Un gobierno mundial

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Aunque hay quien sostiene que El coronavirus es tanto el «asesino de la globalización», dice el historiador y autor católico Dr. Roberto de Mattei; pues alzará fronteras; lo cierto es que a simple vista y según estos primeros acontecimientos y cómo se están tomando las medidas de autoprotección, pareciera que es así; pero se desconoce en qué va a parar si esto sigue incrementando su ritmo en todos los sentidos, de forma que degenere en un miedo generalizado.

La gestión del miedo por parte del poder es una tentación peligrosa. Hay que tener mucha honestidad para no caer en ella. Algo que excepcionalmente ocurre. No hay gobierno que no haga uso del miedo para imponer su voluntad y conducir a los ciudadanos hasta donde les quieran llevar. El miedo a las multas (de circulación, de Hacienda, etc.) resulta ser muy eficaz (sobre todo si es repetidamente televisado).

En el caso de la pandemias en que nos vemos envuelto, hay dos tipos de miedos, que se hacen susceptibles de ser utilizados por el poder estatal: el del propio virus, altamente infeccioso, sobre el que obsesivamente se dan noticias constantemente a cerca de cómo van las cifras de contagiados y muertos; por otro lado, está el miedo a las posibles multas, cuantiosas, por cualquier infracción de lo establecido por el Estado para que el virus no se extienda.

Cuando la población haya llegado a un punto en el grado de miedo, angustioso, casi de pánico, clamará porque le Estado la proteja y cuide de todo peligro o amenaza. De modo, que llegados a este extremo, el Estado ejercerá su poder dando seguridad a cambio de libertad. Así los gobiernos de cada Estado irán acaparando mayores cotas de poder, de forma insaciable.

En este caso, en el que la epidemia del coronavirus se ha convertido en pandemia, o sea, se ha globalizado, la solución a ese miedo no cabe buscarla Estado a Estado, independientemente, sino conjuntamente, global, total. La pandemia no está poniendo fin al «mundo sin fronteras», como pudiera parecer, pues, sino que está posibilitando el que a una sola voz el mundo se organice, para solventar casos como éste o otros peligros para la humanidad entera, como el cambio climático, el terrorismo y otros; que puedan crear o valerse los globalistas maestros del casos, para hacer colapsar los Estados y llegar a lo que persiguen: un gobierno mundial.

Ni que decir tiene que quien llegue a ser el presidente de ese gobierno único, será el «amo del mundo». (Les suena, ¿verdad?).

Pero Dios es el Señor de la Historia.

 

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