Nada sin Dios

En una reciente entrevista, Jaime Mayor Oreja, preguntado por la crisis de valores, señalaba que “la primera crisis es de valor, en singular: la cobardía. Ese miedo reverencial a opinar distinto de la moda dominante es el primero que hay que superar”.

Los partidos políticos en España se pueden dividir en dos grupos: los ateos anticristianos y los liberales anticristianos. Por poner un ejemplo significativo, las leyes LGTBI, manifiestamente contrarias a la moral cristiana, han sido aprobadas en los parlamentos regionales por unanimidad: desde los liberales del PP y los pseudoliberales de Ciudadanos; hasta los socialistas y los comunistas. Todos juntos siguen la ideología de género, que es la moda dominante: el pensamiento único, lo políticamente correcto, el lenguaje inclusivo (la neolengua de Orwell) y toda la basura ideológica moderna. El ego elevado a la categoría de divinidad: yo decido lo que soy según mi voluntad, al margen incluso de las evidencias científicas. Es el derecho a la autodeterminación individual, tan reclamado por los liberales.

Dios no pinta nada. No hay ni un solo político que mencione a Dios en su discurso. Porque una cosa es que España sea aconfesional y otra muy distinta es que los ciudadanos y los políticos lo sean. Yo soy confesionalmente católico y me importa un bledo que la Constitución diga que España es un país aconfesional a la hora de dar testimonio público de mi propia fe. ¿No hay ningún político católico en España? Pues aparentemente no. Y si hubiera alguno, su catolicismo queda relegado a su vida privada, a su intimidad; pero carece de ninguna repercusión en su labor política.

León XIII nos advertía en la Libertas sobre este liberalismo de tercer grado:

14. Hay otros liberales algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada.De esta noble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado. Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones.

Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga. Pero, además, los gobernantes tienen, respecto de la sociedad, la obligación estricta de procurarle por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu. Ahora bien: en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno de Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza.

Hoy la mayoría de nuestros políticos presumen de ser ateos o agnósticos. Y los pocos católicos que quedan parecen acomplejados que se avergüenzan de serlo. Los domingos van a misa y los lunes votan a favor del aborto, de la eutanasia, de los vientres de alquiler o de la última excrecencia de la ideología de género. El domingo comulgan con Dios y el resto de la semana sirven al Diablo. Los políticos profesionales parecen avergonzarse de Dios. Se avergüenzan de Cristo. Y nada quieren saber de la Ley Moral Universal, de los Mandamientos de la Ley de Dios ni del Magisterio ni de la Tradición de la IglesiaLegislan al margen de Dios y contra Dios. Y cuando nos alejamos de Dios, nada bueno podemos esperar, porque el pecado mortal nos condena al infierno en la otra vida y también en esta.

Quien se avergüenza de Dios y lo rechaza, también será rechazado por Dios.

“Porque cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”. Marcos 8, 38.

Los que somos de Cristo debemos resistir a quienes se avergüenzan de Nuestro Señor. Vosotros no queréis saber nada de Dios y yo no quiero saber nada de vosotros, de quienes odiáis a Cristo, de quienes profanáis su Santo Nombre, de quienes promulgáis leyes inicuas y abominables. Sois hijos de Satanás y a él le rendís culto. Allá vosotros. Yo soy de Cristo y mi única insignia y mi única gloria es la Cruz. Como señala León XII, “de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios”.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. La ley fundamental es la Caridad y el único Rey Verdadero es Cristo. Nada sin Dios merece la pena. Hay que restaurar la cultura cristiana que ha configurado la historia de España. Si nos alejamos de Dios, España está llamada a desaparecer, porque el sarmiento que se aparta de la Vid ya no vale más que para echarlo al fuego.

 Pedro L. Llera

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