Dejarse hacer

Te basta mi gracia” (2 Cor 12,9). Cuando se comprende y asume verdaderamente esta expresión del Señor  —dirigida a Pablo, como para cada uno de nosotros— estamos en lo más importante que debemos saber para nuestra vida espiritualidad, pues nos dispone a la vinculación con el Espíritu de Dios, que nos habita. Todo lo demás carece de especial relevancia; da igual hasta nuestras virtudes (algunas que no puede abrir al orgullo, se convierten en un peligro, que separan de la gracia). Dejarse pues en manos de la gracia divina, que ella haga y actúe en nosotros es lo fundamental e imprescindible.

No hay otra cosa que hacer ni existe mayor preocupación. Cuando uno se deja hacer por la gracia, lo demás carece importa. E incluso la propia debilidad puede ser más que un obstáculo algo favorable; así sigue diciendo el Señor al “te basta mi gracia”: “mi fuerza actúa mejor donde hay debilidad” (2 Cor 12,9).

Dios quiso crearnos libres, con la capacidad de poderle decir no; no a que Él actúe con la fuerza de su gracia nosotros. Era un riesgo, pero era la medida de nuestra grandeza y dignidad. Lo cual  demuestra el amor de Dios hacia sus hijos los hombres. Dios cuenta con esa voluntad amorosa para atraernos, a que nos prestemos a dejarle hacer; Dios solo cuenta con su inquebrantable amor para doblegar el riesgo del posible no por nuestra parte. “Yo jamás ceso de haceros semejantes a mí  —decía Nuestro Señor a Santa Catalina de Siena— con tal que vosotros no pongáis obstáculos. Lo que en mi vida hice, quiero renovarlo en vuestras almas” [1]. “¡Si supieras lo que yo haría en un alma, aunque estuviese llena de miserias, con tal que me dejarse hacer! El amor sólo necesita no hallar resistencia; y muchas veces todo lo que de un alma quiero para hacerla santa es que me deje hacer..” (decía Nuestro Señor a sor Benigna Consolata)[2].

No cabe otra respuesta, sino la de dejarse en las manos Suyas: Dejarse hacer según Él quiera, permitir que el Espíritu Santo intervenga en nuestras vidas, que trabaje en nuestro corazón. Dejarse hacer… Todo lo demás carece de importancia: la vida en sí, con todas sus empeños, vicisitudes y acontecimientos son irrelevantes. Basta con dejarnos hacer por Jesús, basta con dejarnos amar por el amor trinitario en nosotros. Esta es la prueba de nuestro amor hacia Él: si dejamos actuar en nosotros a su Espíritu. Es cuanto nos pide, y nuestro bien.

Debería ser fácil, pero ya no lo es nosotros.

“Es necesario el silencio material (que también es necesario), sino el silencio de las ideas: no hay que aferrarse a las propias pequeñas ideas -sobre todo sin son grandes ideas-, sino ser como niños que no saben lo que se les va a decir.

“Dejaos hacer. No es muy original, no es muy difícil de practicar, pero es muy difícil de comprender (quiero decir comprenderlo de esa manera que hace que se practique). En la vida cristiana no difícil no es la práctica, sino el comprender. El problema no consiste en ser fuerte, sino en acoger la luz, en no resistir contra ella o (lo que viene a ser lo mismo) esquivarla con ligereza. Dejarse hacer por Dios no es algo banal. A medida que su luz penetra en nosotros, descubrimos con espanto de qué tinieblas trata de liberarnos.”[3]

Todo cuanto podemos hacer por nuestra parte está al servicio de lo que no podemos hacer, que es casi todo, y que es el Espíritu Santo quien lo quiere hacer. Lo único que nos pide es que nos alegremos por ello y respondamos -aunque no lo lleguemos a entender del todo- como María: “Hágase…”

 Cuanto menos es uno, más se encarga Él de todo.” (Santa M. Maravillas de Jesús.)

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[1] ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, P.89 pie.

[2] ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, p. 348.

[3] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, pp.5-6.

 

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