Servir

         El que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos  (Mc 9,35).

        El mayor de vosotros sea vuestro servidor. Pues el que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado (Mt  23,11-12).

      Sabéis que los jefes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los grandes sabios oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grandes entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo vuestro, de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20,25-28).

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           Caminando de Averza a Capua el rey de Aragón Alfonso V, y yendo por delante de su comitiva un buen espacio, encontróse a un pobre anciano, a quien se le había caído el borriqueillo con un costal de harina, que en vano se esforzaba en levantar.

           El rey se apeó al momento y ofreció al anciano su ayuda. El asno y el saco estaban cubiertos de lodo.

           —Señor  —dijo el lugareño—  parecéis criado de importancia del rey de Aragón, y no quisiera que se manchasen vuestros vestidos.

           —Mejor será que yo pierda el vestido —dijo el rey—  que vuestra merced la harina, pues yo tengo con qué reponderlo, pero vuesamercé debe de ser pobre.

           —¡Cuánto sentiría que os reprendiesen! —añadió con pesadumbre el anciano.

           —Si lo que hago es bueno, ¿cómo es posible que nadie lo desapruebe?  —dijo el rey—. Levantad un poco más y salveremos la hacienda.

           Acababa de ponerse el asno con la carga en pie cuando principió  a asomar el ejército, y al ver lo hecho por el monarca principiaron a vitorearle los soldados y diéronle sus pajes nuevos vestidos.

           El lugareño quedó espantado de aquel suceso increíble, arrojóse a los pies del rey y principió a pedirle perdón como si hubiera cometido alguna falta grave.

           —Alza —le dijo con nobleza Alfonso—, y sabe que los reyes sólo se distinguen de los demás hombres en la mayor obligación que tienen de favorecerlos.[1]

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         Si ves al asno de tu hermano o su buey caídos en el camino, no te desentiendas, ayúdalo a levantarlos (Dt 22,4).

  

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         “Servir quiere decir reinar” (LG 36).

        Yo os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros como yo hice  (Jn  13,15).

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En la lógica del mundo, reinar quiere decir ser servido; en la lógica divina, reinar quiere decir servir. Esto es locura irracionalidad  para la lógica de poder laico, mundano.

El señorío de Dios es interior y liberador, ya que su ley no es mandar, sino servir. Entrar en la dinámica del reinado es hacer lo que Jesucristo hace: conducirse bajo el dinamismo de un amor misericordioso que se plasma en el servicio de los demás.

 

La participación en la misión real de Cristo, o sea, el hecho de re‑descubrir en sí y en los demás la particular dignidad de nuestra vocación, que puede definirse como “realeza”. Esta dignidad se expresa en la disponibilidad a servir según el ejemplo de Cristo, que “no ha venido para ser servido, sino para servir” (Mt20,28). Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”. Para poder servir dina y eficazmente a los otros hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio. Nuestra participación en la misión real de Cristo concretamente en su “función real” (`munus´) está íntimamente unida a todo el campo de la moral cristiana y a la vez humana. (JUAN PABLO II: Redemptor hominis, n.21).

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] SOLANA, EZEQUIEL.: “Lecturas de oro”, Ed. Magisterio Español, Madrid, 1929, p.110