La puerta de salida a la otra vida: la muerte

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En estos días en que el coronavirus nos ha puesto ante una realidad que teníamos olvidada, la muerte, el desconcierto y la desazón han irrumpido en nuestra vidas, cuando nos queríamos creer inmortales.

“Un golpe de ataúd en tierra es

algo perfectamente serio.” (Antonio Machado)         

  

 

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             Un hombre que partió a lejanas tierras en busca de fortuna consiguió tras años de duro trabajo en el Chaco, región bastante desolada y árida del Paraguay, una hacienda hermosa en medio de la cual levantó una bellísima mansión.

           Cuando ya vio cumplido su objetivo y tenía el reconocimiento de sus vecinos y conocidos, organizó una fiesta en su lujosa mansión. Todos cuantos asistieron quedaron admirados y agasajaron al anfitrión con todo tipo cumplidos… Un anciano indio jefe de una tribu guaraní era uno de sus invitados. Como éste no dijera nada, el dueño le preguntó por su opinión. El anciano repuso lacónicamente:

           —La puerta de entrada es demasiado estrecha.

           Todos se quedaron perplejos, mirándose con ironía.

        —¿Qué ancho —preguntaron con sorna—, cree usted,  debe tener la puerta?

            Con mirada serena, dijo con naturalidad:

         —Debe ser suficientemente ancha como para que cuatro hombres puedan, alguna vez, sacar un ataúd.

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Esta toma de conciencia repentina, a la fuerza, abrupta, nos ha dejado sin habla (y no –o sí– por la insuficiencia respiratoria del coronavirus). Estamos como mudos, ante el espectáculo del contagio y muertes, que día a día se incrementan, como paladas de tierra sobre un ataúd, produciendo sobre nuestra existencia un ruido estremecedor. La muerte nos ha visitado, y estamos desprovisto de esperanza.

“Cada día, cada hora, nos revela la nada que somos, y nos advierte con un nuevo argumento nuestra olvidada fragilidad: entonces nos obliga a meditar en lo eterno y a volver la mirada hacia la muerte” (Séneca)[1] .

La certeza de la muerte, que teníamos olvidada –como si de un pensamiento mágico se tratara: de que la realidad que no nos gusta o queremos que nos exista no existe–, se ha hecho real, frustrando todo embeleso inconsciente. ¿Y ahora qué? Pues nos ha devuelto a la realidad de lo que somos, cual se dice por estas fechas cuaresmales: somos polvo y en polvo nos convertiremos. Este reducirnos al humus, es la mejor de las humildades; sana de la soberbia de un ser humano prepotente e iluso.

Toda concepción del mundo que no incluya la muerte, que pretenda olvidarla, no puede ser más que ilusión y miedo, que tienen su origen en no quererse reconocer como se es, negando la propia naturaleza humana y rechazando la esperanza de la resurrección.

Solo la esperanza en la salvación que nos resucite, hace factible creer y aceptar la grandeza de la dignidad humana. Ante esta verdad nos coloca la muerte.

 

En el entierro de un amigo, poema de Antonio Machado

 

Tierra le dieron una tarde horrible
del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,
había rosas de podridos pétalos,
entre geranios de áspera fragancia
y roja flor. El cielo
puro y azul. Corría
un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd al fondo de la fosa
los dos sepultureros…

Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos…

El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.

—Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos…

Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] Cartas a Lucilio, Carta CI.