Alerta profética

Estos son tiempos complicados, alarmantes, para la libertad religiosa en el mundo. Lo cual hace especial referencia, como víctima singular, al cristianismo. Pero no es algo novedoso: a lo largo de la historia, desde lo orígenes de la religión cristiana, esto ha sido una constante, cumpliéndose es palabras de Jesús, cuando como un lamento profético venía a decir: ¡Qué será de los “leños secos” —es decir, sus seguidores— si esto —su pasión— hacían con el “Leño Verde”­! (Cf. Lc 23, 28-31).

Es alarmante la situación del momento actual por el agravamiento por su generalización a escala mundial y por su intensidad. Solo hay que asomarse a las noticias que día tras día se suceden en todas las partes del mundo o informes periódicos (como los de Fides, Puertas Abiertas, Ayuda a la Iglesia Necesitada), para comprobar cómo persecuciones, denuncias falsas, amenazas, encarcelamientos, atentados, asesinatos, ataques a iglesias, limitaciones y prohibiciones del de culto…, etc. se suceden sin que el mundo, impasible, lo de la mayor importancia. Si grave es la persecución en sí, también lo es el silencio cómplice.

Es para estar alerta (alerta profética). Los que nos decimos cristianos no deberíamos resignarnos si más, y —como si no fuera la cosa con nosotros— también silenciar tan dramática realidad; tengamos  siempre presente las palabras del profeta Isaías (56,10):Los guardianes están ciegos,  no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar, vigías perezosos con ganas de dormir”. Ay de los jefes espirituales que, indiferentes, se comporten como perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar…, que, indiferente, se queda sin dar la voz de alerta ante los enemigos y los peligros que sobrevienen a los fieles al Señor…

Decía el santo Francisco de Palau: “Los medios de salvación están envueltos en profundos misterios: es de noche, la gente duerme, las tinieblas cubren la faz de la tierra; pero Dios como autor de este orden natural que el hombre trastorna, despertará por la voz del Arcángel a los soñolientos[1].

Todo ello es consecuencia de la profusión de la maldad, del avance de la capacidad de influencia en medio del Mundo. Como dijera el profeta Daniel “la iniquidad aumentará” (12,4); “los impíos seguirán haciendo el mal; ningún impío comprenderá nada; sólo los doctos comprenderán” (12,10).

Ante esta realidad tan actual y trascendente se comprende lo de Chesterton: “tanto como ayer me afecta todavía la batalla de Armagedón, mientras que las elecciones generales ya no me interesan”.

El cristianismo, y en especial el catolicismo, es la fuerza mundial que se opone más fuertemente al avance del mal. De ahí esta persecuciones a lo largo de su historia, y tan acentuada y brutal hoy día

Los creyentes estamos llamados a estar atentos a los signos de los tiempos, a reconocerlos y a estar alerta y preparados, para no ser sorprendidos.

Son muchos los avisos que el Cielo emite para estos tiempos, través de apariciones y mensajes, los hombres seguimos cada vez más por el camino del mal, y si bien el “castigo” (o correctivo) ya ha sido varias veces aplazado y alejado por la oración y el sufrimiento de los buenos, y en especial por la intercesión de la Santísima Virgen, ahora es claro que ya la humanidad está tocando el límite más allá del cual no podrá pasar.

Dice la Iglesia, en el catecismo (n. 67): “A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. La cuales no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia”.

Y sobre todo a velar, para no ser sorprendidos. Tengamos en cuenta que el Cielo siempre avisa a través de los profetas. Ejemplo palmario es lo que sucedió como en tiempos de Noé, que ninguno sospechaba nada, hasta que Noé entró en el Arca y vino el Diluvio y los ahogó a todos.

 

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[1] Cfr. “El Ermitaño”, Año III, Nº 95, edición del 1 de septiembre de 1870; Año III, Nº 101, edición del 13 de octubre de 1870; Año III, Nº 132, edición del 18 de mayo de 1871, respectivamente.

 

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