La verdad, lo bueno y lo bello

 El mundo actual ha roto trágicamente con la implícita sacrosanta tradición que, de generación y generación, encomendaba a cada persona que venía a la vida el cometido fundamental como imperativo moral el aspirar a la más elevada grandeza que es la de humanizarse lo más posible.

De siempre recordemos a los clásicos Sócrates, Platón, Aristóteles… ha existido en el ser humano un deseo noble o pre-tensión al ideal, a la máxima idea o logos (concepto universal) del bien, la belleza, la verdad… Una aspiración a la perfección y a la santidad, como han plasmado en todas las religiones, especialmente en la cristiana:  «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48), «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo»  (Lev 19,2b).

Hoy, eso que se ha mantenido constante en el tiempo, caracterizando la historia humana, ha desaparecido. Por lo que supone, esta constatación debería congelarnos la sangre.

Se ha hecho renuncia explícita a lo elevado, a los valores más altos, para conformarse,  satisfacerse y realizarse en lo sensible, inferior,  propio de almas vulgares.

Esta renegación apostasía de lo bueno, la verdad y la belleza, lo es también -y se está viendo en nuestras sociedades occidentales, una apostasía de Dios. En estas tres propiedades plenas de Dios, se da una deserción de los seres humanos en los tiempos estos llamados postmodernos. Estos tres rechazados se ven plasmados:  en la deserción a la vocación de ser buenos, de aspirar a lo mejor como virtud, dándose una decadencia moral; en la verdad, se impone la llamada post-verdad, y en cuanto a la belleza, el feísmo.

El desfondamiento espiritual de la sociedad humana alcanza su culmen cuando lo malvado y abyecto, lo feo y corrupto, la mentira y la falsedad son convertidos aparentemente en las normas de las expresiones sociales y culturales… Cuando el mal, bajo una variedad de máscaras, es tomado por lo ideal, por el sumo bien, la suma belleza y verdad.

Ahora, la verdad sí existe, sólo que es la mentira; el bien sí es objetivo, sólo que es lo que antes se llamaba mal, y el feísmo constituye el canon de la belleza actual.

Este trocamiento de tomar lo opuesto a los atributos que definen a Dios como lo apetecible,  no es otra cosa que la perversión mayor del alma humana, que blasfema odiando a Dios identificando como lo pésimo y amando la deidad de lo Malo, entronizándola idolátricamente en su corazón. Es decir, el pecado que no será perdonado: el que va contra el Espíritu Santo: en el máximo encanallamiento que llama al bien mal y al mal bien; a lo que proviene de Dios atribuírselo Belzebú y viceversa.

Quien ante lo excelso (santo, bueno y bello) y constitutivo del ser humano se malversa, sin vocación a ello, se aliena y bestializa, se aleja de su hominización; en su ser nacido para ser templo del Espíritu Santo anida lo diabólico.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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