Santos de cada día

A nuestro alrededor existen personas que sin mayor ruido viven normalmente en gracia constante, santamente. En el entorno que me mueve conozco a varias personas de este tipo, generalmente, sencillas amas de casa, que además de llevar adelante sacrificadamente a su familia, colaboran en los momentos libres con las actividades de la parroquia…

Entre estas personas queremos fijarnos en dos personas, una se llama Margarita y la otra Lola. Aunque reflejan el arquetipo de Marta y María, de la persona activa y la contemplativa, son reales, personas con las que trato habitualmente. Ambas tienen en común que está prejubiladas, lo cual les permite tener tiempo disponible, que lo emplean en: Margarita dedica al día unas cinco horas diarias a la oración; le gusta estar en presencia del Señor, ante el sagrario o bien cuando lo exponen en la custodia, en su parroquia o en otras próximas; y Lola todos los días colabora en la Caritas parroquial, por la mañana prepara el desayuno y bocadillos junto con otro grupo de voluntarias para casi un centenar de mendigos que acuden a la iglesia todos los días a las 9:30 de la mañana; por la tarde, asiste a misa, en la que participa en las lecturas de la Palabra de Dios y en distribución de la Eucaristía; después dirige el Rosario para las personas que se han quedado tras la misa. Etc.

Ambas, como decimos, representan acusadamente esos dos aspectos: el de los llamados a la oración de manera vocacional y el de los que gusta de hacer cosas por los demás. En los Evangelios, cuando Marta (la activa) le pedía a Jesús que dijera a su hermana María (la contemplativa) que la echara una mano en la preparación de la comida…, con la que pretendían agasajar a la visita, Jesús; éste pronunció la siguiente respuesta indubitable: “María ha elegido la mejor parte y no se la van a quitar” (Lc 10,42). A este respecto, tres anotaciones: 1º, Jesús no descalifica a la parte de María, sino que afirma que de las dos partes buenas, la de María es la mejor (y en este sentido cabe pensar que vivir en la intimidad de Dios para la santidad es más eficaz y en los efectos prácticos seguro que también); 2º, la parte de Marta es necesaria, si no realizara ella la comida qué iban a comer; si Lola (y otras) no preparan el café, los bollos, los bocadillos, etc., cómo se iban a alimentar los pobres del barrio; 3º, ambas personas aparecen en el relato evangélico como hermanas, pertenecen a la misma familia; no hay rivalidad, disensión, etc.; tal y como las dos mujeres de las que hablamos de nuestra parroquia, que fraternalmente pertenecen a la familia de la Iglesia católica, aunque ejercitando carismas distintos.

No obstante, aunque ambas se reparten estos dos tipos de creyentes, decir que a su vez participan también en parte de la una del papel de la otra. Ambas además rezan y dedican activamente tiempo para los demás. Pero y por encima de todo, las dos viven su fe según el Espíritu Santo les inspira; todos somos singulares, distintos, somos personalidades plurales, y miembros como funciones diversas dentro del mismo cuerpo (que diría san Pablo), pero necesarios y enriquecedores de la Iglesia.

Ellas dos reflejan fielmente en su vida de fe lo que escribía san Lucas en el Libro de los Hechos sobre los primeros cristianos: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (2,42).

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