Dar la vida

Son un santo, a imitación de Cristo, puede tener gesto de heroísmo como el que llevó a cabo Paulino de Nola. 

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            Una familia pobre de Nola se encontró en la necesidad de pagar un elevado rescate por el padre, que había sido hecho esclavo por unos piratas africanos. Carecía del dinero exigido. Madre e hijos acudieron, deshechos en lágrimas, a su obispo, Paulino, para ver si podía facilitarles el dinero que no tenían.

           El prelado, que ya había empleado todos sus bienes en rescates de otros esclavos, fue a África y se ofreció como esclavo en sustitución de aquel pobre hombre. Aceptaron el cambio; marchó el otro libre a su casa, y Paulino se quedó en su lugar a la espera de que alguien pagase por él.[1]

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           Ni la labor apostólica era excusa a san Paulino de Nola para no entregar su vida por Cristo. Sólo quien ama a nuestro Señor de esta manera es capaz de tanto heroísmo.

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En el año 410, Alarico, rey de los visigodos, se apoderara de Roma, saqueándola, y a continuación de Nola, que fue devastada. Ese mismo año había sido nombrado, por clamor popular, Paulino como  obispo. Gran parte de los habitantes fueron hechos prisioneros. Paulino vendió caritativamente todos sus bienes para rescatar a los prisioneros, incluida la cruz episcopal. Cuando se quedó sin nada más, ofreció como rehén su propia persona a los invasores para rescatar al único hijo de una viuda pobre. Cuando llegó a Áfríca fue vendido como esclavo convirtiéndose en el jardinero de su señor. Un día Paulino tuvo un sueño en el cual presidía un tribunal de jueces en el que se juzgaba al rey, cuya muerte inminente profetizó. Comunicó el sueño a su señor, quien lo condujo ante el rey, quien se llenó de miedo. Al ser interrogado y descubrirse que era obispo, el rey le dijo: “Pídeme aquello que quieras y te será dado”. Paulino respondió que no deseaba otra cosa que la liberación de todos los habitantes de Nola y la suya propia. Y así sucedió, de tal modo que regresaron a su ciudad acompañados de barcos llenos de grano. Murió, ya devuelto en su tierra, en el 22 de junio del 431.

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Biografía

Poncio Meropio Paulino nació en Burdeos (353-431), era pagano y perteneciente a una familia de la nobleza romana y llegó a ser senador romano de origen galo, Recibió una educación esmerada. Tras su conversión y ser proclamado sacerdote en Barcelona, llegó a ser obispo de  obispo de Nola, diócesis situada en la provincia de Napoles, 

En el año 378, cuando ya era cónsul con solo veinticinco años, se casó con Terasia o Teresa, hispana, en Barcelona. Ella era cristiana, quien le condujo a bautismo.

Su tacto hábil en las cuestiones administrativas le ayudó a resolver con acierto determinados conflictos políticos hasta el punto de hacerse conocido por el emperador Valentiniano y ser nombrado prefecto de Roma. Quince años se pasó recorriendo Italia, la Galia y la Hispania. En estos desplazamientos y contactos tuvo la ocasión de tratar con eminentes figuras de la Iglesia como fueron, entre otros, Agustín y Ambrosio. Dicen sus biógrafos que uno y otro quedaron prendados de la formación, desenvolvimiento, amplia visión de las cuestiones generales sobre el mundo y la historia, de su honradez y educación.

Su encuentro con la fe cristiana fue como era de esperar a través de la convivencia con Terasia, su esposa, de quien estaba profundamente enamorado. La oración persistente de ella iba a ser escuchada por el buen Dios que le puso por delante al obispo Delfín –venerado por los franceses como santo– para que sus frecuentes encuentros terminaran en bautismo cristiano.

Luego se avivó el deseo de intimar más con Dios y de profundizar en la vida de oración. Fue en Barcelona donde comenzó a hurgarle la idea de vivir pobremente, vendiendo sus bienes y posesiones, dándolos a los pobres, y renunciando a sus cargos y honores. Así fue como comenzó de común acuerdo el matrimonio a buscar la soledad. Era el 390. La muerte de un hijo a los ocho días de nacer acabó por decidirle a romper las últimas amarras que le ataban a este mundo.

El obispo de Barcelona lo ordenó sacerdote en el 393. Se retiraron a la única posesión –la de Nola– que retuvieron, junto al sepulcro de san Félix, que tanto le había impresionado tiempo atrás, para vivir allí en soledad, oración y penitencia el resto de sus días.

Su nombre corre de boca en boca entre la clase alta en Roma, donde era suficientemente conocido por su anterior cargo en la Prefectura; los murmullos son de asombro y extrañeza; en Milán, Ambrosio lo propone como modelo ante su clero y fieles; pero el papa y del clero romano lo miran con recelo por el hecho de haberse ordenado saltándose a la torera lo que prescribían los cánones, aunque admiten la excusa de que la falta de desobediencia, si la hubo en alguien, fue en el obispo que lo ordenó. Todos estos comentarios acentuaron más la determinación de refugiarse en Nola y esconderse para siempre de las miradas de los hombres.

Junto al sepulcro de san Félix hicieron unas pequeñas celdas para vivir en soledad, oración y penitencia. Pero cuando parecía que se iban a cumplir sus deseos, sucedió que se les unió gente deseosa de llevar vida solitaria, porque Terasia y él vivían separados de común acuerdo, con continencia voluntaria, si bien ella se ocupaba de las tareas de la casa.

Poco a poco se fueron añadiendo más celdas –todas orientadas al altar mayor de la iglesia– y levantaron una esbelta basílica en honor del santo. La parte baja servía para refugio de caminantes o pobres y albergue de peregrinos. Los que habían elegido aquel tipo de vida solitaria se levantaban para cantar de noche maitines, ayunaban con frecuencia, y cultivaban el huerto para subsistir.

Entre rezo y canto, Paulino cultivó su afición poética, destacando los poemas natalicios, en honor de san Félix de Nola, y otros que enviaba a sus amigos Martín, Jerónimo, Ambrosio, Sulpicio Severo, Ausonio, el emperador Teodosio y el papa Anastasio. Él y Aurelio Prudencio están considerados como los últimos poetas latinos.

Su forma de vida levantó comentarios para todos los gustos: mientras los paganos lo juzgaban extravagante, los políticos juzgaron demencia su apartamiento que privaba de sus cualidades a la sociedad; los pobres clamaban por la pérdida de oportunidades en favores y servicios; los ricos se quejaban y calificaban la situación como absurda y anormal quizá porque en Paulino retirado veían señalado su apego a las riquezas.

Entre creyentes eminentes se aplaudía su retiro con un coro de alabanzas: el popular obispo Martín de Tours ensalzará su actitud heroica al posponer las grandezas humanas y el poder a la soledad y a la pobreza; Ambrosio de Milán lo pondrá por modélico ejemplo de grandeza de alma cristiana; Agustín le envió a sus mejores discípulos para que aprendieran la verdadera virtud cristiana; finalmente, el nuevo papa Anastasio (398-401), apenas elegido, enviará una carta a los obispos de Campaña en la que se pierde en elogios a Paulino.

También Jerónimo, el impulsor del monacato en Occidente, será uno de los principales admiradores y panegiristas. Parece que en toda esta aureola solo se escuchó una voz discordante: la del propio Paulino, por el bajo concepto que tenía de sí. Es cierto que rechazó con obstinación y fuerza que se le hiciera el retrato pedido por Septimio Severo.

Los de Nola lo eligieron obispo y siendo obispo se murió, después de que, en el año 410, Alarico con sus visigodos se apoderara de Roma y a continuación de Nola, y Paulino quisiera quedarse como rehén de los vándalos en África, en el lugar del hijo de una viuda pobre. Murió, ya devuelto en su tierra, en el 431.

Yo soy el primer descolocado por la hagiografía que acabo de escribir. Probablemente mi esquema sobre el sacramento del matrimonio –la consideración de su altura y profundidad dentro de la fe y de la Iglesia como llamada a la santidad de la mayor parte de los cristianos–, y también el otro esquema que tengo sobre la posibilidad y obligación de que cada uno se haga santo en el lugar y estado en que Dios le ha puesto, me despiste algo más.

Pero el caso es así: Paulino, pagano, cristiano, casado, sacerdote y obispo está en los altares. Debe ser muy buen intercesor, aunque su vida pueda ser imitada por pocos.

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[1] www.elbuenpastor.8m.net