Sobre todas las culpas extiende su velo (Prov 10,12). Tienes misericordia de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para atraerlos a misericordia (Sab 11,23).
***** En una charla sobre la confesión, la Madre Teresa narró la siguiente anécdota a sus hermanas: —Dice una leyenda que un hombre había llevado una vida muy desordenada. Cuando se percató de que no debía seguir portándose de tal manera, escribió sus pecados en cinco folios muy densos. Estaba sinceramente arrepentido del mal que había hecho. Acudió al confesor, en cuya presencia leyó uno por unos los cinco folios. Cuando estaba a punto de terminar, dijo para sus adentros: «Temo que se me haya olvidado algún pecado». Volvió al primer folio, pero estaba completamente en blanco. Y lo mismo el segundo, tercero, cuarto y quinto…[1] ..ooOoo.. Soy yo, soy yo, quien tengo que borrar tus faltas y no acordarme de tus pecados (Is 43,25).
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“Hay que abandonar el pasado a la misericordia de Dios” (san Francisco de Sales[2]). “Hijas mías, procurad entender de Dios en verdad, que no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis; y no os dejéis que se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos bienes.” (santa Teresa de Jesús[3]). Dios nos quiere aunque seamos pecadores, tan solo pide que le dejemos querernos. Sentir su cariño es el principio de dejar de ser pecadores. ¡Oh, maravilla! Todo lo hace su amor. La misericordia divina se le anticipa. Jesús aparece siempre como apiadándose, con tierna indulgencia, ofreciendo el perdón de antemano. Es un perdón abierto al futuro, a una nueva vida de la persona en concreto. “Eterno Padre, todo es posible para ti. Aunque nos creaste sin nosotros, no quieres salvarnos sin que colaboremos a nuestra salvación. Por eso te pido que transformes sus voluntades, haciéndolo de tal manera que quieran lo que no quieren. Te lo exijo de tu infinita misericordia.” (Santa Catalina de Siena[4]). Quien se resiste a ser perdonado impide que el mal sea destruido; no se deja salvar. “La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” (Jn 3,19). «Ni el mismo Dios puede conceder el perdón si falta la conversión, y esto no porque le falte generosidad, sino porque es intrínsecamente imposible, contradictorio en sí mismo. Una reconciliación es cosa de dos. El padre del hijo pródigo está deseando su vuelta, pero no puede dispensar al hijo de volver porque precisamente la esencia de la reconciliación es restablecer las relaciones familiares.» [5] «Es necesario decir claramente que el sacramento de la penitencia no sustituye a la conversión, sino que la celebra».[6] Dios perdona siempre, perdona de antemano. Porque el vínculo que une a Dios con sus criaturas es de amor. No hay relación que venga impuesta por el pecado. Dios perdona nuestros pecados siempre (70 veces 7), y el peligro está en querer su perdón. Y esto puede sucedernos, pues nuestros pecados nos incapacitan, nos insensibiliza para quererlo. Luego el peligro de no ser perdonados existe, y el de la condenación; por nuestra parte, por endurecimiento. Luego la condenación, es posible, y solo depende de nosotros, del mal, de nuestro mal. Todo lo referente a Dios es bueno y salvador. A la hora de la condenación no nos fiemos de nosotros, y a la hora de la salvación solo de Dios. Que Dios perdona siempre es cierto, que no tenemos derecho al perdón también, que Dios se compromete graciosamente y esa gracia nos es dada en forma de derecho también. Y que para recibirlo es preciso quererlo; que el peligro, el único peligro, que nuestro corazón endurecido no lo quiera reconocer y recibir, que el amor-misericordioso de Dios nos alcance. Pues el permanecerá fiel, pues no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2,13). La súplica es la apertura del corazón de modo que no se desaproveche la gracia que Dios esta ofreciendo. Dios si perdona y salva, es justo, aunque nos parezca que hay parcialidad, pues no sea merecedor de tal salvación, pues Dios obra con justicia para sí, según su bondad. Dios al perdonar y salvar obra en justicia con su ser que es bondad y amor misericordioso. Hay que implorar el perdón misericordioso de Dios, aunque Dios se ha comprometido en nombre de su misericordia a perdonarnos; pues el estado de invocación y súplica es el que nos disponibles para que se precipite esa gracia sobre nosotros. Por lo tanto el perdón que se nos otorga graciosamente, puede no hacerse real pues nosotros no estemos a la altura de las circunstancias; es decir, que el perdón requiere de ambas partes, el que lo da y el que lo recibe; del perceptor se requiere la conversión. El perdón misericordioso y gratuito exige por la parte del hombre: ponerse de rodillas, física y moralmente, y de reconocer que se pide recibir de Dios aquello a lo que no tenemos derecho. La súplica del perdón es la manifestación de que no se tiene derecho a tal. Es la humildad que se pone confiadamente en manos de la piedad divina. Dios perdona siempre a quien se lo pide, esto es infalible. La misericordia de Dios es la fuente de toda nuestra confianza y esperanza. Para que el bien descienda sobre un hombre es necesario que haya una especial aceptación de este don por parte del que lo recibe. Ese un desprecio insolente el amor no acogido, la generosidad no correspondida. Rehusar el don acarrea la mayor desgracia. La dificultad del perdón no está en que se nos otorgue, sino que consiste en el obstáculo que ponemos a Dios para hacernos aceptar su perdón. Para Dios perdonarnos no es problema; el problema es convencernos de que aceptemos o queramos su perdón. «Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido pro la gracia (cf. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10).»[7] Si el impío se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y hace lo que es justo y recto, vivirá, sin duda, no morirá. Ninguno de los pecados cometidos le será recordado (Ex 18,21-22). Tras el arrepentimiento la vida de aquí en adelante será completamente diferente, y eso es lo que significa en el uso común la palabra “conversión”. «Misericordia divina y contrición del hombre están misteriosamente enlazadas, correspondiéndose la una a la otra. En la verdadera contrición, tenemos un reflejo de la divina misericordia y una interior afinidad cualitativa con ella. Porque si bien la contrición es esencialmente el acto de una persona humana, sólo resulta posible como respuesta a Dios en el alma del hombre que él ha tocado. La verdadera contrición llama a la misericordia divina. El pecador arrepentido se da cuenta de que no merece piedad, que tiene que humillarse, y sin embargo vemos que la suplica: «Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» «Pero la misericordia del padre se anticipa incluso a la manifestación de la contrición del hijo pródigo, de sus súplicas de perdón. Viéndole de lejos, corre hacia él y lo recibe en sus amorosos brazos. Y lejos de cumplir solamente lo que el pecador le pide, lo recibe como a hijo, y manda matar el becerro cebado a fin de celebrar la gran fiesta de su conversión.»[8]
——————————– [1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, p.108. [2] MAURIAC, F., Obras completas, Plaza y Janés, Barcelona, 1967, p.491. [3] Camino de Perfección, Ed. de Espiritualidad, Madrid, 1971, p.290. [4] UNDSET, S., Santa Catalina de Siena, Orbis, Barcelona, 1983, p.206. [5] GONZALEZ-CARVAJAL, L., Esta es nuestra fe, Sal Terrae, Santander, 1984, p.228. [6] Id., p.229. [7] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n. 1428. [8] VON HILDEBRAND, D., La afectividad cristiana, Fax, Madrid, 1968, pp.165-6.
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