Pensamientos de Fe (159)

  1. Dios espera pacientemente que yo me digne dejarle amarme hasta ser consciente de ello. Es la experiencia de ese amor divino la que convierte y vivifica. 
  2. Cuando el mundo dice justicia, el cielo dice misericordia; cuando el mundo dice igualdad, el cielo, fraternidad; cuando el mundo dice solidaridad, el cielo, comunión de los santos; cuando el mundo dice poder, el cielo, servir; cuando el mudo dice ser el primero, el cielo, el último; el mundo dice pobres e inútiles a descartar, el cielo, bienaventurados…; cuando el mundo dice descartados por ser pobres, inútiles, desvalidos, enfermos, etc., el cielo dice bienaventurados… De modo que es imposible que el cielo se confunda con el mundo en un mimetizarse con él. Esto para los que dicen que el mensaje de la Iglesia debe amoldarse al mundo. Entre modo mundo y el modo Dios hay una discrepancia abismal. De modo que pierdan toda esperanza aquellos que pretenden que la fiel esposa de Cristo, la Iglesia, se deje embaucar adulterando su doctrina.
  3. En un mundo superficial, transido por la constante distracción que dispersa la atención y hace imposible el silencio del reposo que haga prestar la atención algo específico con connotaciones trascendentes. Este terreno árido es –como nunca- inapropiado para acoger la semilla del Evangelio.   
  4. Mi madre de 88 años tiene demencia. Cuidarla es un privilegio, no una carga. Con un número cada vez mayor de voces que promueven la muerte asistida por un médico como una forma de evitar la demencia avanzada, debemos hacer saber a nuestros familiares mayores que son valiosos y apreciados. El ser cristiano tiene estos privilegios, como el cargar con otras responsabilidades sin que pese. ¿A algo así o también se refería Jesús al decir: «mi carga es suave, mi yugo ligero»
  5. Una sociedad amoral, pecadora, posibilita mucho la apertura a la presencia del Maligno, a que su influencia se haga mayor. El pecado es una de las maneras o causas por las que la posesión diabólica se pueda realizar (también hay varios grados de posesión o influencia maligna). El mundo Occidental está cada vez más expuesto a que esto suceda.
  6. Se desprecia la naturaleza biológica, la mental y la espiritual; sustituyéndola por el deseo, el gusto o el sentimiento, es decir, yo soy como quiero, en un subjetivismo irreal, frustrante y destructivo. Esto lo ha de confrontar la Iglesia; lo cual obviamente provoca una reacción persecutoria contra esta. En general, ni los biólogos ni los psicólogos, ni ningún intelectual (con muy raras excepciones) se han pronunciando advirtiendo del despropósito antropológico de esa ideología irreal.
  7. Dios no necesita de nosotros; Él lo tiene todo, y no necesita de gloria humana ni de nada. Por lo tanto cualquier pensamiento que vaya enfocado a decir que Dios quiere a seres humanos sometidos, que le rindan pleitesía, o se postren como ante un ídolo, etc. No, nosotros no le añadimos nada, ni nos ha creado para mayor gloria suya, etc. Nos ha creado por amor, para traernos a la vida, para que participe de una existencia de amor y felicidad. Somos por pura bondad y amor misericordioso por un Dios que es donación gratuita.
  8. No se perdona a quien no quiere dejarse perdonar. Es decir, al que rechaza el perdón de forma práctica, concluyente.  De modo que el nefasto ejercicio de la libertad de la dignidad humana es lo que autocondena o hace imposible la salvación otorgada.
  9. Una lucha a librar es la del no resignarse al vacío, al sinsentido, al absurdo existencial. La dignidad humana reclama en verdad satisfacer esa demanda específica de la condición de ser persona. Nadie debe consentir en quedar reducido al silencio en una cuestión trascendente; es hacer el juego a las fuerzas negativas que quieren ningunear la grandeza del ser humano y arrebatarle la proyección a su destino.
  10. Es más que obvia la insatisfacción vital de muchas personas que viven en las sociedades de nuestro mundo actual, especialmente en la occidental, y de manera singular entre los jóvenes: sus corazones anhelan autenticidad, verdad, esperanza trascendente… entre la banalidad del existir que discurre en el nihilismo de la inmediatez y lo efímero sin sentido.

 

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