La santa fragilidad cristiana

El mundo actual se halla en un proceso embrutecedor. El Maligno ha acaparado poder favorecido por las posibilidades que le brinda el ser humano cada vez menos él mismo, con comportamientos basados en fuerzas de pecado.

En un panorama así, el cristiano, como signo de contradicción -expuesto por tal a riesgos de cruz-, ha de ofrecer, a esta realidad abrupta y potente, su rostro más autentico, el de bondad, ternura, humildad, inocencia, pequeñez, fragilidad, basado en el amor y la gracia divina. De no ser así, no aporta la luz -que recibe de la Luz- necesaria para iluminar las zonas oscuras de un mundo.

Sin dejar de estar presente, la Iglesia y los cristianos han de alejarse de las estructuras de poder según el mundo, para no caer en la tentación de hacer uso de sus formas -encanalladas-, de un mundo cada vez más bajo el poder del Maligno. La Iglesia y los cristianos han de enfrentar los usos y abusos del mundo sin mundanizarse enfangándose en retóricas estériles, aportando su genuina luz inaparente y silenciosa, aunque eso conduzca al ostracismo, porque desaparece de la escena mediática y virtual.  De ese modo será fiel a su Señor,  sin perder su identidad; aunque —a ojos vista— todo tenga apariencia de derrota segura, según el orden de este mundo. Pero de esto no hay que preocuparse, pues, desde la fe, la victoria es de carácter escatológica. Y es en la fe en donde nos hemos de apoyar para seguir a Jesús, que se presentó frágil, primero como un niño y luego como hombre humillado y cordero llevado al matadero. La respuesta del cristiano es la cruz, ahí está su fortaleza frente a un mundo infernal. El triunfo sobre éste es un paradoja: la derrota a ojos vista, que acaba en la victoria de la Resurrección.

Esta es la paradoja del cristianismo, la santa fragilidad que desafía la prepotencia de este mundo. El cristiano ha de fraguar su fortaleza en la convicción de la fe, de confiar en el Señor, en su palabra y amor que son verdad y vida, hasta el punto de perderlo todo para ganarlo Todo.

Dios nos pide que creamos en ello; que confiemos en su palabra, contra toda esperanza. Sedle fiel y no apostatar, aunque las apariencias y los temores intenten hacernos claudicar. La esperanza de la fe se verá confirmada tras la resurrección -y esto es lo más frágil y lo más potente-. La fragilidad de la fe, que se sustenta en levedad de la gracia, se hace más poderosa que la contundencia del hecho mundano.

Para los tiempos duros y tal vez hasta tremendos, como los ya actuales, habrá que estar preparados y dispuestos a, seguramente, ser «frágiles» hasta el martirio (en el cual todo se ofrece a Dios, incluida la vida, la familia, la reputación y la honra para que sean aplastadas a los pies de los paganos), sin dejar de ser fieles, «como escogidos que sois de Dios, revestíos de entrañas de compasión, de benignidad, de humildad» (Col 3,12).

Es la santa fragilidad como luz cuanto el cristiano puede aportar al mundo. La fragilidad hecha sacrificio que se sustenta en el amor, la fe y la esperanza  en  Cristo, es la única potencia victoriosa y el único punto seguro en medio de los acontecimientos y las tragedias del mundo.

6 Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que él los eleve en el momento oportuno.

7 Descarguen en él todas sus inquietudes, ya que él se ocupa de ustedes.

8 Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar.

9 Resístanlo firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo padecen los mismos sufrimientos que ustedes.

10 El Dios de toda gracia, que nos ha llamado a su gloria eterna en Cristo, después que hayan padecido un poco, los restablecerá y confirmará, los hará fuertes e inconmovibles.

11 ¡A él sea la gloria y el poder eternamente! Amén.

 (1 Pe 5,6-11).

 ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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