Lunes Santo 

La liturgia de la palabra de la misa hoy, 30 de marzo, lunes de la Semana Santa, nos propone la lectura del profeta Isaías 42,1-7 y el evangelio según san Juan 12,1-11, que merecen que reflexionemos en la perspectiva de los días previos a la Pasión.

Isaías nos habla de la figura del Mesías, enviado a manifestar la justicia a todo el mundo, que lo hará de forma delicada, con ternura, con cuidado… de forma que no amedrentará a los más frágiles y débiles —»La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará«—-, sino que mostrara su justicia que es misericordia. Y lo hará con autenticidad, sin dudar ni retroceder hasta anunciar el Reino de amor-misericordioso: «No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país».

Así será el Reino que el Mesías, Jesucristo, justicia de Dios, trae a la Tierra: «los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11,5). Como dice Isaías: «abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».

La Justicia de Dios es de ese modo. La justicia de Dios tiene su medida, no la nuestra: la de un amor desmedido, gratuito, misericordioso. El Dios que se manifiesta en la vida de Jesús es un Dios cuya omnipotencia está condicionada por la ternura y la misericordia; es más su poder y su justicia radican  paradójicamente y sorprendentemente en ese misterio de ternura y en esa misericordia. «Venid a mí los que estáis fatigados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Cristo al convertirse para los hombres en paradigma del amor misericordioso, proclama con sus obras, más que con sus palabras, que la misericordia es uno de los conocimientos esenciales del vivir el Evangelio. Cristo se identifica sobre todo con el desvalido, con el que está para quebrarse o apagarse. El amor-misericordioso no es una simple emoción, una compasión, sino un afectivo y efectivo solidarizarse con el hombre, sobre todo con el «menos» hombre.

Así se manifiesta la justicia de Dios, en forma de misericordia, tal y como él es. Y así hace justicia, según él, bajo la lógica de la piedad y amor. Este es el dinamismo de su Reinado, al que Jesucristo nos invita, sin forzar, sin imponer, con ternura, a pertenecer.

Lectura del libro de Isaías (42,1-7):

Así dice el Señor:
«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas.
Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella:
«Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te he formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».

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La resurrección de Lázaro era el milagro más grande —»una muchedumbre de judíos…«—, y era un clamor en todo alrededor de Betania, llegando a la próxima Jerusalén. Jesús se había convertido a los ojos de la gente en alguien mayor que un profeta, se extendía la opinión de que él podría ser el Mesías prometido. La figura de Jesús descolocaba a las élites sacerdotales judías; convirtiéndoseles en un problema, que había que eliminar. La Pascua esta próxima, faltaban seis días; se acercaba la Pasión del Señor. «Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús».

María Magdalena, la hermana del resucitado Lázaro, en ofrenda de gratitud, «tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies…«. Era un perfume muy caro, 300 denarios (el salario de ocho mese de una persona), que la contemplativa María había dedicado a Jesús, significando la máxima expresión de tratamiento servicial hacía alguien; recordemos que el lavar los pies -como Jesús hará en la Última Cena, con los apóstoles- era un gesto de servidumbre del siervo al señor de la casa; lo de María con Jesús, no ya con agua sino con perfume carísimo y secándolo no con toalla, sino con el cabello, era excepcionalidad expresión no ya de servicio sino de adoración, y con otro significado o lectura la de ser un ungüento que anticipaba simbólica lo que se hacía con los cadáveres en ungiéndolos…

A este trato excelso, de adoración y reconocimiento de la divina de María, responde Judas, el limosnero, con una visión materialista de la vida, echando en cara el derroche de ese gasto de un perfume tan costoso: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?«. Un argumento con poder lógico moral —aunque no fuera esta la verdadera intención de Judas, sino otra menos noble—. A lo que Jesús responde con una visión profética y trascendente: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».

Lectura del santo evangelio según san Juan (12,1-11):

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.
Jesús dijo:
– «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
Una muchedumbre de judíos
se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

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Palabras del papa Francisco

(Homilía Santa Marta, 6 abril 2020)

Este pasaje termina con una observación: “Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús” (Jn 12,10-11). El otro día vimos los pasos de la tentación: la seducción inicial, la ilusión, luego crece —segundo paso— y el tercero, crece, se contagia y se justifica. Pero hay otro paso: sigue adelante, no se detiene. Para ellos no era suficiente condenar a muerte a Jesús, sino que ahora también a Lázaro, porque era un testigo de vida.

Pero hoy me gustaría detenerme en una palabra de Jesús. Seis días antes de Pascua —estamos a las puertas de la Pasión— María hace este gesto de contemplación: Marta servía —como en el otro pasaje— y María abre la puerta a la contemplación. Y Judas piensa en el dinero y piensa en los pobres, pero “no porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella” (Jn 12,6). Esta historia del administrador infiel es siempre actual, siempre los hay, incluso a alto nivel: pensemos en algunas organizaciones caritativas o humanitarias que tienen tantos empleados, tantos, que tienen una estructura muy rica en personas y al final el cuarenta por ciento llega a los pobres, porque el sesenta por ciento es para pagar el sueldo a tanta gente. Es una forma de quitarles el dinero a los pobres. Pero la respuesta es Jesús. Y aquí quiero detenerme: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros” (Jn 12,8). Es una verdad: “pobres siempre tendréis con vosotros”. Los pobres existen. Hay muchos: están los pobres que vemos, pero esta es la parte más pequeña; la gran cantidad de pobres son los que no vemos: los pobres escondidos. Y no los vemos porque entramos en esta cultura de la indiferencia que es negacionista y negamos: “No, no hay muchos, no se ven; bueno, está ese caso, pero…”, siempre disminuyendo la realidad de los pobres. Pero hay muchos, muchos.

Aunque no entremos en esta cultura de la indiferencia, existe la costumbre de ver a los pobres como adornos de una ciudad: sí, están ahí, como estatuas; sí, están ahí, se pueden ver; sí, esa viejecita mendigando, ese otro… Pero como si fuera algo normal. Es parte de la decoración de la ciudad tener gente pobre. Pero la gran mayoría son pobres víctimas de las políticas económicas, de las políticas financieras. Algunas estadísticas recientes lo resumen de esta manera: hay mucho dinero en manos de unos pocos y mucha pobreza en muchos. Y esta es la pobreza de tantas personas que son víctimas de la injusticia estructural de la economía mundial. Y hay muchos pobres que se avergüenzan porque no llegan a fin de mes; muchos pobres de la clase media, que van a la Cáritas a escondidas y a escondidas piden y sienten vergüenza. Los pobres son muchos más que los ricos; muchos más… Y lo que dice Jesús es cierto: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”. ¿Pero yo los veo? ¿Soy consciente de esta realidad? Sobre todo de la realidad escondida, los que se avergüenzan de decir que no llegan a fin de mes.

Recuerdo que en Buenos Aires me dijeron que el edificio de una fábrica abandonada, vacía durante años, estaba habitado por unas quince familias que habían llegado en esos últimos meses. Fui allí. Eran familias con niños y cada uno había ocupado una parte de la fábrica abandonada para vivir. Reparé que cada familia tenía muebles buenos, muebles de clase media, y televisión. Acabaron allí porque no podían pagar el alquiler. Los nuevos pobres que tienen que dejar la casa porque no pueden pagar el alquiler, van allí. Es la injusticia de la organización económica o financiera la que los lleva allí. Y hay muchos, muchos, y nos encontraremos con ellos en el juicio. La primera pregunta que nos hará Jesús es: “¿Cómo te ha ido con los pobres? ¿Les has dado de comer? Cuando estaba en prisión, ¿lo has visitado? En el hospital, ¿lo fuiste a ver? ¿Ayudaste a la viuda, al huérfano? Porque yo estaba allí”. Y por eso seremos juzgados. No seremos juzgados por el lujo o los viajes que hayamos hecho o la importancia social que hayamos tenido. Seremos juzgados por nuestra relación con los pobres. Pero si yo, hoy, ignoro a los pobres, los dejo de lado, creo que no existen, el Señor me ignorará el día del juicio. Cuando Jesús dice: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”, quiere decir: “Yo siempre estaré con vosotros en los pobres. Estaré presente ahí”. Y esto no es ser comunista, es el centro del Evangelio: seremos juzgados por esto.

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Catena Aurea

 

Alcuino.

Acercándose el tiempo en que el Señor había determinado padecer, se acercó también El al lugar en que había de terminar la obra de su pasión. Jesús, primero vino a Betania, después a Jerusalén. A Jerusalén, para padecer allí; a Betania para que la resurrección de Lázaro se grabara más profundamente en la memoria de todos: «En donde había muerto Lázaro al que Jesús resucitó».
 

Teofilacto.

En el décimo día del mes, toman los judíos un cordero para sacrificarlo en la fiesta de la Pascua. Entonces comienzan para ellos las solemnidades de esta fiesta. Por eso el día que hace el noveno del mes y que precede al día sexto antes de la Pascua, celebran grandes banquetes, y fijan en este día el principio de la fiesta, lo cual dio ocasión a que Jesús al ir a Betania fuese convidado a comer: «Y le dieron allí una cena». Presentándonos a Marta sirviendo a la mesa, nos da a entender el evangelista, que en su casa se celebra el convite. Pero observa la fidelidad de esta mujer; no cede ella este oficio a los criados, sino que ella misma lo desempeña. Por otra parte, el evangelista, queriendo darnos una señal de la resurrección de Lázaro, añade: «Lázaro era uno de los que estaban sentados con El a la mesa».
 

San Agustín In Ioannem tract., 50.

El vivía, hablaba, comía; la verdad resplandecía, la incredulidad de los judíos estaba confundida.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 64.

María no atendía al servicio general, y sólo se ocupaba de la gloria del Señor, y no se acercaba a El como a hombre, sino como a Dios. «Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro, de gran precio, y ungió los pies de Jesús, y le enjugó los pies con sus cabellos», etc.
 

San Agustín tract. 55.

Debemos creer que la palabra pistici indica el lugar de donde era este precioso perfume.
 

Alcuino.

O también fiel y no adulterado con sustancias extrañas 1. Esta es aquella mujer, pecadora en otro tiempo, que vino al Señor en casa de Simón con un vaso de rico perfume.
 

San Agustín De cons. evang., 2, 79

Este hecho, que se repitió en Betania, no es el mismo que el que refiere San Lucas; pero San Juan, San Mateo y San Marcos lo refieren de la misma manera. Que San Mateo y San Marcos digan que fue la cabeza de Jesús la que ungió con el perfume y San Juan diga que los pies, debemos entenderlo en el sentido de que ungió la cabeza y lo pies. San Mateo y San Marcos, recapitulando aquel día, que era el sexto antes de la Pascua, se refieren nuevamente a Betania, y narran lo que San Juan sobre la cena y el perfume.

«Y se llenó la casa del olor del ungüento».
 

San Agustín In Ioannem tract., 50.

El sentido de este pasaje se ilumina con aquellas palabras del Apóstol: «A los unos en verdad olor de muerte para muerte; y a los otros olor de vida para vida» ( 2Cor 2,16). Finalmente, verás aquí cómo este bálsamo es para unos precioso olor que da la vida, y para otros olor corrompido que produce la muerte. Continúa diciendo: «Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, el que le había de entregar: Por qué no se ha vendido este ungüento», etc.
 

San Agustín De cons. evang., 2, 79

Al decir los otros evangelistas que los discípulos murmuraron de que se hubiera derramado este rico perfume, mientras que San Juan sólo nombra a Judas, pienso que es a Judas a quien han querido referirse todos ellos, usando un plural por un singular. Puede también entenderse en el sentido de que los demás discípulos o sintieron esto o lo dijeron, o Judas hablándoles los persuadió con sus palabras, San Marcos y San Mateo expresan con palabras la voluntad de todos, pero Judas habló así porque era ladrón; los demás por solicitud para con los pobres. San Juan no tendría intención de hablar más que de Judas, aprovechando esta ocasión a fin de hacer constar el hábito que tenía Judas de robar, porque añade: «Y dijo esto no porque él cuidase de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo sus bolsillos traía lo que echaba en ellos».
 

Alcuino

Su cargo era llevar la bolsa; su crimen, robarla.
 

San Agustín In Ioannem tract., 50.

No pereció Judas en el momento en que recibió de los judíos el dinero para entregar al Señor; ya era un ladrón. Perdido este hombre, no seguía al Señor con el corazón sino con el cuerpo. Con esto nos quiso enseñar el Señor a sufrir a los malos para que no dividamos el cuerpo de Cristo. Aquel que roba algo a la Iglesia es semejante a Judas. Si eres bueno, tolera al malo para que obtengas la recompensa de los buenos y no incurras en el castigo de los malos. Toma el ejemplo del Señor mientras vivió en la tierra. ¿Por qué tenía depositarios Aquel a quien los ángeles servían la comida, sino porque su Iglesia había de tener necesidad de depositarios? ¿Por qué admitió ladrones sino con el fin de que su Iglesia, en tanto que tuviera ladrones supiera soportarlos? Pero aquel que acostumbraba a robar el dinero de la bolsa, no vaciló en vender por dinero al Señor.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 64.

El confió a este ladrón la bolsa de los pobres para quitarle toda ocasión, a fin de que no pudiera decir que por deseo de dinero había cometido aquella traición, toda vez que en la bolsa tenía bastante dinero con que apagar su codicia.
 

Teofilacto.

Opinan algunos que Judas tenía la administración del dinero, como el último de todos que era, porque la administración de las cosas temporales es inferior a la de la doctrina, conforme a las palabras que se leen en los Hechos de los Apóstoles ( Hch 6,2): «No es justo que dejemos nosotros la palabra de Dios y que sirvamos a las mesas».
 

Crisóstomo ut supra.

Jesucristo, usando de mucha condescendencia con Judas, no le echó en cara sus robos, sino que lo disculpó: «Dejadla que lo guarde para el día de mi entierro».
 

Alcuino.

Da a entender su muerte, y que debía ser ungido con aromas. Por eso a María, a quien no le habría de ser lícito ungir el cuerpo muerto del Salvador, deseándolo tanto, se le concedió, estando vivo, este privilegio, que no hubiera podido participar después de muerto por la pronta resurrección.
 

Crisóstomo ut supra.

Otra vez por causa del traidor hace mención de su sepultura, como si quisiera decir: te soy grave y pesado, mas espera un poco y me iré. Y esto mismo manifiesta cuando añade: «Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros; mas a mí no siempre me tenéis».
 

San Agustín In Ioannem tract., 50.

El hablaba de su presencia corporal, pues en cuanto a su majestad, a su providencia, a su gracia inefable e invisible, se cumple lo que por El se ha dicho ( Mt 28,20): «He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos». O de otro modo: en la persona de Judas están representados los malos en la Iglesia, porque si eres bueno tendrás la presencia de Cristo por la fe y por el sacramento, y lo tendrás siempre. Porque cuando salgas de este mundo, irás a Aquel que dijo al ladrón ( Lc 23,43): «Hoy serás conmigo en el Paraíso». Pero si, por el contrario, vives mal, te parecerá tener presente a Cristo, porque estás bautizado con el bautismo de Cristo; te acercas al altar de Cristo, pero viviendo mal, no lo tendrás siempre. El no dijo tienes, en singular, sino tenéis, en plural, porque un solo malo representa todo el cuerpo de los malos. «Entendió, pues, un crecido número de judíos, que Jesús estaba allí; y vinieron, no solamente por causa de El, sino también por ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos». La curiosidad los trajo, no la caridad.
 

Teofilacto.

Ellos deseaban ver al resucitado, esperando oír de la boca de Lázaro alguna cosa acerca del lugar de las almas.
 

San Agustín ut supra.

Como el milagro hecho por el Señor era tan grande, se había extendido por todas partes con tanta evidencia, y se había hecho tan público, que no pudiendo ni ocultar el hecho, ni negarlo, pensaron dar muerte a Lázaro. «Y los príncipes de los sacerdotes pensaron», etc. ¡Pensamiento insensato y ciega crueldad! Como si el Señor, que pudo resucitar a un muerto, no pudiera hacer lo mismo con un asesinado. He aquí que el Señor hizo las dos cosas, pues resucitó a Lázaro muerto, y se resucitó a sí mismo que había sido muerto.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 65.

Ningún milagro de Cristo los había enfurecido tanto. Este era el más notable de todos y se había obrado en presencia de mucha gente, y era increíble ver y oír hablar a un muerto de cuatro días. En otras circunstancias, ellos tramaban acusarlo de quebrantar el sábado y por este medio levantar las turbas contra El. Mas ahora, no encontrando motivo alguno para quejarse contra Jesús, dirigen sus ataques contra Lázaro; y aun con el ciego hubieran hecho ellos lo mismo, si no hubiesen tenido la acusación de la violación del sábado. O bien, al ciego que era de baja y humilde condición, lo echaron del templo, mientras que Lázaro era noble, lo cual se comprende por la multitud de personas que vinieron a consolar a sus hermanas. Esto les mortificaba sobremanera: ver que todos, sin cuidarse de la solemnidad próxima venían a Betania.
 

Alcuino.

En sentido místico, que viniera a Betania antes de seis días, significa que el que había hecho todas las cosas en seis días y en el séptimo había creado al hombre, había venido a rescatar al mundo en la edad sexta del mismo, en el día sexto y a la hora sexta. La cena del Señor es la fe de la Iglesia, que obra por la caridad. Marta sirve, cuando el alma fiel consagra al Señor las obras de su devoción. Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa, cuando aquellos que después de muertos por el pecado son resucitados a la vida de la gracia, se alegran de la presencia de la verdad con aquellos que permanecieron en su justicia y se alimentan de los dones de la gracia celestial. Y con razón esta fiesta se celebra en Betania, que significa casa de obediencia 2, pues la Iglesia es la casa de obediencia.
 

San Agustín ut supra.

El perfume con que María ungió los pies de Jesús fue la justicia, y por eso llevaba una libra. Este perfume era de precioso nardo líquido; pisti( en griego significa fe 3. ¿Quieres obrar la justicia? El justo vive de la fe ( Rom 1,17). Unge los pies de Jesús viviendo bien; sigue sus huellas; enjúgalas con tus cabellos. Si tienes algo superfluo, dalo a los pobres y habrás enjugado los pies del Señor, porque los cabellos parecen lo superfluo del cuerpo.
 

Alcuino.

Debemos notar que la primera vez sólo había ungido los pies, pero ahora ungió los pies y la cabeza. Allí se significan los principios, que son la penitencia; aquí la justicia de las almas perfectas, pues por la cabeza del Señor se entiende la sublimidad de la divinidad, y por los pies la humildad de la encarnación. O bien, por la cabeza se entiende el mismo Cristo y por los pies los pobres, que son sus miembros.
 

San Agustín ut supra.

Se llenó la casa de olor; el mundo se llenó de buen nombre.
 

Notas

  1. En griego, pistikh : pura, no adulterada, de calidad.
  2. Literalmente, Betania parece significar casa del pobre, o bien casa de Ananías, que significa protegido por Dios. Orígenes derivaba el nombre de bet’bara, casa de la preparación.
  3. El término pistikh tiene la misma raíz que pistiV , fe.

 

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