San Francisco de Sales y la dulzura

Bienaventurados  los dulces, porque ellos heredarán la tierra” (Mt  5,4).

“Hay que ser fuete para poder ser infinitamente dulce” (Sta. Teresa).

 

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            Los calvinistas intentaron varias veces asesinar al obispo de Ginebra: San Francisco de Sales (+1622). Él, por toda venganza, como indica Jesús en el evangelio, oró por sus enemigos. Y no tuvo más que palabras de bondad y perdón.

            Había un abogado en Ginebra que había prometido acabar con él.

            El santo obispo le perdonaba siempre.

            Un día lo encontró por la calle y con gran amabilidad le dijo:

            —Señor, sé que intentáis perder  mi reputación. No os excuséis, porque tengo pruebas de ello, pero quiero también que sepáis que si me abofeteáis en una mejilla, gustoso os pondré la otra, y que aunque me arrancarais un ojo, os miraría con el otro con bondad y afecto entrañables”.

            Tan dulces palabras no cambiaron el ánimo de aquel desgraciado, que atentó contra la vida del Vicario general de Annecy —el que seguía en jerarquía al obispo— y luego le echó la culpa a nuestro santo. Pero le salió el tipo por la culata, le descubrieron la trama y lo condenaron a la penal capital…

           Pero llegó a tiempo el salvador, el obispo Francisco de Sales, que luchó incasablemente hasta que consiguió el indulto para su enemigo.

          Y todavía tuvo otro gesto grandioso. Corrió a la cárcel, se arrodilló ante él y le suplicó que le perdonara si en algo le había ofendido.[1]

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            Se lee en la vida de san Francisco de Sales que dos herejes se confabularon para matarle y se pusieron a esperarle por donde solía pasar solo. Pero cuando compareció san Francisco, vieron su rostro tan grave y tan lleno de  bondad, que no osaron llevar a efecto su malvado designio. El les salió al encuentro y les saludó como a amigos.[2]

 “Una respuesta amable calma la ira, / mas una palabra áspera excita la cólera.” (Prov 15,1).

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Cuando la cosas —especialísimamente el ser humano— entran en contacto con la gracia de Dios, se iluminan, irradian amor, paz, bondad, dulzura… Dios les asemeja a sí, les santifica.

Es propio del cristiano la serena y profunda alegría que nace de la experiencia constante del amor trinitario que lo habita y que es imperecedero por más que los hechos, las circunstancias y la compleja y dura vida parezcan contradecirla.

Todos los santos han luchado contra su mal carácter y su mal genio. No vale decir: “Es que tengo este mal genio”.

 Se cuenta que la hacerle la autopsia a san Francisco de Sales, encontraron su hígado endurecido como un piedra.

 Se explica por la enorme violencia que tuvo que hacerse aquel hombre de fuerte carácter para hacerse y aparecer amable, delicado y bondadoso de trato con todos. [3]

Ese mismo Francisco escribió: “No nos enojemos en el camino unos con otros; caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y amor; y te lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, si es posible; por ningún pretexto des en tu corazón entrada al enojo.” [4]

En los últimos años de la vida de san Francisco de Sales san Francisco de Sales, la gente comenzó a comentar un fenómeno que era por demás visible: su rostro resplandecía. En su lecho de muerte, este resplandor aumentó en ocasiones.

Apenas muerto, la gente comenzó a venerarlo, obteniendo con frecuencia grandes favores del cielo.

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[1] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, p.276.

[2] SALES, L.: La vida espiritual, Madrid, 1977, p.451.

[3] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, p.271.

[4] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, p.272.

 

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