Pensamientos de Fe (10)

  1. El Espíritu Santo o Paráclito es el don que Cristo prometido enviarnos para que estuviera con nosotros. Es nuestro abogado, intercesor, instructor, ayudante, consolador. El Espíritu Santo es quien santifica, a cada alma y a la Iglesia.   
  2. En esta estado en que nos encontramos, como terrícolas, sometidos a la contingencia de la materia, del espacio y el tiempo, llenos de imperfecciones, limitaciones, etc., somos una pequeña expresión de la grandeza querida por Dios cuando nos creo y a lo que estamos convocados. Es decir, que tal y como somos en la actualidad, no somos aquello que seremos, y así lo dice san Ignacio de Antioquia: «Cuando llegue al cielo seré hombre».
  3. No asfixiemos al Espíritu Santo, su mística e interior voz. El pecado, el ruido del mundo, el orgullo y el egoísmo lo hacen inaudible. Un hombre sólo puede impulsar y hablar desde fuera a otro hombre. El Espíritu, en cambio, nos dinamiza desde dentro y nos habla en la propia conciencia. Es «más interior que lo más íntimo mío» (san Agustín).
  4. Todos los seres humanos somos hijos de Dios, creados a imagen de su Hijo Jesucristo. Los cristianos, lo somos por la dignación del bautismo, por mayor presencia de Dios, Espíritu Santo, en nosotros, una mayor gracia, y un autorreconocimiento de la vinculación y afiliación. Los demás, los que no se reconocen como tales, los ateos, apostatas y los malvados también los son, anónimamente, si se quiere; pero Dios sigue están presente con la gracia increada, la que Dios insufló en la creación espiritual del ser humano como tal.
  5. A los fieles a Cristo, como miembros de su Cuerpo Místico, hemos recibido carismas, dones gratuitos, talentos y vocaciones, para ofrecerlos al servicio de los demás. Hay múltiples carismas, unos concretos, con cometidos especiales, por ejemplo el sacerdocio o el consagrado -que son un don que obliga, es decir, su finalidad es el servicio-. El carisma fundamental, otorgado a todos, es el del amor, que nos asemeja a Dios y santifica. Como señala la Carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis: «el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los cielos no son los ministros, sino los santos»
  6. Dios comunica: da impulsos, indicaciones, chispazos de iluminación, intuiciones, ánimos, fuerzas, mueve… Y lo hace por muchos medios: la conciencia, el corazón, la mente, las Escrituras, otros escritos, los demás, los acontecimientos, la realidad, etc. Hay que estar atento a la captación de esas percepciones, a no perderlas, a que no se pierdan esas fugaces -por respetuosas y gratuitas- manifestaciones para cada uno de nosotros, al fin de que los ruidos ambientes, la agitación, la cambiante página del momento, la fragilidad y precariedad, el pecado, etc. no nos hagan perder bienes espirituales y gracia del amor de Dios para nosotros, para nuestra santidad, no se pierdan.
  7. La esperanza es una virtud altamente teologal. Nos abre a la posibilidad de cree en la excepcionalidad que ninguna otra realidad humana presente puede ni parcialmente proporcionar: la respuesta al sentido de una vida hecha para la eternidad. El mundo materialista ateo no quiere ni hablar de esto, y procura a toda costa que nadie piense ni se pregunte por la esperanza, que abra a creer en las palabra de Dios, tan llenas de promeses y verdades que se verán cumplidas y aclaradas allí cuando nada quedará oculto.
  8. El vivir en la gracia proporciona las condiciones que posibilitan el que percibamos la presencia de Dios en nosotros, que muy frecuentemente se manifiesta de forma inesperada. De ahí que todo tengamos que ser «contemplativos», aquellos que están atentos a la escucha de la Palabra.
  9. Se podría pensar que lo anterior es aburrido y además que requiere de un esfuerzo extraordinario. Pero no, ni lo uno ni lo otro. Dios comunica graciosamente (en el doble sentido). ¿Qué aportamos nosotros, pues? A nosotros mismos, humildemente, dejándonos hacer, ser dóciles al ser llevados, amados, santificados…
  10. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto –le dijo a Nicodemo– así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15). Si es para entrar en la vida eterna -tenga vida eterna-, es para que viva aún con más vida, en plenitud y para siempre. Lo que supone la máxima curación de todo pecado, de toda mordedura venenosa de la serpiente; con tan solo mirar a Jesús clavado en la cruz, como hiciera Dimas, seremos sanados, salvos.

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