Sobre la religión…, su futuro, su necesidad (II)

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La mayoría de la gente en nuestras sociedades occidentales carece de una opinión clara y contundente respecto al hecho religioso, hay como una suspensión del juicio sobre la misma y sobre la existencia de Dios. De modo que cada vez se está instaurando el modelo de persona que, no es que sea ateo, sino que simplemente carece de religión, porque no la vive, pasa de ella.

Pero este desentendimiento o tibieza peligrosísima; pues como ya dijo Jesucristo «no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré» (Ap 3,15-16). Además en vivir sin respuestas a las preguntas eternas que todos llevamos dentro, traerá a la larga consecuencias trágicas y dolorosas.

 

Y luego están otros, los que manifiestan abiertamente una opinión del tipo: el hombre inventó la religión y creó a Dios -y no al revés- por debilidad y cobardía, para vivir sin suicidarse.

Pero este vértigo es real: el vivir sin un sentido trascendente, negándose a sí mismo, a asumir una existencia plena por la que se transita sin más, sin esperanza, soportando una sútil insatisfacción invisible, un latente malestar de vacío, que en el fondo se treta de acallar plagando la vida de trepidantes satisfacciones materiales, luchando desaforadamente por ambiciones de todo tipo…, o acabará -como ocurre cada vez más- en la desesperación poniendo fin a su existencia. Ya lo advertía Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de que se la viva”. Está comprobado que el suicidio se da en personas desprovistas de un sentido espiritual de la existencia. En países ateos como China o Rusia es donde más suicidios se dan. En cambio, los países con menos tasas de suicidios son de extracción católica: Italia, Perú, España… Aunque van en aumento, en proporción al crecimiento de la increencia.

Si Dios está ausente, el espíritu humano, siente un vació inmenso que lo devora. Sólo cabe, la desesperación, o el rellenar ese hueco, de forma fraudulenta pero “servible”. Aun así, el relleno puede desaparecer por una situación que ponga a descubierto su banalidad, sobreviniendo el amargo desfondamiento, el terror al “vacío” de la interioridad. La naturaleza aborrece el vacío, le resulta insoportable. El hombre tiene pánico a la nada interior; de modo que huye de si mismo, de estar a solas consigo mismo. Fugitivo de sí, busca cualquier refugio con tal de escaparse de su propio misterio y problema; teme encontrarse cara a cara con su verdad.

Se zambulle en el ruido, el ajetreo, la diversión, el exceso de trabajo, para evadir el silencio que le exponga a esa experiencia tan amarga. Los intereses y ambiciones humanas no son sino otro tanto de lo mismo. Pensar la vida hasta sus últimas consecuencias da miedo, por eso huimos de todo pensar que nos haga ir más allá de lo vulgar. Ello tiene en ocasiones un efecto sedante y suele acallar temporalmente la sed de Dios, pero termina por ser aflictivo al espíritu. En el fondo es una huída, huída de sí mismo, por miedo, miedo a pensar, a sentir, miedo a uno mismo, a encontrarse consigo… Como ya dijo el filósofo Adorno: “El pensamiento que no se decapita acaba en la trascendencia”, o el cura de Ars: “No hay más que ir hasta el final de sí mismo”. Dios aguarda en la profundidad. Quien carece de tiempo y  silencio se expone a no encontrarse con el Ser que le constituye, a ser un extraño de sí mismo, alineado de su auténtico ser, a vivir en la inautenticidad. Hoy en día enfermedades tan de moda, como la depresión, la angustia, el consumismo, las adicciones de todo tipo, son producto del vacío existencial, del sinsentido, de la in-trascendencia…

Esto explica, por ejemplo, la tan desazonante “neurosis del domingo”: cuando la persona se ve obligada a encontrarse con su yo; al liberarse el fin de semana de la actividad laboral y poder, por fin, “respirar”, es entonces cuando se da cuenta de su vacío interior y de la carencia de una tarea que esté más allá del tener que ganarse la vida a diario y le permita considerar la existencia como algo digno de ser vivida. Así se explica que sea justamente en las tardes de los domingos cuando ocurren más suicidios de jóvenes. De esto nadie saca conclusiones. Como tampoco de que el suicidio en los últimos años se haya incrementado de una manera alarmante en el mundo; hay más de un millón de suicidios por año; es la primera causa de muertes violentas. El mundo, sus medios de comunicación, extienden un ominoso silencio sobre esta tremenda realidad, ¿por qué?

 

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