo y embriagado con su sangre, puede alabar a Dios y subir al monte de los Olivos, en donde está el premio de los trabajos, el consuelo del dolor y el conocimiento de la verdadera luz.
San Hilario, in Matthaeum, 30
Por esto se manifiesta también, que una vez consumadas todas las virtudes de los divinos misterios, los hombres serán elevados a la gloria celestial con un gozo y alegría común.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Muy oportunamente es elegido el monte de la misericordia, en donde había de manifestar la debilidad escandalosa de los discípulos; preparado ya entonces a no rechazar a los discípulos que se separasen, sino a recibir los que volviesen. Por esto sigue: «Entonces Jesús les dijo: todos vosotros padeceréis escándalo en mí esta noche».
San Jerónimo
Les predice lo que han de padecer, para que cuando esto suceda, no desesperen de la salvación, sino que se salven haciendo penitencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 82, 2
En lo cual nos da a conocer lo que fueron sus discípulos antes de la pasión y después de ella, porque los que no podían estar con Cristo (cuando era crucificado) después de su muerte eran más fuertes que el diamante. La huida, pues, de sus discípulos y su temor, son una demostración de la muerte de Cristo, para confusión y vergüenza de los marcionistas. Porque si no fue apresado ni crucificado, ¿cómo y por qué se apoderó tan gran temor de San Pedro y de los demás apóstoles?
San Jerónimo
Y añade claramente: «Esta noche», porque a la manera de los que se embriagan, que prefieren la noche, así los que se escandalizan huyen de la luz y buscan las tinieblas.
San Hilario, in Matthaeum, 30
La fe de esta predicción estaba fundada en la autoridad de una antigua profecía; por esto añade: «Porque escrito está: heriré al Pastor y se descarriarán las ovejas del rebaño».
San Jerónimo
Lo mismo que, con diversas palabras, y hablando de Dios en la persona del profeta, Zacarías manifiesta diciendo: «Hiere al Pastor, y las ovejas se descarriarán ( Za 13,7)». El Pastor bueno es herido, para que dé su alma por sus ovejas, y de muchos rebaños de errores, resulte un solo rebaño y un solo pastor.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.82,2
Cita, pues, esta profecía, aconsejándoles, al mismo tiempo que crean siempre lo que está escrito, manifestando a la vez, que iba a ser crucificado por determinación de Dios, y revelando en todos conceptos, que El no era ajeno al Antiguo Testamento, y a aquel Dios que en él se anunciaba. Sin embargo, no quiso que continuasen apesadumbrados, y les vaticina cosas alegres, diciendo: «Mas después que resucitare iré delante de vosotros a la Galilea». Después de su resurrección no se apareció a ellos inmediatamente en el cielo, ni eligió un lugar lejano para aparecérseles, sino los mismos lugares y hasta las personas mismas, para que con esto comprendiesen que Aquél que había expirado en el patíbulo de la cruz, era el mismo que resucitó. Por esto les asegura que El irá también a Galilea, para que, libres del temor de los judíos, creyesen lo que les decía.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Les predice también, que los que se separan un poco escandalizándose, nuevamente se reunirán cuando resucite Jesucristo y vaya delante de ellos a la Galilea de los gentiles. O de otro modo, si alguno pregunta cómo se escandalizan sus discípulos después de tantas señales y prodigios, sepa que quiere demostrar, por medio de esto, que así como ninguno puede llamar Dios a Jesús, sino en el Espíritu Santo, así ninguno puede vivir sin escandalizarse (o estar libre de escándalos), sino por el Espíritu Santo. Cuando se cumplía esto, que anunciaba Jesucristo: «Todos vosotros padeceréis escándalo en mí esta noche», todavía no había venido el Espíritu Santo, puesto que Jesucristo aun no había sido glorificado. Pero nosotros, después de haber confesado a Jesucristo Nuestro Señor, en el Espíritu Santo, si después nos escandalizamos o lo negamos, no tenemos excusa. Y aquéllos se escandalizaron, como quiera que todavía estaban en las tinieblas de la noche. Mas de nosotros se alejó la noche con su oscuridad, y vino el día con su luz. Todavía más. Aquéllos se escandalizaron en aquella noche, porque el Padre no perdonó a su único Hijo, sino que lo entregó para padecer por nosotros, a fin de que las ovejas del rebaño que padezcan escándalo, se alejen para poco tiempo. Y luego Cristo, que va delante a Galilea, reúna o congregue a todos los que quieran seguirle, como el pueblo gentil que de las tinieblas del error fue sacado a la luz de la fe.
San Hilario, in Matthaeum, 30
Pero San Pedro entre tanto, arrastrado por el afecto y amor de Jesucristo, sin atender a la debilidad de su carne, ni dar fe a las palabras del Salvador, como si no hubiera de realizarse lo que había dicho: «Respondió Pedro y dijo: Aunque todos», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 82,3
¿Qué dices, oh Pedro? El profeta vaticinó la dispersión de las ovejas ( Za 13,7), y Jesucristo confirmó la profecía. Tú, sin embargo, replicas: de ningún modo. Cuando dijo: uno de vosotros me entregará ( Mt 26,21), temías ser el traidor, aunque de nada te acusaba la conciencia. Ahora terminantemente anuncia que todos os escandalizaríais y le contradices. Pero como había sido sacado de la ansiedad que tenía, acerca de la traición, confiado de lo demás decía: «Yo nunca me escandalizaré».
San Jerónimo
No había, sin embargo, ni mentira ni temeridad en el Apóstol San Pedro, sino una fe y amor ardentísimo hacia el Señor nuestro Salvador.
Remigio
Lo que Jesucristo dice como profeta, San Pedro lo niega como amante. En lo que se nos enseña moralmente, que cuanto confiamos en el ardor de la fe, tanto debemos temer en la fragilidad de la carne. Sin embargo, Pedro parece digno de censura, porque contradijo, porque se antepuso a los demás y porque todo se lo atribuyó a sí mismo, confiado en la fortaleza de su perseverancia. Para curar esto en él, permitió su caída, no impulsándole para que negara, sino dejándolo abandonado a sus propias fuerzas, y convenciendo de fragilidad a la humana naturaleza.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Los otros discípulos se escandalizaron en Jesús, pero San Pedro lo hizo a tal punto que negó hasta tres veces. Por esto sigue: «Y Jesús le dijo: en verdad te digo, que esta noche, antes que cante el gallo me negarás tres veces».
San Agustín, de consensu evangelistarum 3,2
Pueden causar extrañeza y aun mover la curiosidad las diversas palabras y sentencias de los evangelistas acerca de que, avisado Pedro, alardeó presuntuosamente que moriría con el Señor o por el Señor. De manera que fuerzan se entienda haber expresado Pedro esta presunción en diferentes ocasiones con Cristo; y que tres veces el Señor le respondió que su triple negación precedería al canto del gallo. Del mismo modo, después de su resurrección le pregunta tres veces si le ama, y otras tantas le manda apacentar sus ovejas. ¿Qué hay, pues, en las palabras de San Mateo, o en sentencias semejantes a aquellas, o en las que, según San Juan ( Jn 13) o San Lucas ( Lc 22), Pedro dio a conocer su presunción? San Marcos ( Mc 14,30), a la verdad, hace conmemoración de esto casi con las mismas palabras que San Mateo; si no es que expresa más distintamente que el Señor había manifestado cómo sucedería. «En verdad te digo, que tú, hoy, en esta misma noche, antes que el gallo haya dado dos cantos, me has de negar tres veces»; por lo cual parece a algunos pocos reflexivos, que Marcos no está conforme con los otros evangelistas. Triple es toda la negación de Pedro. Si, pues, ésta empezase después del primer canto del gallo, aparecerían con nota de falsedad los tres evangelistas que afirman que el Señor dijo que antes del canto del gallo Pedro le negaría. Además, si Pedro hiciera toda la negación antes de que el gallo comenzara a cantar, vanamente afirmaría Marcos que el Señor había penetrado lo que sucedería, es decir, que antes de los dos cantos del gallo lo negaría tres veces. Pero como quiera que aquella triple negación empezó antes del primer canto del gallo, los tres evangelistas atendieron, no a cuándo había de completarla, sino a cuántas habían de ser y cuándo habían de comenzar, esto es, antes del canto del gallo. Aunque podría entenderse que la negación ya estaba realizada en Pedro antes del primer canto del gallo, puesto que antes del canto del gallo era tan grande el temor que ofuscaba su mente que pudo conducirle a las tres negaciones. Mucho menos, por lo tanto, debe hacer dudar que la triple negación, con las tres voces del que niega, que comienza antes del canto del gallo, no termina antes del primer canto del gallo. Es como si a alguno se le dijese: Antes de cantar el gallo me escribirás una carta, en la que me injuriarás tres veces. La predicción no sería falsa porque empezara a escribirle antes de cantar el gallo, y la terminara después del primer canto.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Preguntarás acaso si era posible que San Pedro no se escandalizase, habiendo dicho el Salvador que todos se escandalizarían respecto de El ( Mt 26,31); a lo que alguno contestará que era necesario se realizase lo que había predicho el Salvador. Pero otro dice, que quien hizo, rogado por los Ninivitas, que no se realizase la predicción de Jonás ( Jon 3), podía también evitar el escándalo de San Pedro por su petición. Sin embargo su promesa, audaz por efecto de la vehemencia de su afecto, pero también imprudente, fue la causa, no sólo de su escándalo, sino de su triple negación. Mas después de haber jurado, replicará alguno que no era posible el que dejase de negarle. Pues si Jesucristo juraba diciendo «En verdad» ( Amén), ciertamente hubiese mentido diciendo: «En verdad te digo» si Pedro hubiese estado en lo cierto al decir «no te negaré». Parécenme los demás discípulos meditando en lo primero que les había dicho: «Todos vosotros sufriréis escándalo». Pero en cuanto a aquello que dijo a San Pedro: «En verdad te digo», etc., a él solo lo anunciaba igualmente, toda vez que los demás no estaban comprendidos en aquella profecía. Por esto sigue: «Pedro le dijo: Aunque sea menester morir yo contigo, no te negaré». Del mismo modo dijeron todos los demás discípulos. Tampoco sabe San Pedro lo que dice aquí; no había de morir con Jesús, que moría por todos los hombres, puesto que todos vivían en el pecado, y todos necesitaban que otro muriese por ellos, y no ellos por los demás.
Rábano
San Pedro entendía que el Señor había predicho que le negaría por el temor de la muerte, y por lo mismo replicaba que aun cuando le amenazase peligro de muerte, de ningún modo podría separarse de su fe. Del mismo modo los otros apóstoles por el afecto de su corazón no temían el peligro de muerte, pero su humana presunción fue vana sin la protección divina.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 82,3
Opino que San Pedro dijo aquellas palabras por ambición y por jactancia, y por eso cayó. Porque ya en la cena disputaban cuál de ellos sería el mayor; tal alucinación les producía ya el vano deseo de gloria y Jesucristo, deseando librarle de estas pasiones le retiró su auxilio. Véase cómo, aleccionado por esto, habla a Cristo con mayor humildad después de la resurrección y no vuelve a replicarle. Todo esto lo perfeccionó aquella caída. Pues antes, todo se lo atribuía a sí mismo, habiendo debido decir más bien: yo no te negaré si me ayudas con tu favor. Por el contrario, manifiesta después que todo debe atribuirse a Dios: «¿por qué os fijáis en nosotros, dice, ( Hch 3) como si hubiésemos hecho andar a éste en virtud de nuestro propio mérito?». He aquí, por tanto, la gran lección que se nos da, a saber, la insuficiencia del humano deseo destituido o privado del auxilio divino.
Remigio
Poco antes el Evangelista había referido que una vez terminado el himno, salió con sus discípulos al monte de los Olivos, y para manifestar a qué sitio del expresado monte se dirigió, dijo a continuación: «Entonces fue Jesús con ellos a una granja», etc.
Rábano
San Lucas dice: «Al monte de los Olivos» ( Lc 22,40), y San Juan «Al otro lado del torrente Cedrón» ( Jn 18,1), que es lo mismo que Getsemaní, y éste es el lugar en que oró, a la falda del monte de los Olivos, en donde existe un huerto, y en donde también está edificada la iglesia.
San Jerónimo
Getsemaní quiere decir valle riquísimo, en el que mandó que sus discípulos se detuviesen un poco y esperasen su vuelta, hasta que solo el Señor orase por todos.
Orígenes, in Matthaeum, 35
No convenía que fuese apresado allí donde había cenado con sus discípulos; pero sí convenía que orase antes de ser apresado y eligiese un lugar solitario a propósito para orar. Por esto sigue: «Y dijo a sus discípulos: sentaos aquí mientras que yo voy allí y hago oración».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1
Dice esto, porque los discípulos seguían a Jesucristo todos juntos, y acostumbraba a orar separado de sus discípulos. Esto lo hacía instruyéndonos para que en la oración busquemos el reposo y la soledad.
San Juan Damasceno, de fide orth. 3,24
Y como la oración es la elevación del alma hacia Dios y la petición de lo que se necesita de Dios, ¿de qué manera oraba el Señor? Porque su alma no necesitaba elevarse a Dios, pues era una persona con el Verbo de Dios 1; ni tampoco pedir lo que viene de Dios, porque Jesucristo es Dios y hombre a la vez. Pero haciéndose semejante a nosotros, nos enseñó a pedir a Dios Padre por mediación de El mismo, a la manera que dominó sus pasiones, para que triunfando nos alcanzase la victoria contra ellas. De este modo ora allanándonos el camino que nos lleva a Dios, cumpliendo toda justicia por nosotros, reconciliándonos con su Padre y honrándole como a su mismo principio y demostrándonos que no es distinto a Dios.
Remigio
Cuando el Señor oró en el monte, nos enseñó en su oración a rogar al Señor por las cosas del cielo. Y cuando oró en Getsemaní, nos enseñó que procuremos perseverar humildes en la oración.
Rábano
Sabiamente se dice que ora en el valle de la abundancia al aproximarse la pasión, para manifestar que sufría la muerte por nosotros en el valle de su humildad y en la abundancia de su caridad. También nos dio a conocer, en sentido espiritual, que no llevemos un corazón destituido de la abundancia de la Caridad.
Remigio
Y como había escuchado la fe de los discípulos y la constancia de su devota voluntad para con El, pero sabía ya que se turbarían y dispersarían. Por lo mismo les mandó que se sentaran en aquel lugar, porque el sentarse es propio del que descansa, y habían de trabajar los que le habían de negar. De qué manera salió, lo da a entender cuando añade: «Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos del Zebedeo, empezó a contristarse y angustiarse». Esto es, tomó a aquéllos a quienes había manifestado en el monte el esplendor de su majestad.
San Hilario, in Matthaeum, 31
Pero como dice: «Empezó a contristarse y a angustiarse», los herejes creen que el Hijo de Dios tuvo miedo a la muerte. Porque afirman que no era eterno, ni existía de la infinidad de la esencia del Padre, sino que fue hecho de la nada por Aquél que crió todas las cosas. Que por lo tanto había en El la ansiedad del dolor y el miedo consiguiente de la muerte, como quien pudo temer la muerte y pudo morir y entonces, el que pudo morir aun cuando haya de existir siempre en lo futuro, no por esto es eterno en Aquél que se engendró a sí mismo. Si los herejes fuesen capaces de dar fe a los Evangelios, sabrían que el Verbo en el principio era Dios, que desde el principio estaba en Dios, y que era igual la eternidad del que engendra que la del engendrado. Pero si el haber tomado carne con todas sus propias flaquezas contaminó o afectó la virtud de su incorruptible sustancia, de manera que sea débil para sufrir, temerosa para morir, también estará sometida a la corrupción. Y de este modo cambiada la eternidad en miedo, lo que en ella es, podría alguna vez no ser. Dios siempre existe sin medida de tiempo; y como es, tal es eternamente. Nada pudo, por tanto, morir en Dios, ni en sí puede haber miedo alguno en Dios.
San Jerónimo
Pero nosotros decimos que de tal manera tomó el Hijo de Dios al hombre pasible, que la divinidad permaneció impasible; padeció, en realidad, el Hijo de Dios (no de una manera aparente, sino real), todo aquello que atestigua la Sagrada Escritura, según aquello en lo que podía padecer, a saber, en cuanto a la naturaleza que tomó.
San Hilario, de Trinitate, 10
Opino que algunos pretenden que no hubo cosa alguna para temer, sino por causa de la pasión y de la muerte. Mas yo pregunto a los que así juzgan, si es razonable que pudiera temer la muerte aquél que, quitando a los apóstoles todo temor de la muerte, les exhortó a la gloria del martirio. Porque, ¿qué pudo temer en la muerte quien devuelve la vida a los que mueren por El? Además, ¿qué dolor de muerte podía temer el que iba a morir por su propia voluntad? Si aun la pasión había de honrarle, ¿cómo había de entristecerle el temor de ella?
San Hilario, in Matthaeum, 31
Pero como ya hemos visto que el Señor se entristeció, veamos las causas de su tristeza. Había dicho antes a sus discípulos que se escandalizarían; advirtió que San Pedro le negaría tres veces; y habiendo tomado con El a Santiago y a San Juan, empezó a entristecerse. Por tanto, no se entristeció hasta que los tomó, sino que todo el miedo empezó después de haberlos tomado, y así la tristeza no nació de lo que El podría sufrir, sino de lo que sucedería a aquéllos a quienes tomó. 2
San Jerónimo
Se entristecía el Señor, no por el temor de padecer, porque había venido a esto, y había reprendido a Pedro porque temía, sino por la infidelidad de Judas, el escándalo de sus apóstoles, la repulsión y reprobación del pueblo judío y la destrucción de la desgraciada Jerusalén.
San Juan Damasceno, de fide orth. 3,23
O de otro modo, todas las cosas que no han recibido antes el ser del Creador, tienen deseo de existir por naturaleza y rehuyen naturalmente el no existir. Por tanto, Dios Verbo, hecho hombre, tuvo este deseo que demostró apeteciendo la comida, bebida y el sueño (por medio de lo que se conserva la vida), y tuvo naturalmente la experiencia de estas cosas. Y por el contrario, deseó el alejamiento de todo lo corruptible. De aquí que en el tiempo de su pasión, la que sufrió voluntariamente, tuvo el temor natural de la muerte y de la tristeza; porque se teme naturalmente la separación del alma y el cuerpo, por la unión natural que Dios ha establecido desde el principio, entre estas dos sustancias.
San Jerónimo
Por lo tanto, para probar nuestro Señor que verdaderamente asumió la humanidad, se entristeció verdaderamente, y para que la pasión no dominase su alma, empezó a entristecerse por causa de la misma pasión. Una cosa es entristecerse, y otra empezar a entristecerse.
Remigio
En este lugar quedan vencidos los maniqueos que decían que el Salvador había tomado un cuerpo fantástico; del mismo modo que aquéllos que dijeron que no tuvo verdadera alma, sino que en lugar de ella estuvo la divinidad.
San Agustín, in lib. 83 Quaest. qu. 80
Tenemos las exposiciones de los evangelistas, por medio de las que sabemos que Jesucristo nació de la Santísima Virgen; fue apresado por los judíos, azotado, crucificado y muerto, y colocado en un sepulcro, lo cual nadie puede entender que sucediera, si no hubiese tenido cuerpo. Ni nadie que no sea un loco podrá entender en sentido figurado estas cosas, puesto que han sido contadas por aquéllos que tenían presente cuanto había sucedido. Así, pues, del mismo modo que todas estas cosas atestiguan que tuvo cuerpo, así también demuestran que tuvo su alma aquellas afecciones, que no pueden encontrarse sino en el alma, las cuales encontramos descritas o mencionadas en los mismos evangelistas: y se admiró Jesús, y se irritó y se entristeció.
San Agustín, de civitate Dei 14,9
Luego, cuando se refieren todas estas cosas en el Evangelio, no se refieren falsamente, sino que Jesucristo recibió con el alma humana estos movimientos (cuando fue su voluntad), por dispensación ciertísima, del mismo modo que cuando quiso se hizo hombre. Nosotros tenemos estos afectos por debilidad de nuestra humana condición; pero no así el Señor Jesús, cuya debilidad fue por su propia virtud.
San Juan Damasceno, de fide orth. 9,20
Por lo cual nuestras pasiones naturales estuvieron en Cristo, según la naturaleza y sobre la naturaleza. Según la naturaleza, porque consentía a su carne padecer lo que es propio de ella; y sobre la naturaleza, porque no precedían en El las cosas naturales a la voluntad. Pues nada se considera violento en Jesucristo, sino que todo es voluntario, porque voluntariamente tuvo hambre, temió y se entristeció. Por lo tanto, acerca de la manifestación de su tristeza añadió: «Y entonces les dijo: triste está mi alma hasta la muerte».
San Ambrosio, super Lucam I. 10, De tristitia Christi
Triste, pues, está, no El, sino su alma, porque no está triste la sabiduría, ni tampoco la divina esencia, sino el alma. Porque tomó mi alma y tomó mi cuerpo.
San Jerónimo
Dice que se entristeció, no por la muerte, sino hasta la muerte, hasta librar a sus apóstoles por medio de su pasión. Expliquen, pues, los que aseguran que Jesús tomó alma irracional, cómo se entristece y cómo conoce el tiempo de su tristeza. Pues aun cuando también los brutos animales se entristecen, no conocen ni las causas ni el tiempo que durará su tristeza.
Orígenes, in Matthaeum, 35
O de otro modo: «Mi alma está triste hasta la muerte», como diciendo: ha empezado la tristeza en mí, pero no durará siempre, sino hasta la muerte; porque cuando hubiese muerto al pecado, moriré también a toda clase de tristezas, que tan gran principio tuvieron en mí. «Esperad aquí», etc. Como si dijese: a los demás les he mandado permanecer allí como más débiles, preservándoles tranquilos de esta agonía; pero a vosotros, como más fuertes, os he traído para que trabajéis conmigo en las vigilias y en las oraciones. Sin embargo, quedaos también aquí vosotros, para que cada uno permanezca firme en el grado de su vocación, porque toda gracia, por grande que sea, tiene otra mayor.
San Jerónimo
O de otro modo, no les impide el sueño, para el cual no había tiempo por la inminencia del peligro, sino que les prohibe entregarse al sueño de la infidelidad y entorpecimiento de la inteligencia.
Notas
- Si bien el Verbo encarnado es persona divina, no se puede dejar de considerar su naturaleza humana con todas las necesidades y operaciones que le son propias.
- A la luz del crecimiento en la comprensión de la fe cristológica, es más fácil considerar las limitaciones y fragilidades propias de la naturaleza humana en una visión completa de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Orígenes, in Matthaeum, 35
A San Pedro, el de su mayor confianza, y a los otros los lleva consigo el Señor, para que le vean postrado en tierra y orando, con el fin de que aprendan, que de sí no pueden salir cosas grandes, sino humildes; y que no deben ser ligeros para ofrecer, sino solícitos para orar. Por esto dice: «Y habiendo dado algunos pasos». Porque no quería separarse mucho de ellos, sino orar cerca de ellos, y el que había dicho: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» ( Mt 11,29), humillándose a sí mismo laudablemente, cayó sobre su rostro. Por esto sigue: «Se postró sobre su rostro, e hizo oración y dijo: Padre mío, si es posible pase de mi este cáliz». Y manifestando en su oración la devoción correspondiente, como quien es amado, y a la vez quiere acomodarse a las disposiciones del Padre, añade: «Mas no como yo quiero, sino como tú», enseñándonos a orar, que no pidamos que se cumpla nuestra voluntad, sino la de Dios. Y según comienza a temer y a entristecerse, así ruega que pase de El aquel cáliz, y no como El quiere sino como quiera su Padre. Esto es, no según su esencia divina e impasible, sino según la naturaleza humana y débil. Porque al tomar nuestra carne, asumió todas sus propiedades, para que no se juzgase que había tenido fantásticamente nuestra carne, sino real y verdaderamente. Es propio del hombre fiel no querer al principio sufrir dolor alguno, especialmente aquél que lleva hasta la muerte, porque es hombre carnal; pero si es el plan de Dios, lo asume, pues es fiel. Así como no debemos confiar demasiado, para que no parezca que ensalzamos nuestro propio poder, así tampoco debemos desconfiar, para no valorar de impotente la ayuda que Dios nos presta. Y debe advertirse, que San Marcos y San Lucas escribieron esto del mismo modo. Pero San Juan omite la circunstancia de que Jesús ruega que pase de El aquel cáliz, porque aquéllos exponen su Evangelio refiriéndose más a su naturaleza humana que a la divina; pero San Juan se ocupa más de esta segunda. De otro modo, Jesús, viendo lo que habían de sufrir los judíos, por pedir su muerte, decía: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz».
San Jerónimo
Dice terminantemente: este cáliz, esto es, el del pueblo de los judíos, los cuales no pueden tener excusa de ignorancia al quitarme la vida, porque tienen la ley y los profetas que me han anunciado.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Además, comprendiendo cuánto beneficio había de venir a todo el mundo por su pasión decía: «Mas no como yo quiero, sino como tú». Esto es, si es posible que vengan sin mi pasión todos estos beneficios, que son frutos de la misma, pase de mí esta pasión, para que el mundo se salve, y a la vez, los judíos no perezcan a causa de ella. Pero si sin la perdición de algunos no puede realizarse la salvación de muchos, (en cuanto a tu justicia) no pase. En muchos lugares la Sagrada Escritura hace mención de este cáliz, en que bebe su pasión el Salvador. Bebe todo el cáliz el que sufre, en testimonio de la fe, toda clase de violencias. Lo derrama al recibirlo, quien la niega para evitar los tormentos.
San Agustín, de consensu evangelistarum 3,4
Y con el fin de que alguno no crea que El disminuyó la potestad del Padre, no dijo: si puedes hacer, sino «si puede hacerse», o si es posible, como dijera: si quieres. Puede suceder que aquél quisiera. De aquí que San Lucas especifica esto más claramente, porque no dice, si puede hacerse, sino «si quieres» ( Lc 22,42).
San Hilario, in Matthaeum, 31
O de otro modo. No dice, pase de mí este cáliz, porque esto sería tanto como orar por temor. Cuando ruega que pase de El, no pide que se prescinda del cáliz, sino que pase a otro aquello que pasa de El. Todo su miedo era por aquéllos que habían de padecer después que El, y por eso ora diciendo: pase de mí este cáliz, esto es, como yo lo bebo que sea bebido por ellos, sin desconfianza, sin dolor y sin miedo a la muerte. Por esto dice: si es posible, porque considera el temor que inspiran estos tormentos en el hombre, y es difícil que los cuerpos humanos no sean vencidos por la crueldad de los tormentos. Cuando dice: «No como yo quiero, sino como tú», quería, en verdad, que ellos no padeciesen, no fuera que desfalleciesen en la prueba, si merecían la gloria de su herencia, sin la dificultad de su pasión. «No como yo quiero, sino como tú», dice, porque el Padre quiere que la firmeza del Hijo al beber el cáliz pase a los demás, toda vez que es su voluntad que el diablo sea vencido, no sólo por Jesucristo, sino también por los discípulos.
San Agustín, Enchiridion
Representando Jesucristo así al hombre, manifiesta cierta voluntad privada del hombre, en la que figuró la suya y la nuestra, el que es nuestra cabeza, cuando dice: «Pase de mí». Esta era la voluntad humana deseando lo que le es propio, y cuasi privativo. Pero como quiere que el hombre sea recto y se dirija a Dios, añade: «Mas no como yo quiero sino como tú»; como si dijese: mírate en mí, porque puedes querer algo propio. Y aun cuando Dios quiera otra cosa se concede esta facultad a la fragilidad humana.
San León Magno, sermones, 58,5
Esta expresión de la cabeza, es la salvación de todo el cuerpo. Esta expresión instruye a todos los fieles, anima a los confesores y corona a todos los mártires. Porque ¿quién podría vencer los odios mundanales, el ímpetu de las tentaciones, y los terrores de la persecución, si Jesucristo no hubiera dicho a su Padre en todos y por todos: «Hágase tu voluntad»? ( Mt 26,42) Aprendan, pues, esta voz todos los hijos de la Iglesia, para que cuando la adversidad sobreviene fuertemente, vencido el temor del espanto, soporten con resignación cualquier clase de sufrimientos.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Habiéndose separado un poco Jesús de sus discípulos, no pudieron velar siquiera una hora en su ausencia. Por cuya razón debemos rogar que no se separe de nosotros el Salvador, ni aun por poco tiempo.
Por esto sigue: «Y vino a sus discípulos y los halló dormidos».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1
Porque además del silencio propio de la noche, sus ojos estaban abrumados por la tristeza.
San Hilario, in Matthaeum, 31
Cuando vino a sus discípulos y los encontró dormidos, reprendió especialmente a San Pedro. Por esto sigue: «Y dice a Pedro así: ¿no habéis podido velar una hora conmigo?» Reprendió a San Pedro con preferencia a los demás, porque se gloriaba especialmente de que no se escandalizaría.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1
Pero como también los otros dijeron lo mismo, reprende la debilidad de todos. Los que habían ofrecido morir con Cristo, ni aun pudieron velar con El.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y encontrándolos durmiendo los despierta con su palabra para que oigan, y les manda velar, diciendo: «Velad y orad para que no entréis en tentación», para que primero vigilemos, y vigilando oremos. Vigila aquél que practica buenas obras y el que procura con solicitud no caer en error alguno. Entonces es cuando es oída la oración del que vigila.
San Jerónimo
Es imposible que el alma humana viva exenta de tentaciones. Por esto no dice: Vigilad y orad, para que no seáis tentados, sino para que no caigáis en la tentación, esto es, para que la tentación no os venza.
San Hilario, in Matthaeum, 31
La razón de por qué quiso aconsejarles que orasen para que no cayesen en la tentación, la manifiesta diciendo: «El espíritu, en verdad, está pronto, mas la carne enferma». No decía esto de sí mismo, sino que se dirigían a sus discípulos estas palabras.
San Jerónimo
Esto se refiere especialmente a aquellos temerarios, que creen conseguir todo lo que se imaginan. Y así cuanto más confiamos en el fervor de nuestra mente, tanto más debemos temer de nuestra propia fragilidad.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Aquí se ha de considerar si del mismo modo que la carne de todos es flaca, así el espíritu de todos está pronto. O si la carne de todos es flaca y no está pronto el espíritu de todos los hombres, sino únicamente el de los santos, porque el espíritu de los infieles es perezoso y su carne flaca. Está también de otra manera débil la carne solamente de aquéllos, cuyo espíritu se halla firme, a saber: aquéllos que mortifican con espíritu firme las obras de la carne. Y éstos son los que quiere el Señor que vigilen y oren, para que no caigan en tentación. Porque cuanto más espiritual es una persona, tanto más solícita debe andar para que no padezca grave detrimento el bien practicado.
Remigio
De otro modo. En estas palabras da a conocer el Salvador, que había tomado de la Virgen verdadera carne, y que tenía verdadera alma. Por lo que ahora dice que su espíritu está pronto para sufrir, pero que su carne está flaca porque teme los sufrimientos de la pasión.
Sigue: «Se fue de nuevo segunda vez, y oró diciendo: Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Creo que aquel cáliz de la pasión había de haber pasado de Jesús enteramente, pero con esta diferencia: que si lo hubiera bebido y hubiese pasado de El, también después hubiera pasado del género humano, mas si no lo hubiera bebido, acaso hubiese pasado de El, pero no de los demás hombres. Quería, por lo tanto, que pasase de El este cáliz de la pasión, pero sin gustar su amargura, si fuese posible en cuanto a la justicia de Dios; pero si esto no podía suceder, prefería beberlo, y que así pasase de El y de toda la humanidad, a rehuir beberlo contra la voluntad del Padre.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1
Cuando ora por segunda y por tercera vez (esto en virtud de la debilidad humana, con la que temía a la muerte), justifica que verdaderamente se ha hecho hombre, porque el hacerse una cosa por segunda y por tercera vez, es una demostración especialísima de la verdad en el lenguaje de las Escrituras. Por lo que José dijo a Faraón: «Lo que has visto por segunda vez perteneciente a la misma cosa, es señal de la realidad de tu sueño» ( Gén 41,32).
San Jerónimo
Ora por segunda vez, para que si Nínive (esto es, la gentilidad), no puede salvarse de otro modo, si no se seca el arbusto (esto es, la Judea), hágase la voluntad del Padre, la cual no es contraria a la del Hijo, quien dice por medio del Profeta. «Para hacer tu voluntad: Dios mío, quíselo». ( Sal 39,9)
San Hilario, in Matthaeum, 31
Como los discípulos habían de sufrir, tomó sobre sí toda la debilidad de nuestro cuerpo, y clavó en la cruz consigo mismo todas las causas de nuestra debilidad. Y por esto no puede pasar de El este cáliz sin que lo beba, porque no podemos padecer sino en virtud de su pasión.
San Jerónimo
Jesucristo solo ruega por todos, así como solo sufre por todos. «Y vino otra vez y los encontró dormidos, porque estaban cargados los ojos de ellos»; languidecían y eran oprimidos los ojos de los apóstoles, porque estaba próxima la hora de la negación.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y creo, que todavía estaban más cargados los ojos del alma que los del cuerpo, porque aun no se les había concedido el Espíritu Santo. Por esto no les reprende, sino que marchándose, ora otra vez, enseñándonos a no desfallecer, sino a permanecer en la oración hasta alcanzar lo que hemos empezado a pedir. Por esto sigue: «Y los dejó, y de nuevo fue a orar tercera vez diciendo las mismas palabras».
San Jerónimo
Oró por tercera vez, para que toda palabra estuviese en la boca de dos o tres testigos.
Rábano
Por esto oró el Señor tres veces, para alcanzarnos el perdón de los pecados pasados, para defendernos de los males presentes, y para prevenir los peligros futuros. También para que dirijamos toda oración al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Además para que se conserven íntegros nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo.
San Agustín, quaestiones evangeliorum 2,47
No será absurdo entender también que Jesús oró tres veces en razón a las tres tentaciones que sufrió; porque así como la tentación del deseo es de tres maneras, lo mismo es triple la tentación del temor. El miedo de la muerte se opone al apetito que existe en la curiosidad, porque así como hay cierta avidez en este apetito de conocer todas las cosas, así en la muerte se encuentra el miedo de perder su conocimiento. Al apetito del honor o alabanza se opone el temor de la ignominia y afrentas; y al apetito del placer, el temor del dolor.
Remigio
O de otro modo, ruega tres veces por sus apóstoles, y especialmente por San Pedro, que le había de negar tres veces
Entonces vino a sus discípulos, y les dijo: «Dormid ya y reposad: ved aquí llegada la hora, y el Hijo del hombre será entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos, ved que ha llegado el que me entregará». (vv. 45-46)
San Hilario, in Matthaeum, 31
Después de la oración frecuente, después de las muchas idas y venidas, quitó el miedo y volvió la seguridad, invitando a descansar, por esto dice: «Entonces vino a sus discípulos», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1
Y en realidad que entonces convenía vigilar. Pero dijo esto para dar a entender que no podrían soportar la vista de los males que estaban por venir, y que no necesitaba de su ayuda, y que era absolutamente necesario que sea entregado.
San Hilario, in Matthaeum, 31
O esto lo dice porque ya estaba seguro de la voluntad de su Padre respecto de sus discípulos, acerca de la cual había dicho: «Hágase tu voluntad» ( Mt 26,42). Porque al beber el cáliz que había de pasar a nosotros, absorbió la debilidad de nuestro cuerpo, el cuidado de nuestro temor, y la agonía de la muerte.
Orígenes, in Matthaeum, 35
O el sueño con que ahora manda a los discípulos dormir no es aquel mismo sueño que arriba se dice les abrumó. Allí los encontró durmiendo, no descansando, sino teniendo los ojos cargados. Ahora les manda, no que duerman simplemente, sino con descanso, para que se conserve el orden, y que en primer lugar velemos orando para no entrar en tentación, y así después durmamos y descansemos, para que cuando alguno encuentre lugar a propósito para el Señor, tabernáculo para el Dios de Jacob, suba sobre el lecho de su estrado y deje dormir a sus ojos. Acaso el alma no pudiendo sufrir siempre los trabajos como hallándose encorvada, conseguirá algún descanso sin reprensión, lo que moralmente hablando se llama sueño, y hasta que teniendo este descanso por algún tiempo resucite renovada ( Sal 131,3-4).
San Hilario, in Matthaeum, 31
Mas en el hecho de que al volver a ellos el Salvador y encontrarlos dormidos, a la primera vez los reprende, a la segunda calla y a la tercera les manda descansar, existe esta razón: primero, que después de la resurrección los encontrará dispersos, desconfiados y asustados; segundo, que después de enviarles el Espíritu Santo, los visitará teniendo los ojos todavía cargados, para conocer la libertad del Evangelio, porque detenidos algún tiempo por el afecto de la ley, estarán ocupados por el sueño de la fe; y en tercer lugar (esto es, en la vuelta de su claridad), les devolverá la seguridad y el descanso.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y después que los hubo despertado de aquel sueño viendo en espíritu que se acercaba Judas a entregarle, aun cuando éste no era visto todavía por los apóstoles, Jesús les dijo: «He aquí que se acerca», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 83,1-2
Cuando dice: «Ved aquí llegada la hora», manifiesta que todo lo que sucedía, era por disposición divina, y en cuanto a lo que dice: «Y el Hijo del hombre será entregado en mano de los pecadores», da a conocer que era necesaria la maldad de estos, y no que El fuese criminal.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero también ahora Jesús es entregado en manos de pecadores, cuando los que parece que creen en Jesucristo, lo tienen en sus manos, siendo pecadores, y también cuantas veces el justo que tiene a Jesús en sí mismo, es entregado en poder de los pecadores, Jesús es entregado en manos de los mismos.
San Jerónimo
Después que oró por tercera vez e impetró la corrección del temor de los apóstoles, por la consiguiente penitencia, seguro de su pasión, se encamina hacia sus enemigos, ofreciéndose a que le crucifiquen. Por esto sigue: «Levantaos, vamos», como diciendo, para que no os encuentren como temerosos, marchemos voluntariamente a la muerte, para que se vean la confianza y el gozo del que ha de padecer. Sigue, pues: «He aquí que se aproximó el que me entregará».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No dice: se aproximó a mí, porque no se acercaba a El el traidor, que se había alejado de El por sus pecados.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,4
Parece que este razonamiento, según San Mateo, es contradictorio. Porque ¿cómo dijo: dormid ya y descansad, y ahora añade: «Levantaos, vamos»? ( Mc 11,41) Por lo cual, como contradicción algunos procuran entender esto así: dormid ya y descansad, como si hubiera sido dicho más bien como reprensión que como aprobación; cuya explicación sería genuina si hubiera necesidad de ella. Pero como San Marcos recuerda que habiendo dicho: «Dormid ya, y descansad», añadió «bastante es»; y después: «llegada es la hora. Y el Hijo del hombre será entregado», se entiende que después de aquello que les dijo: «Dormid ya, y descansad», calló el Señor algunos instantes, hasta que sucediera lo que había ofrecido. Pero ahora añade: «Ved aquí llegada la hora». Por esto dijo San Marcos: «Bastante es», esto es, porque ya habéis descansado.
Glosa
Como queda dicho arriba, que el Señor se presentaba espontáneamente a sus perseguidores, el Evangelista explica a continuación el modo cómo fue detenido por ellos. Así dice: «Estando aun El hablando, he aquí que uno».
Remigio
Uno ciertamente por el número, no por la dignidad; dijo esto para demostrar la inhumanidad del crimen de aquél que de Apóstol se había convertido en traidor. «Y con él una grande turba con espadas y palos». Para manifestar el Evangelista que era la envidia la causa de la prisión, añade: «Enviados por los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo».
Orígenes
Puede alguno decir que por ser muchos los creyentes en Jesús, fueron también muchos los que se reunieron contra El, temerosos de que la multitud de los primeros se lo arrebatasen de las manos. Yo creo que también hubo otra causa, porque como creían que solía echar los demonios en nombre de Beelzebub, se imaginaban que se les escaparía por arte diabólico. Muchos son también ahora los que se arman contra Jesús con las espadas espirituales de la herejía. «Y el que lo entregó, les dio la señal, diciendo: Al que bese», etc. Digno es de investigarse ¿cómo siendo Jesús conocido de todos los habitantes de la Judea, les dio esta señal como si no le conociesen? Pero sabemos por tradición, que no sólo usaba de dos formas (a saber, una según la cual todos lo veían; y otra como se transfiguró delante de sus discípulos en el monte); sino que también se mostraba a cada uno según merecía, como está escrito sucedía con el maná, que tenía el sabor según el uso que de él se hacía; y el Verbo de Dios no a todos se muestra del mismo modo. Por estas transfiguraciones necesitaban una señal.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.83,2
Por tanto, les dio la señal, porque habiendo sido detenido muchas veces por los mismos, pasaba sin que le conociesen; como habría sucedido entonces si hubiera querido.
Sigue: «Y acercándose apresuradamente a Jesús, dijo: Dios te guarde, Maestro. Y lo besó».
Rábano
Recibió el Señor el beso del traidor, no para enseñarnos a fingir, sino para que se vea que no huye de la traición.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero si alguno pregunta por qué Judas entregó a Jesús por medio de un beso, diré, que según algunos, porque quiso guardar esta muestra de respeto a su Maestro, no atreviéndose a lanzarse sobre El. Y según otros, hizo esto temiendo que si se presentaba como enemigo descubierto, daría motivo a que se desapareciera. Y yo juzgo que todos los traidores a la verdad usan del beso, fingiendo amarla. Todos los herejes (como Judas) dicen a Jesús: Maestro. Pero Jesús mansamente responde. Por lo que sigue: «Y le dijo Jesús: Amigo, ¿a qué has venido?» Dícele, pues, amigo, vituperando su falsedad. Ciertamente no hallamos en las Escrituras a ninguno de los buenos llamado así; pero sí al malo se le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí?» ( Mt 22,11); «Amigo, no te hago agravio» ( Mt 20,13).
San Agustín, in sermone de Passione
Pero dice: ¿A qué has venido? como si dijera: Abrazas y vendes; sé por qué vienes. Te finges amigo, siendo traidor.
Remigio
Amigo, ¿a qué viniste? Haz lo que has de hacer. «Entonces se acercaron y echaron mano de Jesús, y le prendieron», esto es, cuando El lo permitió; porque muchas veces lo habían intentado y no pudieron.
Rábano
¡Alégrate, cristiano! porque en el tráfico de tus enemigos, venciste tú, pues lo que vendió Judas, y los judíos compraron, tú lo adquiriste.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,1
Según refiere San Lucas, el Señor había dicho a sus discípulos en la cena: «El que tiene saco, tome también la alforja; y el que no, venda su túnica y compre espada» ( Lc 22,36) y los discípulos respondieron: «He aquí dos espadas» ( Lc 22,38). Era conveniente que allí hubiera espadas, porque habían de comer el cordero pascual. Oyendo que habían de venir los perseguidores para prender a Cristo, al salir de la cena, se armaron de espadas como si hubieran de pelear en su defensa contra sus enemigos. He aquí que uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, esgrimió su espada.
San Jerónimo
Se lee en el Evangelio de San Juan, que esto lo hizo Pedro con el denuedo que hizo las demás cosas. Y sigue: «E hiriendo al criado del príncipe de los sacerdotes, le cortó la oreja» ( Jn 18,10). Este criado, llamado Malco, a quien le fue cortada la oreja derecha, y cuyo nombre diré de paso que significa rey caído del pueblo judío, vino a ser el esclavo de la impiedad y de la avaricia de los sacerdotes. Y perdió la oreja derecha, quedándole sólo la izquierda para que oyese las vanas palabras de la ley.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Porque aunque parezca que oyen la Ley, con el oído izquierdo, no oyen más que la sombra de la tradición de la ley, pero no la verdad. El pueblo de los gentiles, que creyeron está significado por Pedro; y por lo mismo que creyeron en Cristo, fueron causa de que les fuese quitada a los judíos la recta interpretación de la Ley.
Rábano
O bien, Pedro no privó a los creyentes de la inteligencia de la verdad, pero como ejecutor de la justicia de Dios, privó de ella a los negligentes, mientras que a aquéllos que creyeron, les fue restituida como antes, por la divina misericordia.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, hom. 32
O de otro modo, le es cortada la oreja al criado del príncipe de los sacerdotes, esto es, al pueblo desobediente que servía a éstos, se le priva de oír y entender la verdad, que era como cortarle la oreja.
San León Magno, in sermone. 1 de Passione
El Señor no permite que pase adelante el piadoso celo del Apóstol. Y por eso sigue: «entonces Jesús le dice: envaina tu espada». El no permitir que fuera prendido el que había venido para morir por todos, era contra el misterio de nuestra redención. Da, pues, a sus enemigos licencia para ensañarse, a fin de que no se postergue por más tiempo el glorioso triunfo de la cruz, prolongando el reinado del demonio, y la humana cautividad.
Rábano
Convenía también que el autor de la gracia diese a los fieles ejemplo de su paciencia, enseñándoles más bien a sufrir con fortaleza, que excitándolos a pelear.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,1
Para persuadir más fácilmente a su discípulo, añade la conminación diciendo: «todos los que tomaren la espada, a espada perecerán».
San Agustín, Contra Faustum 22,70
Esto es, todo el que usare de espada. Usa de espada todo aquél, que sin autoridad superior, ni legítima potestad, manda o consiente que se derrame sangre. Pues aunque el Señor había mandado a sus discípulos que se armaran, no les había mandado que hirieran. ¿Qué tenía, pues, de indigno el que Pedro, después de este hecho, fuese constituido pastor de la Iglesia, como Moisés, después de haber muerto al egipcio, fue hecho príncipe de la Sinagoga, si ambos pecaron, no por detestable inhumanidad, sino por celo y odio a la injusticia; el uno, por amor de su hermano, y el otro, aunque carnal, por el amor de su Señor?
San Hilario
Pero no todos los que usan de espada suelen morir a espada; pues son víctimas de calenturas o de otro accidente, muchos que por ser jueces y por la necesidad de resistir a los ladrones han usado de ella. Y si, según la misma sentencia, todo el que usa de espada, por ella debe ser muerto, con razón se blandía para matar a aquéllos que se valían de ella para cometer un crimen.
San Jerónimo
¿Con qué espada, pues, será muerto aquél que se arma con ella? Con aquélla de fuego que brilla delante del paraíso, y con aquella espada espiritual, que se describe en la armadura divina.
San Hilario, in Matthaeum, 23
El Señor mandó envainar la espada, porque El era quien les había de matar, no con espada material, sino con la de su palabra.
Remigio
O de otro modo. El que usa de espada para matar a un hombre, él mismo es antes víctima de su malicia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,1
No sólo contuvo a los discípulos, amenazándolos con la pena, sino también manifestando que se entregaba voluntariamente. Y por esto dijo: «¿Crees, por ventura, que no puedo yo acudir a mi Padre y me enviará más de doce legiones de ángeles?» Como había dejado ver las muchas flaquezas de su humanidad, no le pareció que le creerían si dijera que podía perderles. Y por eso dice: «¿Por ventura crees que no puedo pedir auxilio?»
San Jerónimo
Como si dijera; no necesito el auxilio de los doce apóstoles, aunque todos me defendieran porque puedo tener doce legiones del ejército angélico. Una legión se componía antiguamente de seis mil hombres, de modo que doce legiones formaban setenta y dos mil ángeles, que es el número de lenguas en que están divididas las naciones.
Orígenes, in Matthaeum, 35
En esto demostraba que a la manera de las legiones de la milicia humana, son las de los ángeles de la milicia celeste, que pelean contra las legiones de los demonios, pues toda milicia se entiende formada contra enemigos. No decía esto como quien necesita el auxilio de los ángeles, sino según lo entendía Pedro, queriendo prestarle auxilio, pues más necesidad tienen los ángeles del auxilio del Hijo unigénito de Dios, que El mismo de ellos.
Remigio
Podemos entender también por ángeles, los ejércitos romanos, pues con Tito y Vespasiano se levantaron contra Judea todas las lenguas, y se cumplió la profecía de que pelearía por El toda la tierra contra los insensatos ( Sb 5,21).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,1
No sólo calma con esto el temor de los discípulos, sino que también hace patente la Escritura, diciendo: «¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras, de que así conviene que se haga?»
San Jerónimo
Esta sentencia prueba la voluntad pronta a padecer, lo cual inútilmente hubieran anunciado los profetas, si el Señor no lo hubiera confirmado con su pasión.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Después que dijo a Pedro: «envaina tu espada» ( Mt 26,52), que es un ejemplo de paciencia; después que había sanado la oreja cortada, según refiere otro evangelista, como una muestra de su inmensa benignidad y divina virtud; añade: «En aquella hora, dijo el Señor a aquel tropel de gente» para que si hubieran olvidado los beneficios pasados, por lo menos reconozcan los presentes, «Como a un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme.»
Remigio
Como si dijera: el oficio de ladrón es dañar y esconderse. Pero yo no daño a nadie, sino que curé a muchos y siempre enseñé en las Sinagogas. Y así continúa: «Todos los días me sentaba con vosotros en el templo a enseñar, y no me prendisteis».
San Jerónimo
Como diciendo que es una necedad perseguir con espadas y palos al que espontáneamente se entrega en vuestras manos y buscar en la noche traidoramente, como si se ocultara, a Quien todos los días enseñaba en el templo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
En verdad, no le prendieron en el templo, porque no se atrevieron por temor a las turbas. Y por esta razón el Señor salió fuera, a fin de darles lugar y tiempo más oportuno para prenderle. Y esto prueba que no hubieran podido prenderle en manera alguna, si espontáneamente no lo hubiera permitido. El Evangelista da la razón del por qué el Señor quiso dejarse prender, cuando añade: «Pero todo esto se hizo para que se cumplieran los escritos de los profetas».
San Jerónimo
«Taladraron mis manos y mis pies» ( Sal 21,17) y en otro lugar: «Como oveja fui llevado al sacrificio» ( Is 53,17); y en el mismo lugar: «Por las iniquidades de mi pueblo fue llevado a la muerte» ( Is 53,5-8).
Remigio
Porque como todos los profetas habían vaticinado la pasión de Cristo, por eso no citó un testimonio determinado, sino que dice en general para cumplir los vaticinios de los profetas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Los discípulos que permanecieron mientras fue detenido Jesús, cuando dijo esto a las turbas, huyeron. Por eso dice: «Entonces todos los discípulos, abandonándole, huyeron», pues conocían, que entregándose voluntariamente a los enemigos no era posible escapar.
Remigio
Este hecho demuestra la cobardía de los apóstoles, pues los que en el ardor de la fe habían prometido morir con El, ahora huyen olvidados de su promesa. Es lo que vemos realizarse en aquéllos que por su amor a Dios prometen hacer grandes cosas y después no las cumplen. Sin embargo, no deben desesperar, sino levantarse como los apóstoles y rehabilitarse por la penitencia.
Rábano
En sentido místico, así como Pedro que lavó con lágrimas el pecado de la negación, enseñó la rehabilitación de aquéllos que se doblegan en el martirio, así también, huyendo los demás discípulos, enseñan a guardarse aquéllos que no se sienten fuertes para sufrirlo.
Sigue: «Otros, deteniendo a Jesús, le llevaron a casa de Caifás».
San Agustín, de consenso evangelistarum 3,6
Pero antes fue llevado a Anás, suegro de Caifás, según dice San Juan. Fue llevado pues, atado, porque en aquella turba iba un tribuno y una cohorte, como cuenta San Juan.
San Jerónimo
Refiere Josefo que este Caifás había comprado solo por aquel año el pontificado. Habiendo dispuesto Moisés, por orden de Dios, que los pontífices sucediesen a sus padres, de generación en generación, no es, pues, de extrañar que un pontífice inicuo juzgue inicuamente.
Rábano
Conviene, pues, el nombre con la acción. Caifás, esto es, espía sagaz, dispuesto a consumar su maldad, vomita por su boca una desvergonzada mentira para perpetrar un homicidio. Por esto le llevaron allí, a fin de obrar según su consejo. Y sigue: «En donde los escribas, los fariseos y los ancianos se habían reunido.»
Orígenes, in Matthaeum, 35
Con Caifás y los príncipes de los sacerdotes se congregan también los escribas, esto es, los letrados que enseñan la letra que mata; los ancianos, no de la verdad, sino de la decrepitud de la letra.
Sigue: Pero Pedro le seguía a lo lejos, pues no podía de cerca sino de lejos, pero sin abandonarle enteramente.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Mucho era el fervor del apóstol San Pedro, que aun viendo huir a los demás no huyó, sino que permaneció y entró. Si San Juan entró también, era porque conocía al príncipe de los sacerdotes. Pedro seguía de lejos, porque había de negar al Señor.
Remigio
Pero no hubiera podido negarle si hubiera estado cercano al Señor. Esto también significa que Pedro había de seguir al Señor en la pasión.
San Agustín, quaestiones evangeliorum 1,42
Y que la Iglesia seguiría e imitaría los padecimientos del Salvador, pero de muy diferente modo; pues la Iglesia padece para sí misma, y Aquél por la Iglesia.
Sigue: «Y habiendo entrado, se sentó entre los criados para ver en qué paraba».
San Jerónimo
Bien fuera por amor de discípulo o bien por humana curiosidad, deseaba saber la sentencia del pontífice contra el Señor; si le condenaba a muerte, o azotado le daba libertad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Congregados los príncipes de los sacerdotes, quería todo aquel asqueroso conciliábulo dar forma de juicio a sus asechanzas contra el Salvador. Por lo que se dice: «Los príncipes, pues, de los sacerdotes, y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús», etc. Pero que el tribunal era incompetente y todo tumulto y confusión, se manifiesta por lo que sigue, «y no hallaron prueba a pesar de haberse acercado muchos testigos falsos».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Los falsos testimonios tienen cabida cuando se presentan con cierto colorido. Pero ni color se encontraba en las mentiras que proferían contra Jesús, aunque eran muchos los que querían congraciarse con los príncipes de los sacerdotes. De lo que resulta gran gloria a Jesús, que tan irreprensiblemente habló y obró en todo, que aun los hombres más malos y astutos no pudieron hallar ni en la apariencia cosa digna de reprensión.
Sigue: «Por último llegaron dos falsos testigos», etc.
San Jerónimo
¿Cómo pueden llamarse testigos falsos si dicen aquello mismo que leemos que dijo el Señor? Pero es falso el testigo que no da su verdadero sentido a lo que se ha dicho. El Señor, pues, había hablado del templo de su cuerpo. Pero en sus mismas palabras le calumnian añadiendo o mudando algo, para que resulte justificada la acusación. El Salvador había dicho: «Destruid este templo» ( Jn 2,19), y los testigos lo tergiversan diciendo: puedo destruir el templo de Dios. Vosotros, dice, destruid, no yo; pues no nos es lícito atentar contra nosotros mismos. Después ellos inventan: «Y después de tres días lo reedificaré», para que pareciese que hablaba del templo judío. Pero el Señor para manifestar que hablaba del templo vivo y animado, había dicho: y yo en tres días lo resucitaré 1; una cosa es edificar, y otra resucitar.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,3
¿Mas por qué no adujeron la acusación sobre la violación del sábado? Porque muchas veces los había convencido sobre este punto.
San Jerónimo
La cólera y la impaciencia de no hallar lugar a la calumnia hizo saltar de su solio al pontífice, poseída su alma de furor y de agitación su cuerpo. Y por esto sigue: «Y levantándose el príncipe de los sacerdotes, le dijo: ¿no respondes nada a las acusaciones de éstos?»
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Dijo esto queriendo obligar a Jesús a dar una respuesta para cogerle. Inútil era, pues, toda respuesta de excusa que no había de ser admitida. Y por eso sigue: «Pero Jesús callaba», pues aquello era tan sólo una farsa de juicio. En verdad no era sino una invasión de ladrones como en una caverna, y por esto calla.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Esto nos enseña a despreciar a los calumniadores y falsos testigos, para que ni siquiera consideremos dignas de respuesta las falsas acusaciones que nos imputan; mayormente cuando es más noble y valeroso callar que defenderse sin provecho alguno.
San Jerónimo
Sabía bien como Dios, que cuanto dijese se había de torcer en calumnia. Cuanto, pues, más callaba Jesús ante las acusaciones de los falsos testigos y sacerdotes impíos, con tanto mayor furor le provocaba el pontífice a contestar a fin de encontrar en su respuesta motivo de acusarle. Por lo que sigue: «Y el príncipe de los sacerdotes le dijo: te conjuro por Dios vivo que nos digas», etc.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Encontramos algunas veces en la ley el uso del juramento. Pero creemos, sin embargo, que el hombre que quiere vivir según el Evangelio, no debe permitirse el conjurar a otro. Porque si no es lícito jurar, tampoco es lícito provocar el juramento. El que contempla a Jesús imperando a los demonios y dando poder a sus discípulos sobre ellos, debe entender que la facultad concedida por el Salvador no es juramento.
Por tanto, el príncipe de los sacerdotes pecaba obligando insidiosamente a Jesús a contestar. Y así imitaba a su padre el demonio, que dudoso preguntó dos veces al Salvador: «Si tú eres Cristo Hijo de Dios» ( Mt 4,3.6) de lo que lógicamente se deduce, que el dudar si el Hijo de Dios es el mismo Cristo, es obra del diablo. No era, pues, decoroso al Señor contestar al conjuro del príncipe de los sacerdotes, como obligado por fuerza. Por lo que ni negó ser Hijo de Dios, ni claramente lo confesó. «Dícele Jesús; tú dijiste»; pues no era digno de oír la doctrina de Cristo y así no le enseña, sino que tomando su palabra le contesta con ella. «Pero en verdad os digo que dentro de poco veréis al Hijo del hombre», etc. A mí me parece que el acto de sentarse significa en el Hijo del hombre cierta realeza, porque junto al trono de Dios -que es el único poderoso- ha sido constituido el que recibió del Padre toda potestad en el cielo y en la tierra. Y esto se cumplirá el día en que hasta sus mismos enemigos lo reconocerán, aunque ya empezó a cumplirse, pues sus discípulos le vieron resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Todopoderoso. O porque en comparación de la eternidad que existe en Dios, desde la creación del mundo hasta su fin, hay un día. No es, pues, de admirar que dijera el Señor: «Dentro de poco» demostrando la brevedad del tiempo hasta el fin, y no sólo profetizaba que le verían sentado a la diestra del poder de Dios, sino que también sobre las nubes del cielo. Por eso sigue: «Y viniendo en las nubes del cielo». Estas nubes son los profetas y apóstoles de Cristo a los que les manda llover cuando quiere y son nubes del cielo que no pasan, porque llevan en sí la imagen del hombre celestial, y dignas de ser el trono de Dios como formadas de los herederos de El y coherederos de Cristo.
San Jerónimo
El pontífice, pues, a quien el furor había sacudido de su solio, rasga sus vestidos a impulsos de su ira. Y por eso dice: «Entonces el príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras, diciendo: blasfemó». Es costumbre judía rasgar los vestidos cuando se oye alguna blasfemia contra Dios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Esto lo hizo para agravar más la acusación y expresar con hechos lo que decía de palabra.
San Jerónimo
El hecho de rasgar sus vestiduras, demostró que los judíos habían perdido su dignidad sacerdotal y que estaba vacante la sede del sumo sacerdote, roto ya el velo que cubría la ley.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,3
Habiendo rasgado sus vestiduras no pronuncia por sí mismo la sentencia, y busca hacer recaer la responsabilidad en los demás, preguntando: ¿qué os parece? Como se acostumbra a preguntar contra los reos confesos y de blasfemia manifiesta y como obligando y haciendo violencia, prepara al auditorio para proferir la sentencia diciendo: «¿Qué necesidad tenemos de testigos? He aquí ahora acabáis de oír la blasfemia», etc. ¿Qué blasfemia fue ésta? Porque ante ellos mismos reunidos había dicho: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha» ( Mt 22,44). Y les dio la interpretación y callaron; ni le contradijeron en lo sucesivo. ¿Por qué pues, ahora llaman blasfemia a lo que ha dicho? «Pero ellos respondieron diciendo: Reo es de muerte»; eran los mismos los que acusaban, los que discutían y los que pronunciaban la sentencia.
Orígenes, in Matthaeum, 35
¿Cuán grande crees que no fue el error de condenar a muerte a la principal de todas las vidas, y no atender al testimonio de tantos resucitados por la fuente de la que fluía la vida de todos?
San Juan Crisóstomo, in Matth. hom. 85,1
Como el que se lanza sobre la presa, así demostraban su ciego furor.
Sigue: «Entonces escupieron en su rostro», etc.
San Jerónimo
Para que se cumpliera lo que estaba dicho: «Di mi mejilla a las bofetadas, y no aparté mi rostro del oprobio de las salivas» ( Is 50,6). Sigue: «Otros le daban bofetadas en el rostro diciendo: profetiza», etc.
Glosa
Por escarnio se le dice esto al que había querido ser tenido por profeta de las naciones.
San Jerónimo
Necedad hubiera sido responder y profetizar al verdugo, cuando era patente su furor.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,1
Observa cómo el Evangelista expone con suma exactitud todo lo que considera digno de reprobación, no ocultando nada ni avergonzándose; sino por el contrario, estimando como la mayor gloria el que el Señor del universo padeciese por nosotros tales afrentas. Esto, pues, leamos continuamente, esto en nuestra mente grabemos, y gloriémonos de ello.
San Agustín, quaestiones evangangeliorum 1,44
Lo que se ha dicho: «Escupieron sobre su rostro», habla de aquéllos que rechazan la presencia de la gracia; y asimismo le abofetean los que prefieren sus honores al de Dios; y dan palmadas en su rostro los que, obcecados por la perfidia, afirman que Jesucristo no ha venido, como queriendo exterminar y rechazar su presencia.
Notas
- En latín resuscitabo, que significa tanto resucitar como volver a levantar.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Congregados los príncipes de los sacerdotes, quería todo aquel asqueroso conciliábulo dar forma de juicio a sus asechanzas contra el Salvador. Por lo que se dice: «Los príncipes, pues, de los sacerdotes, y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús», etc. Pero que el tribunal era incompetente y todo tumulto y confusión, se manifiesta por lo que sigue, «y no hallaron prueba a pesar de haberse acercado muchos testigos falsos».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Los falsos testimonios tienen cabida cuando se presentan con cierto colorido. Pero ni color se encontraba en las mentiras que proferían contra Jesús, aunque eran muchos los que querían congraciarse con los príncipes de los sacerdotes. De lo que resulta gran gloria a Jesús, que tan irreprensiblemente habló y obró en todo, que aun los hombres más malos y astutos no pudieron hallar ni en la apariencia cosa digna de reprensión.
Sigue: «Por último llegaron dos falsos testigos», etc.
San Jerónimo
¿Cómo pueden llamarse testigos falsos si dicen aquello mismo que leemos que dijo el Señor? Pero es falso el testigo que no da su verdadero sentido a lo que se ha dicho. El Señor, pues, había hablado del templo de su cuerpo. Pero en sus mismas palabras le calumnian añadiendo o mudando algo, para que resulte justificada la acusación. El Salvador había dicho: «Destruid este templo» ( Jn 2,19), y los testigos lo tergiversan diciendo: puedo destruir el templo de Dios. Vosotros, dice, destruid, no yo; pues no nos es lícito atentar contra nosotros mismos. Después ellos inventan: «Y después de tres días lo reedificaré», para que pareciese que hablaba del templo judío. Pero el Señor para manifestar que hablaba del templo vivo y animado, había dicho: y yo en tres días lo resucitaré 1; una cosa es edificar, y otra resucitar.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,3
¿Mas por qué no adujeron la acusación sobre la violación del sábado? Porque muchas veces los había convencido sobre este punto.
San Jerónimo
La cólera y la impaciencia de no hallar lugar a la calumnia hizo saltar de su solio al pontífice, poseída su alma de furor y de agitación su cuerpo. Y por esto sigue: «Y levantándose el príncipe de los sacerdotes, le dijo: ¿no respondes nada a las acusaciones de éstos?»
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Dijo esto queriendo obligar a Jesús a dar una respuesta para cogerle. Inútil era, pues, toda respuesta de excusa que no había de ser admitida. Y por eso sigue: «Pero Jesús callaba», pues aquello era tan sólo una farsa de juicio. En verdad no era sino una invasión de ladrones como en una caverna, y por esto calla.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Esto nos enseña a despreciar a los calumniadores y falsos testigos, para que ni siquiera consideremos dignas de respuesta las falsas acusaciones que nos imputan; mayormente cuando es más noble y valeroso callar que defenderse sin provecho alguno.
San Jerónimo
Sabía bien como Dios, que cuanto dijese se había de torcer en calumnia. Cuanto, pues, más callaba Jesús ante las acusaciones de los falsos testigos y sacerdotes impíos, con tanto mayor furor le provocaba el pontífice a contestar a fin de encontrar en su respuesta motivo de acusarle. Por lo que sigue: «Y el príncipe de los sacerdotes le dijo: te conjuro por Dios vivo que nos digas», etc.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Encontramos algunas veces en la ley el uso del juramento. Pero creemos, sin embargo, que el hombre que quiere vivir según el Evangelio, no debe permitirse el conjurar a otro. Porque si no es lícito jurar, tampoco es lícito provocar el juramento. El que contempla a Jesús imperando a los demonios y dando poder a sus discípulos sobre ellos, debe entender que la facultad concedida por el Salvador no es juramento.
Por tanto, el príncipe de los sacerdotes pecaba obligando insidiosamente a Jesús a contestar. Y así imitaba a su padre el demonio, que dudoso preguntó dos veces al Salvador: «Si tú eres Cristo Hijo de Dios» ( Mt 4,3.6) de lo que lógicamente se deduce, que el dudar si el Hijo de Dios es el mismo Cristo, es obra del diablo. No era, pues, decoroso al Señor contestar al conjuro del príncipe de los sacerdotes, como obligado por fuerza. Por lo que ni negó ser Hijo de Dios, ni claramente lo confesó. «Dícele Jesús; tú dijiste»; pues no era digno de oír la doctrina de Cristo y así no le enseña, sino que tomando su palabra le contesta con ella. «Pero en verdad os digo que dentro de poco veréis al Hijo del hombre», etc. A mí me parece que el acto de sentarse significa en el Hijo del hombre cierta realeza, porque junto al trono de Dios -que es el único poderoso- ha sido constituido el que recibió del Padre toda potestad en el cielo y en la tierra. Y esto se cumplirá el día en que hasta sus mismos enemigos lo reconocerán, aunque ya empezó a cumplirse, pues sus discípulos le vieron resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Todopoderoso. O porque en comparación de la eternidad que existe en Dios, desde la creación del mundo hasta su fin, hay un día. No es, pues, de admirar que dijera el Señor: «Dentro de poco» demostrando la brevedad del tiempo hasta el fin, y no sólo profetizaba que le verían sentado a la diestra del poder de Dios, sino que también sobre las nubes del cielo. Por eso sigue: «Y viniendo en las nubes del cielo». Estas nubes son los profetas y apóstoles de Cristo a los que les manda llover cuando quiere y son nubes del cielo que no pasan, porque llevan en sí la imagen del hombre celestial, y dignas de ser el trono de Dios como formadas de los herederos de El y coherederos de Cristo.
San Jerónimo
El pontífice, pues, a quien el furor había sacudido de su solio, rasga sus vestidos a impulsos de su ira. Y por eso dice: «Entonces el príncipe de los sacerdotes rasgó sus vestiduras, diciendo: blasfemó». Es costumbre judía rasgar los vestidos cuando se oye alguna blasfemia contra Dios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,2
Esto lo hizo para agravar más la acusación y expresar con hechos lo que decía de palabra.
San Jerónimo
El hecho de rasgar sus vestiduras, demostró que los judíos habían perdido su dignidad sacerdotal y que estaba vacante la sede del sumo sacerdote, roto ya el velo que cubría la ley.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 84,3
Habiendo rasgado sus vestiduras no pronuncia por sí mismo la sentencia, y busca hacer recaer la responsabilidad en los demás, preguntando: ¿qué os parece? Como se acostumbra a preguntar contra los reos confesos y de blasfemia manifiesta y como obligando y haciendo violencia, prepara al auditorio para proferir la sentencia diciendo: «¿Qué necesidad tenemos de testigos? He aquí ahora acabáis de oír la blasfemia», etc. ¿Qué blasfemia fue ésta? Porque ante ellos mismos reunidos había dicho: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha» ( Mt 22,44). Y les dio la interpretación y callaron; ni le contradijeron en lo sucesivo. ¿Por qué pues, ahora llaman blasfemia a lo que ha dicho? «Pero ellos respondieron diciendo: Reo es de muerte»; eran los mismos los que acusaban, los que discutían y los que pronunciaban la sentencia.
Orígenes, in Matthaeum, 35
¿Cuán grande crees que no fue el error de condenar a muerte a la principal de todas las vidas, y no atender al testimonio de tantos resucitados por la fuente de la que fluía la vida de todos?
San Juan Crisóstomo, in Matth. hom. 85,1
Como el que se lanza sobre la presa, así demostraban su ciego furor.
Sigue: «Entonces escupieron en su rostro», etc.
San Jerónimo
Para que se cumpliera lo que estaba dicho: «Di mi mejilla a las bofetadas, y no aparté mi rostro del oprobio de las salivas» ( Is 50,6). Sigue: «Otros le daban bofetadas en el rostro diciendo: profetiza», etc.
Glosa
Por escarnio se le dice esto al que había querido ser tenido por profeta de las naciones.
San Jerónimo
Necedad hubiera sido responder y profetizar al verdugo, cuando era patente su furor.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,1
Observa cómo el Evangelista expone con suma exactitud todo lo que considera digno de reprobación, no ocultando nada ni avergonzándose; sino por el contrario, estimando como la mayor gloria el que el Señor del universo padeciese por nosotros tales afrentas. Esto, pues, leamos continuamente, esto en nuestra mente grabemos, y gloriémonos de ello.
San Agustín, quaestiones evangangeliorum 1,44
Lo que se ha dicho: «Escupieron sobre su rostro», habla de aquéllos que rechazan la presencia de la gracia; y asimismo le abofetean los que prefieren sus honores al de Dios; y dan palmadas en su rostro los que, obcecados por la perfidia, afirman que Jesucristo no ha venido, como queriendo exterminar y rechazar su presencia.
Notas
- En latín resuscitabo, que significa tanto resucitar como volver a levantar.
San Agustín, de consensu evangelistarum 3,6
Entre las predichas afrentas del Señor, tuvieron lugar las tres negaciones de Pedro, las cuales no todos los evangelistas refieren en el mismo orden. San Lucas explica primero la tentación de Pedro, y después las afrentas del Señor; pero San Mateo y San Marcos las cuentan primero y después la tentación de Pedro. Así pues, dice: «Pero Pedro estaba sentado fuera en el atrio».
San Jerónimo
Estaba sentado fuera para ver la salida del preso; y no se acercaba a Jesús, para que los criados no concibieran sospecha alguna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,1
El que cuando sólo vio prender a su maestro de tal modo se enardeció, que desenvainó la espada y cortó la oreja; al oír los ultrajes contra Cristo se convierte en negador y no resiste a las amenazas de una vil criada. Sigue: «Y se acercó a él una criada, diciendo: y tú estabas con Jesús Galileo».
Rábano
¿Por qué primero le descubrió una criada habiendo tantos hombres que pudieron reconocerle; sino para que se viese que también este sexo pecaba en la muerte del Señor y era redimido por su pasión? Sigue: «Pero él negó delante de todos diciendo: no sé lo que dices». Manifiestamente y delante de todos negó, porque temió descubrirse; y al decir que no le conocía, dio a entender que aun no quería morir por el Salvador.
San León Magno, sermones 60,4
Según parece fue permitida esta vacilación para que en el príncipe de la Iglesia tuviese principio el remedio de la penitencia, y nadie se atreviera a confiar en su propia fortaleza, cuando ni el mismo San Pedro había podido evadirse del peligro de la inconstancia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,1
No sólo una vez, sino por segunda y tercera negó en breve rato; de aquí sigue: «Saliendo, pues», etc.
San Agustín, consensu evangelistarum 3,6
Se entiende que luego que salió fuera, habiéndole negado una vez, el gallo cantó primero, que es lo que San Marcos dice.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,1
Para manifestar que ni la voz del gallo le contuvo de la negación, ni le recordó su promesa.
San Agustín, consensu evangelistarum 3,6
No le negó la segunda vez estando fuera delante de la puerta, sino cuando volvía al fuego, pues aun no había salido ni le había visto fuera la otra criada, sino que al salir le vio. Esto es, que al levantarse para salir le conoció, y dijo a los que allí estaban, esto es, a los que se calentaban con él al fuego en el atrio: «Y éste estaba con Jesús Nazareno». Pero él, que había salido, oído esto, regresó, para excusarse negando. O como es más creíble no oyó lo que de él se había dicho al salir, y cuando volvió, le dijeron la criada y aquel otro de quien hace mención San Lucas: «Y tú eres de ellos». O como refiere San Juan: ¿acaso eres tú también de los discípulos de este hombre?
Sigue: «Y volvió a negar con juramento», etc.
San Jerónimo
Sé que algunos, llevados de piadoso afecto hacia el apóstol San Pedro, interpretan este pasaje, diciendo que Pedro negó al hombre, no a Dios; y que el sentido es éste: no conozco al hombre, porque conozco a Dios. El lector prudente comprende cuán frívolo sea esto; porque si éste no negó, mintió el Señor cuando dijo: «Me negarás tres veces» ( Mt 26,34).
Rábano
Decimos que no sólo niega a Cristo quien dice que no es Cristo, sino que también quien siendo cristiano niega serlo.
San Agustín, consensu evagelistarum 3,6
Hablemos ya de la tercera negación. Sigue pues: «Poco después se acercaron los que estaban y dijeron a Pedro: verdaderamente tú eres de ellos». Pero San Lucas dijo: «Y pasado un rato como de una hora» ( Lc 22,59). Y como para convencerle, añaden enseguida: «Pues tu lenguaje te descubre».
San Jerónimo
No porque hablase otra lengua o fuese de otra nación, pues que todos eran hebreos, los que le acusaban y el que se defendía, sino porque cada provincia y región tenía sus dialectos, y no podían disimular el lenguaje de su origen.
Remigio
Observa cuán perjudicial es la conversación con hombres depravados; pues esta misma obligó a Pedro a negar al Señor a quien antes había confesado ser Hijo de Dios. Sigue pues: «Entonces empezó a maldecir», etc.
Rábano
Advierte que primero dijo: «No sé lo que dices» ( Mt 26,70); después niega con juramento; y finalmente, maldice y jura que no conoce a aquel hombre. Perseverar en el pecado, da incremento a la maldad, y el que desprecia lo pequeño cae en lo grande.
Remigio
En sentido místico, son designados por la negación antes del primer canto del gallo aquéllos que, conturbados por la muerte del Señor, no creían antes de su resurrección que El fuese Dios; por la negación después del canto del gallo son designados aquéllos que yerran acerca de la naturaleza del Señor ya como Dios, ya como hombre. Por la primera criada se designa la avaricia y por la segunda la delectación carnal; por los que allí estaban se entienden los demonios, pues ellos son los que arrastran a los hombres a la negación de Cristo.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Por la primera criada se entiende la sinagoga de los judíos, que frecuentemente obligaron a los fieles a negar a Cristo; por la segunda, la congregación de las naciones perseguidoras de los cristianos; por los terceros que estaban en el atrio, los ministros de diferentes herejías.
San Agustín, quaestiones evangeliorum 1,45
Tres veces negó Pedro. El error, pues, de los herejes acerca de Cristo, se formula de tres maneras, pues yerran en cuanto a su Divinidad, o en cuanto a su humanidad, o en ambas cosas.
Rábano
Después de la tercera negación se deja oír el canto del gallo y esto es lo que sigue: «Y en seguida el gallo cantó», por lo que se significa al doctor de la Iglesia que increpa a los soñolientos diciendo: despertaos, justos, y no queráis pecar ( 1Cor 15,34). Suele con frecuencia la Sagrada Escritura expresar el carácter de una cosa por el tiempo en que acontece; así es que Pedro, que negó a la media noche, se arrepintió al canto del gallo. «Y se acordó Pedro de la palabra que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante, tres veces me negarás».
San Jerónimo
Se lee en el Evangelio de San Lucas, que después de la negación de Pedro y el canto del gallo, el Salvador miró a Pedro, y su mirada excitó en él amargo llanto; pues no podía ser que permaneciera en las tinieblas de la negación el que había sido mirado por la luz del mundo. «Y saliendo fuera, lloró amargamente»; pues sentado en el atrio de Caifás no podía hacer penitencia. Por eso que sale fuera del concilio de los impíos, para lavar con lágrimas amargas las manchas de su cobarde negación.
San León Magno, sermones 60,4
Felices tus lágrimas, santo Apóstol, que tuvieron la virtud del santo bautismo para borrar la culpa de la negación. Intervino, pues, la diestra de nuestro Señor Jesucristo, para impedir tu precipicio cuando ya caías; y recobraste la fortaleza de perseverar, en el mismo peligro de caer. Pronto, pues, se rehabilitó Pedro, como quien recibe una nueva fuerza; y en tanto grado, que el que entonces se había asustado de la pasión de Cristo, permaneció después constante sin temer su propio martirio.
San Agustín, de consensu evangelistarum 3,7
El Evangelista había tejido anteriormente su narración refiriendo aquellas cosas que sucedieron al Señor hasta el amanecer, pero volvió para narrar la negación de Pedro, terminada la cual continuó lo demás hasta la mañana. Y dice: «Habiéndose hecho de día, entraron en consejo contra Jesús todos los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo para entregarle a la muerte».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Creía que con la muerte se extinguiría la doctrina y la fe en aquéllos que le habían creído como Hijo de Dios. Insistiendo, pues, en sus proyectos, ataron a Jesús, que desataba a los demás y así le llevaron al procurador Poncio Pilato.
San Jerónimo
Observa la solicitud de los sacerdotes que pasaron en vela toda la noche para cometer un homicidio, y entregaron atado a Jesús a Pilato, porque tenían la costumbre de entregar atado ante el Juez al que condenaban a muerte.
Rábano
Pero debe notarse que no fue entonces la primera vez que le ataron, sino que ya poco antes lo habían hecho en el huerto como dice San Juan.
San Juan Crisóstomo, in Matthaeum. hom. 84,3
No le mataron ocultamente porque querían destruir su gloria, en razón a que muchos le admiraban, y por esto se empeñaron en matarle públicamente y delante de todos; y a este fin le llevaron ante el prefecto.
San Jerónimo
Viendo, pues, Judas al Señor condenado a muerte, les devolvió a los sacerdotes el precio, como si estuviera a su arbitrio el cambiar la sentencia. «Entonces Judas, que le había entregado, cuando vio que había sido condenado, movido de arrepentimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos diciendo: he pecado entregando sangre inocente».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Contéstenme los que inventan cierta fábula sobre dos naturalezas en el hombre, ¿por qué Judas conociendo su pecado dijo: «Pequé entregando la sangre del justo»; sino por la buena semilla de inteligencia y virtud que sembró Dios en el alma racional, la cual no cultivó Judas, y por esto cayó en tal pecado? Si, pues, si hay algún hombre de tal naturaleza que haya de perderse, Judas fue el que más perteneció a esta clase. Si después de la resurrección de Jesucristo hubiera dicho esto, acaso lo hubiera dicho obligado a arrepentirse de su pecado en fuerza de la misma resurrección. Pero ahora, viendo que había sido entregado Jesús a Pilato, se arrepintió tal vez acordándose de lo que Jesús había dicho repetidamente sobre su futura resurrección. Sin duda que Satanás, que había entrado en él, le apremió hasta que entregó a Jesús a Pilato; y después que logró lo que quería, salió de él y dejándole, pudo arrepentirse. ¿Pero cómo vio Judas que Jesús había sido condenado, si aun no había sido interrogado por Pilato? Acaso dirá alguno, que en su imaginación vio el resultado del proceso por lo que había visto. Otro dirá que lo que está escrito: «viendo Judas que había sido condenado», se refiere al mismo Judas, entonces sintió su maldad y se reconoció condenado.
San León Magno, sermones 52,5
Diciendo, sin embargo: «He pecado, entregando sangre inocente», persiste en la perfidia de su impiedad no reconociendo a Jesús como Hijo de Dios, sino tan sólo como hombre de nuestra condición puesto en peligro de muerte, cuya misericordia hubiese inclinado a su favor, si no hubiera negado su omnipotencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,2
Observa que se arrepintió cuando había consumado su pecado. El diablo no permite a aquéllos que no velan, que vean el mal hasta que lo consuman.
Sigue: «Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? Viéraslo tú».
Remigio
Como si dijeran: ¿Qué nos importa a nosotros si es justo? Esto era de tu cuenta. Esto es, tu obra se manifestará como sea. Algunos quieren que se lean juntas estas palabras: «A nosotros qué, tú lo vieras» para que haga este sentido: ¿qué concepto hemos de tener de ti, que confiesas haber entregado al justo?
Orígenes, in Matthaeum, 35
Cuando el diablo se aparta de alguno, observa el instante favorable, y cuando le ha inducido a un segundo pecado, acecha la ocasión para el tercero. A la manera que aquél que primero abusó de la esposa de su padre, se arrepintió de esta maldad; pero después el diablo exageró de tal manera su tristeza que llegó al extremo de perder al desgraciado. Algo semejante pasó en Judas, pues luego que se arrepintió, no supo contener su corazón, sino que se dejó llevar de la tristeza inspirada por el diablo, la cual le perdió. Y sigue: «Y marchándose se ahorcó». Pero si hubiera procurado hacer penitencia y la hubiese practicado a tiempo, sin duda hubiera encontrado a aquél que dijo: «No quiero la muerte del pecador» ( Ez 33,11). Pero tal vez quiso adelantarse a la muerte de su maestro, y salirle al encuentro con el alma separada del cuerpo, para que confesando y rogando mereciese misericordia; pero no consideró que no debe el siervo de Dios sacarse de este mundo, sino esperar que Dios lo disponga.
Rábano
Se colgó de un lazo para manifestar que era detestado del cielo y de la tierra.
San Agustín, De quaestiones novi et veteri testamentorum, q. 94
Pero ocupados los príncipes de los sacerdotes en la muerte del Señor desde el amanecer hasta la hora de nona, ¿cómo se prueba que Judas les entregó el precio de la sangre que había recibido, antes de la crucifixión del Señor, y les dijo en el templo: «He pecado, entregando sangre inocente»? Aunque todos los príncipes y los ancianos del pueblo no estuvieron en el templo antes de la pasión del Señor, y en la cruz lo estuvieron insultando, no puede probarse con ello que lo de Judas fue antes de la pasión del Señor, cuando hay muchas cosas que ciertamente ocurren antes de los hechos y son narradas después. Pero quizás Judas se arrepintió después de la hora de nona, preso del miedo al ver que había muerto el Salvador, y que debido a ello se había desgarrado el velo del templo, que la tierra tembló, que se rompieron las piedras y que chocaron los elementos. Sin embargo, después de la hora de nona también estaban ocupados los ancianos y los príncipes de los sacerdotes en la celebración de la pascua; y en el sábado estaba prohibido por la ley aun llevar dinero encima. Por esto yo creo que no es posible saber en qué día -ni en qué tiempo-, puso Judas fin a su vida.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 85,3
Como los príncipes de los sacerdotes sabían que habían comprado la muerte, se veían condenados por su propia conciencia; y para demostrar esto, añade el Evangelista: «Y los príncipes de los sacerdotes, tomando las monedas de plata, dijeron; no es lícito meterlas en el tesoro, porque es precio de sangre».
San Jerónimo
En verdad que filtraban un mosquito y se tragaban un camello, por lo tanto, si no ponen el dinero en el tesoro (esto es, en el gazofilacio en donde estaban las ofrendas hechas a Dios), porque era precio de sangre; ¿por qué derraman esa misma sangre?
Orígenes, in Matthaeum, 35
Veían que debían emplearse aquellas monedas más bien en los muertos, porque eran precio de sangre. Pero como en el lugar donde habitan los muertos hay también sus diferencias, emplearon aquel precio de la sangre de Jesús en la adquisición del campo de un alfarero, para enterrar allí a los peregrinos, y no entre las tumbas de sus padres. Por esto sigue: «Y habiendo deliberado sobre ello, compraron con estas monedas el campo de un alfarero para enterrar a los extranjeros».
San Agustín, in serm. de Passione
Yo creo que esto sucedió por disposición divina, para que se vea que el precio del Salvador no sirve al abuso de los pecadores, pero ofrece descanso a los peregrinos. A fin de que en lo sucesivo Jesucristo redima a los vivos con el precio de su sangre, y reciba a los muertos por su pasión preciosa. Con el precio de la sangre del Señor se compra, pues, el campo de un alfarero. Leemos en las Sagradas Escrituras que la salvación de todo el género humano ha sido comprada con la sangre del Salvador. Este campo es, pues, todo este mundo. El alfarero, que puede tener el dominio de todo el mundo, es El mismo que hizo de tierra este vaso de nuestro cuerpo. Pues el campo de este alfarero, es el comprado con la sangre de Jesucristo. Para los peregrinos, diremos que andaban desterrados de todo el mundo, sin casa ni patria; pero que en la sangre de Cristo se les provee del descanso necesario. Llamamos peregrinos a aquéllos piadosos cristianos que, renunciando al siglo, y no poseyendo cosa alguna en el mundo, descansan en la sangre de Cristo y el sepulcro de Cristo, no es otra cosa que el descanso del cristiano. Estamos sepultados, pues, con Jesús, como dice el Apóstol, por medio del bautismo en la muerte ( Rom 6,4). Nosotros, por lo tanto, somos peregrinos en este mundo, y nos encontramos como huéspedes mientras dura la luz de la vida.
San Jerónimo
Como también éramos peregrinos respecto de la ley y de los profetas, hemos recibido nuestra salud del perverso proceder de los judíos.
Orígenes, in Matthaeum, 35
También llamamos peregrinos a aquéllos que desconocen a Dios hasta el fin, porque los justos están sepultados con Jesucristo en el sepulcro nuevo que ha sido abierto en la piedra. Y los que son extraños a Dios hasta el fin, quedan sepultados en el campo del alfarero, que trabaja en lodo, que fue comprado con el precio de sangre y se llama campo de sangre. Sigue: «Por lo cual fue llamado aquel campo Haceldama, esto es, campo de sangre, hasta el día de hoy».
Glosa
Esto último debe referirse al tiempo en que escribió esto el Evangelista. Además confirma esto mismo por medio de profecías, diciendo: «Entonces se cumplió lo que fue dicho por Jeremías el profeta, que dijo: y tomaron las treinta monedas de plata, precio del apreciado, a quien apreciaron los hijos de Israel, y las dieron por el campo del alfarero, así como me lo ordenó el Señor».
San Jerónimo
Esto no se encuentra escrito en Jeremías, pero en Zacarías ( Za 11,12) (que es el penúltimo de los doce profetas), se lee esto mismo aunque escrito de diferente modo. Y aun cuando en el sentido se diferencian poco, en el orden y en las palabras hay diferencia.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,7
Y si alguno juzga que por ello no se debe creer al Evangelista, sepa primeramente que no todos los códices del Evangelio expresan que fue dicho por Jeremías, sino que simplemente dicen que lo dijo un profeta. Pero a mí me parece que esto no es defensa, puesto que muchos códices, especialmente los más antiguos, citan el nombre de Jeremías, y nadie puede conocer la causa porque se añadiese este nombre, introduciendo así una equivocación. Y por qué se ha quitado, no es por otra razón mas que por efecto de la ignorancia atrevida que confundía la cuestión anterior. Pudo también suceder que la intención de San Mateo cuando escribió su Evangelio fuese citar a Jeremías en lugar de Zacarías (como suele suceder), lo que, sin embargo corregiría, tal vez avisado por aquéllos que leyeron su Evangelio cuando aun vivía. O tal vez que haciendo memoria, regida por el Espíritu Santo, se le ocurrió citar el nombre de un profeta por otro, porque el Señor así lo determinó cuando escribía. Y la primera causa de que así lo haya determinado es, que de esta manera da a conocer que todos los profetas -como han hablado animados por un mismo Espíritu- convienen entre sí de un modo admirable, como si pudiese decirse que todo lo escrito por los profetas parece que procede de un sólo hombre. Por lo tanto debe admitirse sin duda alguna todo lo que el Espíritu Santo ha dicho por su boca, y que lo de cada uno, es de todos; y lo de todos, de cada uno. Y así, si alguno en nuestros días, al querer citar las palabras de una persona dijera que las ha dicho otro que es muy amigo de aquel cuyas palabras quiere citar, y se da cuenta que se ha confundido, enmiéndelo, pero diga: he dicho bien, no fijándose en otra cosa que en la conformidad que hay entre ellos. ¿Con cuánta mayor razón debe decirse esto respecto de los santos profetas? Hay también otra razón por la que podemos decir que se permite seguir citando a Jeremías en vez de Zacarías y que más bien esto fue ordenado por autoridad del Espíritu Santo. Se dice en Jeremías ( Jer 32,7-9) que compró un campo al hijo de su hermano, y que le dio treinta monedas de plata, pero no como precio, según se dice en la profecía de Zacarías. El Evangelista interpretó esto refiriéndose a la profecía que hablaba de las treinta monedas de plata, lo cual se cumplió ahora en el Señor como no cabe duda. Pero también se refiere a esto aquello del campo comprado de que habla Jeremías, y que puede significar místicamente que no se citaba aquí el nombre de Zacarías, que dijo en treinta monedas de plata, sino el de Jeremías, que habló del campo comprado. De esta manera, quien lee el Evangelio y ve el nombre de Jeremías, y al buscar en el libro de Jeremías no encuentra el testimonio respecto de las treinta monedas de plata, sin embargo sí encuentra el de la compra del campo, con lo cual se da cuenta de que debe comparar los textos y así descubrir el sentido de la profecía y su relación con lo que se cumplió en el Señor. Y aquello que añadió a este testimonio San Mateo, cuando dice: «A quien apreciaron de los hijos de Israel y las dieron por el campo del alfarero, así como me lo ordenó el Señor»; esto no se encuentra ni en Zacarías ni en Jeremías; por cuya razón debe creerse que más bien lo añadiría el Evangelista por elegancia, y en sentido espiritual o que lo intercalaría, en atención a que había sabido esto por inspiración divina, creyendo que esto lo decía refiriéndose al precio en que fue apreciado Jesucristo según la profecía.
San Jerónimo
Lejos, pues, del que sigue a Cristo que pueda ser argüido de falso, quien tuvo el cuidado no de citar las palabras y las sílabas, sino únicamente las sentencias de las doctrinas.
San Jerónimo
He leído hace poco tiempo, en un códice hebreo que me proporcionó uno de la secta de los nazarenos, un pasaje apócrifo de Jeremías, en el que hallé esto literalmente escrito. Y me parece que más bien este testimonio está tomado de Zacarías a quien citaban con frecuencia los evangelistas y los apóstoles, como tenían costumbre de citar el Antiguo Testamento, dando el sentido y prescindiendo del orden de las palabras.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,7
Una vez terminado lo que dice San Mateo respecto de Judas el traidor, vuelve al orden de su narración, diciendo: «Y Jesús fue llevado ante el presidente».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Considera al que fue constituido por el eterno Padre Juez de toda criatura, cuánto se humilló hasta querer estar delante de este juez de Judea. Y es interrogado sobre un asunto del que acaso el mismo Pilato pregunta con ironía o duda. Por esto sigue: «Y le preguntó el presidente: ¿Eres tú el rey de los judíos?»
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
Pilato pregunta esto, porque los enemigos de Jesús todo lo interpretaban mal en contra de El, y como sabían que Pilato no entendía de los asuntos legales, levantan contra El públicas acusaciones.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y Pilato dijo esto de una manera terminante, por cuya razón más adelante escribió el título de Rey de los judíos. Cuando respondió al príncipe de los sacerdotes: «Tú lo has dicho», reprendió su duda de una manera indirecta; pero confirma las palabras afimrativas de Pilato, por lo que sigue: «Jesús le dice: Tú lo has dicho».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
Confesó que era rey, pero del cielo, como se lee terminantemente en otro Evangelio, en que dijo Jesús: «Mi reino no es de este mundo» ( Jn 18,36); de modo que ni los judíos, ni Pilato, podían alegar excusa alguna al insistir en esta acusación.
San Hilario, in Matthaeum, 32
Ni el pontífice a quien contestando Jesús había dicho: «Tú lo dijiste»; porque bien sabido tenía por la ley que habría de nacer el Cristo. Pero como este que preguntaba si Jesús era el rey de los judíos, desconocía la ley, sólo le contestó: «Tú lo dices»; porque por medio de la fe de esta confesión, había de venir la salvación de los gentiles.
San Jerónimo
Observa además que respondió la sentencia a Pilato, de algún modo forzado a hacerlo. Pues no quiso contestar a los sacerdotes y a los príncipes, creyéndolos indignos de su contestación. Por esta razón, cuando era acusado por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,8
San Lucas también manifiesta las mismas culpas de que le acusaban sus enemigos. Dice: «Empezaron a acusarle, diciendo: hemos encontrado a éste sublevando a nuestro pueblo, y prohibiendo pagar sus tributos al César, diciendo además que El es el Cristo Rey» ( Lc 23,2). No afecta a la esencia el orden con que se refieren estas cosas, como tampoco interesa el que un evangelista calle lo que otro dice.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Así como antes Jesús nada respondió, cuando lo acusaban, así tampoco ahora, porque no se dirigía entonces a ellos la palabra de Dios, como en otro tiempo se había dirigido a los profetas. Pero tampoco era digno que respondiese a Pilato, quien no tenía jurisdicción propia para juzgar a Cristo. Sino que por el contrario era traído y llevado, combatido por dos opiniones diferentes. Por esto sigue: «Entonces le dice Pilato: ¿no oyes cuántos testimonios dicen contra ti?»
San Jerónimo
En verdad que es un gentil quien desprecia a Jesucristo, pero echando la culpa al pueblo judío.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
Decía también esto, porque quería librarle si respondía disculpándose. Sigue. «Y no le respondió a palabra alguna, de modo que se maravilló el presidente en gran manera». Y aun cuando tenían muchas pruebas de su virtud y de su mansedumbre y humildad, sin embargo, le calumniaban y activaban contra El su juicio perverso. Por esta razón no responde y si alguna vez lo hace, habla con brevedad, no fuera que, por su prolongado silencio se formase de El la idea de pertinacia.
San Jerónimo
Jesús no quiso responder cosa alguna para evitar que, descubriendo el presidente su inocencia, se dilatase el inmenso beneficio de su pasión.
Orígenes, in Matthaeum, 35
El presidente se admiró de su constancia, creyendo acaso que tenía jurisdicción para declararle culpable. Y sin embargo, le veía firme en su tranquila y pacífica sabiduría e imperturbable gravedad, además se admiraba extraordinariamente, porque le parecía un milagro que presentado Jesús ante un juez, como culpable permaneciera impertérrito a vista de la muerte, que tan terrible es a los hombres.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
Como Jesucristo no respondía a las acusaciones de los judíos, para poder Pilato absolverle de ellas, inventa otro medio para salvarle. Por eso dice: «Por el día solemne acostumbraba el Presidente entregar libre al pueblo un preso, el que querían».
Orígenes, in Matthaeum, 35
De este modo agradan los que gobiernan a los que les están subordinados, hasta que consiguen sentar sobre ellos su dominación absoluta. Entre los judíos también existió esta misma costumbre en algún tiempo. Saúl no mató a Jonatás, porque todo el pueblo así se lo pidió.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,2
Pilato también quiso salvar a Jesús, apoyado en esta costumbre. Y para que los judíos no tengan ninguna sombra de excusa, pone en parangón con Jesucristo a un homicida conocido de todos. Acerca de lo cual sigue: «Y a la sazón tenía un preso muy famoso, que se llamaba Barrabás». No solamente era ladrón, sino ladrón insigne, esto es, célebre por su maldad.
San Jerónimo
Este Barrabás, según el evangelio de los hebreos 1, se dice que fue hijo de un maestro de aquéllos, que había sido condenado por una sedición y homicidio. Pilato les da a elegir para que dejen en libertad al que quieran. Al ladrón o a Jesús; no dudando que Jesús sería el escogido. Por esto sigue: «Y habiéndose ellos reunido, les dijo Pilato: ¿a quién queréis que os entregue libre, a Barrabás, o por ventura a Jesús, que es llamado el Cristo?»
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,2
Como diciendo: si no queréis dejarlo en libertad como inocente, dejadlo, al menos, como condenado, pero libre por la festividad. Y si convenía dejarlo libre cuando fuese verdaderamente culpable, con mucha más razón en caso de duda. Véase cómo se invirtió el orden en esta ocasión. La petición en favor de los condenados, se hacía por medio del pueblo y la concesión era propia del príncipe. Pero ahora sucede lo contrario. El príncipe pide al pueblo, y el pueblo se vuelve más cruel.
Glosa
Por qué trabajó tanto Pilato por librar a Jesucristo, lo manifiesta el Evangelista cuando añade: «Pues sabía que por envidia lo habían entregado».
Remigio
Cuál fuera aquella envidia, lo da a conocer San Juan, que en el capítulo 11 de su Evangelio dice: «He aquí que todo el mundo va en su seguimiento y si le dejamos libre así, todos creerán en El» ( Jn 11,48). Es de notar también, que en lugar de lo que dice San Mateo: «O a Jesús que es llamado Cristo», dice San Marcos: «¿Queréis que os deje en libertad al rey de los judíos?» ( Mc 15,9). Pues sólo los reyes de los judíos eran ungidos, y por esta unción se les llamaba cristos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
Después añade otra razón que es suficiente para que todos desistiesen de su pasión. Sigue: «Y estando él sentado en el tribunal, le envió a decir su mujer: Nada tengas tú con aquel justo». Porque además de las pruebas que eran públicas, era de mucho peso lo que en sueños había visto.
Rábano
Debe observarse que el tribunal es el asiento de los jueces, el solio el de los reyes y la cátedra el de los maestros; mas la mujer de este hombre gentil comprendió en visiones y sueños lo que los judíos, aun despiertos, no habían querido creer y entender.
San Jerónimo
Nótese también que Dios revela muchas veces en sueños a los gentiles su voluntad y que cuando Pilato y su mujer confiesan que es justo son testimonio del pueblo gentil.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,1
¿Pero por qué Pilato no veía el mismo sueño? Porque ella era más digna, o porque si Pilato lo hubiese visto, tampoco hubiese sido creído, o tal vez no lo hubiera revelado. Y por esto es disposición de Dios, lo que ve la mujer, para que sea manifiesto a todos. Y no ve más, sino que sufre mucho. Sigue pues: «Porque muchas cosas he padecido hoy en visión por causa de él». Con esto se proponía moverlo a compasión, para que sintiese como ella y desistiera de la condenación a muerte; pero el tiempo apremiaba, pues en aquella misma noche había tenido el sueño.
San Agustín, in serm. de Passione
Así, pues, el juez se aterró tanto, con lo que le dijo su mujer, de que no consintiera en juzgar del modo criminal que pretendían los judíos, que fue juzgado por la visión y tormentos de su mujer. Es juzgado el mismo que juzga y es atormentado antes que atormente.
Rábano
Entendiendo ahora, por fin, el diablo que iba a perder su presa por Jesucristo, quiso que a la manera que en el principio del mundo había introducido la muerte por medio de una mujer, así por medio de otra mujer lograra librar a Cristo de las manos de los judíos, a fin de que por su muerte no perdiera su imperio.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 86,2
Nada de lo dicho movió a los enemigos del Salvador, cegados enteramente por la envidia. Por lo que se dedican a contaminar a la plebe, con su misma malicia. Y esto es lo que dice a continuación: «Mas los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo que pidiese a Barrabás, y que hiciese morir a Jesús».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y es digno de verse ahora, cómo el pueblo judío es persuadido y excitado por sus ancianos y por sus doctores, en contra de Jesús para que le pierdan.
Prosigue: «Y el Presidente les respondió y dijo: a cuál de los dos queréis que os entregue libre?»
Glosa
Se dice que Pilato se expresó en estos términos, ya por lo que le había dicho su mujer, o ya por lo que pedía el pueblo, que según costumbre pedía la libertad de algún reo, en los días de las fiestas.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y entonces las turbas, como fieras que corren desenfrenadas, quisieron que les diese en libertad a Barrabás. Por esto sigue: «Y ellos dijeron: A Barrabás». Esto demuestra que aquella gente era dada a la sedición, al homicidio y al latrocinio. Según algunos de su gente, esto era sólo en las cosas exteriores, pero en la realidad lo eran en el interior. En donde no está pues, Jesús, allí se encuentran los pleitos y las guerras; pero en donde está, todo es bonanza y paz. Todos los que se asemejan a los judíos en la doctrina y en la vida, desean la libertad de Barrabás, porque el que obra mal, tiene en su cuerpo libre a Barrabás y atado a Cristo; así como el que obra bien, tiene a Cristo en libertad y a Barrabás encadenado. Pero quiso, por tanto, Pilato, descargar sobre los judíos la ignominia de tan gran crimen. Por eso que sigue: «Pilato les dice: ¿Pues qué haré de Jesús?», etc., no sólo para que contesten, sino para ver adónde llega su impiedad. Pero ellos, lejos de avergonzarse de oír que Pilato confesaba a Jesucristo, no se detienen, en manera alguna, en su perversidad. Sigue: «Dicen todos: sea crucificado», con lo que colmaron la medida de su impiedad, no sólo pidiendo la vida para un homicida, sino que también la muerte ignominiosa de cruz para un justo.
Rábano
Los crucificados, pendientes del leño, clavados de pies y manos, para que murieran, vivían largo tiempo en la cruz, no porque se prefería que su vida fuese más larga, sino porque se prolongase la muerte, a fin de que el dolor no concluyera tan pronto. Los judíos no pensaban más que en darle una muerte ignominiosa, no comprendiendo que era la elegida por el Señor, pues vencido el diablo por esta misma cruz, había de ser ella como un trofeo, que brillaría en la frente de todos los fieles.
San Jerónimo
Cuando respondieron esto, no condescendió Pilato al momento, sino que en virtud de la advertencia de su mujer, que le había dicho: «Nada tengas tú con aquel justo», Pilato respondió a los judíos. Por esto sigue: «El Presidente les dice: ¿Pues qué mal ha hecho?» Diciendo esto Pilato absolvía a Jesús. Sigue: «Y ellos levantaban más el grito, diciendo: Sea crucificado». Así se cumplía lo que estaba escrito en el Salmo: «Me rodearon muchos perros; la congregación de los malévolos me sitió» ( Sal 21,17); y aquellas palabras de Jeremías: «Mi heredad se hizo para mí, como el león en la selva; dieron voces sobre mí» ( Jer 12,8).
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,8
Pilato procuró muchas veces que los judíos dejasen en libertad a Jesús, lo cual atestigua San Mateo cuando dice: «Y viendo Pilato que nada adelantaba, sino que crecía más el alboroto». Lo cual no hubiese dicho, si no hubiere tenido grande interés (aun cuando se lo callaba cuantas veces intentaba esto), en librar a Jesús del furor de los judíos.
Sigue: «Tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: inocente soy yo», etc.
Remigio
Era costumbre entre los antiguos, cuando alguno quería aparecer como inocente de algún delito, tomar agua y lavarse las manos en presencia del pueblo.
San Jerónimo
Por esto Pilato tomó agua según aquella expresión del profeta, que dice: «lavaré entre los inocentes mis manos» ( Sal 25,6). Como contestando a esto y diciendo: yo he querido librar a un inocente, pero como se levanta una sedición, y como se me hace aparecer como un criminal contra el César, yo soy inocente de la sangre de este justo. Por lo tanto, el juez que es obligado a pronunciar sentencia contra el Señor, no condena al acusado, sino que reprende a los que se lo presentan, declarando que es justo aquél que ha de ser crucificado. Sigue: «Allá os lo veáis vosotros»; como diciendo: Yo soy ministro de las leyes, pero vuestro clamor derrama sangre. «Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Sobre nosotros, y sobre nuestros hijos sea su sangre». Persevera esta imprecación hasta nuestros días entre los judíos, y la sangre del Señor pesa sobre ellos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,1
Mira aquí la gran perfidia de los judíos, su impiedad y su funesto apasionamiento no les permite ver lo que les conviene prever. Y se maldicen a sí mismos, diciendo: su sangre sea sobre nosotros, y atraen también la maldición divina sobre sus hijos, diciendo: y sobre nuestros hijos. Pero nuestro Dios misericordioso, no aceptó esta imprecación, y se dignó recibir a muchos de sus hijos, que hicieron penitencia: porque San Pablo era de ellos, y muchos miles de fieles, que creyeron, cuando se predicó en Jerusalén.
San León Magno, sermones, 59,2
Excedió, pues, a la culpa de Pilato, el crimen de los judíos. Pero con todo no quedó libre de responsabilidad, por haber dejado su propia opinión, y haber tomado parte en el crimen de los demás. Sigue: «Entonces les soltó a Barrabás; y después de haber hecho azotar a Jesús, se lo entregó», etc.
San Jerónimo
Debe tenerse en cuenta que Pilato cumplió con lo que estaba prescrito en las leyes romanas, en las que se establecía que fuese azotado primero el que después había de ser crucificado. Jesús es entregado a los soldados para que le azoten, y aquel cuerpo santísimo y aquel pecho del Señor, recibieron los azotes.
San Agustín, in serm. de Passione
He aquí que preparan al Señor para azotarle. Mira, ya es herido; la violencia de los azotes rompe su santa piel; repetidos golpes desgarran sus espaldas y sus hombros. ¡Oh dolor! Dios se encuentra tendido delante del hombre, y sufre el suplicio de un reo, cuando en el Señor no pudo encontrarse vestigio alguno de pecado.
San Jerónimo
Esto sucedió porque estaba escrito: «Muchos son los azotes de los pecadores» ( Sal 31,10), pero nosotros nos libramos por ellos de nuestros castigos. Por el acto de lavarse Pilato las manos, quedan purificadas las acciones de los gentiles, y nosotros quedamos ajenos a la impiedad de los judíos.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Excitando los sacerdotes al pueblo, éste eligió a Barrabás, que quiere decir hijo de su padre, en lo que se revela el secreto de su futura iniquidad, dando la preferencia sobre Cristo al anticristo, que es el hijo del pecado.
Rábano
Barrabás es también el que levantaba las sediciones en los pueblos, y fue puesto en libertad por el pueblo judío, esto es, el diablo, que hasta hoy reina sobre ellos, por cuya razón no pueden tener paz.
Notas
- Evangelio apócrifo.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,9
Después de la acusación de Jesucristo consecuente es que nos ocupemos de su pasión, que San Mateo empieza así: «Entonces los soldados del presidente, tomando a Jesús para llevarle al pretorio, convocaron a El toda la cohorte».
San Jerónimo
Como Jesús era llamado rey de los judíos, y los escribas y los sacerdotes le acusaban de que quería usurpar el dominio de todo Israel, los soldados se burlan de El, desnudándole de sus antiguos vestidos, vistiéndole un manto de grana en lugar de la borla roja que usaban los antiguos reyes. Y en vez de diadema ponen sobre su cabeza una corona de espinas; en vez del cetro real, le dan una caña, y le adoran como a rey, y esto es lo que añade: «Y desnudándole, le vistieron de un manto de grana», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,9
En esto se comprende, cómo dijo San Marcos, que fue vestido de púrpura. En vez de púrpura real, debe entenderse que fue cubierto por sus enemigos con una clámide de grana, cuando se burlaban de El. Porque hay cierta púrpura roja que se parece mucho a la grana. Es posible también que San Marcos, al hablar de púrpura, se refiera al color de la clámide, si bien ésta fue de grana.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,1
¿Qué cuidado debe darnos lo demás, si sufrimos afrentas de otro, después que Jesús las ha sufrido por nosotros? Porque lo que en Jesucristo sucedía era el extremo de la afrenta. No padecía las injurias en una sola parte de su cuerpo, sino todo El, la cabeza con la corona, los cañazos y los golpes; la cara, porque era escupida; las mejillas, que eran heridas por bofetadas, y todo su cuerpo por los azotes, pues había sido desnudado, y por la envoltura de la clámide, y por la burlesca adoración que le prestaban; sus manos eran ofendidas por la caña que le dieron en vez de cetro. Como si temiesen dejar de hacer algo de lo que pudiera ofenderle.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,9
Parece que San Mateo habla de todo esto como recopilando, y no porque entonces fuese cuando Pilato lo entregó para crucificarle. Pues San Juan, antes de decir que Pilato entregaba al Señor para que le crucificasen, cita todo lo que pasó.
San Jerónimo
Pero nosotros todo esto lo entendemos en sentido espiritual. Pues así como Caifás, dijo: «Conviene que un solo hombre muera por todos» ( Jn 18,14), sin saber lo que decía, del mismo modo todo lo que éstos hicieron, aunque con otra intención, nos da, sin embargo, a conocer estos misterios, a los que creemos. En el manto de púrpura, se representa las cruentas ofrendas de los gentiles; en la corona de espinas, que se ha levantado la antigua maldición; con la caña, que han sido muertos los animales nocivos; y que tenía la caña en la mano, para escribir el sacrilegio de los judíos.
San Hilario, in Matthaeum, 33
El Señor, después de haber tomado sobre sí todas las enfermedades de nuestro cuerpo, nos demuestra con el color de la púrpura la sangre derramada por los mártires que habían de merecer con El el reino de los cielos. Y también es coronado de espinas, esto es, de los pecados de las naciones que como aguijones forman la corona de la victoria de Cristo. Con la caña que empuña su mano, conforta la debilidad y la frivolidad de las naciones, y es golpeada con ella su cabeza, para que la debilidad de los gentiles, sostenida por la mano de Jesucristo, descanse también en Dios Padre (que es su cabeza).
Orígenes, in Matthaeum, 35
También puede decirse que la caña fue un misterio, porque antes que creyéramos confiábamos en el báculo de caña de los egipcios o de cualquiera otro pueblo enemigo de Dios. Y esta caña es la que aceptó para triunfar con ella en el árbol de la cruz. Hieren además con esta caña la cabeza de Jesucristo porque el poder enemigo dirige constantemente sus tiros contra Dios Padre, cabeza del Salvador.
Remigio
Por manto de púrpura debe entenderse la carne de nuestro Señor, la que se llama roja por la efusión de su sangre; por corona de espinas, el haber tomado sobre sí todos nuestros pecados, porque apareció en semejanza de carne de pecado.
Rábano
Hieren la cabeza del Señor con una caña aquéllos que contradicen su divinidad, esforzándose en probar su error con la autoridad de la Sagrada Escritura (que está escrita con la caña). Escupen en su cara, los que rechazan con palabras execrables la presencia de su gracia, y niegan que Jesús ha venido en carne mortal. Adoran falsamente aquéllos que creen en El, pero le desprecian con sus perversas costumbres.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 2,51
Cuando, pues, en la pasión despojaron al Señor de su propio vestido, y le vistieron de burla, son significados los herejes, que dicen que no tuvo verdadero cuerpo, sino ficticio.
Glosa
Después que el Evangelista hizo mención de lo que se refiere al escarnio de Cristo, empieza ahora a referir el proceso de su crucifixión. Y dice: «Después que lo escarnecieron, lo desnudaron del manto», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,9
Se comprende que esto lo hicieron al final, cuando ya era llevado a la crucifixión, esto es, después que Pilato lo entregó a los judíos.
San Jerónimo
Debe advertirse que cuando Jesús era azotado y escupido no tenía puestos sus vestidos propios, sino aquéllos que había tomado por nuestras culpas. Pero cuando es crucificado y ha pasado todo el encono de las burlas, vuelve a tomar sus propios vestidos, y el distintivo que le es propio; e inmediatamente se trastornan los elementos, y la criatura da testimonio de que Aquél es su creador.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Acerca del manto se ha escrito, que se lo quitaron de nuevo, pero respecto a la corona nada dicen los evangelistas, para que así no quede en nosotros ninguna de nuestras antiguas espinas, después que nuestro Salvador nos la quitó de una vez y las puso en su venerable cabeza.
San Agustín, in serm. de Passione
No quiere el Señor padecer bajo techo, ni en el templo de los judíos, para que no se crea que únicamente padecía por aquel pueblo. Por lo tanto, salió fuera de la ciudad y fuera de sus muros, para que se vea que su sacrificio tiene por objeto el bien general, o sea que se ofrece por todo el mundo y para la purificación de todos, y esto se demuestra terminantemente cuando dice: «Y al salir fuera hallaron un hombre de Cirene, por nombre Simón: A éste obligaron a que cargase con la cruz de Jesús».
San Jerónimo
No crea alguno que lo que aquí se refiere sea contrario al relato de San Juan, quien dice que el Señor ya llevaba su cruz cuando salió del Pretorio, mientras que San Mateo refiere que encontraron a un hombre de Cirene, a quien hicieron cargar con la cruz del Salvador. Pues debe tenerse en cuenta que saliendo Jesús del Pretorio, ya llevaba la Cruz, en efecto; pero que después encontraron a Simón, a quien impusieron la cruz para que la llevara.
Orígenes, in Matthaeum, 35
O también que habiendo salido, embargaron a Simón. Y que aproximándose al lugar donde debían crucificar a Jesús, fue donde cargaron la cruz sobre El mismo, para que la llevase. No obligaron a Simón por casualidad, sino que fue llevado a aquel lugar sin duda alguna, por disposición divina para que el Evangelio lo hallase digno del ministerio de la Cruz de Cristo. No convenía que llevase la Cruz únicamente el Salvador, sino que debíamos también llevarla con El, cumpliendo así con la obligación saludable que nos correspondía. Y en verdad que no nos hubiese aprovechado llevarla nosotros si El no la hubiese llevado.
San Jerónimo
Hablando en sentido espiritual puede decirse que las naciones se convierten a la cruz, y el extranjero obediente lleva la ignominia del Salvador.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Los judíos eran indignos de llevar la cruz de Jesucristo, porque había quedado como patrimonio de la fe de los gentiles el recibir y compartir la cruz del redentor.
Remigio
Este Simón, en verdad, no era de Jerusalén, sino peregrino y extranjero, esto es, Cirineo. Cirene es una ciudad de Libia; Simón quiere decir obediente y Cirineo, heredero; por lo que propiamente se designa al pueblo gentil, que era peregrino respecto de los testamentos de Dios. Pero cuando creyó se convirtió en ciudadano de los santos, y heredero doméstico de Dios.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 32,3
O en otro sentido, en el Simón que carga con la obligación de llevar la cruz del Señor, están figurados los abstinentes orgullosos que afligen en verdad su carne con la abstinencia, pero que no buscan interiormente el fruto de ella, por cuya causa, si bien Simón lleva la Cruz no muere en ella. Porque los que se abstienen y se vanaglorian, si bien por la abstinencia mortifican su cuerpo, por el deseo de gloria viven para el mundo.
Prosigue: «Y vinieron a un lugar llamado Gólgota, esto es, lugar de la calavera».
Rábano
Gólgota es un nombre sirio que quiere decir calavera.
San Jerónimo
Yo he oído que alguien llamó lugar de la calavera al lugar donde fue enterrado Adán y es llamado así, porque la cabeza del primer hombre reposaba allí. Pero esta interpretación favorable, y que agrada al oído del pueblo no es la verdadera. Fuera de la ciudad y de la puerta, había lugares donde se ajusticiaba a los condenados a muerte y tenían el nombre de calvarios (esto es, de los degollados). Por esta misma razón fue crucificado allí nuestro Señor, para que en donde estuvo primeramente el lugar de los condenados, se levantase ahora el estandarte del martirio. Mas Adán había sido sepultado cerca de Ebrón y Albea como leemos en el libro de Jesús, el hijo de Nave ( Jos 14,15 Vulg.).
San Hilario, in Matthaeum, 33
El sitio donde se colocó la cruz se encontraba precisamente en medio del mundo, para que desde allí pudiese de igual manera llegar a todos el conocimiento de Dios.
Prosigue: «Y le dieron a beber vino mezclado con hiel».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,11
San Marcos refiere esto del modo siguiente: «Y le daban a beber vino mezclado con mirra» ( Mc 15,23). Pero San Mateo dice, que con hiel por la amargura (pues la hiel hacía al vino amarguísimo), aun cuando puede suceder que la hiel y la mirra hagan el vino amarguísimo.
San Jerónimo
La vida amarga hace amargo el vino que dan de beber a nuestro Señor Jesucristo, y así se cumple lo que está escrito; «le dieron a comer hiel» ( Sal 68,2), y Dios habla de Jerusalén (por medio de Jeremías): «Yo te planté viña verdadera, ¿cómo te has convertido en viña extraña para mi amargura?» ( Jer 2,21). Prosigue: «Y habiéndolo probado, no lo quiso beber».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,11
Como dice San Marcos: «Y no lo recibió» ( Mc 15,23), se comprende que no lo recibió para beber, pero lo gustó, como asegura San Mateo; y como el mismo San Mateo dice, no lo quiso beber. San Marcos dijo que no lo recibió, pero no dijo nada sobre que lo gustase. Mas habiéndolo gustado no lo quiso beber, y esto indica que gustó por nosotros la amargura de la muerte, pero resucitó al tercer día.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Rehusó beber el vino mezclado con hiel, porque no se mezclase la amargura de los pecados con la felicidad incorruptible de la eterna gloria
Glosa
Una vez referido cómo Jesucristo fue llevado hasta el lugar de su pasión, continúa el Evangelista ocupándose de esta misma pasión, explicando el género de muerte que se le dio. Sigue: «Y después que le hubieron crucificado».
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus, 25
La sabiduría de Dios sirve de ejemplo a los hombres para que vivan con rectitud. Corresponde, pues, a la vida perfecta, no temer aquellas cosas que no deben temerse. Hay hombres también, que, aun cuando no teman la muerte, se horrorizan ante cierto género de suplicio. Para que el hombre que vive bien no temiera ningún género de muerte, le dio ejemplo en la cruz de aquel hombre. No había ninguna clase de muerte entre todas que fuese más execrable y temible que la muerte con que murió el Salvador.
San Agustín, in serm. de Passione
Advierta vuestra piedad cuánto es el poder de la cruz. Adán despreció el precepto tomando la fruta del árbol; pero todo lo que perdió Adán lo encontró Jesucristo en la cruz. El género humano se salvó también del diluvio de las aguas en un arca de madera. Habiendo salido el pueblo de Dios de la cautividad de Egipto, Moisés dividió las aguas del mar con su vara, humilló a Faraón, y redimió al pueblo de Dios. Además Moisés arrojó su vara al agua, y la convirtió de amarga en dulce. También por medio de su vara hizo brotar agua saludable de una piedra espiritual. Y para que Amalech fuera vencido, Moisés extendió los brazos junto a su vara. Y el arca del testamento en que estuvo depositada la ley de Dios era de madera. Para que así se viniera por medio de estas cosas y como por grados, hasta el madero de la cruz.
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
Por lo tanto, en cruz elevada fue donde padeció el Señor, y no debajo de techo alguno, a fin de que hasta la misma atmósfera se purificase. Y también la tierra sentía sobre sí tan gran beneficio, purificándose por la corriente de sangre que manaba del costado divino.
Glosa
También parece que el madero de la cruz representa la Iglesia, extendida por las cuatro partes del mundo.
Rábano
En sentido moral puede decirse, que la cruz significa por su anchura la alegría del que trabaja, porque la tristeza produce las angustias. Mas la anchura de la cruz es aquella parte transversal de ésta, donde se fijan las manos; y por manos entendemos las acciones. Por la altura de la cruz a la que se adhiere la cabeza, se significa la esperanza del premio que se espera de la altísima justicia de Dios; y la longitud donde todo el cuerpo se extiende, representa la tolerancia por cuya razón se llaman longánimos los que toleran. Finalmente, profundo es lo que se encuentra dentro de la tierra, y ello representa lo oculto del sacramento.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Así es como está suspendida del árbol de la cruz la salud y la vida de todos. Por esto dice: «Y después que le hubieron crucificado», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,12
Esto ya lo dijo San Mateo, aunque en muy pocas palabras. San Juan explica de diferente modo lo que entonces sucedió. Dijo: «Cuando los soldados lo hubieron crucificado, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes; una para cada uno de los soldados, y la túnica. Mas la túnica era inconsútil» ( Jn 19,23).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,1.
Debe observarse que no era pequeña esta humillación que sufría Jesucristo. Hacían esto con El, teniéndole por el más deshonrado y el más vil de los hombres. Esto de dividirse las ropas, únicamente se hacía con los reos más viles y despreciables, y con los que nada tenían.
San Jerónimo
Esto que sucedió con Jesucristo, ya había sido vaticinado en el salmo ( Sal 22,19), por cuya razón sigue: «Para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta, que dice: se repartieron mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suertes». Sigue: «Y sentándose le hacían la guardia», esto es, los soldados. El cuidado de los soldados y de los sacerdotes nos sirvió de gran provecho para que aparezca más clara y evidente la gloria de la resurrección. «Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: Este es Jesús, rey de los judíos». No puedo admirar bastante la grandeza de este acontecimiento; cómo habiendo comprado testigos falsos y excitado al pueblo ignorante, para que se levantase y gritase, no encontraron otra causa de muerte más que la de que se titulaba rey de los judíos. Y ellos acaso hicieron esto como burlándose y riéndose.
Remigio
Sin duda se puso este título sobre la cabeza de Jesús por disposición divina, para que comprendiesen los judíos, que a pesar de haberle quitado la vida, no pudieron prescindir de tenerle como rey, pues por la muerte afrentosa no sólo no perdió su imperio, sino que más bien se confirmó en él.
Orígenes, in Matthaeum, 35
El príncipe de los sacerdotes llevaba escrita sobre su cabeza la santificación del Señor, según estaba mandado en la ley. Así pues, Jesús, el verdadero Rey y Príncipe de los sacerdotes, tuvo escrito en su cruz: «Este es el rey de los judíos». Pero al subir al Padre, no tiene ya letras o nombre que lo designen, sino al Padre mismo.
Rábano
Como era rey y sacerdote a la vez, y habiendo ofrecido el holocausto de su carne en el altar de la cruz, obtuvo también por medio de aquel título manifiesto la dignidad de rey, cuyo título no se puso bajo, sino sobre la cruz. Porque aun cuando sufría en ella por nosotros en cuanto a la debilidad humana, sin embargo, brillaba sobre la cruz la majestad de rey, la cual no perdió en la cruz sino que más bien la confirmó.
Sigue: «Entonces crucificaron dos ladrones con El, uno a la derecha y otro a la izquierda».
San Jerónimo
Así como Jesucristo llevó por nosotros la maldición de la cruz, así fue crucificado por la salvación de todos, como culpable entre los culpables.
San León Magno, sermones, 55,1
Fueron crucificados dos ladrones (uno a la derecha y otro a la izquierda), para que se diese a conocer en la misma forma del patíbulo la manera con que habrá de procederse respecto de los hombres en el juicio final. Por lo tanto, la pasión de Jesucristo encierra en sí todo el misterio de nuestra salvación. Y del instrumento que la perfidia de los judíos le preparó, hizo el poder del Redentor peldaño para su gloria.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Son crucificados dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda, para manifestar que todos los hombres eran llamados a participar de los beneficios de la pasión del Señor. Y como hay diferencia de fieles e infieles, así se estableció la división de aquéllos entre la derecha y la izquierda, colocándose uno de los dos a la derecha, el cual se salvó por su profesión de fe.
Remigio
También se representa por medio de estos dos ladrones todos aquéllos que abrazan las privaciones de la vida más estrecha. Todos aquéllos que hacen esto sólo por agradar a Dios, son designados en aquél que fue crucificado a la derecha del Señor; pero los que lo hacen por el deseo de alcanzar humanas alabanzas o por algún fin menos digno, son representados en aquél que fue crucificado a la izquierda.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,1
Habiendo desnudado y crucificado a Jesucristo, van todavía más lejos y le insultan viéndole clavado en la cruz. Por esto dice: «Y los que pasaban le blasfemaban moviendo sus cabezas», etc.
San Jerónimo
Blasfemaban, en verdad, porque pasaban más allá del camino, y no querían andar por el justo sendero de las Sagradas Escrituras; y movían sus cabezas, porque ya antes habían movido sus pies, y no se encontraban fijos sobre la verdadera piedra.
Remigio
El pueblo insultándole, se llama a sí mismo fatuo, porque los testigos falsos eran los que habían provocado aquella escena. Por esto sigue: «Y diciendo: ¡Ay! Tú el que destruyes el templo de Dios», etc.
San Hilario, in Matthaeum, 33
¿Qué esperanza les quedaría, pues, del perdón cuando vieran la resurrección del cuerpo del Señor reedificando el templo de Dios después de tres días?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
Y queriendo continuar en vituperarle, añaden: «Sálvate a ti mismo: Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz».
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
Pero muy al contrario; como es Hijo de Dios no baja de la cruz, porque había venido a ser crucificado por nosotros.
Sigue: «Asimismo insultándole los príncipes de los sacerdotes, burlándose decían: a otros salvó», etc.
San Jerónimo
Los escribas y los fariseos, aun sin querer, confiesan que había salvado a otros. Por esta razón, vuestra misma sentencia os condena; el que salvó a otros, también podía salvarse a sí mismo (si quisiese). Sigue: «Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz y le creeremos».
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
Considera, pues, que esto no es otra cosa más que la voz de los hijos del diablo, que imitan en cierto sentido el eco de su padre. Porque el diablo decía: «Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo» ( Mt 4,6); y los judíos dicen: «Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz».
San León Magno, sermones, 55,2
¿De qué fuente de error habéis bebido, oh judíos, el veneno de tales blasfemias? ¿Quién os sirvió de maestro? ¿Qué doctrina os ha persuadido que debíais admitir por rey de Israel e Hijo de Dios, a aquél podía, o no dejarse crucificar, o desprender su cuerpo librándole de la sujeción de los clavos? Esto no os lo dijeron, ni los secretos de la ley, ni las bocas de los profetas, sino que verdaderamente lo habéis leído en Isaías: «No separé mi rostro de la ignominia de las salivas» ( Is 50,6); y en otro lugar: «Taladraron mis manos y mis pies, y contaron todos mis huesos» ( Sal 21,17). Acaso habéis leído: ¿el Señor bajó de la cruz? Lo que habéis leído es: «El Señor reinó desde ella» ( Sal 92,1; 96,1; 98,1; etc.).
Rábano
Pero si entonces hubiese bajado de la cruz, accediendo a los que le insultaban, no nos hubiese demostrado el valor de su paciencia. Mas esperó un poco, y sufrió las burlas. Y el que no quiso separarse de la cruz, resucitó del sepulcro.
San Jerónimo
La oferta que hacen es engañosa, cuando añaden: «Y le creeremos». ¿Qué es más, bajar de la cruz cuando todavía estaba vivo, o resucitar del sepulcro después de muerto? Resucitó y no le creísteis; luego tampoco le hubieseis creído si hubiese bajado de la cruz. Pero me parece que imitan a los demonios. Inmediatamente que fue crucificado el Señor, experimentaron éstos los efectos de la cruz, y comprendieron que sus fuerzas se habían quebrantado. Por esto desean que baje de la cruz. Pero nuestro Señor, conociendo las asechanzas de sus enemigos continúa en la cruz, para destruir al demonio. Sigue: «Confió en Dios, que lo libre ahora si quiere».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
¡Oh malvados en extremo! ¿Acaso no eran profetas y justos aquéllos a quienes Dios no sacó de los peligros? Y si no pereció la gloria de aquéllos a quienes llevasteis a los peligros, con mucha más razón no debíais escandalizaros de lo que ahora padece el Salvador. Porque siempre salió al paso toda duda en vosotros por las palabras que os había dicho. «Pues dijo: Hijo soy de Dios». Por medio de esto querían dar a conocer, que padecía por culpa del seductor y del falsario, del mismo modo que por el soberbio y por el que se gloriaba en las palabras que decía. Así, pues, no sólo se burlaban de El los judíos y los soldados que estaban debajo, sino también los ladrones que estaban en lo alto, y crucificados a la vez con el Señor. Por esto sigue: «Y asimismo los ladrones que estaban crucificados con El le improperaban».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,16
Puede creerse que San Lucas contradice lo que se dice aquí, porque refiere que uno de los ladrones blasfemaba a Nuestro Señor, y era reprendido por el otro. A no ser que entendamos que San Mateo quiso referir esto con la mayor brevedad posible, y que por eso habló en plural y no en singular, como leemos en la Epístola a los Hebreos, en que se habla en plural: Cerraron las bocas de los leones ( Heb 11,33), siendo así que sólo Daniel fue quien las cerró. ¿Qué cosa más natural que alguno diga: los ignorantes me insultan, aun cuando sea uno solo? El relato de San Mateo sería contrario al de San Lucas, si hubiese dicho que ambos ladrones insultaban al Señor, pero como está escrito los ladrones, y no se añadió ambos, pudo entenderse que, según el modo usual de hablar, el número plural significa uno solo.
San Jerónimo
Puede decirse también que primero blasfemaron los dos, pero que después, cuando el sol se oscureció, la tierra tembló, las piedras se chocaron y aparecieron las tinieblas, uno de ellos creyó en Jesús, enmendando su primera negación por una subsiguiente confesión.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
Para que no se crea que en esto medió alguna connivencia o que no fuese ladrón el que lo parecía, nos lo prueba por la afrenta. Puesto que el ladrón que pendía en la cruz también era enemigo, y de repente se convirtió.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Que los ladrones insultaban al Señor en su pasión, quiere decir que todos los fieles habían de escandalizarse por el acto de la crucifixión.
San Jerónimo
También se representan en los dos ladrones los dos pueblos (el de los gentiles y el de los judíos). El primero blasfemó del Señor y después, aterrado por la multitud de prodigios, hizo penitencia, y hasta hoy increpa a los judíos que siguen blasfemando.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero el ladrón que se salvó puede representar el misterio de aquéllos que después de muchos pecados creyeron en Jesucristo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,1
Habiendo desnudado y crucificado a Jesucristo, van todavía más lejos y le insultan viéndole clavado en la cruz. Por esto dice: «Y los que pasaban le blasfemaban moviendo sus cabezas», etc.
San Jerónimo
Blasfemaban, en verdad, porque pasaban más allá del camino, y no querían andar por el justo sendero de las Sagradas Escrituras; y movían sus cabezas, porque ya antes habían movido sus pies, y no se encontraban fijos sobre la verdadera piedra.
Remigio
El pueblo insultándole, se llama a sí mismo fatuo, porque los testigos falsos eran los que habían provocado aquella escena. Por esto sigue: «Y diciendo: ¡Ay! Tú el que destruyes el templo de Dios», etc.
San Hilario, in Matthaeum, 33
¿Qué esperanza les quedaría, pues, del perdón cuando vieran la resurrección del cuerpo del Señor reedificando el templo de Dios después de tres días?
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
Y queriendo continuar en vituperarle, añaden: «Sálvate a ti mismo: Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz».
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
Pero muy al contrario; como es Hijo de Dios no baja de la cruz, porque había venido a ser crucificado por nosotros.
Sigue: «Asimismo insultándole los príncipes de los sacerdotes, burlándose decían: a otros salvó», etc.
San Jerónimo
Los escribas y los fariseos, aun sin querer, confiesan que había salvado a otros. Por esta razón, vuestra misma sentencia os condena; el que salvó a otros, también podía salvarse a sí mismo (si quisiese). Sigue: «Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz y le creeremos».
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
Considera, pues, que esto no es otra cosa más que la voz de los hijos del diablo, que imitan en cierto sentido el eco de su padre. Porque el diablo decía: «Si eres el Hijo de Dios, arrójate abajo» ( Mt 4,6); y los judíos dicen: «Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz».
San León Magno, sermones, 55,2
¿De qué fuente de error habéis bebido, oh judíos, el veneno de tales blasfemias? ¿Quién os sirvió de maestro? ¿Qué doctrina os ha persuadido que debíais admitir por rey de Israel e Hijo de Dios, a aquél podía, o no dejarse crucificar, o desprender su cuerpo librándole de la sujeción de los clavos? Esto no os lo dijeron, ni los secretos de la ley, ni las bocas de los profetas, sino que verdaderamente lo habéis leído en Isaías: «No separé mi rostro de la ignominia de las salivas» ( Is 50,6); y en otro lugar: «Taladraron mis manos y mis pies, y contaron todos mis huesos» ( Sal 21,17). Acaso habéis leído: ¿el Señor bajó de la cruz? Lo que habéis leído es: «El Señor reinó desde ella» ( Sal 92,1; 96,1; 98,1; etc.).
Rábano
Pero si entonces hubiese bajado de la cruz, accediendo a los que le insultaban, no nos hubiese demostrado el valor de su paciencia. Mas esperó un poco, y sufrió las burlas. Y el que no quiso separarse de la cruz, resucitó del sepulcro.
San Jerónimo
La oferta que hacen es engañosa, cuando añaden: «Y le creeremos». ¿Qué es más, bajar de la cruz cuando todavía estaba vivo, o resucitar del sepulcro después de muerto? Resucitó y no le creísteis; luego tampoco le hubieseis creído si hubiese bajado de la cruz. Pero me parece que imitan a los demonios. Inmediatamente que fue crucificado el Señor, experimentaron éstos los efectos de la cruz, y comprendieron que sus fuerzas se habían quebrantado. Por esto desean que baje de la cruz. Pero nuestro Señor, conociendo las asechanzas de sus enemigos continúa en la cruz, para destruir al demonio. Sigue: «Confió en Dios, que lo libre ahora si quiere».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
¡Oh malvados en extremo! ¿Acaso no eran profetas y justos aquéllos a quienes Dios no sacó de los peligros? Y si no pereció la gloria de aquéllos a quienes llevasteis a los peligros, con mucha más razón no debíais escandalizaros de lo que ahora padece el Salvador. Porque siempre salió al paso toda duda en vosotros por las palabras que os había dicho. «Pues dijo: Hijo soy de Dios». Por medio de esto querían dar a conocer, que padecía por culpa del seductor y del falsario, del mismo modo que por el soberbio y por el que se gloriaba en las palabras que decía. Así, pues, no sólo se burlaban de El los judíos y los soldados que estaban debajo, sino también los ladrones que estaban en lo alto, y crucificados a la vez con el Señor. Por esto sigue: «Y asimismo los ladrones que estaban crucificados con El le improperaban».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,16
Puede creerse que San Lucas contradice lo que se dice aquí, porque refiere que uno de los ladrones blasfemaba a Nuestro Señor, y era reprendido por el otro. A no ser que entendamos que San Mateo quiso referir esto con la mayor brevedad posible, y que por eso habló en plural y no en singular, como leemos en la Epístola a los Hebreos, en que se habla en plural: Cerraron las bocas de los leones ( Heb 11,33), siendo así que sólo Daniel fue quien las cerró. ¿Qué cosa más natural que alguno diga: los ignorantes me insultan, aun cuando sea uno solo? El relato de San Mateo sería contrario al de San Lucas, si hubiese dicho que ambos ladrones insultaban al Señor, pero como está escrito los ladrones, y no se añadió ambos, pudo entenderse que, según el modo usual de hablar, el número plural significa uno solo.
San Jerónimo
Puede decirse también que primero blasfemaron los dos, pero que después, cuando el sol se oscureció, la tierra tembló, las piedras se chocaron y aparecieron las tinieblas, uno de ellos creyó en Jesús, enmendando su primera negación por una subsiguiente confesión.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 87,2
Para que no se crea que en esto medió alguna connivencia o que no fuese ladrón el que lo parecía, nos lo prueba por la afrenta. Puesto que el ladrón que pendía en la cruz también era enemigo, y de repente se convirtió.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Que los ladrones insultaban al Señor en su pasión, quiere decir que todos los fieles habían de escandalizarse por el acto de la crucifixión.
San Jerónimo
También se representan en los dos ladrones los dos pueblos (el de los gentiles y el de los judíos). El primero blasfemó del Señor y después, aterrado por la multitud de prodigios, hizo penitencia, y hasta hoy increpa a los judíos que siguen blasfemando.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero el ladrón que se salvó puede representar el misterio de aquéllos que después de muchos pecados creyeron en Jesucristo.
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
No podía sufrir la criatura la ofensa hecha a su Creador; así fue que el sol recogió sus rayos para no ver las acciones de los impíos, y por esto se dice: «Mas desde la hora de sexta hubo tinieblas por toda la tierra, hasta la hora de nona».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Algunos dudan de la veracidad de este texto del Evangelio. El ocultamiento del sol siempre se verifica cuando le llega su tiempo; pero este eclipse que suele suceder llegado el momento, no acontece en ninguna otra época más que cuando el sol y la luna están en conjunción. O sea cuando la luna gira por debajo del sol, e impide que los rayos de éste lleguen a la tierra. Mas en el día en que padeció nuestro Señor, se sabe perfectamente que no tenía lugar esa conjunción de la luna respecto del sol, puesto que era tiempo pascual, y que la pascua se celebraba en el plenilunio. Algunos de los fieles, queriendo defender de algún modo esta verdad, dijeron en contra de esto, que aquella falta del sol se verificó como los demás nuevos prodigios que contra el orden acostumbrado hace Dios cuando lo cree oportuno.
Dionisio, epistola, 7
Veíamos que la luna coincidía con el sol cuando no le correspondía (porque no era tiempo de conjunción). Y además que la luna desde la hora de nona hasta la de víspera, se encontraba ocultando el diámetro del sol de una manera sobrenatural. Veíamos también que el mismo eclipse empezaba por el Oriente, y que llegaba hasta el término del disco solar, pero que después retrocedía. Y que otra vez, no de este mismo modo, por defecto o por oposición, sino que por el contrario, se verificaba en toda la extensión del disco.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Duraron tres horas las tinieblas, cuando el eclipse de sol pasa en breve tiempo, pues no se detiene, como saben los que lo han observado.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero en contra de esto dicen los hombres del mundo: cuando sucedió este hecho tan admirable, llama la atención que ninguno de los griegos o de los bárbaros, ni de los que lo vieron dejaron consignado que tal acontecimiento hubiese ocurrido en tiempo alguno. Pero Flegón escribió en sus Crónicas, que sucedió esto en tiempo de Tiberio César, aun cuando no dijo que se verificó en el plenilunio. Y yo creo que así como los demás prodigios que se verificaron en la pasión del Señor (esto es, que el velo se rasgó, que la tierra tembló, etc.), esto se verificó únicamente en Jerusalén, etc., o, si se quiere, en Judea, así como, en el libro Primero de Reyes, diga como Badiás refiriéndose a otra cosa: «Vive el Señor Dios tuyo, si hay una gente o un reino a donde no haya enviado a buscarte el Señor mi Dios» ( 1Re 18,10), manifestando que en verdad lo había buscado entre los gentiles alrededor de Judea. Es muy natural también que el comprender que algunas nubes muy oscuras y muy grandes se reuniesen sobre la ciudad de Jerusalén y el territorio de los judíos y que, por lo tanto, ocurrieron profundas tinieblas desde la hora de sexta hasta la de nona. Se sabe que dos criaturas fueron hechas en el día sexto. A saber: los animales antes de la hora sexta, y en la sexta el hombre; y que, por lo tanto, debía estar crucificado en la hora de sexta el que moría por la salvación del hombre, y que desde la hora de sexta empezaron las tinieblas, y se extendieron por toda la tierra hasta la hora de nona. En otro tiempo, cuando Moisés elevó sus manos al cielo, se extendieron las tinieblas sobre los egipcios cuando tenían cautivos a los siervos de Dios. Del mismo modo, cuando Jesucristo extendió sus manos hacia el cielo en la cruz, sobre el pueblo que había clamado: «Crucifícale» ( Mc 15,14), a la hora de sexta, se extendieron también las tinieblas. Y desde aquel momento quedaron privados de toda luz, como señal de las futuras tinieblas que habían de ocultar sus inteligencias y que habían de alcanzar a todos los judíos. Del mismo modo, en tiempo de Moisés se cubrió de tinieblas la tierra de Egipto por espacio de tres días, permaneciendo la luz para los hijos de Israel. En tiempo de Cristo las tinieblas oscurecieron toda Judea por tres horas, ya que a causa de sus pecados, fueron privados de la luz de Dios Padre y del esplendor de Cristo y de la iluminación del Espíritu Santo. Por el contrario, la luz que brilla sobre todo el resto de la tierra ilumina a toda la Iglesia de Dios en Cristo. Y si las tinieblas oscurecieron Judea hasta la hora de nona, es claro que nuevamente brillará la luz sobre ellos porque cuando la plenitud de los gentiles hayan entrado entonces todo Israel será salvado ( Rom 11,25).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Admira, en verdad, que las tinieblas se extendiesen por toda la tierra, lo cual nunca había sucedido. Unicamente en Egipto hubo tinieblas cuando se celebró la pascua. Pero éstas que entonces ocurrieron eran figuras de las que ahora sucedieron. Y véase cómo las tinieblas se verifican en la mitad del día, o sea cuando había luz. De tal modo, que pudieron admirar este milagro todos los habitantes de la tierra. Esta es la señal que había ofrecido Jesucristo que daría a aquéllos que se la pidieron, diciendo: «Esta generación mala y adúltera pide una señal, y no le será concedida sino la del profeta Jonás» ( Mt 12,39). Y esta señal daba a conocer la muerte y la resurrección. Además, mucho más admirable es que sucediese esto cuando el Señor había sido crucificado, y no cuando andaba por la tierra. Esto era muy suficiente para que se convirtieran los judíos, no sólo por la magnificencia del milagro, sino porque esto sucedió después que hubieron hablado todo lo que quisieron, y se saciaron de injuriarle. ¿Y cómo no se admiraron todos ni creyeron que Jesús era Dios? Porque aquella clase de hombres tenían mucha malicia y grande abandono; así es que sucedió este prodigio, y no conocieron cuál era la causa que lo producía. Por lo que habló El mismo después, para manifestar que vivía y que El mismo fue quien hizo aquel milagro. Sigue: «Y cerca de la hora de nona clamó Jesús con grande voz, diciendo: Elí, Elí, lamma sabactani; esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
San Jerónimo
Dijo el principio del salmo ( Sal 21,2). Por lo tanto es inútil lo que se encuentra en medio del versículo: «Mírame». En el texto hebreo se lee: «Elí, Elí, lamma sabactani» esto es «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Luego los que creen que el salmo fue citado por la persona de David -o por Ester y Mardoqueo- son impíos, puesto que también los testimonios del Evangelista tomados de él se refieren al Salvador, como son aquellas palabras: «Se dividieron mis vestidos y taladraron mis manos» ( Sal 21,17-19; Mt 27,35).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por lo tanto habló con las palabras del profeta, dando así testimonio del Antiguo Testamento hasta la última hora; y para que vean cómo honra a su Padre y que no le contraría. Por eso habló en hebreo, para que todos entendiesen lo que decía.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Debemos preguntarnos: ¿Qué se entiende cuando se dice que Jesucristo es abandonado por Dios? Algunos, al no poder explicarlo, dicen que fue dicho por humildad. Pero claramente se podría entender qué dice, haciendo una comparación de su gloria que tenía junto al Padre y la turbación que padeció despreciado en la cruz.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Los intérpretes herejes deducen de estas palabras o que faltó el Verbo de Dios, no animando aquel cuerpo al que vivificaría, haciendo las veces de alma, o que Jesucristo no nació hombre, sino que el Verbo de Dios estaba en él a manera de espíritu profético. Pero si Jesucristo tenía únicamente un alma y un cuerpo desde que empezó a ser hombre, como tienen de ordinario todos los hombres desde su principio, ahora aparece que retirada la protección del Verbo de Dios, como destituído de toda protección, clama de este modo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». También puede decirse que la naturaleza del Verbo había cambiado en realidad respecto del alma, y que Jesucristo necesitaba del auxilio del Padre para todo, y que ahora, como desamparándole, permitió que se quejase de su soledad. Mas ante estas afirmaciones débiles e impías, tenemos la fe de la Iglesia, apoyada en las enseñanzas de los Apóstoles, que no permite que Jesucristo sea dividido ni que el Hijo de Dios deje de ser considerado también como Hijo del hombre; porque esta queja de quedar abandonado, no es otra cosa que la debilidad propia del que agoniza; y la promesa del paraíso, es el reino de Dios vivo. El que se queja de haber sido abandonado a la hora de la muerte, habla así porque es hombre; pero a la vez tenemos a este mismo que muere ofreciendo que reinará en el paraíso, porque es Dios. No te admire, pues, la humildad de las palabras y las quejas del que es abandonado, y cuando lo vez en la forma de siervo, cree en el escándalo de la cruz.
Glosa
Se dice que Dios lo abandonó en su muerte, porque lo dejó bajo el poder de sus perseguidores; le retiró su protección, pero no dividió su unión.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Después que vio el Salvador que las tinieblas se habían extendido por toda Judea, dijo estas palabras, dando a entender que el Padre le había abandonado. Esto es, que lo había entregado, cuando ya no tenía fuerzas, a tantas calamidades, para que aquel pueblo que había sido tan honrado por el Padre, recibiera lo que merecía, por lo que se había atrevido a hacer con El. Esto es, que quedase privado de la luz de su protección, ya que El había sido abandonado por la salvación de las gentes. ¿Qué mérito habían adquirido los que creyeron de entre los gentiles, para que mereciesen ser comprados del poder del enemigo, por la sangre preciosa de Jesucristo derramada sobre la tierra? ¿O qué habían de hacer los hombres en adelante, para ser dignos de que Jesús padeciese por ellos toda clase de tormentos? Acaso viendo los pecados de los hombres por quienes sufría, dijo: ¿Por qué me has abandonado?, ¿para que me pareciese a aquél que coge rastrojos en la siega, o racimos en la vendimia? No creas que el Salvador dijo estas cosas como suelen decirlas los hombres, cuando experimentan sufrimientos como El padecía en la cruz. Porque si lo crees en este sentido, no oirás su gran voz, la que manifiesta que algo grande se encierra en ella.
Rábano
El Salvador dijo esto como rodeado de nuestras tribulaciones cuando en los peligros nos consideramos abandonados de Dios. La naturaleza humana fue abandonada de Dios por el pecado, pero como el Hijo de Dios se hizo abogado nuestro, deplora la miseria de aquéllos cuya culpa aceptó. En lo que da a conocer cuánto deben llorar aquéllos que pecan, cuando así lloró quien nunca había pecado.
Sigue: «Algunos de los que allí estaban, cuando esto oyeron, decían: a Elías llama Este».
San Jerónimo
No todos sino algunos, quienes yo creo serían soldados romanos, porque no entendían las propiedades de la lengua hebrea. Y por esta razón cuando dijo: «Elí, Elí», creían que llamaba a Elías. Pero si queremos creer que eran los judíos los que decían esto, tendremos que decir que según venían haciendo, se propondrían difamar al Señor como imbécil, porque llamaba en su auxilio a Elías.
Sigue: «Y luego corriendo uno de ellos tomó una esponja y la empapó en vinagre», etc.
San Agustín, in serm. de Passione
De este modo se da a beber vinagre al que es la fuente de la dulzura; el que da la miel es amargado con hiel; el que perdona, es azotado; el que dispensa gracias, es condenado; la majestad es burlada; la virtud es vilipendiada y es cubierto de esputos el que da la lluvia.
San Hilario, in Matthaeum, 33
El vinagre, pues, es un vino agriado por su mala naturaleza o por descuido o por la calidad de la vasija. Porque el vino representa el honor o la virtud de la inmortalidad. Como se había agriado en Adán, el Señor lo recibió y bebió por los hombres. Y se le ofrece con una caña y en una esponja para que bebiese; esto es, recibió los vicios de la corrupción humana por los que se había perdido la felicidad eterna, y así identificó en sí mismo para participación de la inmortalidad, todo lo que estaba viciado en nosotros.
Remigio
O de otro modo. Los judíos que eran el vinagre degenerado del vino de los patriarcas y de los profetas, tenían los corazones rebosando engaño como la esponja cavernosa tiene escondrijos profundos y tortuosos. Por la caña se representa la Sagrada Escritura, que se cumplía en este acontecimiento. Así como la lengua hebrea y la griega se dice que son la locución que se hace por la lengua, así la caña es la que representa la letra o la escritura que se hacía por medio de una caña
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y algunos que están instruidos en las enseñanzas de la Iglesia, pero que viven mal, dan a beber a su Dios vino mezclado con hiel. Y los que atribuyen a Jesucristo sentencias contrarias a la verdad, como si El las hubiera dicho, son los que llenan la esponja de hiel, la ponen sobre la caña de la Sagrada Escritura, y la ofrecen a la boca del Salvador.
Sigue: «Pero los demás decían: dejad, veamos si viene Elías a librarlo».
Rábano
Como los soldados entendían en mal sentido las palabras del Salvador, en vano esperaban la venida de Elías. Pero el Salvador invocaba en lengua hebrea a Dios y lo tenía inseparablemente consigo.
San Agustín, in serm. de Passione
Como Jesucristo ya nada tenía que padecer, la muerte se detiene porque comprende que allí no tiene dominio alguno. Quedó sorprendida ante aquella novedad que nunca había conocido. Vio que éste nunca había pecado, que estaba libre de culpas y que no tenía sobre El ninguna clase de derecho. Sin embargo, la muerte se acercó aliada al furor de los judíos y se lanza como desesperada sobre el autor de la vida. Por esto sigue: «Mas Jesús clamando segunda vez con grande voz, entregó el espíritu». ¿Por qué desagrada a algunos que Jesucristo viniendo del seno del Padre a vivir nuestra esclavitud 1 para devolvernos la libertad haya aceptado nuestra muerte para que por la suya seamos liberados de ella, convirtiéndonos en dioses 2 a nosotros mortales que despreciamos la muerte y considera como dignos del cielo a los que habitan en la tierra? En la contemplación de estas obras brilla el poder divino así como en el testimonio de su inmensa caridad, padeciendo por sus criaturas y muriendo por sus siervos. Esta es, pues, la primera razón de la pasión del Señor; que quiso que se supiese cuánto amaba Dios al hombre, prefiriendo ser amado que temido. La segunda causa es que la sentencia de muerte dada justamente contra el hombre fuese abolida con justicia mayor. Y porque el primer hombre juzgado por Dios en pena de su pecado había incurrido en la muerte y la había transmitido a sus descendientes, vino del cielo el segundo hombre inmune de pecado, para que fuese condenada la muerte. Esta, mandada para arrebatar a los culpables, se atrevió a acometer también al mismo autor de la inocencia. No debe llamar la atención si dio por nosotros cuanto recibió de nosotros (esto es, el alma), siendo así que tanto hizo por nosotros y tantas gracias nos dispensó.
San Agustín, contra Felicianum, 14
Lejos, pues, de los fieles la duda de que Jesucristo pudo de tal modo sentir la muerte que (cuanto es en sí) perdiese la vida el que es la vida. Porque si esto fuese así ¿cómo en aquellos tres días podríamos decir que tuvo vida alguna cosa, habiéndose extinguido la fuente de la vida? La divinidad de Jesucristo no participó de la muerte más que por la unión con la humanidad y por efecto de las debilidades humanas que voluntariamente había tomado sobre sí, pero sin perder nada del poder de su naturaleza por la que vivifica todas las cosas. En nuestra muerte, despojado nuestro cuerpo de la vida, no perece nuestra alma y ésta, al separarse, conserva su virtud y no hace más que abandonar aquello que vivificó y a cuanto hay en sí produce la muerte, pero ella no la padece. Con respecto al alma del Salvador, no podemos decir que careciera de la divinidad y de santificación especial. Sin embargo, ésta pudo abandonar el cuerpo de Jesús en aquellos tres días, como suele suceder en la muerte, aunque no pudiese perecer. Yo creo que el Hijo de Dios murió, no como castigo de maldad en la que nunca incurrió, sino según la ley natural a que se sujetó por la redención del género humano.
San Juan Damasceno, de fide orthodoxa, 3,27
Aun cuando Jesús murió como hombre y su alma se separó de su cuerpo incontaminado, sin embargo, la divinidad continuó inseparablemente unida a los dos; esto es, al alma y al cuerpo sin que pueda decirse que se dividiera la unión hipostática. El cuerpo y el alma tuvieron en la muerte la misma unión hipostática del Verbo del mismo modo que la tuvieron desde el principio de la existencia de Dios hombre. Ni el alma ni el cuerpo tuvieron cada uno su propia hipóstasis, sino la del Verbo.
San Jerónimo
Es señal del poder divino dejar ir el espíritu, como el mismo Jesús ha dicho: «Ninguno puede separar mi alma de mí, pero yo la dejo y la vuelvo a tomar» ( Jn 10,17-18). Aquí debemos entender por la palabra alma el espíritu; esto es, lo que hace vivir y espiritualiza el cuerpo o que el espíritu es la esencia del alma, según lo que está escrito en el salmo: «Quitarás su espíritu y desfallecerán» ( Sal 103,29).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por esto clamó con voz fuerte, para dar a conocer que todo aquello sucedía en virtud de su gran poderío y al dar un fuerte grito al tiempo de morir, manifiesta claramente que es verdadero Dios porque los hombres cuando mueren, apenas pueden expresarse con una voz muy débil.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,18
San Lucas dice lo que expresó en aquella grande voz: «y clamando Jesús con grande voz dice: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Notas
- La esclavitud del pecado.
- Esto es, elevándonos a la participación de la naturaleza divina. En Cristo, somos hechos hijos en el Hijo, coherederos del Reino junto con El.
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
No podía sufrir la criatura la ofensa hecha a su Creador; así fue que el sol recogió sus rayos para no ver las acciones de los impíos, y por esto se dice: «Mas desde la hora de sexta hubo tinieblas por toda la tierra, hasta la hora de nona».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Algunos dudan de la veracidad de este texto del Evangelio. El ocultamiento del sol siempre se verifica cuando le llega su tiempo; pero este eclipse que suele suceder llegado el momento, no acontece en ninguna otra época más que cuando el sol y la luna están en conjunción. O sea cuando la luna gira por debajo del sol, e impide que los rayos de éste lleguen a la tierra. Mas en el día en que padeció nuestro Señor, se sabe perfectamente que no tenía lugar esa conjunción de la luna respecto del sol, puesto que era tiempo pascual, y que la pascua se celebraba en el plenilunio. Algunos de los fieles, queriendo defender de algún modo esta verdad, dijeron en contra de esto, que aquella falta del sol se verificó como los demás nuevos prodigios que contra el orden acostumbrado hace Dios cuando lo cree oportuno.
Dionisio, epistola, 7
Veíamos que la luna coincidía con el sol cuando no le correspondía (porque no era tiempo de conjunción). Y además que la luna desde la hora de nona hasta la de víspera, se encontraba ocultando el diámetro del sol de una manera sobrenatural. Veíamos también que el mismo eclipse empezaba por el Oriente, y que llegaba hasta el término del disco solar, pero que después retrocedía. Y que otra vez, no de este mismo modo, por defecto o por oposición, sino que por el contrario, se verificaba en toda la extensión del disco.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Duraron tres horas las tinieblas, cuando el eclipse de sol pasa en breve tiempo, pues no se detiene, como saben los que lo han observado.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero en contra de esto dicen los hombres del mundo: cuando sucedió este hecho tan admirable, llama la atención que ninguno de los griegos o de los bárbaros, ni de los que lo vieron dejaron consignado que tal acontecimiento hubiese ocurrido en tiempo alguno. Pero Flegón escribió en sus Crónicas, que sucedió esto en tiempo de Tiberio César, aun cuando no dijo que se verificó en el plenilunio. Y yo creo que así como los demás prodigios que se verificaron en la pasión del Señor (esto es, que el velo se rasgó, que la tierra tembló, etc.), esto se verificó únicamente en Jerusalén, etc., o, si se quiere, en Judea, así como, en el libro Primero de Reyes, diga como Badiás refiriéndose a otra cosa: «Vive el Señor Dios tuyo, si hay una gente o un reino a donde no haya enviado a buscarte el Señor mi Dios» ( 1Re 18,10), manifestando que en verdad lo había buscado entre los gentiles alrededor de Judea. Es muy natural también que el comprender que algunas nubes muy oscuras y muy grandes se reuniesen sobre la ciudad de Jerusalén y el territorio de los judíos y que, por lo tanto, ocurrieron profundas tinieblas desde la hora de sexta hasta la de nona. Se sabe que dos criaturas fueron hechas en el día sexto. A saber: los animales antes de la hora sexta, y en la sexta el hombre; y que, por lo tanto, debía estar crucificado en la hora de sexta el que moría por la salvación del hombre, y que desde la hora de sexta empezaron las tinieblas, y se extendieron por toda la tierra hasta la hora de nona. En otro tiempo, cuando Moisés elevó sus manos al cielo, se extendieron las tinieblas sobre los egipcios cuando tenían cautivos a los siervos de Dios. Del mismo modo, cuando Jesucristo extendió sus manos hacia el cielo en la cruz, sobre el pueblo que había clamado: «Crucifícale» ( Mc 15,14), a la hora de sexta, se extendieron también las tinieblas. Y desde aquel momento quedaron privados de toda luz, como señal de las futuras tinieblas que habían de ocultar sus inteligencias y que habían de alcanzar a todos los judíos. Del mismo modo, en tiempo de Moisés se cubrió de tinieblas la tierra de Egipto por espacio de tres días, permaneciendo la luz para los hijos de Israel. En tiempo de Cristo las tinieblas oscurecieron toda Judea por tres horas, ya que a causa de sus pecados, fueron privados de la luz de Dios Padre y del esplendor de Cristo y de la iluminación del Espíritu Santo. Por el contrario, la luz que brilla sobre todo el resto de la tierra ilumina a toda la Iglesia de Dios en Cristo. Y si las tinieblas oscurecieron Judea hasta la hora de nona, es claro que nuevamente brillará la luz sobre ellos porque cuando la plenitud de los gentiles hayan entrado entonces todo Israel será salvado ( Rom 11,25).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Admira, en verdad, que las tinieblas se extendiesen por toda la tierra, lo cual nunca había sucedido. Unicamente en Egipto hubo tinieblas cuando se celebró la pascua. Pero éstas que entonces ocurrieron eran figuras de las que ahora sucedieron. Y véase cómo las tinieblas se verifican en la mitad del día, o sea cuando había luz. De tal modo, que pudieron admirar este milagro todos los habitantes de la tierra. Esta es la señal que había ofrecido Jesucristo que daría a aquéllos que se la pidieron, diciendo: «Esta generación mala y adúltera pide una señal, y no le será concedida sino la del profeta Jonás» ( Mt 12,39). Y esta señal daba a conocer la muerte y la resurrección. Además, mucho más admirable es que sucediese esto cuando el Señor había sido crucificado, y no cuando andaba por la tierra. Esto era muy suficiente para que se convirtieran los judíos, no sólo por la magnificencia del milagro, sino porque esto sucedió después que hubieron hablado todo lo que quisieron, y se saciaron de injuriarle. ¿Y cómo no se admiraron todos ni creyeron que Jesús era Dios? Porque aquella clase de hombres tenían mucha malicia y grande abandono; así es que sucedió este prodigio, y no conocieron cuál era la causa que lo producía. Por lo que habló El mismo después, para manifestar que vivía y que El mismo fue quien hizo aquel milagro. Sigue: «Y cerca de la hora de nona clamó Jesús con grande voz, diciendo: Elí, Elí, lamma sabactani; esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
San Jerónimo
Dijo el principio del salmo ( Sal 21,2). Por lo tanto es inútil lo que se encuentra en medio del versículo: «Mírame». En el texto hebreo se lee: «Elí, Elí, lamma sabactani» esto es «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Luego los que creen que el salmo fue citado por la persona de David -o por Ester y Mardoqueo- son impíos, puesto que también los testimonios del Evangelista tomados de él se refieren al Salvador, como son aquellas palabras: «Se dividieron mis vestidos y taladraron mis manos» ( Sal 21,17-19; Mt 27,35).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por lo tanto habló con las palabras del profeta, dando así testimonio del Antiguo Testamento hasta la última hora; y para que vean cómo honra a su Padre y que no le contraría. Por eso habló en hebreo, para que todos entendiesen lo que decía.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Debemos preguntarnos: ¿Qué se entiende cuando se dice que Jesucristo es abandonado por Dios? Algunos, al no poder explicarlo, dicen que fue dicho por humildad. Pero claramente se podría entender qué dice, haciendo una comparación de su gloria que tenía junto al Padre y la turbación que padeció despreciado en la cruz.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Los intérpretes herejes deducen de estas palabras o que faltó el Verbo de Dios, no animando aquel cuerpo al que vivificaría, haciendo las veces de alma, o que Jesucristo no nació hombre, sino que el Verbo de Dios estaba en él a manera de espíritu profético. Pero si Jesucristo tenía únicamente un alma y un cuerpo desde que empezó a ser hombre, como tienen de ordinario todos los hombres desde su principio, ahora aparece que retirada la protección del Verbo de Dios, como destituído de toda protección, clama de este modo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». También puede decirse que la naturaleza del Verbo había cambiado en realidad respecto del alma, y que Jesucristo necesitaba del auxilio del Padre para todo, y que ahora, como desamparándole, permitió que se quejase de su soledad. Mas ante estas afirmaciones débiles e impías, tenemos la fe de la Iglesia, apoyada en las enseñanzas de los Apóstoles, que no permite que Jesucristo sea dividido ni que el Hijo de Dios deje de ser considerado también como Hijo del hombre; porque esta queja de quedar abandonado, no es otra cosa que la debilidad propia del que agoniza; y la promesa del paraíso, es el reino de Dios vivo. El que se queja de haber sido abandonado a la hora de la muerte, habla así porque es hombre; pero a la vez tenemos a este mismo que muere ofreciendo que reinará en el paraíso, porque es Dios. No te admire, pues, la humildad de las palabras y las quejas del que es abandonado, y cuando lo vez en la forma de siervo, cree en el escándalo de la cruz.
Glosa
Se dice que Dios lo abandonó en su muerte, porque lo dejó bajo el poder de sus perseguidores; le retiró su protección, pero no dividió su unión.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Después que vio el Salvador que las tinieblas se habían extendido por toda Judea, dijo estas palabras, dando a entender que el Padre le había abandonado. Esto es, que lo había entregado, cuando ya no tenía fuerzas, a tantas calamidades, para que aquel pueblo que había sido tan honrado por el Padre, recibiera lo que merecía, por lo que se había atrevido a hacer con El. Esto es, que quedase privado de la luz de su protección, ya que El había sido abandonado por la salvación de las gentes. ¿Qué mérito habían adquirido los que creyeron de entre los gentiles, para que mereciesen ser comprados del poder del enemigo, por la sangre preciosa de Jesucristo derramada sobre la tierra? ¿O qué habían de hacer los hombres en adelante, para ser dignos de que Jesús padeciese por ellos toda clase de tormentos? Acaso viendo los pecados de los hombres por quienes sufría, dijo: ¿Por qué me has abandonado?, ¿para que me pareciese a aquél que coge rastrojos en la siega, o racimos en la vendimia? No creas que el Salvador dijo estas cosas como suelen decirlas los hombres, cuando experimentan sufrimientos como El padecía en la cruz. Porque si lo crees en este sentido, no oirás su gran voz, la que manifiesta que algo grande se encierra en ella.
Rábano
El Salvador dijo esto como rodeado de nuestras tribulaciones cuando en los peligros nos consideramos abandonados de Dios. La naturaleza humana fue abandonada de Dios por el pecado, pero como el Hijo de Dios se hizo abogado nuestro, deplora la miseria de aquéllos cuya culpa aceptó. En lo que da a conocer cuánto deben llorar aquéllos que pecan, cuando así lloró quien nunca había pecado.
Sigue: «Algunos de los que allí estaban, cuando esto oyeron, decían: a Elías llama Este».
San Jerónimo
No todos sino algunos, quienes yo creo serían soldados romanos, porque no entendían las propiedades de la lengua hebrea. Y por esta razón cuando dijo: «Elí, Elí», creían que llamaba a Elías. Pero si queremos creer que eran los judíos los que decían esto, tendremos que decir que según venían haciendo, se propondrían difamar al Señor como imbécil, porque llamaba en su auxilio a Elías.
Sigue: «Y luego corriendo uno de ellos tomó una esponja y la empapó en vinagre», etc.
San Agustín, in serm. de Passione
De este modo se da a beber vinagre al que es la fuente de la dulzura; el que da la miel es amargado con hiel; el que perdona, es azotado; el que dispensa gracias, es condenado; la majestad es burlada; la virtud es vilipendiada y es cubierto de esputos el que da la lluvia.
San Hilario, in Matthaeum, 33
El vinagre, pues, es un vino agriado por su mala naturaleza o por descuido o por la calidad de la vasija. Porque el vino representa el honor o la virtud de la inmortalidad. Como se había agriado en Adán, el Señor lo recibió y bebió por los hombres. Y se le ofrece con una caña y en una esponja para que bebiese; esto es, recibió los vicios de la corrupción humana por los que se había perdido la felicidad eterna, y así identificó en sí mismo para participación de la inmortalidad, todo lo que estaba viciado en nosotros.
Remigio
O de otro modo. Los judíos que eran el vinagre degenerado del vino de los patriarcas y de los profetas, tenían los corazones rebosando engaño como la esponja cavernosa tiene escondrijos profundos y tortuosos. Por la caña se representa la Sagrada Escritura, que se cumplía en este acontecimiento. Así como la lengua hebrea y la griega se dice que son la locución que se hace por la lengua, así la caña es la que representa la letra o la escritura que se hacía por medio de una caña
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y algunos que están instruidos en las enseñanzas de la Iglesia, pero que viven mal, dan a beber a su Dios vino mezclado con hiel. Y los que atribuyen a Jesucristo sentencias contrarias a la verdad, como si El las hubiera dicho, son los que llenan la esponja de hiel, la ponen sobre la caña de la Sagrada Escritura, y la ofrecen a la boca del Salvador.
Sigue: «Pero los demás decían: dejad, veamos si viene Elías a librarlo».
Rábano
Como los soldados entendían en mal sentido las palabras del Salvador, en vano esperaban la venida de Elías. Pero el Salvador invocaba en lengua hebrea a Dios y lo tenía inseparablemente consigo.
San Agustín, in serm. de Passione
Como Jesucristo ya nada tenía que padecer, la muerte se detiene porque comprende que allí no tiene dominio alguno. Quedó sorprendida ante aquella novedad que nunca había conocido. Vio que éste nunca había pecado, que estaba libre de culpas y que no tenía sobre El ninguna clase de derecho. Sin embargo, la muerte se acercó aliada al furor de los judíos y se lanza como desesperada sobre el autor de la vida. Por esto sigue: «Mas Jesús clamando segunda vez con grande voz, entregó el espíritu». ¿Por qué desagrada a algunos que Jesucristo viniendo del seno del Padre a vivir nuestra esclavitud 1 para devolvernos la libertad haya aceptado nuestra muerte para que por la suya seamos liberados de ella, convirtiéndonos en dioses 2 a nosotros mortales que despreciamos la muerte y considera como dignos del cielo a los que habitan en la tierra? En la contemplación de estas obras brilla el poder divino así como en el testimonio de su inmensa caridad, padeciendo por sus criaturas y muriendo por sus siervos. Esta es, pues, la primera razón de la pasión del Señor; que quiso que se supiese cuánto amaba Dios al hombre, prefiriendo ser amado que temido. La segunda causa es que la sentencia de muerte dada justamente contra el hombre fuese abolida con justicia mayor. Y porque el primer hombre juzgado por Dios en pena de su pecado había incurrido en la muerte y la había transmitido a sus descendientes, vino del cielo el segundo hombre inmune de pecado, para que fuese condenada la muerte. Esta, mandada para arrebatar a los culpables, se atrevió a acometer también al mismo autor de la inocencia. No debe llamar la atención si dio por nosotros cuanto recibió de nosotros (esto es, el alma), siendo así que tanto hizo por nosotros y tantas gracias nos dispensó.
San Agustín, contra Felicianum, 14
Lejos, pues, de los fieles la duda de que Jesucristo pudo de tal modo sentir la muerte que (cuanto es en sí) perdiese la vida el que es la vida. Porque si esto fuese así ¿cómo en aquellos tres días podríamos decir que tuvo vida alguna cosa, habiéndose extinguido la fuente de la vida? La divinidad de Jesucristo no participó de la muerte más que por la unión con la humanidad y por efecto de las debilidades humanas que voluntariamente había tomado sobre sí, pero sin perder nada del poder de su naturaleza por la que vivifica todas las cosas. En nuestra muerte, despojado nuestro cuerpo de la vida, no perece nuestra alma y ésta, al separarse, conserva su virtud y no hace más que abandonar aquello que vivificó y a cuanto hay en sí produce la muerte, pero ella no la padece. Con respecto al alma del Salvador, no podemos decir que careciera de la divinidad y de santificación especial. Sin embargo, ésta pudo abandonar el cuerpo de Jesús en aquellos tres días, como suele suceder en la muerte, aunque no pudiese perecer. Yo creo que el Hijo de Dios murió, no como castigo de maldad en la que nunca incurrió, sino según la ley natural a que se sujetó por la redención del género humano.
San Juan Damasceno, de fide orthodoxa, 3,27
Aun cuando Jesús murió como hombre y su alma se separó de su cuerpo incontaminado, sin embargo, la divinidad continuó inseparablemente unida a los dos; esto es, al alma y al cuerpo sin que pueda decirse que se dividiera la unión hipostática. El cuerpo y el alma tuvieron en la muerte la misma unión hipostática del Verbo del mismo modo que la tuvieron desde el principio de la existencia de Dios hombre. Ni el alma ni el cuerpo tuvieron cada uno su propia hipóstasis, sino la del Verbo.
San Jerónimo
Es señal del poder divino dejar ir el espíritu, como el mismo Jesús ha dicho: «Ninguno puede separar mi alma de mí, pero yo la dejo y la vuelvo a tomar» ( Jn 10,17-18). Aquí debemos entender por la palabra alma el espíritu; esto es, lo que hace vivir y espiritualiza el cuerpo o que el espíritu es la esencia del alma, según lo que está escrito en el salmo: «Quitarás su espíritu y desfallecerán» ( Sal 103,29).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por esto clamó con voz fuerte, para dar a conocer que todo aquello sucedía en virtud de su gran poderío y al dar un fuerte grito al tiempo de morir, manifiesta claramente que es verdadero Dios porque los hombres cuando mueren, apenas pueden expresarse con una voz muy débil.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,18
San Lucas dice lo que expresó en aquella grande voz: «y clamando Jesús con grande voz dice: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Notas
- La esclavitud del pecado.
- Esto es, elevándonos a la participación de la naturaleza divina. En Cristo, somos hechos hijos en el Hijo, coherederos del Reino junto con El.
San Juan Crisóstomo, in serm. de Passione
No podía sufrir la criatura la ofensa hecha a su Creador; así fue que el sol recogió sus rayos para no ver las acciones de los impíos, y por esto se dice: «Mas desde la hora de sexta hubo tinieblas por toda la tierra, hasta la hora de nona».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Algunos dudan de la veracidad de este texto del Evangelio. El ocultamiento del sol siempre se verifica cuando le llega su tiempo; pero este eclipse que suele suceder llegado el momento, no acontece en ninguna otra época más que cuando el sol y la luna están en conjunción. O sea cuando la luna gira por debajo del sol, e impide que los rayos de éste lleguen a la tierra. Mas en el día en que padeció nuestro Señor, se sabe perfectamente que no tenía lugar esa conjunción de la luna respecto del sol, puesto que era tiempo pascual, y que la pascua se celebraba en el plenilunio. Algunos de los fieles, queriendo defender de algún modo esta verdad, dijeron en contra de esto, que aquella falta del sol se verificó como los demás nuevos prodigios que contra el orden acostumbrado hace Dios cuando lo cree oportuno.
Dionisio, epistola, 7
Veíamos que la luna coincidía con el sol cuando no le correspondía (porque no era tiempo de conjunción). Y además que la luna desde la hora de nona hasta la de víspera, se encontraba ocultando el diámetro del sol de una manera sobrenatural. Veíamos también que el mismo eclipse empezaba por el Oriente, y que llegaba hasta el término del disco solar, pero que después retrocedía. Y que otra vez, no de este mismo modo, por defecto o por oposición, sino que por el contrario, se verificaba en toda la extensión del disco.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Duraron tres horas las tinieblas, cuando el eclipse de sol pasa en breve tiempo, pues no se detiene, como saben los que lo han observado.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Pero en contra de esto dicen los hombres del mundo: cuando sucedió este hecho tan admirable, llama la atención que ninguno de los griegos o de los bárbaros, ni de los que lo vieron dejaron consignado que tal acontecimiento hubiese ocurrido en tiempo alguno. Pero Flegón escribió en sus Crónicas, que sucedió esto en tiempo de Tiberio César, aun cuando no dijo que se verificó en el plenilunio. Y yo creo que así como los demás prodigios que se verificaron en la pasión del Señor (esto es, que el velo se rasgó, que la tierra tembló, etc.), esto se verificó únicamente en Jerusalén, etc., o, si se quiere, en Judea, así como, en el libro Primero de Reyes, diga como Badiás refiriéndose a otra cosa: «Vive el Señor Dios tuyo, si hay una gente o un reino a donde no haya enviado a buscarte el Señor mi Dios» ( 1Re 18,10), manifestando que en verdad lo había buscado entre los gentiles alrededor de Judea. Es muy natural también que el comprender que algunas nubes muy oscuras y muy grandes se reuniesen sobre la ciudad de Jerusalén y el territorio de los judíos y que, por lo tanto, ocurrieron profundas tinieblas desde la hora de sexta hasta la de nona. Se sabe que dos criaturas fueron hechas en el día sexto. A saber: los animales antes de la hora sexta, y en la sexta el hombre; y que, por lo tanto, debía estar crucificado en la hora de sexta el que moría por la salvación del hombre, y que desde la hora de sexta empezaron las tinieblas, y se extendieron por toda la tierra hasta la hora de nona. En otro tiempo, cuando Moisés elevó sus manos al cielo, se extendieron las tinieblas sobre los egipcios cuando tenían cautivos a los siervos de Dios. Del mismo modo, cuando Jesucristo extendió sus manos hacia el cielo en la cruz, sobre el pueblo que había clamado: «Crucifícale» ( Mc 15,14), a la hora de sexta, se extendieron también las tinieblas. Y desde aquel momento quedaron privados de toda luz, como señal de las futuras tinieblas que habían de ocultar sus inteligencias y que habían de alcanzar a todos los judíos. Del mismo modo, en tiempo de Moisés se cubrió de tinieblas la tierra de Egipto por espacio de tres días, permaneciendo la luz para los hijos de Israel. En tiempo de Cristo las tinieblas oscurecieron toda Judea por tres horas, ya que a causa de sus pecados, fueron privados de la luz de Dios Padre y del esplendor de Cristo y de la iluminación del Espíritu Santo. Por el contrario, la luz que brilla sobre todo el resto de la tierra ilumina a toda la Iglesia de Dios en Cristo. Y si las tinieblas oscurecieron Judea hasta la hora de nona, es claro que nuevamente brillará la luz sobre ellos porque cuando la plenitud de los gentiles hayan entrado entonces todo Israel será salvado ( Rom 11,25).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Admira, en verdad, que las tinieblas se extendiesen por toda la tierra, lo cual nunca había sucedido. Unicamente en Egipto hubo tinieblas cuando se celebró la pascua. Pero éstas que entonces ocurrieron eran figuras de las que ahora sucedieron. Y véase cómo las tinieblas se verifican en la mitad del día, o sea cuando había luz. De tal modo, que pudieron admirar este milagro todos los habitantes de la tierra. Esta es la señal que había ofrecido Jesucristo que daría a aquéllos que se la pidieron, diciendo: «Esta generación mala y adúltera pide una señal, y no le será concedida sino la del profeta Jonás» ( Mt 12,39). Y esta señal daba a conocer la muerte y la resurrección. Además, mucho más admirable es que sucediese esto cuando el Señor había sido crucificado, y no cuando andaba por la tierra. Esto era muy suficiente para que se convirtieran los judíos, no sólo por la magnificencia del milagro, sino porque esto sucedió después que hubieron hablado todo lo que quisieron, y se saciaron de injuriarle. ¿Y cómo no se admiraron todos ni creyeron que Jesús era Dios? Porque aquella clase de hombres tenían mucha malicia y grande abandono; así es que sucedió este prodigio, y no conocieron cuál era la causa que lo producía. Por lo que habló El mismo después, para manifestar que vivía y que El mismo fue quien hizo aquel milagro. Sigue: «Y cerca de la hora de nona clamó Jesús con grande voz, diciendo: Elí, Elí, lamma sabactani; esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
San Jerónimo
Dijo el principio del salmo ( Sal 21,2). Por lo tanto es inútil lo que se encuentra en medio del versículo: «Mírame». En el texto hebreo se lee: «Elí, Elí, lamma sabactani» esto es «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Luego los que creen que el salmo fue citado por la persona de David -o por Ester y Mardoqueo- son impíos, puesto que también los testimonios del Evangelista tomados de él se refieren al Salvador, como son aquellas palabras: «Se dividieron mis vestidos y taladraron mis manos» ( Sal 21,17-19; Mt 27,35).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por lo tanto habló con las palabras del profeta, dando así testimonio del Antiguo Testamento hasta la última hora; y para que vean cómo honra a su Padre y que no le contraría. Por eso habló en hebreo, para que todos entendiesen lo que decía.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Debemos preguntarnos: ¿Qué se entiende cuando se dice que Jesucristo es abandonado por Dios? Algunos, al no poder explicarlo, dicen que fue dicho por humildad. Pero claramente se podría entender qué dice, haciendo una comparación de su gloria que tenía junto al Padre y la turbación que padeció despreciado en la cruz.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Los intérpretes herejes deducen de estas palabras o que faltó el Verbo de Dios, no animando aquel cuerpo al que vivificaría, haciendo las veces de alma, o que Jesucristo no nació hombre, sino que el Verbo de Dios estaba en él a manera de espíritu profético. Pero si Jesucristo tenía únicamente un alma y un cuerpo desde que empezó a ser hombre, como tienen de ordinario todos los hombres desde su principio, ahora aparece que retirada la protección del Verbo de Dios, como destituído de toda protección, clama de este modo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». También puede decirse que la naturaleza del Verbo había cambiado en realidad respecto del alma, y que Jesucristo necesitaba del auxilio del Padre para todo, y que ahora, como desamparándole, permitió que se quejase de su soledad. Mas ante estas afirmaciones débiles e impías, tenemos la fe de la Iglesia, apoyada en las enseñanzas de los Apóstoles, que no permite que Jesucristo sea dividido ni que el Hijo de Dios deje de ser considerado también como Hijo del hombre; porque esta queja de quedar abandonado, no es otra cosa que la debilidad propia del que agoniza; y la promesa del paraíso, es el reino de Dios vivo. El que se queja de haber sido abandonado a la hora de la muerte, habla así porque es hombre; pero a la vez tenemos a este mismo que muere ofreciendo que reinará en el paraíso, porque es Dios. No te admire, pues, la humildad de las palabras y las quejas del que es abandonado, y cuando lo vez en la forma de siervo, cree en el escándalo de la cruz.
Glosa
Se dice que Dios lo abandonó en su muerte, porque lo dejó bajo el poder de sus perseguidores; le retiró su protección, pero no dividió su unión.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Después que vio el Salvador que las tinieblas se habían extendido por toda Judea, dijo estas palabras, dando a entender que el Padre le había abandonado. Esto es, que lo había entregado, cuando ya no tenía fuerzas, a tantas calamidades, para que aquel pueblo que había sido tan honrado por el Padre, recibiera lo que merecía, por lo que se había atrevido a hacer con El. Esto es, que quedase privado de la luz de su protección, ya que El había sido abandonado por la salvación de las gentes. ¿Qué mérito habían adquirido los que creyeron de entre los gentiles, para que mereciesen ser comprados del poder del enemigo, por la sangre preciosa de Jesucristo derramada sobre la tierra? ¿O qué habían de hacer los hombres en adelante, para ser dignos de que Jesús padeciese por ellos toda clase de tormentos? Acaso viendo los pecados de los hombres por quienes sufría, dijo: ¿Por qué me has abandonado?, ¿para que me pareciese a aquél que coge rastrojos en la siega, o racimos en la vendimia? No creas que el Salvador dijo estas cosas como suelen decirlas los hombres, cuando experimentan sufrimientos como El padecía en la cruz. Porque si lo crees en este sentido, no oirás su gran voz, la que manifiesta que algo grande se encierra en ella.
Rábano
El Salvador dijo esto como rodeado de nuestras tribulaciones cuando en los peligros nos consideramos abandonados de Dios. La naturaleza humana fue abandonada de Dios por el pecado, pero como el Hijo de Dios se hizo abogado nuestro, deplora la miseria de aquéllos cuya culpa aceptó. En lo que da a conocer cuánto deben llorar aquéllos que pecan, cuando así lloró quien nunca había pecado.
Sigue: «Algunos de los que allí estaban, cuando esto oyeron, decían: a Elías llama Este».
San Jerónimo
No todos sino algunos, quienes yo creo serían soldados romanos, porque no entendían las propiedades de la lengua hebrea. Y por esta razón cuando dijo: «Elí, Elí», creían que llamaba a Elías. Pero si queremos creer que eran los judíos los que decían esto, tendremos que decir que según venían haciendo, se propondrían difamar al Señor como imbécil, porque llamaba en su auxilio a Elías.
Sigue: «Y luego corriendo uno de ellos tomó una esponja y la empapó en vinagre», etc.
San Agustín, in serm. de Passione
De este modo se da a beber vinagre al que es la fuente de la dulzura; el que da la miel es amargado con hiel; el que perdona, es azotado; el que dispensa gracias, es condenado; la majestad es burlada; la virtud es vilipendiada y es cubierto de esputos el que da la lluvia.
San Hilario, in Matthaeum, 33
El vinagre, pues, es un vino agriado por su mala naturaleza o por descuido o por la calidad de la vasija. Porque el vino representa el honor o la virtud de la inmortalidad. Como se había agriado en Adán, el Señor lo recibió y bebió por los hombres. Y se le ofrece con una caña y en una esponja para que bebiese; esto es, recibió los vicios de la corrupción humana por los que se había perdido la felicidad eterna, y así identificó en sí mismo para participación de la inmortalidad, todo lo que estaba viciado en nosotros.
Remigio
O de otro modo. Los judíos que eran el vinagre degenerado del vino de los patriarcas y de los profetas, tenían los corazones rebosando engaño como la esponja cavernosa tiene escondrijos profundos y tortuosos. Por la caña se representa la Sagrada Escritura, que se cumplía en este acontecimiento. Así como la lengua hebrea y la griega se dice que son la locución que se hace por la lengua, así la caña es la que representa la letra o la escritura que se hacía por medio de una caña
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y algunos que están instruidos en las enseñanzas de la Iglesia, pero que viven mal, dan a beber a su Dios vino mezclado con hiel. Y los que atribuyen a Jesucristo sentencias contrarias a la verdad, como si El las hubiera dicho, son los que llenan la esponja de hiel, la ponen sobre la caña de la Sagrada Escritura, y la ofrecen a la boca del Salvador.
Sigue: «Pero los demás decían: dejad, veamos si viene Elías a librarlo».
Rábano
Como los soldados entendían en mal sentido las palabras del Salvador, en vano esperaban la venida de Elías. Pero el Salvador invocaba en lengua hebrea a Dios y lo tenía inseparablemente consigo.
San Agustín, in serm. de Passione
Como Jesucristo ya nada tenía que padecer, la muerte se detiene porque comprende que allí no tiene dominio alguno. Quedó sorprendida ante aquella novedad que nunca había conocido. Vio que éste nunca había pecado, que estaba libre de culpas y que no tenía sobre El ninguna clase de derecho. Sin embargo, la muerte se acercó aliada al furor de los judíos y se lanza como desesperada sobre el autor de la vida. Por esto sigue: «Mas Jesús clamando segunda vez con grande voz, entregó el espíritu». ¿Por qué desagrada a algunos que Jesucristo viniendo del seno del Padre a vivir nuestra esclavitud 1 para devolvernos la libertad haya aceptado nuestra muerte para que por la suya seamos liberados de ella, convirtiéndonos en dioses 2 a nosotros mortales que despreciamos la muerte y considera como dignos del cielo a los que habitan en la tierra? En la contemplación de estas obras brilla el poder divino así como en el testimonio de su inmensa caridad, padeciendo por sus criaturas y muriendo por sus siervos. Esta es, pues, la primera razón de la pasión del Señor; que quiso que se supiese cuánto amaba Dios al hombre, prefiriendo ser amado que temido. La segunda causa es que la sentencia de muerte dada justamente contra el hombre fuese abolida con justicia mayor. Y porque el primer hombre juzgado por Dios en pena de su pecado había incurrido en la muerte y la había transmitido a sus descendientes, vino del cielo el segundo hombre inmune de pecado, para que fuese condenada la muerte. Esta, mandada para arrebatar a los culpables, se atrevió a acometer también al mismo autor de la inocencia. No debe llamar la atención si dio por nosotros cuanto recibió de nosotros (esto es, el alma), siendo así que tanto hizo por nosotros y tantas gracias nos dispensó.
San Agustín, contra Felicianum, 14
Lejos, pues, de los fieles la duda de que Jesucristo pudo de tal modo sentir la muerte que (cuanto es en sí) perdiese la vida el que es la vida. Porque si esto fuese así ¿cómo en aquellos tres días podríamos decir que tuvo vida alguna cosa, habiéndose extinguido la fuente de la vida? La divinidad de Jesucristo no participó de la muerte más que por la unión con la humanidad y por efecto de las debilidades humanas que voluntariamente había tomado sobre sí, pero sin perder nada del poder de su naturaleza por la que vivifica todas las cosas. En nuestra muerte, despojado nuestro cuerpo de la vida, no perece nuestra alma y ésta, al separarse, conserva su virtud y no hace más que abandonar aquello que vivificó y a cuanto hay en sí produce la muerte, pero ella no la padece. Con respecto al alma del Salvador, no podemos decir que careciera de la divinidad y de santificación especial. Sin embargo, ésta pudo abandonar el cuerpo de Jesús en aquellos tres días, como suele suceder en la muerte, aunque no pudiese perecer. Yo creo que el Hijo de Dios murió, no como castigo de maldad en la que nunca incurrió, sino según la ley natural a que se sujetó por la redención del género humano.
San Juan Damasceno, de fide orthodoxa, 3,27
Aun cuando Jesús murió como hombre y su alma se separó de su cuerpo incontaminado, sin embargo, la divinidad continuó inseparablemente unida a los dos; esto es, al alma y al cuerpo sin que pueda decirse que se dividiera la unión hipostática. El cuerpo y el alma tuvieron en la muerte la misma unión hipostática del Verbo del mismo modo que la tuvieron desde el principio de la existencia de Dios hombre. Ni el alma ni el cuerpo tuvieron cada uno su propia hipóstasis, sino la del Verbo.
San Jerónimo
Es señal del poder divino dejar ir el espíritu, como el mismo Jesús ha dicho: «Ninguno puede separar mi alma de mí, pero yo la dejo y la vuelvo a tomar» ( Jn 10,17-18). Aquí debemos entender por la palabra alma el espíritu; esto es, lo que hace vivir y espiritualiza el cuerpo o que el espíritu es la esencia del alma, según lo que está escrito en el salmo: «Quitarás su espíritu y desfallecerán» ( Sal 103,29).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,1
Por esto clamó con voz fuerte, para dar a conocer que todo aquello sucedía en virtud de su gran poderío y al dar un fuerte grito al tiempo de morir, manifiesta claramente que es verdadero Dios porque los hombres cuando mueren, apenas pueden expresarse con una voz muy débil.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,18
San Lucas dice lo que expresó en aquella grande voz: «y clamando Jesús con grande voz dice: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Notas
- La esclavitud del pecado.
- Esto es, elevándonos a la participación de la naturaleza divina. En Cristo, somos hechos hijos en el Hijo, coherederos del Reino junto con El.
Orígenes, in Mattaheum, 35
Sucedieron grandes cosas desde que Jesús clamó con aquella gran voz. Por esto sigue: «Y he aquí que se rasgó el velo del templo», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,19
Se da a conocer con bastante claridad que se rasgó el velo en cuanto Jesús entregó su espíritu. Si San Mateo no hubiese añadido: «Y he aquí», sino que sencillamente hubiese dicho: «Y el velo del templo se rasgó», sería dudoso si era éste o San Marcos recapitulando lo que había recordado. San Lucas, sin embargo, se había atenido al orden porque dijo: «El sol se oscureció» ( Lc 23,45) y a continuación creyó oportuno añadir: «Y el velo del templo se rasgó». Parece que San Lucas recapituló cuanto aquellos habían dicho por su orden.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Se sabe que había dos velos en el templo; uno que cubría el Sancta Sanctorum y otro exterior que cubría el tabernáculo o la entrada del templo. En la pasión de nuestro Salvador, se rasgó el velo que estaba fuera desde lo alto hasta lo bajo para que se publicasen todos los misterios que desde el principio del mundo hasta entonces estaban ocultos con el velo del misterio y que con razón habían permanecido ocultos hasta la venida de nuestro Señor. Cuando llegue la perfección de todas las cosas, entonces también se quitará el segundo velo para que podamos ver hasta lo que hay oculto en el interior (esto es, la verdadera arca del testamento) y la naturaleza de las cosas tal y como son, viendo los querubines y todo lo demás.
San Hilario, in Matthaeum, 33
Se rasga el velo del templo, porque el pueblo quedaba dividido en dos partes y se le quita el honor de este velo con la defensa del ángel de la guarda.
San León Magno, 55,4
La súbita perturbación de todos los elementos es un testimonio suficiente en favor de esta adorable pasión. «Y tembló la tierra y las piedras», etc.
San Jerónimo
Nadie debe dudar de lo que representa la grandeza de estas señales (aun ateniéndonos a la letra), puesto que el cielo, la tierra y el universo probaban que su Señor era a quien habían crucificado.
San Hilario, in Matthaeum, 33
La tierra se mueve porque no era capaz de recibir a este muerto. Las piedras se rompieron porque la palabra de Dios penetra todas las cosas por duras y fuertes que sean y la potestad de su eterno poder las hizo chocarse. Las sepulcros se abrieron porque los sepulcros de la muerte estaban abiertos. «Y muchos cuerpos de santos que habían muerto, resucitaron». Habiendo Jesús desterrado las tinieblas de la muerte e iluminado las oscuridades de los abismos, quitaba a la muerte sus despojos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,2
Cuando el Salvador estaba en la cruz, los que se burlaban de El decían: «Salvó a otros y a sí mismo no puede salvarse»; pero lo que no quiso hacer consigo lo hizo con los cuerpos de sus siervos como lo demostró ampliamente. Si bien es verdad que hizo un gran milagro resucitando a Lázaro después de cuatro días de muerto, mucho más hizo ahora resucitando de repente a los que habían muerto mucho tiempo antes y haciéndolos aparecer vivos. Esto era una figura de la futura resurrección. Y para que no se creyese que era pura fantasía lo que sucedió, el Evangelista añade: «Y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de El, vinieron a la santa ciudad y se aparecieron a muchos».
San Jerónimo
Del mismo modo que Lázaro resucitó, así resucitaron muchos cuerpos de santos, demostrando que el Señor había resucitado. Sin embargo, cuando se abrieron los sepulcros, no salieron de ellos los difuntos antes de que resucitase el Señor para que El fuera el primogénito de la resurrección de entre los muertos. Entendamos por santa ciudad en la que fueron vistos los resucitados o a la Jerusalén celestial o a esta tierra que antes había sido santa. Porque santa se llamaba la ciudad de Jerusalén por el templo y por el Sancta Sanctorum y por la preeminencia sobre otras ciudades en que se adoraban ídolos. Pero cuando se dice que aparecieron a muchos, se da a entender que la resurrección no fue general, sino especialmente a muchos que merecían conocer lo que veían.
Remigio
Preguntan algunos qué ocurrió con aquéllos que resucitaron cuando resucitó el Señor. Es de creer que habían resucitado para ser testigos de la resurrección del Señor. Algunos afirman que volvieron a morir y a convertirse en polvo, como sucedió a Lázaro y a los demás a quienes el Señor resucitó. Pero no puede darse crédito a lo que éstos dicen. Porque entonces les hubiese servido de mayor tormento a aquéllos que resucitaron si hubiesen vuelto a morir en seguida, que si no hubiesen resucitado. Lo que debemos creer es que resucitaron cuando resucitó el Señor y que cuando El subió a los cielos se subieron ellos también.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Estos grandes misterios suceden todos los días pues el velo del templo se abre a los santos para que vean los misterios que encubre, la tierra se mueve (esto es, toda carne) a impulsos de la divina palabra de los misterios del nuevo Testamento, las peñas se abren para que lo que fueron misterios para los profetas sean realidad de sacramentos espirituales para nosotros. Los cuerpos de las almas pecadoras que están muertas a Dios son llamadas sepulcros. Cuando estas almas son resucitadas por la gracia de Dios, sus cuerpos que antes fueron sepulcros de muertos, se convierten en cuerpos de santos y los ven salir de los mismos y seguir a Aquél que resucitó y que andan con El en su nueva vida. Los que son dignos de tener trato en los cielos entran en la santa ciudad en todos los tiempos y se aparecen a muchos de los que ven sus buenas obras.
«Mas el Centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, visto el terremoto y los portentos que pasaban, tuvieron grande miedo y decían: Verdaderamente Hijo de Dios era Este».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,20
No se opone a esto lo que dice San Mateo, que el centurión se admiró, así como los que estaban con él. Porque también San Lucas dice que se admiró cuando dio aquel fuerte grito al espirar. Respecto a esto, San Mateo no sólo dijo que «visto el terremoto», sino que también añadió: «Y lo que sucedía», demostrando con esto lo mismo que San Lucas, quien dice que el centurión se admiró con la muerte de Salvador porque todo lo que entonces sucedía fue prodigioso.
San Jerónimo
Debe considerarse que el centurión al presenciar el escándalo de la pasión del Señor, ya confiesa que es verdadero Hijo de Dios, mientras que Arrio, en el seno de la Iglesia, le llama sólo hombre.
Rábano
Con razón el centurión representa la fe de la Iglesia. Habiéndose desgarrado el velo de los misterios del cielo por la muerte del Salvador, la confirma dogmáticamente mientras la sinagoga calla que Jesús, verdadero y justo hombre, es también verdadero Hijo de Dios.
San León Magno, 66,3
Tiemble toda la humanidad por la crucifixión de su Redentor con el ejemplo del centurión, rómpanse las piedras de las almas infieles y los que están encerrados en los sepulcros de la mortalidad salgan venciendo los obstáculos que los detienen; preséntense también ahora en la ciudad santa (esto es, en la Iglesia de Dios), anticipo de la futura resurrección y lo mismo que debe creerse respecto de los cuerpos, hágase en los corazones.
«Y estaban allí muchas mujeres a lo lejos, que habían seguido a Jesús desde Galilea sirviéndole», etc.
San Jerónimo
Era costumbre entre los judíos (y no se tomaba a mal en los tiempos antiguos) que las mujeres suministrasen de su propio peculio alimento y vestido a sus maestros, pero como esto podría servir de mal ejemplo para los gentiles, San Pablo recuerda que él lo prohibió. Servían, pues, al Señor de lo que les pertenecía a fin de que recibiendo de ellas el alimento corporal, anunciasen ellas el espiritual, no porque el Señor necesitase de los alimentos de sus criaturas, sino para mostrar un verdadero modelo de maestro que se contenta con percibir de sus discípulos la comida y el vestido. Pero veamos qué compañeros tuvieron. «Entre las cuales estaba María Magdalena y María madre de Santiago y José y la madre de los hijos del Zebedeo».
Orígenes, in Matthaeum, 35
San Marcos dice que la tercera se llamaba Salomé.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,2
Pero estas mujeres contemplaban lo que entonces sucedía (porque eran sumamente compasivas). Y véase la constancia con que continuaron asistiéndole hasta en los mismos peligros, manifestando así su gran fortaleza, pues mientras los discípulos habían huido, ellas no se separaron de su lado.
San Jerónimo
Helvidio 1 dijo que Santiago y José son hijos de María, la Madre del Señor. A éstos los judíos los llamaron hermanos de Jesucristo. Habla de Santiago el Menor para distinguirlo de Santiago el Mayor, que era hijo del Zebedeo. Dice Helvidio que es erróneo pensar que no hubiese estado allí la Madre del Señor estando también las otras mujeres, o inventar no sé qué otra María, cuando el evangelio de San Juan asegura que la Madre del Señor estaba allí. ¡Oh ciego furor y alma maliciosa para su propio daño! Oiga, pues, lo que dice el evangelista San Juan: «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre María Cleofé y María Magdalena». Ninguno duda que hubo dos apóstoles llamados Santiago: el hijo de Zebedeo y el hijo de Alfeo. Sin embargo, acerca de aquel Santiago el menor de quien la Escritura dice que era hijo de María, podemos decir que es el hijo de Alfeo si se trata realmente de uno de los apóstoles. Pero si no es apóstol sino un tercer Santiago, ¿cómo puede considerarse como pariente del Señor? ¿Y cómo el tercero se llamará menor para distinguirle del mayor? Las palabras mayor y menor no se citan cuando se habla de tres sino cuando se quiere distinguir entre dos. El hijo de Alfeo fue llamado pariente del Señor, según afirma San Pablo ( Gál 1,19): «Yo no vi a ningún otro de los apóstoles más que a Santiago, pariente del Señor». Y para que no se crea que éste era el hijo del Zebedeo, léase los Hechos de los Apóstoles, en donde se dice que ya había sido muerto por Herodes ( Hch 12). De esto se deduce que aquella María a quien la Escritura llama madre de Santiago el Menor, fue la esposa de Alfeo, hermana de Santa María, la Madre del Señor, y la misma a quien San Juan llama María de Cleofás. Pero si te parece que se trata de dos distintas Marías, porque una vez es llamada María, madre de Santiago el Menor y otra vez María de Cleofás, estudia la costumbre de la Escritura de designar a la misma persona con nombres diferentes. Así como el suegro de Moisés es llamado Reuel y Jetró 2, del mismo modo la esposa de Alfeo es llamada María de Cleofás y María, madre de Santiago el Menor. Si ésta fuera la Madre del Señor, el Evangelista hubiese preferido llamarla así, como lo hace en todos los lugares. Y aunque María de Cleofás fuera distinta de María, madre de Santiago y José, consta ciertamente que esta última no puede ser la Madre del Señor.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,21
Se podría decir tanto que habían otras mujeres a lo lejos (como aseguran tres evangelistas), como otras junto a la cruz, como dijo San Juan, si San Mateo y San Lucas no hubiesen nombrado a Santa María Magdalena entre las que estaban a lo lejos y San Juan entre las que estaban junto a la cruz. No puede entenderse esto de otro modo sino diciendo que estaban a una distancia tal que se puede decir tanto que estaban junto a la cruz por encontrarse prontas en su presencia, como que estaban a lo lejos en comparación de la multitud que estaba más cerca rodeando al Salvador con el centurión y con los soldados. También podemos entender que aquéllas que estaban con la Madre del Salvador empezaron a marcharse después que la encomendó a su discípulo para salir de la aglomeración de la muchedumbre y para contemplar todo lo demás que sucedió desde mayor distancia. Por esto los evangelistas que hacen mención de ellas después de la muerte del Señor las citan como estando a lo lejos.
Notas
- Laico romano, partidario del arriano Auxencio de Milán. Sostenía que Santa María había tenido otros hijos con José después del nacimiento de Jesús. San Jerónimo lo refuta en su obra La virginidad perpetua de Santa María.
- Ver Ex 3,1; 4,18; 18,1-2.5-6.12 y 2,18.
Glosa
Después que el Evangelista refirió el orden de la pasión y muerte del Señor, se ocupa ahora de su sepultura diciendo: «Y cuando fue tarde».
Remigio
Arimatea es la misma ciudad llamada Rámata, de Elcana y de Samuel y se encuentra en el territorio de Canaán, junto a Dióspolis. 1 Este José fue de elevada posición según el mundo pero es alabado por tener aun mayor mérito delante de Dios y por esto se considera como justo. Convenía también que fuese él mismo quien diese sepultura al cuerpo del Señor porque en atención a sus virtudes fue digno de prestar aquel servicio. «Este llegó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús».
San Jerónimo
Se considera como rico, no para jactancia del que escribe para que pueda decir que un hombre noble y riquísimo era discípulo del Señor, sino para manifestar por qué pudo pedir a Pilato el cuerpo del Señor. Los pobres y los desconocidos no se hubiesen atrevido a presentarse a Pilato -que era el representante del poder romano- a pedir el cuerpo del crucificado. En otro evangelio este José se llama buleutes (consejero) y respecto de él parece que habló el primer salmo diciendo: «Bienaventurado aquel hombre que no toma parte en las determinaciones de los impíos» ( Sal 1), etc.
«Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,2.
Véase el valor de este hombre que se pone en peligro de muerte atrayendo hacia sí las enemistades de todos por su afecto hacia Jesucristo. Además, no sólo se atreve a pedir su cuerpo, sino también a sepultarlo.
San Jerónimo
Por la sepultura sencilla del Salvador, es condenada la ambición de los ricos que ni aun en el sepulcro quieren carecer de sus riquezas. Podemos también comprender en sentido espiritual que el cuerpo del Señor no se ha de envolver en telas de oro ni en piedras preciosas ni aun de seda, sino en un lienzo puro; aun cuando esto signifique que envuelve a Jesús en una sábana limpia el que lo recibe con conciencia pura.
Remigio
La sábana 2 es un paño de lino. Así como el lino proviene de la tierra y con mucho trabajo es conducido a su blancura; de este modo se quiere significar que el cuerpo del Señor, asumido de la tierra -esto es, de la Virgen- a través de los sufrimientos de la pasión es conducido a la blancura de la inmortalidad.
Rábano
De aquí viene el uso en la liturgia de la Iglesia de no celebrar el santo sacrificio del altar sobre seda ni paño teñido sino sobre lino de la tierra, como leemos que fuera ordenado por el Papa San Silvestre.
«Y lo puso en un sepulcro suyo nuevo, que había hecho abrir en una peña».
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Por lo tanto, el Salvador fue depositado en un sepulcro que no era suyo, dando a conocer que moría por la salvación de los demás. ¿Por qué habría de ser colocado en un sepulcro propio el que no había muerto para sí? ¿Por qué habría de tener tumba en la tierra aquél cuyo trono permanecía en el cielo? ¿Por qué habría de tener sepultura propia quien no estuvo en el sepulcro más que tres días, no como muerto, sino como descansando en un lecho? El sepulcro es la habitación de la muerte. No era necesario, pues, que Cristo, que es la vida, tuviese habitación de muerte ni necesitaba habitación de difunto el que nunca muere.
San Jerónimo
Es colocado en un sepulcro nuevo para que no se creyera que después de la resurrección había resucitado uno cualquiera de los demás cuerpos que allí descansaban. También puede significar este sepulcro nuevo las entrañas virginales de María. Fue depositado en el sepulcro que había sido abierto en una piedra porque si hubiese sido edificado con muchas piedras, se hubiese podido decir que había sido robado minando los cimientos.
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Y aun cuando el sepulcro hubiese estado hecho en la tierra, siempre hubieran podido decir que habían minado la tierra y lo habían robado. Si hubiese sido una piedra pequeña la que cerrase la sepultura, podían decir: cuando nosotros dormíamos nos lo han robado. Por esto sigue: «Y revolvió una gran losa a la entrada del sepulcro y se marchó».
San Jerónimo
Manifiesta que era grande la piedra con que cerró para que no pudiese abrirse el sepulcro sin el auxilio de muchos.
San Hilario, in Matthaeum, 33
En sentido espiritual puede decirse que José fue una especie de apóstol porque éste envolvió el cuerpo en una sábana limpia. Y en otro lugar encontramos que a San Pedro se le mandó desde el cielo un gran lienzo en el que se encontraba todo género de animales. 3 De esto se desprende que la Iglesia está sepultada con Cristo bajo el aspecto de aquel lienzo. Además, el cuerpo del Señor es colocado en un sepulcro vacío y nuevo, abierto en una roca. Porque por medio de la predicación de los apóstoles, debía introducirse al mismo Jesucristo en el duro corazón de la gentilidad por la influencia de los esfuerzos de su doctrina. Verdaderamente duro y nuevo, en el cual no había penetrado aun el temor de Dios y como ninguna otra cosa debe entrar mejor en nuestros corazones sino Dios, una piedra grande cierra la puerta, para que nadie nos traiga el conocimiento de la divinidad antes ni despues que El.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Quizás se escribió que el cuerpo fue envuelto en una sábana limpia y se puso en un sepulcro nuevo, cerrándolo con una piedra grande porque todo lo que se encuentra cerca del cuerpo del Señor es limpio, nuevo y grandioso.
Remigio
Después que el cuerpo del Señor quedó sepultado (los demás se marcharon a sus propias casas), únicamente continuaron allí las mujeres que más lo habían amado y con cuidado extremo se fijaron bien en el lugar donde el Salvador quedó sepultado. Porque en tiempo oportuno debían ofrecerle el testimonio de su devoción. «Y María Magdalena y la otra María estaban allí sentadas enfrente del sepulcro».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No se dice que la madre de los hijos de Zebedeo estuviese sentada junto al sepulcro porque quizás no haya podido llegar sino hasta la cruz; mas éstas, dada su gran caridad, no faltaron tampoco en lo que sucedió después.
San Jerónimo
Habiendo abandonado todos al Señor, las mujeres perseveraron en su deber, esperando lo que Jesús había ofrecido. Por esta causa merecieron ser de las primeras que vieron la resurrección, porque «Quien persevere hasta el fin, se salvará» ( Jn 22; 24,13).
Remigio
Esto es lo que hacen hasta hoy las santas mujeres en este mundo (esto es, las almas humildes de los santos) y observan con piadosa curiosidad cómo se completa la pasión de Cristo.
Notas
- Ramá en 1Sam 1, 19; 2, 11; 7, 17; Ramatáyim en 1Sam 1,1; Ramataim en 1Mac 11,34. Se le identificacon la actual Rentis, al nordeste de Lyda, aunque para algunos su emplazamiento actual es discutido.
- Lat. Sindon.
- Ver Hch 11,5s.
Glosa
Después que el Evangelista refirió el orden de la pasión y muerte del Señor, se ocupa ahora de su sepultura diciendo: «Y cuando fue tarde».
Remigio
Arimatea es la misma ciudad llamada Rámata, de Elcana y de Samuel y se encuentra en el territorio de Canaán, junto a Dióspolis. 1 Este José fue de elevada posición según el mundo pero es alabado por tener aun mayor mérito delante de Dios y por esto se considera como justo. Convenía también que fuese él mismo quien diese sepultura al cuerpo del Señor porque en atención a sus virtudes fue digno de prestar aquel servicio. «Este llegó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús».
San Jerónimo
Se considera como rico, no para jactancia del que escribe para que pueda decir que un hombre noble y riquísimo era discípulo del Señor, sino para manifestar por qué pudo pedir a Pilato el cuerpo del Señor. Los pobres y los desconocidos no se hubiesen atrevido a presentarse a Pilato -que era el representante del poder romano- a pedir el cuerpo del crucificado. En otro evangelio este José se llama buleutes (consejero) y respecto de él parece que habló el primer salmo diciendo: «Bienaventurado aquel hombre que no toma parte en las determinaciones de los impíos» ( Sal 1), etc.
«Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,2.
Véase el valor de este hombre que se pone en peligro de muerte atrayendo hacia sí las enemistades de todos por su afecto hacia Jesucristo. Además, no sólo se atreve a pedir su cuerpo, sino también a sepultarlo.
San Jerónimo
Por la sepultura sencilla del Salvador, es condenada la ambición de los ricos que ni aun en el sepulcro quieren carecer de sus riquezas. Podemos también comprender en sentido espiritual que el cuerpo del Señor no se ha de envolver en telas de oro ni en piedras preciosas ni aun de seda, sino en un lienzo puro; aun cuando esto signifique que envuelve a Jesús en una sábana limpia el que lo recibe con conciencia pura.
Remigio
La sábana 2 es un paño de lino. Así como el lino proviene de la tierra y con mucho trabajo es conducido a su blancura; de este modo se quiere significar que el cuerpo del Señor, asumido de la tierra -esto es, de la Virgen- a través de los sufrimientos de la pasión es conducido a la blancura de la inmortalidad.
Rábano
De aquí viene el uso en la liturgia de la Iglesia de no celebrar el santo sacrificio del altar sobre seda ni paño teñido sino sobre lino de la tierra, como leemos que fuera ordenado por el Papa San Silvestre.
«Y lo puso en un sepulcro suyo nuevo, que había hecho abrir en una peña».
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Por lo tanto, el Salvador fue depositado en un sepulcro que no era suyo, dando a conocer que moría por la salvación de los demás. ¿Por qué habría de ser colocado en un sepulcro propio el que no había muerto para sí? ¿Por qué habría de tener tumba en la tierra aquél cuyo trono permanecía en el cielo? ¿Por qué habría de tener sepultura propia quien no estuvo en el sepulcro más que tres días, no como muerto, sino como descansando en un lecho? El sepulcro es la habitación de la muerte. No era necesario, pues, que Cristo, que es la vida, tuviese habitación de muerte ni necesitaba habitación de difunto el que nunca muere.
San Jerónimo
Es colocado en un sepulcro nuevo para que no se creyera que después de la resurrección había resucitado uno cualquiera de los demás cuerpos que allí descansaban. También puede significar este sepulcro nuevo las entrañas virginales de María. Fue depositado en el sepulcro que había sido abierto en una piedra porque si hubiese sido edificado con muchas piedras, se hubiese podido decir que había sido robado minando los cimientos.
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Y aun cuando el sepulcro hubiese estado hecho en la tierra, siempre hubieran podido decir que habían minado la tierra y lo habían robado. Si hubiese sido una piedra pequeña la que cerrase la sepultura, podían decir: cuando nosotros dormíamos nos lo han robado. Por esto sigue: «Y revolvió una gran losa a la entrada del sepulcro y se marchó».
San Jerónimo
Manifiesta que era grande la piedra con que cerró para que no pudiese abrirse el sepulcro sin el auxilio de muchos.
San Hilario, in Matthaeum, 33
En sentido espiritual puede decirse que José fue una especie de apóstol porque éste envolvió el cuerpo en una sábana limpia. Y en otro lugar encontramos que a San Pedro se le mandó desde el cielo un gran lienzo en el que se encontraba todo género de animales. 3 De esto se desprende que la Iglesia está sepultada con Cristo bajo el aspecto de aquel lienzo. Además, el cuerpo del Señor es colocado en un sepulcro vacío y nuevo, abierto en una roca. Porque por medio de la predicación de los apóstoles, debía introducirse al mismo Jesucristo en el duro corazón de la gentilidad por la influencia de los esfuerzos de su doctrina. Verdaderamente duro y nuevo, en el cual no había penetrado aun el temor de Dios y como ninguna otra cosa debe entrar mejor en nuestros corazones sino Dios, una piedra grande cierra la puerta, para que nadie nos traiga el conocimiento de la divinidad antes ni despues que El.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Quizás se escribió que el cuerpo fue envuelto en una sábana limpia y se puso en un sepulcro nuevo, cerrándolo con una piedra grande porque todo lo que se encuentra cerca del cuerpo del Señor es limpio, nuevo y grandioso.
Remigio
Después que el cuerpo del Señor quedó sepultado (los demás se marcharon a sus propias casas), únicamente continuaron allí las mujeres que más lo habían amado y con cuidado extremo se fijaron bien en el lugar donde el Salvador quedó sepultado. Porque en tiempo oportuno debían ofrecerle el testimonio de su devoción. «Y María Magdalena y la otra María estaban allí sentadas enfrente del sepulcro».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No se dice que la madre de los hijos de Zebedeo estuviese sentada junto al sepulcro porque quizás no haya podido llegar sino hasta la cruz; mas éstas, dada su gran caridad, no faltaron tampoco en lo que sucedió después.
San Jerónimo
Habiendo abandonado todos al Señor, las mujeres perseveraron en su deber, esperando lo que Jesús había ofrecido. Por esta causa merecieron ser de las primeras que vieron la resurrección, porque «Quien persevere hasta el fin, se salvará» ( Jn 22; 24,13).
Remigio
Esto es lo que hacen hasta hoy las santas mujeres en este mundo (esto es, las almas humildes de los santos) y observan con piadosa curiosidad cómo se completa la pasión de Cristo.
Notas
- Ramá en 1Sam 1, 19; 2, 11; 7, 17; Ramatáyim en 1Sam 1,1; Ramataim en 1Mac 11,34. Se le identificacon la actual Rentis, al nordeste de Lyda, aunque para algunos su emplazamiento actual es discutido.
- Lat. Sindon.
- Ver Hch 11,5s.
Glosa
Después que el Evangelista refirió el orden de la pasión y muerte del Señor, se ocupa ahora de su sepultura diciendo: «Y cuando fue tarde».
Remigio
Arimatea es la misma ciudad llamada Rámata, de Elcana y de Samuel y se encuentra en el territorio de Canaán, junto a Dióspolis. 1 Este José fue de elevada posición según el mundo pero es alabado por tener aun mayor mérito delante de Dios y por esto se considera como justo. Convenía también que fuese él mismo quien diese sepultura al cuerpo del Señor porque en atención a sus virtudes fue digno de prestar aquel servicio. «Este llegó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús».
San Jerónimo
Se considera como rico, no para jactancia del que escribe para que pueda decir que un hombre noble y riquísimo era discípulo del Señor, sino para manifestar por qué pudo pedir a Pilato el cuerpo del Señor. Los pobres y los desconocidos no se hubiesen atrevido a presentarse a Pilato -que era el representante del poder romano- a pedir el cuerpo del crucificado. En otro evangelio este José se llama buleutes (consejero) y respecto de él parece que habló el primer salmo diciendo: «Bienaventurado aquel hombre que no toma parte en las determinaciones de los impíos» ( Sal 1), etc.
«Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 88,2.
Véase el valor de este hombre que se pone en peligro de muerte atrayendo hacia sí las enemistades de todos por su afecto hacia Jesucristo. Además, no sólo se atreve a pedir su cuerpo, sino también a sepultarlo.
San Jerónimo
Por la sepultura sencilla del Salvador, es condenada la ambición de los ricos que ni aun en el sepulcro quieren carecer de sus riquezas. Podemos también comprender en sentido espiritual que el cuerpo del Señor no se ha de envolver en telas de oro ni en piedras preciosas ni aun de seda, sino en un lienzo puro; aun cuando esto signifique que envuelve a Jesús en una sábana limpia el que lo recibe con conciencia pura.
Remigio
La sábana 2 es un paño de lino. Así como el lino proviene de la tierra y con mucho trabajo es conducido a su blancura; de este modo se quiere significar que el cuerpo del Señor, asumido de la tierra -esto es, de la Virgen- a través de los sufrimientos de la pasión es conducido a la blancura de la inmortalidad.
Rábano
De aquí viene el uso en la liturgia de la Iglesia de no celebrar el santo sacrificio del altar sobre seda ni paño teñido sino sobre lino de la tierra, como leemos que fuera ordenado por el Papa San Silvestre.
«Y lo puso en un sepulcro suyo nuevo, que había hecho abrir en una peña».
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Por lo tanto, el Salvador fue depositado en un sepulcro que no era suyo, dando a conocer que moría por la salvación de los demás. ¿Por qué habría de ser colocado en un sepulcro propio el que no había muerto para sí? ¿Por qué habría de tener tumba en la tierra aquél cuyo trono permanecía en el cielo? ¿Por qué habría de tener sepultura propia quien no estuvo en el sepulcro más que tres días, no como muerto, sino como descansando en un lecho? El sepulcro es la habitación de la muerte. No era necesario, pues, que Cristo, que es la vida, tuviese habitación de muerte ni necesitaba habitación de difunto el que nunca muere.
San Jerónimo
Es colocado en un sepulcro nuevo para que no se creyera que después de la resurrección había resucitado uno cualquiera de los demás cuerpos que allí descansaban. También puede significar este sepulcro nuevo las entrañas virginales de María. Fue depositado en el sepulcro que había sido abierto en una piedra porque si hubiese sido edificado con muchas piedras, se hubiese podido decir que había sido robado minando los cimientos.
San Agustín, in serm. 2 de Sabbato sancto
Y aun cuando el sepulcro hubiese estado hecho en la tierra, siempre hubieran podido decir que habían minado la tierra y lo habían robado. Si hubiese sido una piedra pequeña la que cerrase la sepultura, podían decir: cuando nosotros dormíamos nos lo han robado. Por esto sigue: «Y revolvió una gran losa a la entrada del sepulcro y se marchó».
San Jerónimo
Manifiesta que era grande la piedra con que cerró para que no pudiese abrirse el sepulcro sin el auxilio de muchos.
San Hilario, in Matthaeum, 33
En sentido espiritual puede decirse que José fue una especie de apóstol porque éste envolvió el cuerpo en una sábana limpia. Y en otro lugar encontramos que a San Pedro se le mandó desde el cielo un gran lienzo en el que se encontraba todo género de animales. 3 De esto se desprende que la Iglesia está sepultada con Cristo bajo el aspecto de aquel lienzo. Además, el cuerpo del Señor es colocado en un sepulcro vacío y nuevo, abierto en una roca. Porque por medio de la predicación de los apóstoles, debía introducirse al mismo Jesucristo en el duro corazón de la gentilidad por la influencia de los esfuerzos de su doctrina. Verdaderamente duro y nuevo, en el cual no había penetrado aun el temor de Dios y como ninguna otra cosa debe entrar mejor en nuestros corazones sino Dios, una piedra grande cierra la puerta, para que nadie nos traiga el conocimiento de la divinidad antes ni despues que El.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Quizás se escribió que el cuerpo fue envuelto en una sábana limpia y se puso en un sepulcro nuevo, cerrándolo con una piedra grande porque todo lo que se encuentra cerca del cuerpo del Señor es limpio, nuevo y grandioso.
Remigio
Después que el cuerpo del Señor quedó sepultado (los demás se marcharon a sus propias casas), únicamente continuaron allí las mujeres que más lo habían amado y con cuidado extremo se fijaron bien en el lugar donde el Salvador quedó sepultado. Porque en tiempo oportuno debían ofrecerle el testimonio de su devoción. «Y María Magdalena y la otra María estaban allí sentadas enfrente del sepulcro».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No se dice que la madre de los hijos de Zebedeo estuviese sentada junto al sepulcro porque quizás no haya podido llegar sino hasta la cruz; mas éstas, dada su gran caridad, no faltaron tampoco en lo que sucedió después.
San Jerónimo
Habiendo abandonado todos al Señor, las mujeres perseveraron en su deber, esperando lo que Jesús había ofrecido. Por esta causa merecieron ser de las primeras que vieron la resurrección, porque «Quien persevere hasta el fin, se salvará» ( Jn 22; 24,13).
Remigio
Esto es lo que hacen hasta hoy las santas mujeres en este mundo (esto es, las almas humildes de los santos) y observan con piadosa curiosidad cómo se completa la pasión de Cristo.
Notas
- Ramá en 1Sam 1, 19; 2, 11; 7, 17; Ramatáyim en 1Sam 1,1; Ramataim en 1Mac 11,34. Se le identificacon la actual Rentis, al nordeste de Lyda, aunque para algunos su emplazamiento actual es discutido.
- Lat. Sindon.
- Ver Hch 11,5s.
San Jerónimo
No contentos los príncipes de los sacerdotes con haber crucificado al Señor, quisieron guardar su sepultura e impedir en cuanto estuviese de su parte la resurrección. Por esto dice: «Y otro día, que es el que sigue al de la Parasceve», etc.
Rábano
Parasceve quiere decir preparación. Con este nombre se entiende el sexto día que precede al sábado en el cual preparaban lo necesario para este día, como se dice respecto del maná: «En el sexto día recogeréis doble» ( Ex 16,22) y como en el sexto día fue hecho el hombre y en el séptimo descansó Dios, por esto muere Jesús en el día sexto por el hombre y descansa el sábado en el sepulcro.
San Jerónimo
A pesar de haber cometido un horrendo crimen con la muerte del Salvador, a los príncipes de los sacerdotes todavía no les resultaba suficiente y buscaban derramar todo el veneno de la perfidia contraída hiriendo la honra del Salvador después de su muerte. Por esto llaman impostor a aquél que sabían que era inocente. Por esto dicen: «Señor, recordamos que dijo aquel impostor», etc.
Remigio
El Señor había ofrecido que resucitaría al tercer día porque había dicho: «Así como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre de una ballena», etc. ( Mt 12,40). Pero debe observarse de qué modo resucitó después de tres días, porque algunos quieren decir que fueron las tres horas, a saber: una la de tinieblas; otra la de la aurora y del día. Sin embargo, éstos desconocen el significado de la locución figurada. Porque en sentido figurado se entienden la feria sexta en que padeció y comprende la noche precedente. Sigue después la noche del sábado con su día y la noche del día del domingo, que ya forma parte de este día. Por esto es verdad que resucitó al tercer día.
San Agustín, in serm. de Passione
Por lo tanto, resucitó después de tres días, para que en la pasión del Hijo se diese a conocer el asentimiento de toda la Trinidad. Los tres días son una figura, porque la Trinidad que en un principio hizo al hombre, es la misma que repara al hombre por la pasión de Jesucristo.
Sigue: «Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro hasta el tercero día».
San Hilario, in Matthaeum, 33
El miedo de que fuese robado el cuerpo, y su guardia y sello es un testimonio de necedad y de infidelidad, porque quisieron sellar el sepulcro de aquél por cuyo mandato habían visto levantarse a Lázaro del sepulcro.
Rábano
Y cuando dicen: «Y este error será peor que el primero», dicen la verdad aunque por ignorancia. Porque fue mucho peor el menosprecio del arrepentimiento en los judíos que el error de su ignorancia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 89,1
Véase cómo sin querer se conciertan para probar la verdad. Se demostró la verdad de la resurrección precisamente por las disposiciones que adoptaron. Porque habiendo sido custodiado el sepulcro, no pudo haber engaño alguno y si no pudo haber engaño, es evidente e irreprochable que el Señor resucitó. Veamos lo que Pilato contestó: «Guardas tenéis, id y guardadlo como sabéis».
Rábano
Como diciendo: Ya tenéis bastante con que os haya permitido matar a un inocente; en cuanto a lo demás, continuad en vuestro error. «Ellos, pues, fueron y para asegurar el sepulcro sellaron la piedra y pusieron guardas».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 89,1
Pilato no quiso que fuesen sólo los soldados los que sellaran el sepulcro, porque si lo hubiesen sellado los soldados únicamente, se habría podido decir que habían permitido a los discípulos que robasen el cuerpo del Señor y así hubiera quedado quebrantada la creencia de la resurrección. Pero en este caso ya no podían decirlo porque ellos mismos habían sellado el sepulcro.
San Jerónimo
No contentos los príncipes de los sacerdotes con haber crucificado al Señor, quisieron guardar su sepultura e impedir en cuanto estuviese de su parte la resurrección. Por esto dice: «Y otro día, que es el que sigue al de la Parasceve», etc.
Rábano
Parasceve quiere decir preparación. Con este nombre se entiende el sexto día que precede al sábado en el cual preparaban lo necesario para este día, como se dice respecto del maná: «En el sexto día recogeréis doble» ( Ex 16,22) y como en el sexto día fue hecho el hombre y en el séptimo descansó Dios, por esto muere Jesús en el día sexto por el hombre y descansa el sábado en el sepulcro.
San Jerónimo
A pesar de haber cometido un horrendo crimen con la muerte del Salvador, a los príncipes de los sacerdotes todavía no les resultaba suficiente y buscaban derramar todo el veneno de la perfidia contraída hiriendo la honra del Salvador después de su muerte. Por esto llaman impostor a aquél que sabían que era inocente. Por esto dicen: «Señor, recordamos que dijo aquel impostor», etc.
Remigio
El Señor había ofrecido que resucitaría al tercer día porque había dicho: «Así como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre de una ballena», etc. ( Mt 12,40). Pero debe observarse de qué modo resucitó después de tres días, porque algunos quieren decir que fueron las tres horas, a saber: una la de tinieblas; otra la de la aurora y del día. Sin embargo, éstos desconocen el significado de la locución figurada. Porque en sentido figurado se entienden la feria sexta en que padeció y comprende la noche precedente. Sigue después la noche del sábado con su día y la noche del día del domingo, que ya forma parte de este día. Por esto es verdad que resucitó al tercer día.
San Agustín, in serm. de Passione
Por lo tanto, resucitó después de tres días, para que en la pasión del Hijo se diese a conocer el asentimiento de toda la Trinidad. Los tres días son una figura, porque la Trinidad que en un principio hizo al hombre, es la misma que repara al hombre por la pasión de Jesucristo.
Sigue: «Manda, pues, que sea custodiado el sepulcro hasta el tercero día».
San Hilario, in Matthaeum, 33
El miedo de que fuese robado el cuerpo, y su guardia y sello es un testimonio de necedad y de infidelidad, porque quisieron sellar el sepulcro de aquél por cuyo mandato habían visto levantarse a Lázaro del sepulcro.
Rábano
Y cuando dicen: «Y este error será peor que el primero», dicen la verdad aunque por ignorancia. Porque fue mucho peor el menosprecio del arrepentimiento en los judíos que el error de su ignorancia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 89,1
Véase cómo sin querer se conciertan para probar la verdad. Se demostró la verdad de la resurrección precisamente por las disposiciones que adoptaron. Porque habiendo sido custodiado el sepulcro, no pudo haber engaño alguno y si no pudo haber engaño, es evidente e irreprochable que el Señor resucitó. Veamos lo que Pilato contestó: «Guardas tenéis, id y guardadlo como sabéis».
Rábano
Como diciendo: Ya tenéis bastante con que os haya permitido matar a un inocente; en cuanto a lo demás, continuad en vuestro error. «Ellos, pues, fueron y para asegurar el sepulcro sellaron la piedra y pusieron guardas».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 89,1
Pilato no quiso que fuesen sólo los soldados los que sellaran el sepulcro, porque si lo hubiesen sellado los soldados únicamente, se habría podido decir que habían permitido a los discípulos que robasen el cuerpo del Señor y así hubiera quedado quebrantada la creencia de la resurrección. Pero en este caso ya no podían decirlo porque ellos mismos habían sellado el sepulcro.
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