Ayer, 19 de abril, Jaime Mayor Oreja, exministro del Interior y exeurodiputado europeo en el Foro San Juan Pablo II de la basílica parroquia Concepción de Nuestra Señora (c/Goya, 26) impartió una conferencia con el título Orfandad de los valores del cristianismo.
En su ponencia dijo:
Existe una crisis de valores, que no se reduce a algunos sino que alcanza a todos los países de Occidente. Que se plasma en un desorden sorprendente o sorpresa desordena.
No es casual la pérdida de referencias que causa el desorden, sino motivado por una pérdida de valores y creencias.
Para los cristianos, «la verdad nos hace libres», y no «la libertad, verdaderos», es decir, el hacer lo que me da la gana no conlleva la verdad.
No hay reflexión ni interiorización; se funciona a base de «Twitter», superficialmente.
Desde una perspectiva creyente estamos como en su «sábado santo», en que se ve todo perdido y acabado.
No se trata de una crisis económica, financiera, política…, sino humana, está en la raíz del corazón de la persona.
El NOM (nuevo orden mundial) es una conjunción de populismo y relativismo moral. El fin de marxismo fue la destrucción de los valores cristianos, como los del NOM.
Es la socialización de la nada, la dictadura del relativismo (que denominó Benedicto XVI); que se impone a quien sostiene valores, se le arrincona. Los debates antropológicos como sobre la ideología de género, la eutanasia, el aborto, etc., se esconden y desparecen de la escena; el NOM no lo permite.
Los partidos tradicionales europeos «han desaparecido»: no están por los valores, como antaño; ahora se está en un relativismo moral, preocupados fundamentalmente por ganar elecciones.
No hay un alma europea, como la hubo en otro tiempo, hace 70 años; ahora solo hay cuerpo (estructura, organización…), pero sin alma, sin raíces, sin valores que proporciones cohesión.
Es preocupante el decir que no ocurre nada. No cabe la resignación y callar… ante cuestiones de valores con la que no se está de acuerdo, por parecer «guay». No hay que acobardarse y exponer nuestros valores con naturalidad. Hay que ejercer una cultura de resistencia.