- Quien niega a Dios, se constituye él en un todo, en un ser carente de humildad, y una persona sin humildad es como una apisonadora, capaz de atropellar cualquier cosa, por inhumana que sea.
- Discernir la verdad tiene un aspecto arduo, pues nos vemos implicados en ella, con nuestra carga de intereses, deseos e ideologías. Como decía Kant, las cosas «se me dan» afectadas por la subjetividad, y no independiente del sujeto, y además espacio, tiempo, categorías…
- Que el ser humano pecador es artero en salirse con la suya es manifiesto: para pecar o tener un comportamiento inmoral, sin que la conciencia le acuse, ha extendido la autoengañifa de que sentirse culpable, que la culpabilidad es una invención para controlar y someter haciendo que nos sintamos mal. De modo que ancha es Castilla.
- Uno de los mayores bienes que unos padres pueden proporcionar a los hijos es el responsabilizarlos de sus actos. Hay actos morales, buenos y malos. Y toda persona tiene el derecho y el deber a saber de los seres que más les quieren, qué es el bien y el mal.
- El deleite y la inteligencia provienen de la contemplación de la verdad (Cf. Tomás Moro). Y el deleite del corazón de la contemplación de la bondad; quien practica el bien le es propio degustar su esencia. Al igual que el asentimiento de la conciencia que proporciona paz.
- Quien ama se siente perdonado, reconciliado con la Vida, agraciado. Quien ama se hace apto para el perdón, para abrirse receptivo al perdón de siempre ofrecido. Y a su vez quien siente el amor que contiene el perdón se hace apto para amar.
- Dios ha dispuesto que el hombre colaborare con Él, en la marcha humanizadora, santificadora, de los seres humanos. Él es el que sabe, y revela su saber, para ese bien salvífico de la Humanidad. De modo que tal y como decimos en el padrenuestro, lo únicamente necesario es «hágase tu voluntad»; es decir, hacer lo que Dios nos ha revelado. No hay más que hacer. Como decía san Juan Crisóstomo: «Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia».
- Lepanto fue la «última cruzada», gracias a la cual, Europa no fue invadida por el islamismo: de haber fracasado esa autodefensa, la basílica de San Pedro en el Vaticano hubiera sido convertido como una mezquita como Santa Sofía en Estambul. Lepanto, pues, es la muestra patente de que la «guerra justa» es legítima.
- Con estas dos citas evangélicas -y hay alguna más- cabe concluir que la intervención divina o Parusía acaecerá cuando la situación religiosa esté en momentos precarios. De modo que no hay que extrañarse de que la increencia, la maldad humana y la cristianofobía vayan a más. «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8). «Y si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie» (Mc 13,20a).
- Con Jesucristo se consumó la revelación de Dios a los seres humanos. El es el camino, la verdad y la vida. El principio y el fin; el alfa y omega. Él es el Reino de Dios. Él es el fundador de la Iglesia. Él es la salvación del mundo. De modo que después de Él cualquier otra manifestación que se pretenda religiosa, como es la que aparecería siete siglos después, concretamente el Islam, no proviene de Dios. Y otro tanto cabría decir de aquellas infinidad de denominaciones que se apellidan cristiana y que se han desgajado del Cuerpo de Cristo, unidad en la que Él encarecidamente insistió: «que sean uno…» En todo esto el Diablo no anda lejos.
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