El abuso sexual infantil es moralmente reprobable con severidad y legalmente un delito; por la violación de la dignidad y el respeto debido a las personas y especialmente a los más indefensos y por los graves efectos en el desarrollo psicológico de los menores.
Cuando esto es producido por un religioso, la gravedad es máxima. Jesucristo dijo (Lc 17,1-2):
«Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños.»
Reconocidos la gravedad y el daño ocasionados, pasemos a hacer algunas consideraciones relacionadas con los hechos cometidos por religiosos (católicos):
Los efectos sobre la confianza en la Iglesia son devastadores. En cuanto a la fe, que conduce a que los creyentes que andan en dudas, la abandonen definitivamente y los padres alejen a sus hijos de la religión para siempre. Es decir, es una provocación a apostatar.
Aunque apenas si representa un pequeño porcentaje (ni un 3%, si acaso) y en España hay registrados 45.155 casos, de los cuales 33 han sido protagonizados por sacerdotes, por arte diabólica ante la opinión pública aparece como la única pederastia existente. El 98% de esta nefanda realidad en los medios de comunicación no existe, ni tampoco existen colectivos (organizaciones) de afectados.
Cuando periodistas entrevistan a alguno de los portavoces de estos, jamás les preguntan por ese 98%.
Algo chocante: en una entrevista a una ministra de justicia española le preguntaron si había pedido información a la Iglesia sobre los datos que disponía sobre el tema de marras… Nadie la preguntó, si ella podía facilitar los datos -si es que los tendría- sobre su personal de la administración pública de su Ministerio que hubieran cometido pederastia, o de otros Ministerios, como el de Educación (ámbito en que se da mucho). ¿Por qué?
¿Por qué se referencia el tema únicamente a la Iglesia católica? ¿Por qué no a otras instituciones o incluso otras religiones?
Seguiremos hablando del tema, pues hay muchas interrogantes y mucha tela que cortar.
De momento los creyentes tomemos conciencia de lo que estos supone para la fe este «arma mortífera» hábilmente utilizada por los enemigos de ella. La barca de Pedro la intentan zarandear y hay muchos que saltan de ella temiendo que se hunda; es decir, como si su fe no fuera digna de tal. La apostasia anunciada ya está aquí.
Hay un matiz que no apareced en el texto de Lucas, pero si en los paralelos, tanto en Mateo (18,6) como en Marcos (9,42): «escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen en mí«.