La oración fervorosa del justo tiene un gran poder (Sant 5,16b).
No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: En nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda (Hch 3,6).
En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, hará las obras que yo hago, y las hará aún mayores que éstas, porque yo voy al Padre; y lo que pidiéreis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Lo que pidáis en mi nombre, y lo haré (Jn 14,12-14).
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Hallábase una joven de bellísimas prendas en peligro de extraviarse del camino de la moralidad. Quería colocarse honestamente en el estado de matrimonio; pero no tenía medios para un buen enlace que se le presentaba. En cambio se le presentaban mil ocasiones para poder adquirir el dinero entregándose a una vida libre. Su honor no consentía semejante pecado. «Antes morir y pedir limosna que rebajarme a tanta degradación», decía la honesta joven. Sin embargo, la alternativa era tremenda y el peligro continuaba. La joven que se hallaba en tanto apuro, hace que San Antonio llegue a saber su triste situación, pues confiaba que el Santo remediaría su necesidad.
En efecto: San Antonio le da un apunte en un papelito, para que un comerciante le preste tanta cantidad de dinero cuanto pesaba el papelito. Cosa barata y fácil le pareció al comerciante cumplir la petición; pero cuál sería su sorpresa, cuando pone en la balanza continua inclinada a la parte del papelito. Pone más y más dinero, y el papelito de San Antonio aún pesaba más. Llegó, por fin, la balanza a inclinarse a la parte del dinero cuando llegó a quinientos florines, que era la suficiente para tomar estado la joven. Tanto el comerciante como la joven vieron un milagro patente, y quedaron satisfechos, viendo que así era la voluntad de Dios[1].
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«A veces parece que todo se derrumba, que la vida vivida hasta ahora ha sido vana. Y en estas situaciones aparentemente sin escapatoria hay una única salida: el grito, la oración: `¡Señor, ayúdame!´. La oración abre destellos de luz en la más densa oscuridad. `¡Señor, ayúdame!´. Esto abre el camino, abre la senda.» (Papa Francisco[2]).
«No hay verdadera oración sin espíritu de humildad. Es precisamente la humildad la que nos lleva a pedir en la oración.» (Papa Francisco[3]).
La humildad, desde su necesidad y pequeñez, abre y recurre a Dios, en oración de súplica, con a confianza —fe— de que será atendido en su petición, porque Dios es misericordiosamente bueno y todopoderoso, y a quien se ha de insistir (como prueba de constancia en la fe, para aumentar la esperanza, y porque Jesús lo quiere así).
«La oración debe ser sobre todo tenaz: como el personaje de la parábola que, teniendo que acoger un huésped que llega de improviso, en mitad de la noche va a llamar a un amigo y le pide pan. El amigo responde: “¡no!”, porque ya está en la cama, pero él insiste e insiste hasta que no le obliga a alzarse y a darle el pan (cfr. Lc 11,5-8). Una petición tenaz. Pero Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera.» (Papa Francisco[4])
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«Los milagros son respuesta a la petición en cuanto expresión de fe. Con frecuencia el creyente se gana en los evangelios el que su petición sea escuchada; los milagros son, pues, respuesta de Jesús al movimiento de la voluntad que se dirige deseosa a él, la respuesta de Jesús a la oración del hombre. Al decir que la fe y milagro se corresponden como petición y concesión, no significa que la fe y la oración hagan el milagro. Precisamente la oración se caracteriza por el hecho de que todo lo espera de Dios y nada de sí. En realidad, el creyente no confía en sí mismo. Vale aquello de: Señor, creo, ayuda mi incredulidad (Mc 9,22b-24). Sólo gracias a esta apertura definitiva es como la fe es capaz de recibir el milagro de Dios. Por supuesto que del que cree vale que todo le es posible (Mc 9,22s; Mt 17,20). Esa clase de fe participa de la omnipotencia de Dios, por lo que también le está prometido el milagro”[5].
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Donde está Dios —o donde se le deja estar— es más fácil que se produzcan milagros, milagros de amor extremo. Expresión de esta presencia divina a la que se la ha dicho sí son los santos.
Los santos tienen el poder, la fuerza (dynamis) del Reino, la Gracia está presente en ellos, y pueden por tanto hacer retroceder a su paso los males que afligen al hombre. En ellos se manifiesta la gloria de Dios, su Reinado.
Tenemos —y esto es tan grave como importante— el poder de Cristo, de «resucitar muertos», de realizar los milagros que El hizo. Aquí hay cantidad de gente que está vitalmente muerte; es decir, que se encuentran como cadáveres vivientes, pululando como espectros, cual zombis, sin trabajo, marginados, sin autoestima, sin futuro, sin vida propiamente hablando,… Y tu, como Cristo ante la tumba de Lázaro, puedes decirles «sal fuera», vive, y rescatarle del lugar de los muertos, tal y como Dios hizo. Si tuvieras un gramo de amor del que da la fe en Cristo, harías esas cosas y aún mayores. Palabra.
Si tu vida está llena de Dios, podrás hacer estos milagros salvadores; no lo dudes, porque de lo contrario sería dudar de Dios mismo: si crees que Dios está en y contigo, entonces ejercerá a través de ti, de tu carne, ese maravilloso poder de cambiar las cosas según su proyecto amoroso. Irradiarás la gracia con que has sido investido.
«El Señor siempre nos da, siempre, y todo es gracia, todo. La gracia de Dios. Sin embargo, no reprimamos la súplica que surge espontánea en nosotros. La oración de petición va a la par que la aceptación de nuestro límite y de nuestra creaturalidad. Se puede incluso llegar a no creer en Dios, pero es difícil no creer en la oración: esta sencillamente existe.» (Papa Francisco[6]).
«Dios responde siempre: hoy, mañana, pero siempre responde, de una manera u otra. Siempre responde.» (Papa Francisco[7]).
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[1] PP, nº 1019, 13-6-1986, p.117.
[2] Audiencia general, 10 de diciembre de 2020. Catequesis del ciclo de la oración: “La oración de súplica”.
[3] Audiencia general, 11 de noviembre de 2020. Catequesis del ciclo de la oración: “La oración perseverante “.
[4] Audiencia general, 11 de noviembre de 2020. Catequesis del ciclo de la oración: “La oración perseverante “.
[5] KASPER, W., Jesús, el Cristo, Sígueme, Salamanca 1984, p.121.
[6] Audiencia general, 10 de diciembre de 2020. Catequesis del ciclo de la oración: “La oración de súplica”.
[7] Id.
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