Mártires de la guerra civil española (y V)

Generalmente se considera ?y con toda probabilidad sea así? una ?o tal vez, la más? de las persecuciones más intensas y sangrientas sufridas por la Iglesia católica en toda su historia; pues mayoritariamente el asesinato de sus mártires se produjeron en pocos meses y de forma brutal y despiadada.

Durante la Guerra Civil Española, hubo una persecución contra los católicos en la retaguardia de la zona de la II República (territorialmente, suponía la mitad de España). En ella murieron unas 10.000 personas por su fe. Quedaron destrozadas además unas 20.000 iglesias. Las iglesias fueron incendiadas, destruidas o profanadas fueron varios miles, ya que en la zona controlada por el Frente Popular no hubo lugar de culto que no fuera objeto de ultrajes.

La República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. Sin embargo, hubo una persecución religiosa durante los cinco años de este régimen. Los comunistas (y socialistas, de entonces) y anarquistas, a los que unir también los “liberales” colorados y masones, eternos enemigos de la Iglesia. La masonería contaba con más de la mitad de los diputados en las Cortes.

Muchos templos y conventos fueron atacados, incendiados y destruidos total o parcialmente tanto en Madrid como en otros numerosos lugares de España. La Guardia Civil permaneció pasiva en todas partes porque tenía órdenes de no intervenir. Manuel Azaña, ministro de Guerra, se opuso diciendo: “Todos los conventos de España no valen la vida de un republicano”. (Y este se tenía por moderado, de centro izquierda; que había estudiado en un colegio de frailes y que había nacido y vivido en frente de un convento de carmelitas en Alcalá de Henares).

Hay cosa que sorprenden, a no ser por la lentitud de la prudencia para no causar males mayores: El silencio de la Iglesia, hasta pasados 8 meses, cuando ya había sido masacrados hacia tiempo (en los primeros días y semanas) la mayoría de sus sacerdotes y religiosos y destruidas sus iglesias y conventos.

La Iglesia no había participado en ninguna intentona contra la República, ni estuvo conectada con el levantamiento militar. De modo que a raíz de la persecución bárbara a la que fue sometida, fue de pura lógica que se decantara, pasados varios meses y vistos los resultados, que por estar en contra de los perseguidores, y así la Guerra Civil o lucha de partidos adquirió, según avanzaba la contienda, el carácter de cruzada y lucha de principios.

La inquina y el odio brutal contra los cristianos y la Iglesia aún colea, o incluso se acrecienta: vean lo que escribía hace unos años (2006, y no se ha retractado)  la escritora Almudena Grandes: «Las monjas disfrutarían mientras eran violadas por los milicianos…» (momentos antes de ser asesinadas en la Guerra Civil). En fin, habla por sí sola de la propia brutalidad, heredera de un anticlericalismo trasnochado español, herederos de los republicanos y marxistas, de los que quemaban iglesias. Una muestra clara de fanatismo es cuando se trata de justificar el horror, de poner a salvaguarda el mal: ante los crímenes por persecuciones religiosas, se trata de echar la culpa a las víctimas…, es decir, se lo tenían merecido.  La estrategia es casi tan vieja como el hombre: lavar la mala conciencia de uno atribuyendo al adversario las propias culpas.

Los comunistas estuvieron detrás del asesinato del trotsquista Andreu Nin, jefe del POUM, al que acusaron de ser un espía de Franco, este Nin decía en Agosto del 36 en La Vanguardia: «La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia sencillamente, no dejando en pie ni una siquiera.»

Decía Viktor Frankl en una conferencia:  «Créanme ustedes, señores y señoras: ni Auschwitz, ni Treblinka, ni Maidanek fueron preparados en los ministerios nazis de Berlín, sino mucho antes, en las mesas de escritorio y en las aulas de clase de los científicos y filósofos nihilistas».

¿Cree que la quema de iglesias surge espontáneamente? Detrás hay una larguísima propaganda anticatólica, de un carácter realmente zafio, pero eficaz. Y la Masonería tuvo un papel importante en la en la siembra y difusión de ese odio a la Iglesia y su desembocadura en la caza inmisericorde de sus miembros, amén de en la destrucción de templos y en su saqueo.

La fobia y hostilidad contra la Iglesia española provenía del contagio de la revolución francesa y del napoleonismo, que influyó en la política de la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX: El primero, un liberalismo (no el moderado, sino el exaltado, colorado o jacobino) racionalista, laicista y anticlerical, comecuras, con aspectos violentos, y con influencias masónicos; y el segundo un populismo obrerista y sindical que degeneró en marxismo-leninismo, aliado en ocasiones con el anarquismo radical.

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