Sigamos fielmente la palabra de Dios

En el Evangelio (Lc 7,31-35) de la liturgia de hoy, 16 de septiembre, Jesús nos indica la perentoria necesidad de seguir su palabra en cualquier circunstancia, y de no esquivarla con excusas y observaciones  injustificables. Hay en este breve texto evangélico dos quejas o reproches de Jesús sobre la gente de su tiempo –y también del nuestro- ante el escaso aprecio a sus palabras.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros: ‘Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado’.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: ‘Ese está endemoniado’. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores’. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen«.

 

Dios nos dirige su palabra sabia para que la sigamos, para que escuchándola la pongamos en práctica, la vivamos haciéndola nuestra. Es decir, el mismo Jesús, palabra divina, nos muestra el camino del Reino, la manera de ser al modo Dios; de modo que bajo el influjo de su gracia, de los que viven en la fe que se abre a la conformación según la voluntad divina, participen de la vida de Cristo y estén bajo su reinado. Este reinado es fuente de vida para los que le obedecen: para los que se toca la flauta y bailan…

Las obras que hace quien se conduce según Dios se justician en si misma, en el brillo de la gracia que en ellas reluce. Quien las practica lo sabe, sabe que está en lo cierto, que es el camino que Jesús ha querido para que le sigamos, el camino de la santidad. Todo nuestro vivir se cifra en esto. Lo demás, ¡cuidado!, nos aleja de Dios, el ritmo marco Él, es rebeldía, desobediencia, autojustificación, soberbia, ceguera llena de orgullo.

La sabiduría divina es Jesús mismo, que resplandece en su presencia misma, en sus palabras y obras con valor eterno. Esto dice San Hilario: “Es, pues, El, la sabiduría, no como efecto, sino por naturaleza. Muchos pretenden eludir las palabras de los Apóstoles, que llaman a Jesucristo la sabiduría y el poder de Dios (1Cor 1,24). Se llamó a sí mismo sabiduría, dando a entender que, no solamente poseía El la virtud de la sabiduría, sino que era la sabiduría misma. No es lo mismo la obra de la virtud, que la virtud, porque los efectos se distinguen de sus causas.”

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Palabras del papa Francisco

(Homilía de Santa Marta, 3 de octubre de 2014)

Es precisamente la clase dominante la que cierra las puertas al camino que Dios quiere salvarnos. Y así entendemos los intensos diálogos de Jesús con la clase dominante de su tiempo: discuten, lo ponen a prueba, le tienden trampas para ver si cae, porque es la resistencia la que nos salva. Jesús les dice: «¡Pero no les entiendo! Son como esos niños: les tocamos la flauta y no bailaron; les cantamos un lamento y no lloraron. ¿Qué quieren?». «Queremos lo nuestro: ¡queremos la salvación a nuestra manera!». Siempre es este cierre al camino de Dios. (…) No creen en la misericordia ni en el perdón: creen en los sacrificios. «Quiero misericordia, no sacrificios». Creen que todo debe estar resuelto, ordenado, claro. Este es el drama de la resistencia a la salvación. Nosotros también, cada uno de nosotros, llevamos este drama dentro. Pero nos conviene preguntarnos: (…) «¿Creo que Jesús es el Maestro que nos enseña la salvación, o voy por todas partes buscando gurús que me enseñen? ¿Un camino más seguro, o me refugio bajo el techo de prescripciones y los muchos mandamientos de los hombres? Y así me siento seguro, y con esta —suena un poco duro decirlo— seguridad, compro mi salvación, que Jesús da gratuitamente con la generosidad de Dios. Nos conviene hacernos estas preguntas hoy. Y la última: ¿Me resisto a la salvación de Jesús?

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(Santa Marta,13 diciembre 2013)

“Al ver a estos niños que tienen miedo de bailar, de llorar, de todo, que piden seguridad en todo, pienso en estos cristianos tristes que siempre critican a los predicadores de la Verdad, porque tienen miedo de abrir la puerta al Santo Espíritu. Oremos por ellos, y oremos también por nosotros, para que no nos convirtamos en cristianos tristes, cortando la libertad del Espíritu Santo para venir a nosotros mediante el escándalo de la predicación«. (…) Es impactante que Dios nos hable a través de hombres con limitaciones, hombres pecadores: ¡es impactante! Y es aún más impactante que Dios nos habla y nos salva a través de un hombre que dice ser Hijo de Dios, pero termina siendo un criminal. Eso es impactante».

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Catena Aurea

San Ambrosio

Nos guardamos de condenar (como los fariseos) el consejo de Dios, que está en el bautismo de Juan. Este es el consejo que halló el Angel del gran consejo. Nadie desprecia el consejo de San Juan. ¿Quién, pues, rechazará el consejo de Dios?
 

San Cirilo

Había cierto modo de entretenerse entre los hijos de los judíos. Se dividía una turba de niños en dos partes, para burlarse de las vicisitudes rápidas de la vida presente. Los unos cantaban y los otros se lamentaban. Los que lloraban no se alegraban con los que cantaban, ni los que se alegraban se conformaban con los que lloraban. Después se reprendían mutuamente y vituperaban su falta de simpatía. Que así obró la plebe de los judíos juntamente con sus príncipes, lo declara Cristo, cuando añade: «¿Pues a quién diré que se asemejan los hombres de esta generación, y a quién se parecen? Semejantes son a los muchachos que están sentados en la plaza», etc.
 

Beda

La generación de los judíos se compara con los niños, porque los doctores tenían antiguamente sus profetas, de quienes se dice: «En la boca de los niños y de los que maman, perfeccionaste la alabanza» ( Sal 8,3).
 

San Ambrosio

Cantaron, pues, los profetas, resultando de sus melodías espirituales los oráculos de la salvación del pueblo. Lloraron para enternecer con sus lamentaciones plañideras los corazones endurecidos de los judíos. Este cántico no se cantaba en el foro ni en las plazas, sino en Jerusalén. Ella es el foro del Señor en la que se publicaban las leyes divinas.
 

San Gregorio Niceno

El cántico y la lamentación no son otra cosa que un exceso, el uno de alegría, y el otro de tristeza. Sale de los instrumentos músicos cierta melodía simpática, la cual hace que el hombre manifieste sus disposiciones interiores con el movimiento cadencioso de su cuerpo. Por eso dice: «Os hemos cantado con flautas, y no habéis bailado: nos hemos lamentado y no llorasteis».
 

San Agustín, de quaest. evang. 2, 11

Todas estas cosas se refieren a San Juan y a Jesucristo. Cuando dice: «Nos hemos lamentado y no llorasteis», se refiere a San Juan, cuya abstinencia de comida y de bebida representaba la mortificación de su penitencia. Hablando de esto añade: «Porque vino Juan Bautista, que ni comía pan ni bebía vino; y decís: demonio tiene».
 

San Cirilo

Se atreven a recriminar a un hombre digno de toda admiración. Llaman poseído del demonio al que mortifica la ley del pecado oculta en sus miembros.
 

San Agustín, de quaest. evang. 2, 11

En cuanto se dijo: «Os hemos cantado con flautas y no bailasteis», se refiere al mismo Señor, que comiendo y bebiendo con sus apóstoles, prefigura la alegría del reino de Dios. Por lo que sigue: «Vino el hijo del hombre, que come y bebe», etc.
 

Tito Bostr

No quiso Jesucristo abstenerse de comer y de beber, para no dar ocasión a los herejes, que dicen que las criaturas son malas, y condenan el uso de la carne y el vino.
 

San Cirilo

¿Cuándo pudieron probar que Jesucristo era comilón? Jesucristo se encuentra en todas partes reprendiendo la intemperancia y aconsejando la modestia. Trataba con los publicanos y los pecadores. Y por esto decían contra El que era amigo de los publicanos y de los pecadores, no pudiendo decir que había caído en pecado, sino que trataba con ellos acerca de la salvación. No se mancha el sol cuando recorre toda la tierra y deja caer sus rayos constantemente sobre sus cuerpos inmundos. Ni tampoco el Sol de Justicia se ofende cuando trata con los malos. Sin embargo, ninguno trate de comparar su propia medida con las excelencias de Jesucristo, sino que cada uno, considerando su propia miseria, evite la compañía de los malos, porque las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

Prosigue: «Mas la sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos».
 

San Ambrosio

La sabiduría es el Hijo de Dios por naturaleza, y no por ascenso. Se justifica en el bautismo porque no es rechazada con contumacia, sino reconocida por la justicia como un don de Dios. He aquí, pues, en qué consiste la justificación de Dios: en que parece haber transferido sus dones, no a los indignos y a los culpables, sino a los inocentes y a los que son justos y santos por el bautismo.

Crisóstomo

Llama sabios a los hijos de la sabiduría, porque la Sagrada Escritura acostumbra a designar a los malos más por el pecado que por el nombre, y a los buenos hijos, por la virtud que los caracteriza.

San Ambrosio

Dice bien «Por todos», porque la justicia está reservada a todos, a fin de que los fieles sean recibidos y los infieles arrojados.

San Agustín, de quaest. evang. 2, 11

Cuando dice: «Mas la sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos», da a entender que los hijos de la sabiduría comprenden que la justicia no consiste en abstenerse ni en comer, sino en tolerar con paciencia la pobreza. No el uso, sino la concupiscencia, es lo que debe reprenderse, con tal que convengas en las clases de alimentos con aquellos con quienes has de vivir.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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