SIMONE WEIL, «LA GRAVEDAD Y LA GRACIA»Fragmentos de «La gravedad y la gracia» (3/3) El sufrimiento y el goce como fuentes de saber. La serpiente ofreció el conocimiento a Adán y Eva. Las sirenas ofrecieron el conocimiento a Ulises. Estas historias ponen de manifiesto que el alma se pierde al buscar el conocimiento en el placer. ¿Por qué? El placer es quizá inocente, siempre que no se busque en él el conocimiento. A éste sólo está permitido buscarlo en el sufrimiento. Quien toma la espada, a espada morirá (Mt 26,52). Pero quien no tome la espada (o la suelte), morirá en la cruz. “Dios mío, Dios mí, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 26,52). Esa es la auténtica prueba de que el cristianismo es algo divino. Para ser justo, hay que estar desnudo y muerto. Sin imaginación. Por esa razón, el símbolo de la justicia debe estar desnudo y muerto. La única que no es susceptible de una imitación imaginaria es la cruz. Eva y Adán pretendieron buscar la divinidad en la energía vital. Un árbol, un fruto. Pero la divinidad está dispuesta para nosotros en madera muerta, cortada geométricamente a escuadra, de la que cuelga un cadáver. El secreto de nuestro parentesco con Dios debe buscarse en nuestra mortalidad. La miseria humana, y no el placer, contiene el secreto de la sabiduría divina. Toda búsqueda de un placer es búsqueda de un paraíso artificial, de una ebriedad, de un crecimiento. Pero no nos ofrece nada, salvo la experiencia de que es vana. Sólo la contemplación de nuestros límites y de nuestra miseria nos coloca en un plano más elevado. Sin juzgar. A la manera del Padre celestial, que no juzga: por él se juzgan los seres. Deja que vengan todos los seres hacia ti, y que ellos mismos se juzguen. Ser una balanza. Prueba ontológica experimental. No poseo en mi el principio de ascensión. No puedo trepar por el aire hasta el cielo. Sólo orientando mi pensamiento hacia algo mejor que yo se consigue que ese algo me atraiga hacia arriba. Si realmente soy atraído, es que esa cosa es real. Ninguna perfección imaginaria puede llevarme hacia arriba, ni un milímetro siquiera. Porque cualquier perfección imaginaria se encuentra automáticamente al nivel en que estoy yo, que la imagino, ni más arriba, ni más abajo. Este efecto de la orientación del pensamiento no es en absoluto comparable a la sugestión. Si cada mañana me digo: soy valiente, no tengo miedo, puede que me vuelva valiente, pero con una valentía que será conforme a lo que, en mi actual imperfección, considero bajo ese nombre, lo cual no superará, por lo tanto, esa misma imperfección. Se tratará de una modificación en el plano, pero no de un cambio de plano. La contradicción es el criterio. No es posible procurarse mediante la sugestión cosas incompatibles. Sólo la gracia puede hacerlo. El ser tierno que mediante la sugestión se vuelve valiente se endurece, e incluso con frecuencia él mismo cercena su ternura con una suerte de placer salvaje. Solamente la gracia puede dar valentía dejando intacta la ternura, o bien ternura dejando intacta la valentía. El gran dolor del hombre, que comienza ya en la infancia y que prosigue hasta su muerte, lo constituye el hecho de que mirar y comer son dos operaciones diferentes. La beatitud eterna es un estado en el que mirar es comer. Lo que contemplamos aquí abajo no es real, es un decorado. Lo que comemos, se destruye, deja de ser real. Esa separación nos la ha producido el pecado. Encarnación. Dios es débil porque es imparcial. Él envía los rayos solares o la lluvia tanto sobre los buenos como sobre los malos. Esa indiferencia del Padre y la debilidad de Cristo se corresponden. Ausencia de Dios. El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza… (Mt 13,31-32). . Dios no cambia nada de nada. A Cristo lo mataron de rabia, porque no era Dios. La comunión es buena para los buenos y mala para los malos. De tal manera que, para las almas condenadas que se encuentran en el paraíso, el paraíso, sin embargo, es un infierno. Los errores de nuestra época forman parte de un cristianismo carente de lo sobrenatural. La causa de ello es el laicismo -y anteriormente el humanismo. Un método para comprender las imágenes, los símbolos, etc. No tratar de interpretarlos, sino simplemente mirarlos hasta que brote de ellos la luz. La experiencia de lo trascendente: parece contradictorio, pero para conocer lo trascendente no queda más remedio, sin embargo, que hacerlo mediante el contacto, puesto que nuestras facultades no pueden fabricarlo. De Dios no podemos saber más que una cosa: que él es lo que nosotros no somos. Sólo nuestra miseria es imagen suya. Cuanto más la contemplamos, más le contemplamos a él. Al rico, al poderoso, le resulta difícil el conocimiento de la miseria humana, porque está predispuesto a creer de manera casi insalvable que él es algo. También resulta difícil al miserable porque está predispuesto a creer de manera casi insalvable que el rico, el poderoso, es algo. La pureza extrema puede contemplar tanto lo puro como lo impuro; la impureza no puede hacer ni lo uno ni lo otro: lo primero le da miedo, y lo segundo lo absorbe. Necesita una mezcla. No olvidar que según san Juan de la Cruz las inspiraciones que apartan del cumplimiento de las obligaciones fáciles y bajas provienen del lado malo. No hay otro criterio perfecto para el bien y para el mal que no sea el de la oración interior ininterrumpida. Está permitido todo aquello que no la interrumpa, y está prohibido todo aquello que lo haga. Es imposible hace mal a nadie cuando se actúa en estado de oración. Siempre que se trate de auténtica oración. Pero antes de llegar hasta ahí, ha habido que emplear la propia voluntad contra la observación de las reglas. Sólo se puede tener seguridad una vez se ha alcanzado el ámbito de lo espiritual -precisamente el ámbito en el que uno ya no puede procurarse nada por sí mismo, el ámbito en el que todo lo esperamos de fuera. Por medio de la inteligencia sabemos que lo que la inteligencia no capta es más real que lo que capta. La fe constituye la experiencia de que la inteligencia ha sido iluminada por el amor. Dentro del ámbito de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que la capacidad de atención. Degradamos los misterios de la fe haciendo de ellos un objeto de afirmación o de negación, cuando lo que deben ser es un objeto de contemplación. San Juan de la Cruz llama noche a la fe. En aquéllos que han tenido una educación cristiana, las partes inferiores del alma se adhieren a esos misterios, cuando en realidad no tienen ningún derecho a ello. Por esa razón necesitan una purificación como la que san Juan de la Cruz describe con sus etapas. El ateísmo y la incredulidad constituyen un equivalente de esa purificación. El objeto de la búsqueda no debe ser lo sobrenatural, sino el mundo. Lo sobrenatural es la luz: si hacemos de ello un objeto, lo menoscabamos. La inteligencia no puede nunca penetrar el misterio, pero puede –y es la única que puede– dar cuenta de la conveniencia de las palabras que lo expresan. En ese cometido, debe ser más aguda, más perspicaz, más precisa, más rigurosa y más exigente que en cualquier otro. La caridad y la injusticia no se definen sino a partir de lecturas ¾escapando así a toda definición. El milagro del buen ladrón fue, no ya que pensara en Dios, sino que reconoció a Dios en su vecino. Pedro antes del canto del gallo ya no reconocía a Dios en Cristo. Juana de Arco: casi todos los que hoy cacarean de ella, seguramente la habrían condenado. Pero sus jueces no condenaron a la santa, a la virgen, etc., sino a la bruja, a la hereje, etc. “No juzguéis” (Mt 7,1; Lc 6,37). El propio Cristo no juzga. El es el juicio. La doliente inocencia como medida. Juicio, perspectiva. Desde ese punto de vista, todo juicio juzga a quien lo emite. No juzgar. No es la indiferencia o la abstención, sino el juicio trascendente, la imitación del juicio divino lo que no nos resulta posible. En todo aquello que nos provoca una auténtica y pura sensación de lo bello existe realmente presencia de Dios. Hay como una especie de encarnación de Dios en el mundo, cuya marca es la belleza. Lo bello es la prueba empírica de que la encarnación es posible. Por esa razón, todo arte de primer orden es por esencia religioso. (Cosa que hoy en día ya se ha olvidado.) Tan testimonial es un canto gregoriano como la muerte de un mártir. Si lo bello es presencia real de Dios en la materia, si el contacto con lo bello es, en el pleno sentido de la palabra, un sacramento, ¿cómo es que hay tantos estetas perversos? Nerón. ¿Es su caso parecido a la avidez de los adictos a las misas negras por las hostias consagradas? ¿O tal vez resulta, con mayor probabilidad, que esas personas no se inclinan por lo auténticamente bello, sino por una mala imitación? Pues, así como hay un arte divino, hay también un arte demoníaco. Ese es sin duda el que le gustaba a Nerón. Una gran parte de nuestro arte es demoníaco. Un apasionado aficionado a la música puede perfectamente ser un hombre perverso ¾aunque me resultaría difícil creerlo de alguien amante del canto gregoriano. Dado que el pensamiento colectivo no puede existir como tal pensamiento, pasa a las cosas (signo, máquinas…). De ahí la paradoja: es la cosa la que piensa y el hombre quien queda reducido al estado de cosa. No existe pensamiento colectivo. En cambio, nuestra ciencia es colectiva, como lo es nuestra técnica. Especialización. No solamente heredamos resultados, sino incluso métodos que no entendemos. Por lo demás, ambas cosas son inseparables, porque los resultados del álgebra proporcionan los métodos al resto de las ciencias. Al sucumbir bajo el peso de la cantidad, al espíritu no le queda otro criterio que el de la eficacia. La vida moderna se ha entregado a la desmesura. La desmesura lo invade todo: la acción, el pensamiento, la vida pública y la privada. De ahí la decadencia del arte. No hay ya equilibrio en ningún sitio. El movimiento católico reacciona parcialmente en contra de ello: por lo menos sus ceremonias han quedado intactas. Pero tampoco tienen nada que ver con el resto de la existencia. El capitalismo ha consumado la liberación de la colectividad humana en relación con la naturaleza. Pero esa misma colectividad ha heredado inmediatamente frente al individuo la función opresiva que antes ejercía la naturaleza. El hombre es esclavo en la medida en que entre la acción y su efecto, entre su esfuerzo y la obra, se encuentra interpuesta la intervención de voluntades ajenas. Es lo social lo que tiñe a lo relativo con el color de lo absoluto. El remedio se halla en la idea de relación. La relación sable violentamente de lo social. Es el monopolio del individuo. La sociedad es la caverna, la salida es la soledad. Fariseos: “En verdad os digo que ya recibieron su recompensa” (Mt 6,2) . A la inversa, Cristo podía haber dicho de los publicanos y de las prostitutas: en verdad os digo que ya recibieron su castigo – o sea, la reprobación social. En cuanto que la han recibido, Dios, que está en el secreto, no los castiga. Mientras que, por otro lado, los pecados que no van acompañados de la reprobación social reciben enteramente su parte de castigo por parte del Padre, que está en el secreto. De ese modo, la reprobación social es un favor del destino. Pero se vuelve mal complementario para aquéllos que, bajo la presión de dicha reprobación, se fabrican un medio social excéntrico, en el interior del cual tienen licencia. Medios criminales, homosexuales, etc. ¿No es gran mancilla la lucha de Jacob con el ángel? “El Eterno… retribuirá a Jacob según sus obras. En el seno materno suplantó a su hermano, y en su vigor triunfó de un Dios. Luchó contra un ángel y lo venció, lloró y suplicó gracia…” (Os 12,4-5). 199 ¿No es una gran desgracia luchar contra Dios y no salir vencido? 199 El gran error de los marxistas y de todo el siglo XIX fue creer que andando, andando, iban a subir por los aires. El espejismo constante de la Revolución consiste en creer que si a las víctimas de la fuerza, que son inocentes de las violencias que se producen, se les pone en las manos esa misma fuerza, la utilizarán justamente. Pero con excepción de las almas que se encuentran muy cerca de la santidad, las víctimas están mancillas por la fuerza como lo están sus verdugos. El mal se halla en la empuñadura de la espada se transmite a la punta. Y las víctimas, así encumbradas y ebrias por el cambio, acaban haciendo un daño igual o mayor, y pronto vuelven a caer en lo mismo. Es tremendo –y lo más hermosos que hay– cuando la finalidad no tiene fin. Sólo lo bello permite estar satisfecho con lo que existe. Los trabajadores tienen más necesidad de poesía de pan. Necesidad de que se vida sea una poesía. Necesidad de una luz de eternidad. Y sólo la religión puede ser la fuente de esa poesía. No es la religión, sino la revolución, la que es el opio del pueblo. Todas las formas de desmoralización se explican por falta de esa poesía. La esclavitud es el trabajo que carece de luz de eternidad, de poseía, y de religión. |
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