La cita

 

         “Cuando hayas encontrado realmente a tu hermano, entonces habrás encontrado también a tu Dios” (S. Clemente de Alejandría)[1].

          “¿Has visto a tu hermano? (Hazte cuenta de que) has visto a Dios”[2].

          A Dios nadie lo ha visto jamás. Si nos amamos mutuamente, Dios está con nosotros (1 Jn 4,12).             

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        Albert Camus nos relata en “Los justos” una leyenda dramáticamente conmovedora. Es la leyenda de San Dimitri; y dice, más o menos, así:

           El santo Dimitri se puso en marcha para acudir a una cita que tenía con Dios. Yendo de camino se encontró con alguien que parecía estar en dificultades:  un carretero intentaba inútilmente sacar por todos los medios la carreta que se le había atascado en el barro. San Dimitri en ese momento no sabe qué hacer: si prestar ayuda a ese hombre que está en ese aprieto, o si pasar de largo para llegar a tiempo a la cita.

          Entonces decide quedarse a echar una mano al carretero. Cuando ya por fin han conseguido desatascar la carreta, San Dimitri reanuda su camino, va a todo correr al encuentro con Dios. Pero, ¡oh!, cuando llega al lugar convenido para el encuentro, Dios ya no está; cansado de esperar se había marchado.

           (Hasta aquí lo narrado desde la increencia del autor. Y nosotros seguimos:)

            Dimitri se quedó llorando y abatido al borde del camino. En esto que el carretero, de vuelta, acertó a pasar por allí, y viéndole tan desconsolado, se acercó a él, le miró compasivo, y se sentó a su lado, a la vez que sacaba un trozo de pan; lo partió y se lo ofreció llamándole por su nombre. Entonces Dimitri exclamó comprendiéndolo todo: “¡Dios mío, eras tú! ¡Era allí…!”

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          Sus ojos (los de los discípulos de Emaús) estaban impedidos para reconocerlo (Lc 24,16).  Puesto a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y sus ojos se abrieron y lo reconocieron (24,30-31).

       Cuando Dios se aparece tras la resurrección, nadie en principio y a simple vista lo reconoce. ¿Y nosotros? Tengamos la seguridad que nos da la fe de que Cristo está aquí, a nuestro lado, hoy, aquí y ahora. ¿Lo reconocemos?  Cristo aparece en figuras humanas muy sencillas, elementales. Cristo se confunde con: …un jardinero, un vagabundo o transeúnte, uno que cuece pan y peces,… Entonces y ahora.

         El hombre es un ser para el encuentro. Es —desde la fe— Sacramento de encuentro.

         Dios se cita con el hombre en el hombre. Si no reconoces a Dios misteriosamente presente en los otros, no lo encontrarás nunca. ¿Qué más quieres? ¿Apariciones, prodigios, señales en el cielo, fenómenos extraordinarios, truenos,…?  Dios se ha hecho visible como hombre.

         La fe proyecta la suficiente luz como para ver a Dios donde de verdad nos espera: en el hermano. Se necesita una mirada limpia para llegar a ver a Dios en cada uno de las personas que nos salen al encuentro cada día.

         Y, a su vez, nosotros hemos de posibilitar que la imagen de Dios en nosotros cobre relieve. Tenemos la responsabilidad de hacer manifiesta esa Realidad, patentizar, hacer sensible y visible ese amor divino presente en nosotros.

   …..

 

         El Cristo resucitado que llena todo el cosmos, que se hace presente de forma concreta en cada hombre, que es visualizado por la fe

         El conocimiento, el mucho saber,… no va a ser lo que nos haga reconocer a la Luz cuando nos salga al encuentro, sino la pupila dilatada del corazón que ama.

         Buscamos a Dios en lugar equivocado, en los libros, en la ciencia, en el conocimiento, en el saber…  cuando hay que encontrarlo en el corazón del hermano.

         El encarnarse de Dios, el tomar un lugar entre nosotros, el hacerse uno de los nuestros, implica que la búsqueda de Dios pasa por su humanidad. Hallar a Dios como hombre y en el hombre es ineludible para quien quiera encontrarle. Lo que de nosotros haga referencia y relación a Dios ha de pasar por el hermano. El amor al hermano, al próximo, es la expresión y la verificación del amor al Dios “lejano”. Por la encarnación, nos atrevemos a decir: el hermano es el Dios lejano que se aproxima y se hace visible para pedirte tu amor. Quien ve a un hermano ve a Dios.

         Un contemplativo es una persona lo suficientemente lúcida para saber discernir a Dios en donde de verdad mora: en el templo humano. Todos deberíamos ejercitarnos largo tiempo en la con-templa-ción, hasta llegar a ver a Dios en cada uno de nuestros vecinos y hermanos. ¡Templos de Dios!

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] Stromateis I, 29.

[2] “AGRAPHA” citados por los Santos Padres.