Ayer en misa —misa de difuntos— vi por primera vez a una persona del barrio que jamás iba a misa. Se debía a que un familiar suyo había fallecido. Esto ocurre normalmente; pero lo que me llama la atención fue el que se acercara a comulgar. Por un instante pensé si realmente esa persona sabía lo que significaba comulgar, si era conocedor de la necesidad estar en gracia…, etc., o si lo hacía como un rito más de la ceremonia.
Es sorprendente —y no ya por este caso, sino en general— el desconocimiento de la religión, la ausencia de unos conocimientos básicos, la carencia de cultura religiosas; en este sentido el analfabetismo es solemne, tristemente. De modo, que no podemos esperar sino increencia y abandono apostatador.
El caso de relevantes personalidades públicas (en este caso de políticos estadounidenses) que declarándose católicos, con el conocimiento necesario de lo que implica acercarse a este sacramento, habiéndose manifestado en pro del aborto —al que incluso subvencionan e incluso allende de sus fronteras—, se acercan a comulgar, de forma sacrílega y escandalosa.
El papa Francisco ha dicho -no sabemos si refiriéndose a este asunto- que «la Eucaristía no es el premio de los santos, es el Pan de los pecadores». Sí, pero de los pecadores arrepentidos: es decir, de aquellos a los que Jesús ha dicho —previamente— «vete y no peques más», y no de los que como Judas, al comulgar —en la última cena— se fue para seguir pecando o pecar más. Jesús ha venido para salvar al pecador, claro; pero no para que se burlen sacrílegamente de él, negándose a hacer su voluntad misericordiosa, es decir, resistiéndose a cualquier propósito de salvación por parte de la iniciativa siempre constante y presente de Dios, y autoexcluyéndose, excomulgándose.
Estos son casos de gente soberbia —que pese al conocimiento intelectual y cultural— persisten en su actitud arrogante a recibir al Señor, de ahí que su responsabilidad se acentúa, hasta dejar de experimentar a Dios en su ser y en sus vidas, y tal vez para siempre.
Por otro lado, están los que se acercan —como en el primer caso— a recibir a Dios, desde un verdadero conocimiento… Lo cual provoca —y es la circunstancia de muchos hasta ahora fieles— la deserción generalizada de la fe; personas que no saben nada ni se enteran de nada, pero, en cambio, existen otras, ya mínimas, que —aunque solo sea por contraste— se consolidan en una firmeza esperanzadora, demostrando que Dios sigue presente en nuestras vidas, como en la Eucaristía, en la que decidió quedarse como alimento de vida.
De modo parecido al caso con el que comenzamos, también viví el de otras dos personas, que aunque no eran de «fe viva», las experiencias próximas a la vivencia de la gente creyente que le rodea, sus testimonios y experiencias continuas de fe, les está llevando salir de una visión recelosa y una postura cómoda y de desprecio hacia la religión, para comprenderla y abrirse a la fe y a vivir cristianamente.
Hoy en día, para no abandonar la fe a consecuencia de la falta de cultura religiosa o por algunos nefastos testimonios de los propios cristianos, se hace necesario más que la formación —que también— la experiencia de encuentro personal con el Señor. Cuando esta experiencia vital sucede, quien la tiene «se hace invulnerable» en su fe. Ha recibido «conocimientos» a través de este encuentro, de los cuales ya jamás podrá volver a atrás: ha «experimentado a Dios» para siempre. Ha dejado de ser como los demás, aunque solo sea por su saber, del que no podrán «huir», benditamente. Se les ha entregado un tesoro irrenunciable.
Este es el maravilloso secreto de la fe, la verdadera sabiduría, la que nace de estar con Dios, cara a cara, íntimamente. A esta relación —religación, religión— con Jesús el Señor hay que llegar. Él es lo que nos está ofreciendo, ahora y siempre. Y la Eucaristía es el lugar de encuentro más vibrante y sentido, la excepcionalidad cercana. Y algo que jamás ya nada ni nadie te podrá quitar.
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