Dietrich Bonhoeffer, “El precio de la gracia”

Tal día como hoy de hace 74 años, moría asesinado D. Bonhoeffer, teólogo protestante alemán, mártir, ahorcado por el nazismo el 9 de abril de 1945, acusado de participar en el movimiento de resistencia.

Les ofrecemos una colección de párrafos extraídos de su obra El precio de la gracia[1], que nos han gustado para reflexionar y alimentar el espíritu, y que lo deseamos para ustedes.

 

Con la extensión del cristianismo y la secularización creciente de la Iglesia, la noción de gracia cara se perdió gradualmente. El mundo estaba cristianizado y la gracia se había convertido en el bien común de un mundo cristiano. Se la podía adquirir muy barata. Y sin embargo, la Iglesia romana conservó un resto de esta noción primera. Fue de enorme importancia el que el monaquismo no se separase de la Iglesia y el que la prudencia de la Iglesia soportase al monaquismo. En este lugar, en al periferia de la Iglesia, se mantuvo a idea de que la gracia es cara, de que la gracia implica el seguimiento. Unos hombres, por amor a Cristo, perdían todo lo que tenían e intentaban seguir en la práctica diaria los severos preceptos de Jesús. La vida monacal se convirtió en una protesta viva contra la secularización del cristianismo y el abaratamiento de la gracia. pp.17-18.

Aprendiendo a obedecer a Cristo y a su Iglesia, porque sabía que sólo el obediente puede creer. La llamada al convento le costó a Lutero la entrega plena de su vida. Lutero fracasó en su camino hacia Dios. Dios le mostró por medio de la Escritura que el seguimiento de Jesús no es la proeza aislada de unos pocos, sino un precepto divino dirigido a todos los cristianos. 18

Pero ¿sabemos también que esta gracia barata se ha mostrado tremendamente inmisericorde con nosotros? El precio que hemos de pagar hoy día, con el hundimiento de las Iglesias organizadas, ¿significa otra cosa que la inevitable consecuencia de la gracia conseguida a bajo precio? Se ha predicado, se han administrado los sacramentos a bajo precio, se ha bautizado, confirmado, absuelto… 23

        

Sólo el creyente es obediente y sólo el obediente cree. 31

 

Del mismo modo que la obediencia ha sido llamada consecuencia de la fe, hay que llamarla también presupuesto de la fe. 32

Sólo el obediente cree. Para poder creer hay que practicar la obediencia a una orden concreta. Es preciso dar un primer paso de obediencia para que la fe no se convierta en una forma piadosa de engañarse a sí mismo, para que no se convierta en gracia barata. El primer paso de la obediencia debe llevar a Pedro lejos de sus redes, fuera de su barca, debe llevar al joven rico lejos de su riquezas. Sólo en esta existencia nueva, creada por la obediencia, es posible creer. 32

Este paso puede ser dado con toda libertad. ¡Ven a la iglesia! Los domingos, puedes dejar tu casa e ira escuchar la predicación. Si no lo haces, te excluyes voluntariamente del lugar donde es posible creer. 32

A pesar de todo, es preciso realizar la obra externa, tenemos que ponernos en situación de poder creer. Hemos de dar el paso. ¿Qué significa esto? Significa que sólo damos realmente este paso cuando lo hacemos sin pensar en la obra que debemos realizar, fijándonos solamente en la palabra de Jesús que nos llama a él. Pero sabe que no tiente derecho a salir de la barca por propia voluntad; si lo hicieses, el primer paso constituiría su perdición. Por eso grita: “Ordéname que vaya a ti sobre las aguas”. Y Cristo responde: “Ven”. 33

Es preciso que Cristo haya llamado; sólo por su palabra podemos dar el paso. Esta llamada es su gracia, que llama de la muerte a la nueva vida de obediencia. Pero ahora que Cristo ha llamado, Pedro debe salir de la barca para ir a él. De hecho, el primer paso de la obediencia es ya en sí mismo un acto de fe en la palabra de Cristo. Pero desconoceríamos por completo la fe en cuanto fe si concluyésemos de todo esto que el primer paso es innecesario puesto que ya existe la fe. A este razonamiento conviene oponer la frase: hay que haber dado el paso de la obediencia antes de poder creer. El que no es obediente, no puede creer. 33-34

¿Te quejas de que no puedes creer? Nadie tiene derecho a admirarse de que no llega a la fe mientras, en un punto cualquiera, se opone al mandamiento de Jesús o se aparta de él, desobedeciendo conscientemente. ¿Es quizás una pasión culpable, una enemistad, una esperanza, tus proyectos, tu razón, lo que te niegas a someter al mandamiento de Jesús? No te admires entonces de no recibir el Espíritu Santo, de no poder rezar, de que tu oración pidiendo la fe quede sin respuesta. Si quieres rechazar la palabra de Dios que te obliga, no recibirás su palabra de gracia. El que no obedece, no puede creer; sólo el obediente cree. 34

A quien quiere excusar, con su fe o con su falta de fe, su desobediencia a la llamada de Jesús, éste le responde: obedece primero, realiza la obra externa, abandona lo que te ata, renuncia a lo que te separa de la voluntad de Dios. No digas: no tengo fe para esto. No la tienes mientras permaneces en la desobediencia, mientras no quieres dar el primer paso. No digas: tengo la fe, no necesito dar el primer paso. No tienes la fe mientras no quieras dar este paso, mientras de obstines en la incredulidad bajo apariencia de fe humilde. 34

No es que exista una situación en la que puedes creer, sino que Jesús te da una situación en la que puedes creer. Se trata de entrar en esta situación, a fin de que la fe sea una fe verdadera y no un autoengaño. Esta situación es indispensable, precisamente porque sólo se trata de la verdadera fe en Jesucristo, porque la fe sola es y sigue siendo el fin pretendido (“de fe en fe”,  Rom 1,17).  34

Mientras se mantengan unidas estas dos frases, no constituyen un obstáculo para la verdadera fe; sin embargo, si se toma cada una de ellas por separado constituyen un grave escándalo. Sólo el que cree es obediente —esta frase se dirige al hombre obediente que existe en el creyente—; sólo el que obedece cree —ésta se dirige al creyente que se encuentra en el interior del que obedece—. 35

La incredulidad se alimenta de la gracia barata porque desea perseverar en la desobediencia. Y llevará a que el hombre se endurezca en su desobediencia por medio del perdón de los pecados que se otorga a sí mismo, llevará a que pretenda no poder discernir lo que es bueno, lo que es mandamiento de Dios, afirmando que son cosas equívocas y susceptibles de numerosas interpretaciones. El desobediente se ha enredado a sí mismo de tal forma que ya no puede escuchar la palabra. De hecho, ya no se puede creer. 35

Entonces, entre el que se endurecido y el director espiritual se desarrollará, más o menos, el siguiente diálogo: “¡Yo no puedo creer!” — “Escucha la palabra; te la predican” — “La escucho, pero no me dice nada, me resulta vacía, me resbala” —”Porque no quieres escucharla” — “Si, quiero”. La mayoría de las ves, al llegar a este punto se interrumpe el diálogo porque el director no sabe ya dónde se encuentra. Únicamente conoce una frase: sólo el creyente es obediente. Y con ella no puede ayudar al que se endurecido, al que no tiene fe ni puede tenerla. 35-36

El director piensa entonces que se halla aquí ante un último enigma, según el cual Dios da a uno la fe que niega a otro. Con esta frase capitula. El que se ha endurecido queda solo y, resignado, continúa lamentándose de su miseria. Pero es precisamente aquí donde hay que dar un giro a la conversión, un giro total. 36

El director corta el diálogo para proseguir con la frase siguiente: “Eres desobediente, te niegas a obedecer a Cristo, quieres conservar para ti un parte de soberanía personal. No puedes escuchar a Cristo porque eres desobediente, no puede creer en la gracia porque no quieres obedecer. Te cierras a la llamada de Cristo en un lugar cualquiera de tu corazón. Tu miseria es tu pecado”. 36

Cristo mismo entra de nuevo en escena, ataca al demonio en el otro, al demonio que hasta ahora se había mantenido oculto al abrigo de la gracia barata. Ahora todo depende de que el director espiritual tenga a su disposición estas dos frases: sólo  el obediente cree y sólo el creyente obedece. En nombre de Jesús debe llamar a la obediencia, a la acción, al primer paso. Deja lo que te retiene, y síguele. En este momento, todo depende de este paso. Hay que destruir la posición en la que le desobediente se ha instalado ; porque, en ella, no se puede escuchar a Cristo. Hay que sacar al que huye del refugio que se ha construido. Sólo cuando esté fuera podrá volver a ver, a escuchar y a creer libremente. Pedro debe aventurarse sobre el mar inseguro para poder creer. 36

Cristo no da la fe más que al que le obedece. 48

“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en heredad la tierra”. Ningún derecho propio protege a la comunidad de los extranjeros en el mundo. Tampoco lo reivindican, porque son los mansos, que viven por amor a Jesús en la renuncia a todo derecho propio. Se les injuria y callana, se les oprime y lo soportan, se les empuja y se apartan. No pleitean por sus derechos, no protestan cuando son tratados con injusticia. No quieren ningún derecho propio. Prefieren dejarlo todo a la justicia de Dios. Lo que a su Señor parece justo, debe parecérselo también a ellos. Sólo eso. En cada palabra, en cada ademán, resulta evidente que no pertenecen a este mundo. Dejadles, dice el mundo compasivo, puesto que les pertenece. Pp.67-68. (El emperador Juliano, en su carta 43, escribía burlonamente que confiscaba los bienes de los cristianos sólo para que pudiesen entrar como pobres en el reino de los cielos. Pie de pag. 68).  

Pero Jesús dice: ellos poseerán la tierra. La tierra pertenece a estos hombres débiles y sin derechos. Los que ahora la poseen con la fuerza y la injusticia, terminarán perdiéndola, y los que han renunciado a ella completamente, mostrándose mansos hasta la cruz, dominarán la nueva tierra. No hay que pensar aquí en una justicia intramundana y castigadora de Dios (Calvino), sino que cuando venga el reino de los cielos, quedará renovada la faz de la tierra y ésta se convertirá en herencia de la comunidad de Jesús. Dios no abandona la tierra. La ha creado. Ha enviado a ella a su Hijo. Edificó sobre ella su comunidad. Todo comenzó en este tiempo se dio un signo. Ya aquí se ha dado a los débiles un trozo de tierra: la Iglesia, su comunidad, sus bienes, hermanos y hermanas, en medio de persecuciones hasta la cruz. También el Gólgota es un trozo de tierra. A partir del Gólgota, donde murió el más manso de todos, debe ser renovada la tierra. Cuando llegue el reino de Dios, los manos poseerán la tierra. 68

Los discípulos de Cristo mantienen la paz, prefiriendo sufrir a ocasionar dolor a otro, conservan la comunidad cuando otro la rompe, renuncian a imponerse y soportan en silencio el odio y la injusticia. De este modo vencen el mal con el bien y son creadores de paz divina en medio de un mundo d odio y guerra. Pero nunca será mas grande su paz que cuando se encuentren pacíficamente con el mal y estén dispuestos a sufrir. Los pacíficos llevarán la cruz con su Señor; porque en la cruz se crea la paz. Por haber sido insertados de este modo en la obra pacificadora de Cristo, por haber sido llamados a colaborar con el Hijo de Dios, serán llamados hijos de Dios. 70

Al final de las bienaventuranzas surge la pregunta: ¿qué lugar del mundo resta a tal comunidad? Ha quedado claro que sólo les queda un lugar, aquel en el que se encuentra el más pobre, el más combatido, el más manso: la cruz del Gólgota. La comunidad de los bienaventurados es la comunidad del crucificado. 71

El triunfo sobre el otro sólo se consigue haciendo que su mal termine muriendo, haciendo que no encuentre lo que busca, es decir la oposición, y con esto un nuevo mal con el que pueda inflamarse aún más. El mal se debilita si, en vez de encontrar oposición, resistencia, es soportado y sufrido voluntariamente. El mal encuentra aquí un adversario para el que no está preparado. (…) El mal no puede conseguir su fin de crear un nuevo mal, y queda solo. 90

El sufrimiento desaparece cuando es sobrellevado. El mal muere cuando dejamos que venga sobre nosotros sin ofrecerle resistencia. La deshonra y el oprobio se revelan como pecado cuando el que sigue a Cristo no cae en el mismo defeco, sino que los soporta sin atacar. El abuso del poder queda condenado cuando no encuentra otro poder que se le oponga. La pretensión injusta de conseguir mi túnica se ve comprometida cuando yo le entrego también el manto, el abuso de mi servicialidad resulta visible cuando no pongo límites. (…) En la renuncia voluntaria a defenderse se confirma y proclama la vinculación incondicionada del seguidor a Jesús, la libertad y ausencia de ataduras con respecto al propio yo. 98

En todo esto no se trata sólo del mal, sino del maligno. Jesús llama malo al maligno. Mi conducta no debe ser la de disculpar y justifica al que abusa del poder y me oprime. Con mi paciencia sufriente no quiero expresar mi comprensión del derecho del mal. (…) El sufrimiento voluntario es más fuente que el mal, es la muerte del mal. 90

La caridad no debe mirar si le corresponde, sino buscar al que la necesita. ¿Y quién tiene más necesidad de amor que aquel que vive sin él, lleno de odio? ¿Quién es, pus, más digno de amor que mi enemigo? 94

“Amad a vuestros enemigos”. No sólo hemos de aguantar y soportar el mal, no sólo no debemos vengar el golpe con otro golpe, sino que hemos de corresponder con un amor cordial a nuestros enemigos. Hemos de servir y ayudar a nuestros enemigos en todas las cosas de forma sincera y pura. 94

¿Cómo se vuelve invicto el amor? No fijándose en lo que el enemigo le devuelve, sino preguntándose sólo por lo que ha hecho Jesús. El amor a los enemigos lleva al discípulo por el camino de la cruz hacia la comunidad con el crucificado. 95

No es precisamente lo extraordinario, sino lo cotidiano, lo habitual, lo oculto, lo que constituye el signo de la verdadera obediencia y de la auténtica humildad. 100

Puedo rezar para que se cumpla la voluntad de aquel que sabe lo que necesito antes de que se lo pida. Mi oración es segura, fuerte y pura, sólo cuando procede de la voluntad de Jesús. Entonces, la oración es realmente una  súplica. El niño suplica a su padre, a quien conoce. La esencia de la oración cristiana no es una adoración general, sino la súplica. A la actitud del hombre ante Dios corresponde el suplicar, con las manos extendidas, a aquel del que sabe que tiene un corazón paternal. 106

Jesús no ha dicho a sus discípulos solamente cómo deben orar, sino también  lo  que deben orar. 106

Si el corazón se apega a las apariencias del mundo, a la criatura más que al creador, el discípulo está perdido. 112

Son los bienes de este mundo los que quieren apartar de Jesús al corazón del discípulo. (…) El corazón se entenebrece cuando se apega a los bienes del mundo. 112

Por muy apremiante que se la llamada de Jesús, rebota, no consigue entrar en el hombre, porque el corazón está cerrado, pertenece a otro. 112

Los bienes son dados para ser utilizados, pero no para ser acumulados. (…) El corazón se apega al tesoro acumulado. El bien amontonado se interpone entre Dos y yo. Donde está mi tesoro, está mi confianza, mi seguridad, mi consuelo, mi Dios. El tesoro constituye una idolatría. 113

Si me pregunto cómo reconoceré a qué esta apegado mi corazón, también la respuesta es aquí simple y clara: todo lo que te impide amar a Dios sobre todas as cosas, lo que se interpone entre ti y tu obediencia a Jesús, constituye el tesoro al que tu corazón está apegado. 113

 ¡No os preocupéis! Los bienes engañan al corazón humano, ofreciéndole seguridad y quietud; pero, en realidad, son causa de preocupaciones. El corazón que se apega a os bienes recibe con ellos el peso agobiante de la preocupación. La inquietud se crea tesoros; los tesoros, a su vez, crean preocupaciones. Queremos asegurar nuestra vida por medio de los bienes, queremos desembarazarnos de preocupaciones por medio de preocupaciones; pero en realidad se produce lo contrario. Los lazos que nos vinculan a los bienes, que retiene a los bienes, son ellos mismos… preocupaciones. 115

Si quisieran imponer al mundo la palabra en cualquier circunstancia y por cualquier medio, convertirían la palabra viva de Dios en una idea, y el mundo se defendería con razón contra una idea que no puede ayudarle en nada. 123

¿Qué debe hacer los discípulos ante los corazones cerrados? ¿Allí donde es imposible llegar hasta el otro? Deben reconocer que no poseen de ninguna forma de derecho ni poder sobre los toros, que no tienen ningún acceso inmediato a ellos, de suerte que sólo les queda el camino que conduce a aquel en cuyas manso se encuentran ellos mismos, así como los otros hombres. Los discípulos son conducidos a la oración. Se les dice que el único camino que lleva al prójimo es el de la oración a Dios. 123

Desde un punto de vista humano, existen innumerables posibilidades de entender e interpretar el sermón del monte. Jesús sólo conoce una posibilidad: ir y obedecer. No se trata de interpretar, de aplicar, sino de actuar, de obedecer. Sólo de esta forma se escucha la palabra de Jesús. Pero, insistamos: no se trata de hablar sobre la acción como de una posibilidad ideal, sino de comenzar a actuar realmente. 130

“Que todos estén sometidos a las autoridades constituidas” (Rom 13,1).  El cristiano no debe aspirar a situarse en el mismo plano de los que tienen el poder; su vocación es la de permanecer abajo. Las autoridades están arriba, mientras él se encuentra abajo. El mundo reina, el cristiano sirve; así están en comunión con su Señor, que se hizo esclavo. 178

“Pues no hay autoridad que no provenga de Dios”. Esta frase está dirigida al cristiano, no a las autoridades. Los cristianos deben saber que precisamente en esta situación inferior a la que las autoridades los han relegado, reconocen y cumplen la voluntad de Dios. Los cristianos deben consolarse pensando que Dios mismo quiere actuar en bien de ellos a través de las autoridades, que su Dios es también el señor de las autoridades. 179

Que el esclavo siga siendo esclavo, que el cristiano esté sometido a las autoridades que tienen poder sobre él, que el cristiano no salga del mundo (1 Cor 5,11).  Pero, naturalmente, que siendo esclavo viva como liberto de Cristo; que viva bajo la autoridad como quien hace el bien; que viva en el mundo como miembro del cuerpo de Cristo, de la humanidad renovada. 181

Que el cristiano permanezca en el mundo. No porque el mundo posea una bondad divina, ni porque el cristiano, en cuanto tal, sea responsable de la marcha del mundo, sino a causa del cuerpo de Cristo encarnado, a causa de la Iglesia. Que permanezca en el mundo para atacar al mundo de frente, que viva su “vida profesional intramundana” para dejar bien visible su “carácter extraño al mundo”. 182

Pero esto sólo puede hacerlo siendo miembro visible de la Iglesia. La oposición al mundo debe ser practicada en el mundo. Por eso Cristo se hizo hombre y murió entre sus enemigos; por eso, y sólo por eso, que el esclavo siga siendo esclavo y que el cristiano permanezca sometido a la autoridad. 182

Los cristianos compran y venden, comercian y ejercen la industria, por lo harán de forma distinta a los paganos. No sólo no se aprovecharán de los otros (1 Tes 4,6), sino que harán algo inconcebible al mundo: preferirán dejarse engañar y sufrir la injusticia antes que pedir justicia a un tribunal pagano para que defienda sus “bienes de este mundo”. Si resulta necesario, arreglarán sus conflictos dentro de la Iglesia, en sus propios tribunales (1 Cor 6,1-8).  186

Son pobres, sufren, padecen hambre y sed, son misericordiosos, pacíficos, son perseguidos y ultrajados por el mundo y, sin embargo, el mundo sólo se mantiene a causa de ellos. 186

No es casual el que la lista de pecados sea encabezada por la fornicación. No hay que buscar la causa de esto en circunstancias particulares de la época, sino en el género especial de este pecado. En él revive el pecado de Adán, que consistió en querer ser como Dios, en querer ser creador de la vida, en querer reinar, y no servir. En él, el hombre traspasa los límites que le han sido impuestos por Dios y atenta contra sus criaturas. 196

El codicioso desea dominar y regir, pero se convierte en esclavo del mundo al que ha apegado su corazón. Fornicación y codicia ponen al hombre en una relación con el mundo que le mancha y le vuelve impuro. La fornicación y la codicia son idolatría, porque el corazón del hombre no pertenece ya a Dios ni a Cristo, sino a los bienes de este mundo que desea. 197

Quien se crea a sí mismo su Dios y su mundo, aquel a quien su pasión personal se le convierte en Dios, se ve conducido a odiar al hermano que se atraviesa en su camino y constituye un obstáculo para su voluntad. Las discusiones, los odios, la envidia, el asesinato, provienen de la fuente de la codicia personal. El fornicador y el codicioso no pueden conocer el amor fraterno. Viven de las tinieblas de su propio corazón. 197

En la comunión diaria, la imagen de Jesucristo esculpe la imagen del discípulo. El seguidor no puede contentarse con mirar la imagen del Hijo de Dios en una contemplación muerta y pasiva; de esta imagen brota una fuerza transformadora. 210

El hombre creado debe llevar la imagen del Dos increado. Adán es “como Dos”. Debe llevar, con gratitud y obediencia, su misterio de ser criatura y, no obstante, semejante a Dios. la mentira de la serpiente consistió en insinuar a Adán que aún debía hacerse como Dios, precisamente por medio de su propia acción y decisión. Entonces, Adán rechazo la gracia y eligió la acción personal. Quería resolver por sí mismo el misterio de su esencia, consistente en ser a la vez criatura y semejante a Dios. Quería convertirse por sí mismo en lo que ya era por obra de Dios. Esta fue la caída en el pecado. Adán se hizo “como Dios”, a su manera. Se había convertido a sí mismo en dios y ya no tenía Dios. Reinaba solo, como dios creador de un mundo privado de Dios y sometido. 211

Pero el enigma de su existencia sigue sin resolver. El hombre ha perdido su esencia propia, semejante a Dios, que antes tenía. Ahora vive privado de su carácter peculiar, el de ser imagen de Dios. El hombre vive sin ser hombre. Debe vivir sin poder vivir. Es la contradicción de nuestra existencia, la fuente de todas nuestras miserias. Desde entonces, los orgullosos hijos de Adán intentan restaurar en ellos, con su propias fuerzas, la imagen de Dios que han perdido. 211

 

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[1] Sígueme, Salamanca, 1986 (3ª).