![]() En el evangelio del día de ayer del Corpus Christi, salta a primera vista (aunque no se hace mucho hincapié en ello en los sermones) el que Jesucristo pide a sus apóstoles que digan a los allí presentes que aporten los alimentos que tienen; tan solo recaudan 5 panes y 2 peces, y a los que hay que alimentar son 5.000 personas.
Jesús multiplica hasta el infinito, en sobreabundancia (hasta sobraron para llenar 12 cestos); Jesús bendice los panes, los manda repartir a las personas que ha hecho sentarse; todos están en plan receptivo, recibiendo lo que Dios da. Dios es el que otorga el alimento para que nadie desfallezca. Tal cual. Está claro, claro; pero poco, muy poco, asumido, tomado conciencia, llevado a una actitud vital que haga real y factible esta verdad: Dios lo hace casi todo y nosotros apenas aportamos nada. Esta es una realidad a tener muy en cuenta, si queremos estar en la relación correcta con Dios, y que produzca en nosotros los resultados requeridos: que no son otros que el que Dios participe de manera fundamental en nuestras vidas, y que nos llene de su santidad, de su presencia, su gracia y el alimento de su pan bendito. Es muy poco lo tenemos que aportar, pero necesario. Es todo cuanto Dios quiere que hagamos, nuestra pequeña participación, nuestra pequeñez y pobreza, para enriquecernos. Dios el creador de la gracia y el que la regala, para la vida de todos. Nosotros tan solo tenemos que ofrecernos a que su gracia sea acogida y operativa en nosotros. Es todo. Todo en la vida de los seres humanos, para llegar a su plenitud -la santidad-, debe estar bajo el dinamismo del reinado de Cristo. Solo nos queda saciarnos del alimento divino, para tener vida: “Yo soy el pan de vida”, dijo Jesús a la gente (Jn 6,35). Tan solo nos queda recocernos hambrientos y dejarnos alimentar por quien está dispuesto a darnos de comer.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,11b-17): En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. ACTUALIDAD CATÓLICA |
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