Ya estamos de vuelta, con ánimos renovados. Aunque nos consta que no hay muchos motivos para ser optimistas religiosa y espiritualmente hablando. Las perspectivas en este sentido, que es el que realmente nos importa, son ciertamente descorazonadoras.
El mundo Occidental –vanguardia que orienta el porvenir del conjunto de la humanidad– se halla en unos niveles de increencia, de vida espiritual y moral francamente decepcionantes y preocupantes para el tiempo próximo a suceder.
Este tiempo inmediato no es otro –tenemos para nosotros– que el periodo predicho por los profetas y el mismo Jesús que en un futuro habría de suceder llamado el fin de los tiempos, que estarían precedidos de una gran tribulación de tres años y medio.
Tenemos la íntima convicción de que nos adentramos, a partir de este otoño, en este tiempo en que la apostasía y la dolorosas persecuciones de los fieles a Cristo llevará a extinguir la fe en la Tierra, al igual que hacer zozobrar la Barca de Pedro, la Iglesia.
Por ello, rogamos encarecidamente para que todos nosotros seamos firmes en la fe, bajo el amparo de Nuestra Santísima Madre, la Virgen María.
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