Como si no existiera el alma

Así vamos por la vida, como si lo más importante no existiera. Sin en alma nada somos, y sin embargo… nos empeñamos en vivir como si tal. Si se tuviera convicción real de la importancia de lo que somos: seres de dignidad espiritual. Lo cual cambiaría todo: la materialidad tan en primer plano y determinante del ser y el comportarse de las personas de hoy día, que tan solo atiende a satisfacer sus demandas primarias, bajas, etc., para pasar a pretender aspirar a lo más elevado y santo, según corresponde a la grandeza espiritual. Urge  este reconsiderar lo que somos.

Ayer domingo, cuando iba para misa de 12:00 me cruzaba con cantidad de jóvenes equipados deportivamente, entraban en uno de los varios (4) gimnasios que hay en la zona de la parroquia donde vivo -dicho de paso, también hay otras tantas clínicas de estética y belleza del cuerpo. Todo esto en tan solo un radio de 70 metros, aproximadamente. Para que se hagan una idea de cómo está la importancia que se le da la parte del cuerpo que somos y a la parte del alma, que fundamentalmente somos: ocho centros dedicados al cuidado físico, por una iglesia dedicada al cuidado de lo más importante: la espiritualidad humana. ¡Qué importancia ha adquirido el cuidado del cuerpo y qué descuidado está el del alma! Y otro dato más -el que se deducen significativas y graves conclusiones-: en la misa entre los 18 y 38 años apenas si habría una décima parte de aquellos que abarrotan en gran gimnasio por el que pasé delante.

En fin, que vivimos cada vez más entre gente -del ya presente pero sobre todo de futuro inmediato-, como si no existiera el alma. Y esto es grave, muy grave. Pensemos que fundamentalmente somos lo que somos -ser humanos- por nuestra condición espiritual. Esta realidad está cuajada de unos valores extraordinarios, que quedarían relegados -extintos- por una concepción materialista del ser humano, reducido a no tener mayor importancia que ser un animal entre otros, una cosa más, caduca y sin mayor consideración; por mucho que se empeñen en apelar a la empatía confraternizadora.

La desconsideración del alma humana, su no cuidado nos compromete y compromete el futuro de la Humanidad: No somos cuerpos solamente, como animales, plantas o materias puras en medio del espacio-tiempo, sin más; somos creados por Dios, a su imagen  y semejanza, criaturas espirituales amadas de Dios, para vivir eternamente en santidad. El negacionismo de esta sustantiva vedad, compromete la eternidad.

En las escuelas, en la sociedad, en las familias, en los medios, en las cinematografía, etc., en la vida en general, no se habla de esta real verdad, ni se la valora y ni estima, se la ignora. ¡Es absolutamente sorprendente!

Da qué pensar y es causa de preocupación tanta despreocupación por el cuidado del ser que somos y en cambio tanto esfuerzo y dinero por el cuidado del pasajero cuerpo. Está claro: estamos imbuidos de una cultura intrascendente -sin Trascendencia-, materialista mostrenca. La derivada de esto es una renuncia a lo más valioso y verdadero de uno mismo, que reduce el vivir a objetivos estrictamente terrenos, cuando lo que realmente tendría que ser el centro de nuestras vidas: la Gloria eterna.

Esta Gloria eterna es de la que nos habla la Misa; ajena a esa inmensa masa de los que están en la cultura cuerpolatrica, idolizante de la estricta materia.

 

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