Hoy, 4 de marzo, en el Evangelio (Mt 20,17-28) Jesús habla abiertamente de la gravedad de lo que le esperaba…, y cuando los discípulos se disputaban apegados a la lógica del mundo quien era el más importante entre ellos, Jesús le rompe los esquemas y les dice que los más grandes en el Reino de los cielos son los que se ponen al servicio de los demás, los humildes, los que no ambicionan puestos mundanos destacados…
Si alguno quiere ser verdaderamente cristiano, seguidor de Cristo, estar con él, junto a él, vivir según él, parecerse a él, tener sus mismos sentimientos, pisar donde el pisa, hacer el camino de él que llega al cielo y tener un lugar en la Gloria de Dios, ha de ser humilde, ponerse en último lugar de importancia y servir a todos, dando la vida por amor, tan y como Cristo, nuestro Señor, nos enseñó.
Jesús les habla de lo que le había de acaecer, que era algo ilógico para sus discípulos, no le entendía, por eso ante la ambición de ellos de mirar la vida desde la lógica distinta a la de Jesús. No le entendían ni le pedían aclaraciones. Más adelante Jesús les pide a ellos explicaciones acerca de lo que discutían En un momento dado, Jesús, les pide le digan de qué se trataba; ellos guardaron se callaron, guardaron silencio; algo así hacían los espíritus inmundos cuando se encontraban en presencia de Jesús, enmudecían. Los discípulos de Jesús callaron porque se encontraban bajo la lógica in-muda, sumergidos en la mundanidad, en una mentalidad mundana que chocaba con la de Jesús.
Se puede aspirar a llegar a lo alto en el escalafón profesional, a tener éxito en lo que se emprende, a triunfar en las actividades de la vida…; pero siempre hacerlo desde la humildad. Todo cuando se hace ha de hacerse según el modo Dios, no según el mundo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 17-28
En aquel tiempo, mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: «Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará».
Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella respondió: «Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino». Pero Jesús replicó: «No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?» Ellos contestaron: «Sí podemos». Y él les dijo: «Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado».
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos».
…oo0oo…
Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 21 de octubre de 2018)
El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra construyen «tronos» para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, desde donde reinar dando la vida. (…) El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas, esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plena y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, el camino maestro que lleva al Cielo.
…oo0oo…
Catena Aurea
San Jerónimo
Como había dicho el Señor que «El resucitaría al tercero día», creyó una mujer que el Señor reinaría después de resucitado y con la curiosidad propia de su sexo, desea, sin acordarse de lo que había de realizarse después, lo que ella ve como presente. Por eso dice: «Entonces se acercó a El», etc.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Esta mujer es Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo; así es llamada por otro evangelista y su nombre significa pacífica y realmente lo era, porque fue madre de los hijos de la paz. Lo que realza más a esta mujer es que no solamente sus hijos abandonaron a su padre, sino que ella misma dejó a su esposo y siguió a Cristo. Su marido podía vivir sin ella, pero ella no podía salvarse sin Cristo. También se puede decir que Zebedeo había muerto en el tiempo que media entre la vocación de los apóstoles y la pasión del Señor. Ella, a pesar de su sexo débil y de una edad en que ya no tenía fuerzas, seguía a Cristo, porque la fe no envejece, ni la religión se fatiga. Su naturaleza la hizo atrevida para pedir y por eso dice: «Adorándole y pidiéndole alguna cosa»; es decir, que ella pide con el respeto debido que se le dé lo que pide. Sigue: «El la dijo: ¿Qué quieres?» Pregunta el Señor, no porque ignore lo que ella quiere, sino a fin de convencerla, exponiendo ella su petición, de la imposibilidad de su demanda. Por eso se añade: «Ella dijo: Di que estos mis dos hijos se sienten», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,64
Marcos pone en boca de los hijos del Zebedeo lo que San Mateo presenta como cosa dicha por la madre, no habiendo hecho ésta más que trasmitir los deseos de sus hijos al Señor. De aquí resulta que San Marcos, para abreviar, puso en boca de los hijos las palabras de la madre ( Mc 10).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
Ellos se veían más honrados que otros y habían oído aquellas palabras: «Os sentaréis sobre doce tronos». Por eso exigían el trono más elevado y creían que eran superiores en dignidad para con Cristo a los otros. Sin embargo, temían la preferencia de Pedro; por esta razón dice otro evangelista que ellos imaginaban, cuando estaban cerca de Jerusalén, que ya estaban a las puertas del Reino de Dios, es decir, que el Reino era una cosa sensible. De esto debemos concluir que ellos no pedían ninguna cosa espiritual ni se elevaban hasta la contemplación de un reino superior.
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Así como en los reinos del mundo se tienen por más honrados los que se sientan junto al rey, no es de admirar que una mujer, en su natural sencillez e inexperiencia, creyera que estaba en el deber de hacer esa petición al Señor. Hasta los mismos hermanos, por su imperfección, no tenían ideas más elevadas sobre el Reino de Cristo y abrigaban los mismos sentimientos con respecto a los que se sentarán con Jesús.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O de otra manera, no aplaudimos la petición de esta mujer; pero sí decimos que no deseaba para sus hijos los bienes terrenales, sino los celestiales. Porque no eran sus sentimientos como el de las demás madres, que aman los cuerpos de sus hijos y desprecian sus almas, desean que sean apreciados en este mundo y no se cuidan de lo que puedan sufrir en el otro, dando a entender con este proceder que son madres de cuerpos y no de almas. Y yo creo que estos mismos hermanos, cuando oyeron al Señor hablar sobre su pasión y resurrección, comenzaron a decir en su interior, puesto que eran fieles. Ved cómo el Rey del cielo baja a los reinos de los infiernos para destruir el reino de la muerte. Pero después de terminada su victoria, ¿qué le queda por hacer si no el recibir la gloria de su Reino?
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Después de haber destruido Cristo el pecado que reinaba en nuestros cuerpos mortales y todo el poder de los espíritus infernales, recibe en medio de los hombres la corona de su Reino, que para El equivale a sentarse en el trono de su gloria. Porque el obrar El con todo su poder a derecha y a izquierda, no es otra cosa que destruir todo el mal que ante El se presenta y es indudable que entre los que se aproximan a Cristo, aquellos que más sobresalen son los que están a su derecha y los que menos a su izquierda. La derecha de Cristo, ved si lo podéis comprender, es toda criatura invisible y la izquierda la visible y corporal. Entre los que se aproximan a Cristo hay algunos que se colocan a su derecha, como son las cosas inteligibles y otros a su izquierda, como son las sensibles.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
¿Cómo aquel que se entregó a sí mismo a los hombres, no hará partícipes de su Reino a los hombres? Es reprensible la negligencia en pedir cuando no hay duda de la misericordia del que da. Si pedimos al Maestro, probablemente moveremos los corazones de los demás hermanos. Porque, aunque no los pueda vencer el placer carnal, puesto que ya están como regenerados por el espíritu, pueden, sin embargo, conmoverse dado que aún tienen sentimientos carnales. Luego pongamos en nuestro lugar a nuestra madre, para que en su nombre pida por nosotros. Porque si ella es reprensible, fácilmente será perdonada. Su mismo sexo la excusa de todo error y si ella no fuere importuna, alcanzará con más facilidad cuanto pida para sus hijos. Porque el Señor, que ha llenado el corazón maternal de cariño para con sus hijos, escuchará con más facilidad los sentimientos de la madre. Entonces el Señor, que conoce las cosas que están ocultas, no contesta a las palabras de la madre sino a la intención de los hijos que inspiraron esa súplica. El deseo de ellos era efectivamente bueno, pero su petición inconsiderada. De ahí es que, aunque no debían obtener nada, sin embargo no merecían ser reprendidos por su sencilla petición nacida del amor que tenían al Señor. Por esto el Señor solamente les reprende su ignorancia: «Y respondiendo Jesús, dijo: No sabéis lo que pedís».
San Jerónimo
No es extraño que el Señor reprenda su ignorancia, habiendo dicho de Pedro ( Lc 9,33): «No sabía lo que decía».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Porque el Señor permite con frecuencia que los discípulos digan o piensen algunas cosas inconvenientes con el objeto de tener en ello una ocasión para enseñarles alguna regla de piedad, comprendiendo que en su presencia no podía traer ningún mal resultado el error que ellos cometían y que la doctrina que con este motivo les exponía edificaba, no sólo para el presente, sino también para el porvenir.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
El Señor les responde de esa manera, o bien para manifestarles que lo que pedían no era un bien espiritual, o bien para hacerles ver que si ellos hubieran comprendido lo que pedían, jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya realización excede a las más elevadas virtudes.
San Hilario, in Matthaeum, 20
Tampoco saben lo que piden porque no podía ser objeto de duda alguna la gloria de los apóstoles. Y las palabras que preceden indican de un modo terminante que serán ellos los jueces del mundo ( Hch 19).
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O también: «No sabéis lo que pedís», que equivale a decir: Yo os he llamado desde el lado izquierdo a mi derecha y vosotros, por elección vuestra, queréis volver a pasar a la izquierda y quizás la mujer fuera la causa de esta elección. El diablo puso en juego sus acostumbradas armas: la mujer; y así como por una mujer despojó a Adán, así también quiso separar a los discípulos por sugestión de una madre. Pero desde que la salvación del mundo vino de una mujer, ya no podía perder a los santos por una mujer. O también dice: «No sabéis lo que pedís». Porque no solamente debemos pensar en la gloria que podemos conseguir sino también en el modo de evitar las consecuencias del pecado. Porque en las batallas del mundo difícilmente vence el que no piensa más que en el botín de la victoria. Por eso debieron ellos haber hecho esta petición: «Danos el auxilio de tu gracia para que triunfemos de todo mal».
Rábano
No sabían lo que pedían aquellos que pretendían del Señor el trono de una gloria que aún no merecían. Se complacen ante la perspectiva de la cumbre del honor pero les falta ejercitarse antes en el camino del trabajo. Por eso añade: «Podéis beber el cáliz».
San Jerónimo
Por cáliz se entiende en la Escritura Santa la pasión, como en el Salmo: «Tomaré el cáliz de la salud» ( Sal 115,13) y a continuación dice lo que es este cáliz: «La muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor» ( Sal 115,14).
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
El Señor sabía que los discípulos podían imitar su pasión pero les hace esa pregunta con el objeto de que sepamos que nadie puede reinar con Cristo si no lo imita en la pasión pues una cosa preciosa no se adquiere a bajo precio. Entendemos por pasión del Señor, no solamente la persecución de los gentiles, sino también todo lo que tengamos que sufrir en nuestras luchas con el pecado.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
Dice, pues: «Podéis beber», etc., como si dijera: Vosotros me habláis de honor y de coronas y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta del Señor atrae a sus discípulos, porque no les dijo: Podéis derramar vuestra sangre, sino, «¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?»
Remigio
Esto con el objeto de unirlos más a El mediante el lazo de la pasión. Aquellos que poseían la libertad y la constancia del martirio prometen que lo beberían. Por eso sigue: «Dícenle: Podemos».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O también dicen esto, no tanto por la confianza que les inspiraba su fortaleza, sino por la ignorancia de su fragilidad; porque para ellos, que no tenían experiencia, era cosa ligera la pasión y la muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
O también prometen eso por efecto de su buen deseo. Porque jamás se hubieran comprometido de ese modo si no hubieran esperado obtener lo mismo que pedían. El Señor les profetiza grandes bienes, es decir, hacerlos dignos del martirio.
Sigue: «Díjoles: En verdad beberéis mi cáliz».
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
No les contestó el Señor: Podéis beber mi cáliz, sino que, mirando a su futura perfección, les dijo: «En verdad beberéis mi cáliz».
San Jerónimo
Se pregunta cómo los hijos del Zebedeo (a saber, Santiago y Juan) han bebido el cáliz del martirio, siendo así que, según la Escritura, Santiago fue decapitado por Herodes ( Hch 12) y Juan murió de muerte natural; pero leemos en la historia eclesiástica que Juan fue arrojado a una caldera de aceite hirviendo y desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente, nada le faltó para lo esencial del martirio y para beber el cáliz de confesor; cáliz que bebieron los tres jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor no derramó la sangre de ellos. 1
San Hilario, in Matthaeum, 20
Aplaudiendo el Señor la fe de los discípulos, les dijo que en verdad podían sufrir con El el martirio, pero el sentarse a su derecha o izquierda era cosa reservada a otros por su Padre. Por eso sigue: «Mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda», etc. Y efectivamente opinamos que de tal manera está reservado a otros ese honor, que no serán extraños a él los apóstoles, los cuales juzgarán a Israel sentados en los doce tronos de los patriarcas. Y Moisés y Elías -de quienes el Señor apareció rodeado en la montaña con todo el brillo de su gloria- estarán sentados en el Reino de los Cielos, en cuanto es posible concluirlo de lo que dicen los mismos Evangelios.
San Jerónimo
Mas yo opino de otra manera. Los nombres de los que estarán sentados en el Reino de los Cielos no se dicen aquí, a fin de que la designación especial de algunos no parezca la exclusión de otros. Porque el Reino de los Cielos no está tanto a la disposición del que lo da como del que lo recibe. Para Dios no hay distinción de personas y aquel que se presentare digno del Reino de los Cielos, recibirá el reino que está preparado, no para tal persona, sino para tal conducta. De donde resulta que si vosotros os portáis de tal manera que merecéis el Reino de los Cielos (que mi Padre ha preparado a los victoriosos), vosotros lo recibiréis también. Y no dijo el Señor «no os sentaréis», a fin de no cubrir de confusión a los dos hermanos, ni tampoco «os sentaréis», para no irritar a los demás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3
O de otro modo, este primer lugar parece imposible a todos, no sólo a los hombres, sino a los ángeles, porque el apóstol San Pablo nos dice en estos términos, que tal es el principal puesto del Hijo único de Dios ( Heb 1,13.): «¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: «Siéntate a mi derecha?» Contesta el Señor por condescender con los que le preguntaban, mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían sentarse a su lado. Porque el único objeto que efectivamente se proponían los dos discípulos en su petición era el estar sentados inmediatamente después de El y delante de los demás. Pero el Señor responde: Efectivamente moriréis por causa mía pero esto no es suficiente para que obtengáis el primer puesto. Porque si se presentara algún otro con mayor virtud además del martirio, no le quitaré a él el primer puesto y os lo daré a vosotros por el amor que os tengo. Y para que viéramos que no cabía en El esa debilidad, no dijo simplemente: No es cosa mía el dar, sino no es cosa mía el darlo a vosotros, sino a aquéllos para quienes ha sido preparado, es decir, a aquellos que se pueden distinguir por sus obras.
Remigio
O de otro modo: no es cosa mía el darlo a vosotros, esto es, a los que son tan soberbios como vosotros, sino a los humildes de corazón, para quienes lo ha preparado mi Padre.
San Agustín, de Trinitate, 1,12,24-25
O también de otro modo, la respuesta del Señor: «Mas el estar sentado a mi derecha no me pertenece a Mí el darlo», fue dada según la forma de siervo de que estaba revestido. Mas lo que está preparado por el Padre, preparado está también por el mismo Hijo. Porque el Padre y el Hijo son una sola cosa.
Notas
- Ver Dan 3.
San Jerónimo
Como había dicho el Señor que «El resucitaría al tercero día», creyó una mujer que el Señor reinaría después de resucitado y con la curiosidad propia de su sexo, desea, sin acordarse de lo que había de realizarse después, lo que ella ve como presente. Por eso dice: «Entonces se acercó a El», etc.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Esta mujer es Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo; así es llamada por otro evangelista y su nombre significa pacífica y realmente lo era, porque fue madre de los hijos de la paz. Lo que realza más a esta mujer es que no solamente sus hijos abandonaron a su padre, sino que ella misma dejó a su esposo y siguió a Cristo. Su marido podía vivir sin ella, pero ella no podía salvarse sin Cristo. También se puede decir que Zebedeo había muerto en el tiempo que media entre la vocación de los apóstoles y la pasión del Señor. Ella, a pesar de su sexo débil y de una edad en que ya no tenía fuerzas, seguía a Cristo, porque la fe no envejece, ni la religión se fatiga. Su naturaleza la hizo atrevida para pedir y por eso dice: «Adorándole y pidiéndole alguna cosa»; es decir, que ella pide con el respeto debido que se le dé lo que pide. Sigue: «El la dijo: ¿Qué quieres?» Pregunta el Señor, no porque ignore lo que ella quiere, sino a fin de convencerla, exponiendo ella su petición, de la imposibilidad de su demanda. Por eso se añade: «Ella dijo: Di que estos mis dos hijos se sienten», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,64
Marcos pone en boca de los hijos del Zebedeo lo que San Mateo presenta como cosa dicha por la madre, no habiendo hecho ésta más que trasmitir los deseos de sus hijos al Señor. De aquí resulta que San Marcos, para abreviar, puso en boca de los hijos las palabras de la madre ( Mc 10).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
Ellos se veían más honrados que otros y habían oído aquellas palabras: «Os sentaréis sobre doce tronos». Por eso exigían el trono más elevado y creían que eran superiores en dignidad para con Cristo a los otros. Sin embargo, temían la preferencia de Pedro; por esta razón dice otro evangelista que ellos imaginaban, cuando estaban cerca de Jerusalén, que ya estaban a las puertas del Reino de Dios, es decir, que el Reino era una cosa sensible. De esto debemos concluir que ellos no pedían ninguna cosa espiritual ni se elevaban hasta la contemplación de un reino superior.
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Así como en los reinos del mundo se tienen por más honrados los que se sientan junto al rey, no es de admirar que una mujer, en su natural sencillez e inexperiencia, creyera que estaba en el deber de hacer esa petición al Señor. Hasta los mismos hermanos, por su imperfección, no tenían ideas más elevadas sobre el Reino de Cristo y abrigaban los mismos sentimientos con respecto a los que se sentarán con Jesús.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O de otra manera, no aplaudimos la petición de esta mujer; pero sí decimos que no deseaba para sus hijos los bienes terrenales, sino los celestiales. Porque no eran sus sentimientos como el de las demás madres, que aman los cuerpos de sus hijos y desprecian sus almas, desean que sean apreciados en este mundo y no se cuidan de lo que puedan sufrir en el otro, dando a entender con este proceder que son madres de cuerpos y no de almas. Y yo creo que estos mismos hermanos, cuando oyeron al Señor hablar sobre su pasión y resurrección, comenzaron a decir en su interior, puesto que eran fieles. Ved cómo el Rey del cielo baja a los reinos de los infiernos para destruir el reino de la muerte. Pero después de terminada su victoria, ¿qué le queda por hacer si no el recibir la gloria de su Reino?
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Después de haber destruido Cristo el pecado que reinaba en nuestros cuerpos mortales y todo el poder de los espíritus infernales, recibe en medio de los hombres la corona de su Reino, que para El equivale a sentarse en el trono de su gloria. Porque el obrar El con todo su poder a derecha y a izquierda, no es otra cosa que destruir todo el mal que ante El se presenta y es indudable que entre los que se aproximan a Cristo, aquellos que más sobresalen son los que están a su derecha y los que menos a su izquierda. La derecha de Cristo, ved si lo podéis comprender, es toda criatura invisible y la izquierda la visible y corporal. Entre los que se aproximan a Cristo hay algunos que se colocan a su derecha, como son las cosas inteligibles y otros a su izquierda, como son las sensibles.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
¿Cómo aquel que se entregó a sí mismo a los hombres, no hará partícipes de su Reino a los hombres? Es reprensible la negligencia en pedir cuando no hay duda de la misericordia del que da. Si pedimos al Maestro, probablemente moveremos los corazones de los demás hermanos. Porque, aunque no los pueda vencer el placer carnal, puesto que ya están como regenerados por el espíritu, pueden, sin embargo, conmoverse dado que aún tienen sentimientos carnales. Luego pongamos en nuestro lugar a nuestra madre, para que en su nombre pida por nosotros. Porque si ella es reprensible, fácilmente será perdonada. Su mismo sexo la excusa de todo error y si ella no fuere importuna, alcanzará con más facilidad cuanto pida para sus hijos. Porque el Señor, que ha llenado el corazón maternal de cariño para con sus hijos, escuchará con más facilidad los sentimientos de la madre. Entonces el Señor, que conoce las cosas que están ocultas, no contesta a las palabras de la madre sino a la intención de los hijos que inspiraron esa súplica. El deseo de ellos era efectivamente bueno, pero su petición inconsiderada. De ahí es que, aunque no debían obtener nada, sin embargo no merecían ser reprendidos por su sencilla petición nacida del amor que tenían al Señor. Por esto el Señor solamente les reprende su ignorancia: «Y respondiendo Jesús, dijo: No sabéis lo que pedís».
San Jerónimo
No es extraño que el Señor reprenda su ignorancia, habiendo dicho de Pedro ( Lc 9,33): «No sabía lo que decía».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Porque el Señor permite con frecuencia que los discípulos digan o piensen algunas cosas inconvenientes con el objeto de tener en ello una ocasión para enseñarles alguna regla de piedad, comprendiendo que en su presencia no podía traer ningún mal resultado el error que ellos cometían y que la doctrina que con este motivo les exponía edificaba, no sólo para el presente, sino también para el porvenir.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
El Señor les responde de esa manera, o bien para manifestarles que lo que pedían no era un bien espiritual, o bien para hacerles ver que si ellos hubieran comprendido lo que pedían, jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya realización excede a las más elevadas virtudes.
San Hilario, in Matthaeum, 20
Tampoco saben lo que piden porque no podía ser objeto de duda alguna la gloria de los apóstoles. Y las palabras que preceden indican de un modo terminante que serán ellos los jueces del mundo ( Hch 19).
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O también: «No sabéis lo que pedís», que equivale a decir: Yo os he llamado desde el lado izquierdo a mi derecha y vosotros, por elección vuestra, queréis volver a pasar a la izquierda y quizás la mujer fuera la causa de esta elección. El diablo puso en juego sus acostumbradas armas: la mujer; y así como por una mujer despojó a Adán, así también quiso separar a los discípulos por sugestión de una madre. Pero desde que la salvación del mundo vino de una mujer, ya no podía perder a los santos por una mujer. O también dice: «No sabéis lo que pedís». Porque no solamente debemos pensar en la gloria que podemos conseguir sino también en el modo de evitar las consecuencias del pecado. Porque en las batallas del mundo difícilmente vence el que no piensa más que en el botín de la victoria. Por eso debieron ellos haber hecho esta petición: «Danos el auxilio de tu gracia para que triunfemos de todo mal».
Rábano
No sabían lo que pedían aquellos que pretendían del Señor el trono de una gloria que aún no merecían. Se complacen ante la perspectiva de la cumbre del honor pero les falta ejercitarse antes en el camino del trabajo. Por eso añade: «Podéis beber el cáliz».
San Jerónimo
Por cáliz se entiende en la Escritura Santa la pasión, como en el Salmo: «Tomaré el cáliz de la salud» ( Sal 115,13) y a continuación dice lo que es este cáliz: «La muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor» ( Sal 115,14).
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
El Señor sabía que los discípulos podían imitar su pasión pero les hace esa pregunta con el objeto de que sepamos que nadie puede reinar con Cristo si no lo imita en la pasión pues una cosa preciosa no se adquiere a bajo precio. Entendemos por pasión del Señor, no solamente la persecución de los gentiles, sino también todo lo que tengamos que sufrir en nuestras luchas con el pecado.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
Dice, pues: «Podéis beber», etc., como si dijera: Vosotros me habláis de honor y de coronas y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta del Señor atrae a sus discípulos, porque no les dijo: Podéis derramar vuestra sangre, sino, «¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?»
Remigio
Esto con el objeto de unirlos más a El mediante el lazo de la pasión. Aquellos que poseían la libertad y la constancia del martirio prometen que lo beberían. Por eso sigue: «Dícenle: Podemos».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
O también dicen esto, no tanto por la confianza que les inspiraba su fortaleza, sino por la ignorancia de su fragilidad; porque para ellos, que no tenían experiencia, era cosa ligera la pasión y la muerte.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2
O también prometen eso por efecto de su buen deseo. Porque jamás se hubieran comprometido de ese modo si no hubieran esperado obtener lo mismo que pedían. El Señor les profetiza grandes bienes, es decir, hacerlos dignos del martirio.
Sigue: «Díjoles: En verdad beberéis mi cáliz».
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
No les contestó el Señor: Podéis beber mi cáliz, sino que, mirando a su futura perfección, les dijo: «En verdad beberéis mi cáliz».
San Jerónimo
Se pregunta cómo los hijos del Zebedeo (a saber, Santiago y Juan) han bebido el cáliz del martirio, siendo así que, según la Escritura, Santiago fue decapitado por Herodes ( Hch 12) y Juan murió de muerte natural; pero leemos en la historia eclesiástica que Juan fue arrojado a una caldera de aceite hirviendo y desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente, nada le faltó para lo esencial del martirio y para beber el cáliz de confesor; cáliz que bebieron los tres jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor no derramó la sangre de ellos. 1
San Hilario, in Matthaeum, 20
Aplaudiendo el Señor la fe de los discípulos, les dijo que en verdad podían sufrir con El el martirio, pero el sentarse a su derecha o izquierda era cosa reservada a otros por su Padre. Por eso sigue: «Mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda», etc. Y efectivamente opinamos que de tal manera está reservado a otros ese honor, que no serán extraños a él los apóstoles, los cuales juzgarán a Israel sentados en los doce tronos de los patriarcas. Y Moisés y Elías -de quienes el Señor apareció rodeado en la montaña con todo el brillo de su gloria- estarán sentados en el Reino de los Cielos, en cuanto es posible concluirlo de lo que dicen los mismos Evangelios.
San Jerónimo
Mas yo opino de otra manera. Los nombres de los que estarán sentados en el Reino de los Cielos no se dicen aquí, a fin de que la designación especial de algunos no parezca la exclusión de otros. Porque el Reino de los Cielos no está tanto a la disposición del que lo da como del que lo recibe. Para Dios no hay distinción de personas y aquel que se presentare digno del Reino de los Cielos, recibirá el reino que está preparado, no para tal persona, sino para tal conducta. De donde resulta que si vosotros os portáis de tal manera que merecéis el Reino de los Cielos (que mi Padre ha preparado a los victoriosos), vosotros lo recibiréis también. Y no dijo el Señor «no os sentaréis», a fin de no cubrir de confusión a los dos hermanos, ni tampoco «os sentaréis», para no irritar a los demás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3
O de otro modo, este primer lugar parece imposible a todos, no sólo a los hombres, sino a los ángeles, porque el apóstol San Pablo nos dice en estos términos, que tal es el principal puesto del Hijo único de Dios ( Heb 1,13.): «¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: «Siéntate a mi derecha?» Contesta el Señor por condescender con los que le preguntaban, mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían sentarse a su lado. Porque el único objeto que efectivamente se proponían los dos discípulos en su petición era el estar sentados inmediatamente después de El y delante de los demás. Pero el Señor responde: Efectivamente moriréis por causa mía pero esto no es suficiente para que obtengáis el primer puesto. Porque si se presentara algún otro con mayor virtud además del martirio, no le quitaré a él el primer puesto y os lo daré a vosotros por el amor que os tengo. Y para que viéramos que no cabía en El esa debilidad, no dijo simplemente: No es cosa mía el dar, sino no es cosa mía el darlo a vosotros, sino a aquéllos para quienes ha sido preparado, es decir, a aquellos que se pueden distinguir por sus obras.
Remigio
O de otro modo: no es cosa mía el darlo a vosotros, esto es, a los que son tan soberbios como vosotros, sino a los humildes de corazón, para quienes lo ha preparado mi Padre.
San Agustín, de Trinitate, 1,12,24-25
O también de otro modo, la respuesta del Señor: «Mas el estar sentado a mi derecha no me pertenece a Mí el darlo», fue dada según la forma de siervo de que estaba revestido. Mas lo que está preparado por el Padre, preparado está también por el mismo Hijo. Porque el Padre y el Hijo son una sola cosa.
Notas
- Ver Dan 3.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3
Mientras que Cristo no hizo más que formular su sentencia, no se entristecieron los otros discípulos; pero cuando los reprendió, entonces se llenaron de dolor. Por eso sigue: «Y cuando los diez oyeron», etc.
San Jerónimo
No era la indignación de los diez apóstoles contra la atrevida exigencia de la madre, sino que iba directamente contra los hijos, que desconociendo su capacidad, ardían en deseos ambiciosos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3
Comprendieron los otros discípulos el alcance de la petición de los dos hermanos cuando los reprendió el Señor; pero cuando los vieron honrados de una manera tan especial por el Señor en la transfiguración, aunque lo sintieron en su interior, no se atrevieron a manifestar su resentimiento por respeto al Maestro.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Tan carnal fue la petición de los dos hermanos, como la indignación de los diez apóstoles. Porque si es vituperable el querer elevarse sobre los demás, no menos glorioso es el sufrir a otro sobre sí.
San Jerónimo
Mas el humilde y dulce Maestro ni arguye a los dos hermanos por su ambición, ni reprende a los otros discípulos por su indignación y envidia. Por eso sigue: «Mas Jesús los llamó a sí», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4
Como el Señor los vio tristes, les consulta llamándolos y hablándoles de cosas que se habían de realizar pronto. Porque estando los dos separados de la compañía de los diez, estaban más próximos al Señor y le hablaban en particular; sin embargo, no los consuela el Señor como antes, poniéndoles a su vista el ejemplo de los niños, sino proponiéndoles otro contrario; así les dice: «¿Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos», etc.
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Es decir, no se contentan con gobernar a sus súbditos, sino que se proponen dominarlos empleando la violencia. Pero no será así entre vosotros, que sois míos, porque así como las cosas materiales pueden ser cohibidas por la coacción y no las espirituales porque dependen de la voluntad, así también la soberanía de los príncipes debe ejercerse con amor y no con amenazas corporales.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4
Manifiesta el Señor en este pasaje que es propio de los gentiles el ambicionar los primeros puestos y con esta comparación de los gentiles convierte las encendidas almas de sus discípulos.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35
Es efectivamente laudable el desear trabajar, porque esto es natural en nosotros y nuestra mayor recompensa; pero el ambicionar los honores del poder es una vanidad porque la adquisición de esos honores depende de los altos juicios de Dios y aun cuando los tengamos, no por eso merecemos ni tenemos derecho a la corona de justicia. Porque no será honrado por Dios el apóstol por ser apóstol sino porque cumplió bien los deberes que impone el apostolado. Tampoco el apóstol fue condecorado con el honor de apóstol por sus méritos anteriores, sino que por las inclinaciones y la disposición de su alma fue juzgado apto para el apostolado. Los primeros puestos buscan siempre al que no los quiere y huyen del que los desea. Debemos, por consiguiente, desear, no los puestos más elevados, sino la vida mejor. De ahí es que, deseando el Señor matar la ambición de los dos hermanos y la indignación de los otros apóstoles, les propone la diferencia que existe entre los príncipes del mundo y los príncipes de la Iglesia, haciéndoles ver que el principado en Cristo ni debe ser apetecido por el que no lo tiene, ni debe ser envidiado cuando lo tiene otro. Los príncipes del mundo se dedican a dominar a sus inferiores, a reducirlos a la servidumbre, a servirse de ellos hasta perder sus vidas cuando así lo creen conveniente los príncipes para su propia utilidad o gloria. Los príncipes de la Iglesia, en cambio, están destinados a servir a sus inferiores, a darles cuanto recibieron de Cristo, a despreciar sus propios intereses, a cuidar por los de sus inferiores y a no rehusar la muerte cuando está de por medio la salvación de los inferiores. Es, pues, injusto y de ninguna utilidad el desear la primacía de la Iglesia. Porque ningún hombre cuerdo quiere someterse a semejante tarea y al peligro en que está de perderse por tener que dar cuenta de toda la Iglesia, a no ser que no tema los juicios de Dios, abuse del poder eclesiástico y lo convierta en poder temporal.
San Jerónimo
Finalmente, el mismo Señor se propuso a sí mismo como ejemplo diciendo: «Así como el Hijo del hombre no vino a ser servido, etc.», a fin de que sus discípulos quedaran avergonzados con el ejemplo de sus actos.
Orígenes, homilia 12 in Matthaeum
Porque si bien lo sirvieron Marta y los ángeles, sin embargo, El no vino para ser servido sino para servir; y llegó en el servicio hasta el punto de que se puede decir de El: «Y para dar su vida en redención por muchos». Como sólo El estaba libre en medio de los muertos y era más fuerte que el poder de la muerte ( Sal 87), ofreciendo su alma a la muerte libró de la muerte a todos los que han querido seguirle. Deben, pues, los príncipes de la Iglesia imitar a Cristo, que era tan accesible, que hablaba con las mujeres, imponía sus manos a los niños, lavaba los pies a sus discípulos, con el único objeto de que ellos hicieran lo mismo con sus hermanos. Pero somos nosotros de tal condición, que porque no comprendemos, o porque despreciamos el precepto de Cristo, tratamos de parecer más soberbios que los poderes del mundo y queremos, como los reyes del mundo, tropas que vayan delante de nosotros y nos manifestamos terribles y de acceso difícil, sobre todo para con los pobres, a quienes ni tratamos con afabilidad, ni les permitimos la tengan ellos con nosotros.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,4
Por más que os humillen, jamás llegaréis a descender al punto a que descendió vuestro Señor.

